APRENDER JUNTOS

En las primeras páginas del recién editado Escuela de aprendices (Galaxia Gutenberg, 2020) la filósofa Marina Garcés afirma que somos humanos porque tenemos que aprenderlo todo desde que nacemos hasta que morimos. Para ella, vivir sería estar abiertos al conocimiento, pero asumiendo también que estamos siempre expuestos a contingencias e incertidumbres. 

La pandemia nos ha puesto en crisis. Nos ha situado, incluso sitiado, en nuestra fragilidad. Esta crisis nos ha demostrando que, si no tenemos capacidad de responder a los problemas y enigmas que nos acechan o no somos capaces de aprender de los errores, nuestros viejos modos de existencia sociales pueden ser alterados en cualquier momento por otro virus mortal, alguna catástrofe desconocida o por la imparable degradación ecológica del planeta, derivada de nuestro modelo de vida económico. Nos ha revelado, otra vez – la historia describe demasiados episodios trágicos-  que los seres humanos vivimos más aislados e indefensos de lo que creemos, pero también que entre todos podríamos tener la fuerza suficiente para plantarle cara.  

Plantarle cara a esta crisis sería, por tanto, atrevernos a pensar el mundo desde otras formas de vida en común. En un diálogo reciente con la filosofa Catherine Malabou, ambas se preguntaban si, una vez traspasada esta fase de la crisis sanitaria –dudando sobre lo que ocurrirá en un después indeterminado- seríamos capaces de crear las condiciones necesarias para no volver a la vieja normalidad capitalista que nos ha traído hasta aquí. Así, aprender juntos, no sería otra cosa que poder vivir más conscientes ante las amenazas que, como ésta, nos atañen a todos y así poder crear redes de apoyo mutuo, no solo con los propios, también con los “extraños”. Pero ¿cómo se construye esa interdependencia de la que tanto hablamos algunas personas y, sin embargo, tantas dificultades tenemos para articularla políticamente? Es evidente que la “normalidad” persiste en sus dinámicas económicas depredadoras, injustas e insolidarias e insiste en intentar encerrarnos en la inacción individualista y en alejarnos de las dinámicas colaborativas, las potencias de la micropolítica comunitaria y los movimientos sociales que, a pesar de todas las dificultades continúan en sus luchas. ¿Cómo podemos organizar nuestro malestar para no dejarnos ahogar por el pesimismo y la desesperación que nos están confinando en nuestro obediencia pasiva? ¿Ahora que las relaciones humanas están perdiendo los cuerpos propios y los de las otras personas y animales –nos alejamos de nuestra condición biológica, decía Malabou- porque nos estamos convirtiendo en meras representaciones inmateriales que nos suplantan por imágenes o, peor aún, mercancías (un proceso histórico que ya se inició mucho entes de esta pandemia) cómo podemos volver a una antropología del vínculo –podría decir Rita Segato- de las pieles en contacto, sin miedos, ni murallas,  cómo retomar una antropología del amor entre iguales? ¿Cómo podemos rescatar nuestros cuerpos encerrados en las redes y sobornados constantemente por el consumo digital?¿Estamos dispuestos a cambiar en algo nuestros modelos de vida, hábitos productivos y costumbres de consumo? ¿Cómo lo hacemos? 

Para Garcés, la filosofía y la ciencia, los conocimientos universales y concretos, las tecnologías, las artes y la cultura, en toda su diversidad situada, son excelentes herramientas para seguir pensando y transformando el mundo de forma plausible y, sin duda, la educación, en su sentido más extenso, la manera de trasmitirlas. Pensando, ese otro mundo posible, y actuando en consecuencia, podemos hacernos mejores, dice en Nueva ilustración radical (Anagrama, 2017) pero, según ella, solo merecería ser pensado aquello que, de una forma u otra, contribuyese a hilvanar modos de vida dignos, porque todos los saberes disponibles servirían de muy poco si no fuéramos capaces de emplearlos para hacer de nuestro mundo una casa común (siempre habrá quién esté dispuesto a hacer todo lo contrario).   

La autora de Escuela de aprendices, profesora agregada de Estudios de Artes y Humanidades en la Universidad Abierta de Cataluña (UOC) se hace muchas preguntas sobre la función de la educación como, de una forma u otra, todos nos las hacemos. Pone en cuestión incluso sus propias convicciones porque, para ella, no hay ningún aprendizaje que podamos dar definitivamente por hecho. Aunque en sus páginas encontremos certezas o, al menos, algunas afirmaciones que le permiten avanzar en sus hipótesis y no caer en el relativismo paralizante, una y otra vez, vuelve a interpelar a los lectores para que, a su lado, nos interroguemos por el sentido de la educación. En ningún momento se muestra como una experta que nos resuelve el problema con sus saberes académicos; al contrario, se nos presenta como la aprendiz que, implicándonos, quiere y necesita pensar el problema en común, como ya avanzó también en Un mundo común (Bellaterra, 2013)

Garcés subraya que la pregunta clave que ninguna sociedad deja de repetirse es ¿cómo educar? e insiste en que ese cómo sobre la educación debería ser también el de la ética, la política, la poética, el arte y la cultura. Se trataría de preguntarnos cómo podemos salir de los modos de hacer individualistas y las formas de vida ensimismadas que nos encierran en un nosotros defensivo y autorreferencial y nos impiden escuchar las voces de otros y aprender sus saberes. Por tanto, preguntar cómo educar – continúa- sería plantearnos cómo y con quién queremos vivir, porque todo aprendizaje es una relación receptiva, una práctica de la hospitalidad, una actividad recíproca entre iguales, un oficio, un conjunto de artes y modos que nos permite dar forma y sentido a la existencia a través de los saberes que nos transmitimos y compartimos, incluidos conflictos y antagonismos.  

Por eso mismo, la educación y la cultura también son la base de poder más insidioso, pueden matar o salvar vidas, cerrar o abrir futuros insospechados. Como también la autora nos desveló en En las prisiones de lo posible (Bellaterra, 2002) pueden ser formas de segregación o, por el contrario, procesos de emancipación personal y colectiva¿Cuántos estudiantes vuelven más muertos que vivos de sus clases o, por el contrario cuántas personas pueden agradecer a una maestra haber cambiado y mejorado el curso y sentido de su vida? se pregunta. 

Precisamente, a partir de las dificultades de esa realidad compleja y opaca de modelos educativos contrapuestos, es desde donde debemos desvelar las encrucijadas de las peores formas de dominación o autoritarismo y se imponen las pedagogías del éxito a cualquier precio; esos métodos de enseñanza tan de moda que utilizan las retóricas del empoderamiento, el emprendimiento y la competitividad o enaltecen una individualista e idealizada libertad creativa, basada en una falsa y manipulada igualdad de oportunidades y el valor del más fuerte -generalmente el que más tiene- como también denuncia el sociólogo César Rendueles en Contra la igualdad de oportunidades. Un panfleto igualitarista (Ed. Seix-Barral, 2022) Bajo estas premisas, la educación se convierte únicamente en otro eslabón de la cadena de producción y subjetivación capitalista, nos enfrenta unas a otros y, contribuye aún más –ya lo es bastante- a que la escuela y la sociedad, en vez de una casa común donde podamos convivir, dialogar u oponernos críticamente con dignidad, sea tan solo un campo de batalla. A la manera como lo hace esa pedagogía tan de moda, “formateadora” y “extractiva” que, a partir de talentos cuantificables, periódicamente evaluados y convertidos en valor de cambio, permitiría estar siempre en cabeza de un supuesto ranking de privilegiados para poder hacer de nuestras destrezas armas competitivas. Esa ficción neoliberal que concibe cada individuo como un recurso único y diferenciado que solo se puede medir según su potencial escondido o su inteligencia aislada; talento que hay que extraer para convertirlo en valor  de cambio y maquina de producción dentro del mercado competitivo. En este modelo de sistema educativo el individuo que se piensa únicamente a sí mismo es la pieza central del tablero.Una campaña reciente de la EAE Business School, la afamada universidad de los futuros ejecutivos empresariales, dándole la vuelta al sentido vitalista del célebre “carpe diem” y seguramente aprovechando la incertidumbre en la que estamos todos inmersos, ha lanzado una  campaña de promoción que sin tapujos proclama “Atrapa el HOY”.  Es decir un eufemismo para nombrar la más miserable de las enseñanzas posibles: “echa el guante a todo lo que pilles, coge el dinero y vuela, más vale pájaro en mano, sálvese quien pueda…”. 

El libro de Garcés quiere contribuir, precisamente, a todo lo contrario, es decir, a articular una alternativa política en la que podamos pensar la educación y la vida desde la confianza mutua y la colaboración y no desde la competencia desleal, el acoso y derribo a todo aquel que se interponga, desde la hostilidad y la acusación que seapoderan cada vez más de los entornos de aprendizaje y, en consecuencia, del trabajo y la vida social. Esa alternativa, sería un hilo de voz –dice- que necesita de muchas otras voces, un sendero que se cruza y se pierde entre muchos otros caminos. Por ello, se presenta como lo que tendría que ser siempre la acción educativa: una invitación a pensarnos un poco más allá de lo que podríamos llegar a pensar solos. 

APRENDER A CUATRO MANOS 

En el capítulo titulado “Aprender a cuatro manos” dedicado a  su profesor de piano Abel Castelló, fundador y director de la escuela “Música activa” de Barcelona, Marina Garcés cita a Gilles Deleuze para recordarnos que el verdadero maestro no es el que dice “haz como yo”, sino “hazlo conmigo”. Siguiendo ese consejo, también ella invita a sus alumnas y alumnos de filosofía a pensar juntos para no quedarse solos: “no pienses como yo, piensa conmigo” –les dice- porque, parafraseando a Castelló, es imposible enseñar al alumno si tú mismo no estás aprendiendo al mismo tiempo. 

Si no te abro la mano, la mano no toca sola” le dice el profesor a la aprendiz. He ahí una afirmación que plantea otras preguntas que se hace Garcés sobre la función de la educación. ¿Hasta dónde tiene que intervenir el profesor para que el alumno llegue hacer algo por sí mismo? ¿Hasta dónde hay que conducir y corregir la palabra para que el estudiante llegue a pensar con independencia? ¿Hasta dónde hay que amar, proteger y guiar para que las criaturas lleguen a ser ellas mismas? Llevándolo al extremo, ¿hasta dónde es preciso forzar a otro para que llegue a ser libre? Para la autora de Filosofía inacabada (Galaxia Gutenberg, 2015) y Fuera de clase (Galaxia Gutenberg, 2016)esta es otra pregunta nunca resueltade la pedagogía moderna.  

En cierto modo, estas dudas me retrotraen a mis años de profesor de Historia del Arte en la Ikastola Laskorain, un centro de enseñanzas medias de Tolosa. Entonces, también tuve que hacerme muchas preguntas para poder trasmitir mis conocimientos académicos. Me obligué a repensar y reaprender todo lo que estudié en la “carrera universitaria” – el término encierra casi todo- para poder compartir aquellos saberes con las alumnas y alumnos, de la manera más partícipe y menos autoritaria posible, sin que mi palabra se convirtiera en dogma. 

En alguna ocasión, para que no se creyeran del todo lo que les contaba y así animarles a ir más allá de mis afirmaciones, sin duda plagadas de inseguridades, llegué a iniciar el curso hablándoles e invitándoles a ver F for Fake, (Fraude) la película que Orson Welles realizó en 1973 poco antes de morir. En ella se cuenta, entre otras historias, la de un célebre falsificador de arte, Elmyr de Hory, como telón de fondo de una investigación sobre la naturaleza de la autoría y la autenticidad. Aquel ejercicio era una especie de provocación para plantearles dudas, no solo sobre mis saberes curriculares, sino también sobre la pretensión autoritaria del que cree saberlo todo y, negando sus propios limitaciones, habla sin pudor. 

El maestro para enseñar, dice Garcés, no tiene necesariamente que “saber”, sino acompañar los procesos de aprendizaje. Como Joseph Jacotot, (el maestro del que nos habla Jacques Rancière en su célebre El maestro ignorante. Cinco lecciones sobre la emancipación intelectual Ed. Laertes, 2010)) que, tras exilarse desde la Francia posrevolucionaria a los Países Bajos, fue profesor sin hablar la misma lengua de sus estudiantes; y en su ignorancia, al no poder trasmitirles lo que sabía, obligado a situarse como un igual entre iguales, tuvo que ingeniárselas para ayudarles a que, leyendo juntos una edición bilingüe de Las aventuras de Telémaco escrito por Francois Fenelon en 1699, estudiasen por sí  mismos, mientras también él aprendía poco a poco y en paralelo el idioma flamenco.    

La mano de la aprendiz de piano se puede abrir por la fuerza o, por el contario –dice Castelló- indicarle el gesto que no sabe encontrar, señalarle el camino sin obligarle a llegar a un destino que no sea el que se vaya construyendo con el deseo y con la pasión que encierra la posibilidad de adquirir voluntariamente destrezas y conocimientos. Claro, alguien nos tiene que sujeta la mano para enseñarnos a caminar, para mostrarnos los riesgos  y así poder conducirnos por la vida. Como decía Nietzsche, refiriéndose al efecto que le produjo la lectura de Schopenhauer, según las palabras de Garcés, alguien tiene que tirarte del pelo y levantarte la cabeza inmersa en la corriente que puede llegar a ahogarte. No cabe duda que entre cada uno de nosotros y el mundo hay una serie de mediaciones afectivas, culturales, sociales, políticas y materiales a través de las cuales se juega lo que cada uno puede llegar a ser. La educación interviene de manera muy especial sobre nuestros modos posibles de ser. Es el gesto mínimo que te abre la mano, que hace posible una vida, concluye la filósofa al final del capítulo.

APRENDER ACOGIENDO

“Dar lugar al que llega no es tan fácil” escribe en  Frankenstein educador (Laertes 1998) el pedagogo Philippe Meirieu, citado en el libro de Garcés en el capítulo “Acoger la existencia” donde se pregunta qué papel puede tener la escuela en el arte de la hospitalidad. La hospitalidad puede ser la autoritaria del amo que abre la puerta de su casa, de su escuela o de su país imponiendo sus condiciones y generando segregaciones de clase o raza o la del trato recíproco quenos damos unos a otros cuando redefinimos nuestra convivencia igualitaria y fraternal contando con la existencia de los demás. 

¿Cómo funciona este mecanismo de selección y descarte de las vidas humanas? En esas sombras entre el estar adentro o quedarse afuera se configura la contingencia del ser o el no ser porque, parafraseando a Saskia Sassen en Expulsiones: brutalidad y complejidad en la economía global (Katz, 2015)vivimos en un régimen basado en la expulsión como posibilidad generalizada y desigualmente ejecutada. Educar acogiendo sería, como dice el teólogo de la liberación Jon Sobrino, atreverse a mirar – con lo que supone una observación activa e implicada, no solo una posición sentimental o formal- cualquier realidad de quienes podrían estar excluidos o perjudicados por ella y seguir la pista de las que son descartadas. En parecido sentido cita Garcés al pedagogo Fernand Deligny que en Permitir, trazar, ver (MACBA, 2009) o Los vagabundos eficaces (UOC, 2015) nos habla de una pedagogía basada en la capacidad de acogida de quienes se acompañan mutuamente, no en la hospitalidad del amo, sino en la de los que viviendo y errando trazan geografías en las que otros podamos aparecer.

Para ello, tal vez tengamos que salir de nuestros territorios de seguridad y sus lenguas, de los cuerpos normalizados que nos sujetan a una vida, identidad y cultura normativizadas. Quizás debamos situarnos entre fronteras –dice Garcés citando Vidas desperdiciadas: la modernidad y sus parias (Paidos, 2005) de Zygmunt Bauman, entre los que se mueven en el umbral, en los márgenes sociales, en el límite del lenguaje. Acaso escuchar a los que no pueden hablar o no despliegan capacidades reconocidas como “normales”. Educar sería elaborar los entornos físicos y culturales, los mapas de acogida, donde convivir con esta vida inquieta, sus límites y sus posibilidades. Quien más sabe es quien más se puede abrir a lo que le resulta extraño, inquietante, disonante, a lo que no sabe. Esta relación que hace extraño lo propio y propio le extraño sería, para mí, el bien común, decía la propia Garcés en una larga entrevista, publicada hace unos días en la revista CNTX

ALIANZA DE APRENDICES

El sentido de la alianza de aprendices, que la autora propone en las páginas finales de su libro, sería hacer iguales a los desiguales. Define la educación como el arte de reunir existencias de diferentes edades, trayectorias y condiciones en una acción que las iguala sin equipararlas ni estandarizarlas: tomar juntas el riesgo de aprender. Es decir, aprender unas personas con otras y unas de las otros, a partir de la conciencia de lo que sabemos y de lo que no sabemos. 

Esta alianza no tendría una página en blanco donde escribir su carta fundacional. No empezaría nunca de cero porque es efecto de un encuentro. No escoge a su pueblo ni segmenta las identidades, acoge, redefine y transforma.  Hace posible que los extraños establezcan un vínculo que no anula su singularidad, sino que la preserva. Sería, pues, encontrarse en alguna forma de aprecio mutuo para aprender juntas, también lo que no sabemos ni entendemos de las demás y de los otros seres y cosas de la naturaleza que nos rodean.  

La alianza funciona como una composición abierta de formas de vida que, como históricamente ha solido pretender el sistema educativo, no genera una unidad; tampoco propone una correcta representación multicultural de las diferencias, sino hacer visibles y reconectar campos de tensión plurales y antagónicos, donde aprender unos con otras, desbordando y atravesando el medio educativo. 

Ahora que vivimos bajo el horizonte de un posible colapso,¿cómo podemos imaginar, entonces, una amplia socialización entre iguales que realmente pueda ser la promesa en camino de una sociedad más justa, donde la educación sea buena para todos?  Garcés nos vuelve a preguntar: ¿Es la escuela la que se tiene que hacer cargode esta promesa, cuando la geografía de nuestros barrios y pueblos, dibujada por la especulación inmobiliaria, va en su contra, cuando la invasión íntima de las plataformas audiovisuales y las redes sociales conforman, segundo asegundo, los cerebros de los más jóvenes y de los no tan jóvenes, cuando las reformas laborales, las regulaciones de los alquileres y las medidas sociales coinciden en proponer un escenario cada vez más precario y violento? La alianza de aprendices pone la igualdad en el centro, conseguirla es un proyecto complejo que solo puede ser desarrollado a partir de compromisos y de obligaciones compartidas, negociadas y batalladas que se hagan cargo de las situaciones del presente. Siempre es el resultado de algún tipo de intervención política, dice Garcés, porque necesariamente cambia las relaciones de poder existentes; y poética, porque altera los códigos de valor establecidos

Esta entrada fue publicada en antagonismo y conflictos, ética/política, ciudadanía, derechos humanos y sociales, cultura, conocimiento, educación, filosofía. Guarda el enlace permanente.

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