ENTROPÍA CULTURAL

Llega el otoño y nuestras agendas vuelven a llenarse de actividades sociales y culturales. Por un lado nos alegramos, porque parece que, en cierto modo, regresamos a la “normalidad” que la pandemia nos había obligado a cancelar. Sin embargo, por otro, cierto desasosiego nos embarga porque algunos tampoco quisiéramos volver a determinadas dinámicas anteriores, como si la necesidad de volver al trabajo, la producción y el consumo se dieran de bruces con el deseo de otra vida mejor, en la que nuestra existencia no estuviera exclusivamente sujeta a la lógica de determinados imaginarios laborales y consumidores. De hecho, algunos hemos llegado a pensar que ya habríamos aprendido alguna lección de todo lo que nos ha ocurrido y, en consecuencia, otros modos de vida más saludables comenzarían a abrirse camino, aunque fuera tímidamente (tal vez esté ocurriendo y el espejismo de la satisfacción temporal no nos permita apreciarlo todavía; ya sabemos que el tiempo histórico es un proceso de larga destilación y nunca se sabe como la historia contará lo que sucedió hasta mucho más tarde de los acontecimientos).

He de reconocer que, más allá de algunas nociones básicas del bachiller, tengo muy pocos conocimientos de física y poco puedo decir sobre la entropía en su acepción científica, pero me atrevo a apuntar alguno de sus usos en otras disciplinas. Así, en sociología se suele emplear como metáfora para constatar que es más fácil destruir que construir; en psicología para hablar de la incertidumbre que nos rodea y trae cierto caos a nuestras vidas; en urbanismo para describir las políticas que dicen ordenar las ciudades, mas al hacerlo, paradójicamente, extienden el desorden, crecen, y en apariencia mejoran, pero a la vez desbordan todos los parámetros de sostenibilidad y convivencia. Suele ocurrir, por ejemplo, cuando los centros urbanos se convierten en focos de atracción turística o cuando las instituciones y  los movimientos sociales tienden a centralizar sus actividades para multiplicar y aglutinar la asistencia y, paradójicamente, producir así un efecto contraproducente de masificación, es decir entrópico.

Por poner un ejemplo esclarecedor, durante el mandato del gobierno “progresista” de Ahora Madrid, al comienzo de la legislatura en el año 2015, durante el breve tiempo que cargué con el cargo – valga la redundancia- de Director General de Cultura de Madrid Destino, que entre otros asuntos gestiona una parte importante de las fiestas populares de la capital, se me ocurrió insinuar en alguna reunión de trabajo interno para proponer ideas, de esas que se denominan “brainstorming”, la posibilidad de ir disminuyendo poco a poco la densidad y la grandilocuencia de la cabalgata central de los Reyes Magos y, a su vez, ir aumentando paulatinamente la intensidad y la implicación localizada de las que se celebraban en los barrios. Para ilustrar mi planteamiento, osé mencionar algunas tesis de aquel pionero libro, publicado ni más ni menos que en 1978, Lo pequeño es hermoso: Economía como si la gente importara, donde su autor E.F. Schumacher, entre cosas defendía que la forma más racional de vida económica es la producción de recursos locales para las necesidades locales; les hablé también de “la ciudad de los caminos cortos”, un conjunto de teorías enarboladas, entre otros, por el arquitecto y urbanista Felipe Delmont que defienden la idea básica de que la vida en las ciudades, para que sean sostenibles, debería poder hacerse caminando; lo cual significa que el urbanismo de las grandes urbes tendría que replantearse como posibilidad radical de habitar el barrio como medida territorial de vida. En fin, no me hicieron mucho caso, al contrario me insinuaron que no se me ocurriera ir diciendo tonterías y no fueran a pensar que, como algún medio insinuó, nos queríamos cargar la cabalgata, y que, por favor, dejáramos las cosas en paz que el horno no estaba para bollos. En la gestión cultural, cuando se trata de abordar reformas estructurales es habitual que se pospongan por las dificultades políticas y burocráticas. De ese modo, el continuismo se impone.

Como ya sabemos, a menudo, todas esas dinámicas centralizadoras y ostentosas suelen ir acompañadas de fuertes incentivos culturales: palacios de congresos, museos, centros de arte, fuertes campañas publicitarias para acudir a los centros de las ciudades, festivales, grandes espectáculos, eventos sociales de todo tipo, amplia oferta gastronómica y altas dosis de consumo. La masificación y sus múltiples formas culturales (festivalización, bienalismo, ferialismo, crucerismo, espectacularización de la arquitectura y el urbanismo, proliferación de ciudades marcas y del marketing, por citar algunos fenómenos) han sido algunos componentes, cualitativos y cuantitativos, necesarios para conseguir la inclusión definitiva de muchas instituciones culturales en las estrategias económicas neoliberales. Jaime Vindel, en Estética fósil. Imaginarios de la energía y crisis ecosocial (Arcadia y MACBA, 2020), analiza como los imaginarios y las prácticas culturales han sido parte fundamental de la economía de explotación de la energía fósil. Desde las “exposiciones universales” del sigo XIX y XX hasta las actuales bienales internacionales, la Torre Eiffel de París, con el hierro como protagonista o el Museo Guggenheim de Bilbao, con el titanio –por poner algunos ejemplos– han contribuido a generar una determinada institucionalidad y subconsciente cultural colectivo estrechamente relacionado con la economía capitalista, colonial y extractivista.

Las formas materiales e instituciones culturales, relacionadas con determinados modelos de producción y crecimiento, casi siempre van acompañadas de procesos severos de aceleración y sobre explotación permanente de los tiempos de ejecución,  utilización de espacios, recursos y, sobre todo, vidas. Por supuesto, ocurre también en las instituciones públicas que, desde mi punto de vista, deberían ser ejemplares en las políticas de transición ecológica y no, como lamentablemente suele ocurrir, la otra cara de la moneda. En una deriva poco comprensible, el sector público ha tendido a reproducir las mismas dinámicas, convirtiendo gran parte de la actividad cultural en valor de cambio, en lugar de fomentar su valor de uso, accesible y universal, no necesariamente gratuito, ni mucho menos precarizador. 

Se podría afirmar que la entropía cultural aumenta cuando gastamos excesiva energía en proyectos o trabajos innecesarios, labores superfluas o redundantes, en demasiadas ocasiones con enormes cargas burocráticas. Remedios Zafra, profesora de antropología y científica titular del Instituto de Filosofía del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, en su reciente Frágiles. Cartas sobre la ansiedad y la esperanza en la nueva cultura (Anagrama, 2021), que tiene sus raíces en su anterior El entusiasmo. Precariedad y trabajo creativo en la era digital (Anagrama2017), se pregunta cómo la ilusión vocacional termina siendo instrumentalizada sobre todo en los trabajos culturales y creativos por un sistema que favorece la ansiedad, el conflicto, la individualidad, la competitividad en beneficio de la hiper producción, la rentabilidad a toda costa y la velocidad. ¿Qué pasaría –indica– si menos tareas pudieran ser abordadas con mayor profundidad, menos apariencia y más sentido (…)? ¿Por qué confusamente aceptamos que no podemos frenar? En una de sus epístolas esta autora interpela a otra escribiente y le dice: (…) es una mera especulación, pero ¿no cree que la época no puede aguantar más sobreproducción ligera, más residuo y práctica caduca, más abaratamiento sostenido en la esclavitud de la invisible y clasista producción primera, más fragmentación y exceso, más desplazamiento contaminante, más entretenimiento en la impostura perdiendo intimidad y vida política? Es evidente que esta dinámica al sistema económico le beneficia, pero no al valor y sentido de lo que hacemos. Si esta rueda gira, el mundo sigue replicándose igual”, dice Zafra.

Este sería elquid de la cuestión, el punto clave para pensar desde otros paradigmas y así poder romper esa cadena. Es decir, nos deberíamos preguntar más a menudo sobre todo aquello que podríamos hacer para disminuir el gasto de energía y limitar o medir con más cautela nuestras actividades, a la vez que les damos mayor profundidad; podríamos pensar cómo contener la producción y el consumo, en sus formas materiales más depredadoras, para centrarnos sobre todo en las potencias afecticas y relacionales; tampoco tendríamos que olvidar nuestra responsabilidad como ciudadanos, porque esa perversa mecánica de producción está sujeta ineludiblemente a las necesidades de un mercado voraz que se construye con nuestro deseo de consumo o, mejor dicho, su formas pervertidas, ilimitadas e incontroladas (Néstor García Canclini en Consumidores y ciudadanos. Conflictos multiculturales de la globalización -Grijalbo 1995- distingue entre la pulsión consumista y el necesario intercambio de mercancías, bienes y servicios, vinculado a un tipo de consumo consecuente y razonado, capaz de organizar de otra manera nuestras vidas, y así –añado- favorecer otros modelos de producción y circulación de productos basados en el racionamiento autoconsciente (razón y ración)”.

Soy el primero en reconocer el enorme esfuerzo que muchos gestores culturales y directoras artísticas están haciendo por replantear el papel de las instituciones. Sin ir más lejos, Pablo Martínez, unas semanas antes de que le despidieran de manera inesperada y sin previo aviso de su cargo como responsable de programas públicos del MACBA, realizó una sincera autocrítica en una sesión organizada por el Museo Reina Sofía el 18 de mayo de 2021, Día Internacional de los Museos, bajo el título Disentir y cuidar. Reinventando el museo. En aquella sesión habló sobre su propia impotencia personal y la incapacidad de la institución para abordar reformas estructurales. En cierto sentido –así lo interpreté- también habló de acercar a la realidad los discursos teóricos y las palabras huecas sobre la responsabilidad ecológica de los museos y sus dispositivos de representación, estéticamente bienintencionados. También, recientemente, su director Manuel Borja-Villel, citaba en una reciente entrevista nal curador artístico y activista Marco Baravalle, en relación al texto Sobre las ruinas de la Bienal (cntx 2020) que éste escribió el año pasado sobre la Bienal de Arte de Venecia, para señalar que las instituciones más que visitarlas debieran ser habitadas, por tanto vivirlas con otros ritmo, otras formas de trabajo y ligadas a una concepción de la cultura como ecosistema en el sentido de que no todo tendría que continuar siendo igual que hasta ahora, ni producir tantas exposiciones ni obsesionarnos por el número de visitantes. Incluso el arquitecto Juan Herreros, responsable principal, junto a Jean Richter, del nuevo Museo Munch de Oslo, dedicado al célebre artista del mismo nombre, según sus propias declaraciones, piensa que la carrera mundial por el número de visitantes ya no tiene sentido y añade que los museos contemporáneos tienen que atender a un público dual, el foráneo y esporádico –todos nosotros podemos llegar a serlo- y el local que según él, debería obtener un beneficio continuado y al que se le debería dar mayor importancia. El mismo Vindel en su texto Convivencialidad e instituciones culturales publicado en CTXT (24 de junio, 2020), decía que “gran parte de los museos deberían aspirar a ser, a lo sumo y a mucha honra, museos de barrio; y desde luego, abandonar la lógica competitiva y del marketing publicitario que, olvidando la cualificación y los procesos de aprendizaje de largo recorrido, ahora domina la gestión cultural, y qu sigue sometida al nefasto afán de la cuantificación y la masificación (nunca he sabido muy bien porqué los grandes museos e instituciones culturales de las ciudades no pueden hacer actividades o exposiciones de prestigio en centros de barrios o pueblos que puedan reunir condiciones o se puedan adecuar; igual sería necesario recuperar el espíritu de las “Misiones pedagógicas” republicanas, es decir repartir, extender  y distribuir bienes comunes del patrimonio público, más ahora que las grandes ciudades tienden a colapsarse y las periferias a de/repoblarse).

Soy muy consciente de las enormes dificultades que concurren en  las instituciones públicas para pasar de las palabras a los hechos, porque en mis muchos de años de gestor cultural las he experimentado en primera persona y porque me siento solidario con otros que lo intentan, pero también creo que el tiempo de los buenos propósitos estéticos y verbales se nos termina y, quizás ya ha llegado el momento de actuar en consecuencia, sin más dilación. La pandemia, aunque no queramos escuchar, nos habla a gritos de nuestra precariedad y fragilidad, a la vez que nos sitúa ante un futuro cada vez más incierto.

No creo que hay respuestas fáciles para problemas tan complejos, pero tampoco pienso que debamos dejarnos llevar por las inercias, como si la situación pudiera arreglarse con un simple ajuste de tuerca sin llevar a cabo modificaciones estructurales en el conjunto de la maquinaria del sistema. Soy también muy consciente de que actuar en consecuencia supondría abrir muchos frentes políticos, económicos, burocráticos y sindicales para saber cómo llegar a acuerdos entre las partes implicadas e intentar así que la restructuración del sistema se pudiera llevar acabo redistribuyendo con sentido y equilibrio la economía del sector.

Desde luego, el proceso de reducción en la aceleración de la producción, distribución y consumo de bienes culturales también debería llevarse a cabo, a la vez que se reorganiza el conjunto de la economía del trabajo, junto a otros sectores de la sociedad y la economía. Como nos dice Kathi Weeks en El problema del trabajo. Feminismo, marxismo, políticas contra el trabajo e imaginarios más allá del trabajo (Traficantes de sueños, 2020) no se trata de negar la necesidad de las actividades productivas ni de desechar la posibilidad de que pueda haber en todos los seres vivos “un placer” en el ejercicio de sus energías, más bien, se trata de insistir en que hay otras maneras de organizar y distribuir esa actividad y de ser creativos y libres también fuera de los límites del trabajo. Para empezar, ya sería un gran avance −subraya− que exigiéramos cumplir las leyes vigentes sobre sueldos y duración de las jornadas laborales, especialmente la de trabajadores con bajos ingresos y –añade- defendiéramos una renta básica universal suficiente, individual, incondicional y continua que permitiese trabajar voluntariamente y no por necesidad vital y – continúa-  lucháramos, como primera medida, por en una semana laboral de treinta horas sin disminución de salario y con derechos sociales básicos garantizados. 

Así, como insiste Jorge Riechmann en Autoconstrucción. La transformación cultural que necesitamos (Catarata, 2015), podríamos tener mas tiempo libre para disfrutar de los placeres de la vida cotidiana, a condición de que no lo hagamos con refinamientos y excesos caprichosos que se compran a costa del padecimiento de otros. Sin olvidar que esa transformación objetiva no es tarea fácil, porque nuestra subjetividad está plenamente atravesada por las formas de vida capitalista y, por tanto, construir una transición ecológica postcapitalista supondrá cambios estructurales, pero también modificaciones en nuestros modelos de vida. Como dice la propia Weeks en una reciente entrevista en El Salto, no podemos olvidar que: “es importante reconocer que el “productivismo” —es decir, la celebración del trabajo duro individual, la productividad y la autodisciplina que está en el corazón de la ética del trabajo moderna— está íntimamente ligado con el consumismo en las sociedades de capitalismo avanzado. Se supone que los bienes y servicios de consumo son nuestra recompensa, la gratificación pospuesta y debidamente aplazada al acabar el trabajo, por todo el digno sacrificio de nuestra fuerza de trabajo. La ética del trabajo y el consumismo son las dos caras de una misma moneda, el engranaje que impulsa al sistema económico. Al cuestionar una de esas caras también se desafía a la otra cara”.

 La aceleración de la crisis ecológica nos exigirá, por tanto, una antropología de la renuncia, la precaución y la contención, que propicie formas de deseo más acordes con las obligaciones éticas que nos demande nuestra responsabilidad con el bien común y la transición económica y ecológica. Una moderación que nos permitiera no renunciar a la alegría, siempre que ésta no sea el resultado de un egoísmo individualista sino consecuencia de una cooperación  solidaria. En este sentido, introducir la ecología en el sistema cultural implicaría hacerse cargo del concepto de límite, pasar del “todos queremos más”, como dice la célebre canción popular, a ser capaces de afirmar: lo suficiente basta.

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