ORGULLO INSTITUYENTE

La cuestión por antonomasia que ha vertebrado la historia de la filosofía y, en gran medida de nuestra existencia en la Tierra, han sido las preguntas por el ser y las formas de identidad humanas, así como sus relaciones con las otras especies que habitan el planeta y las cosas materiales que lo conforman.

Paul B. Preciado dice en Dysphoria mundi (Anagrama, 2022) que el cuerpo vivo es el objeto central de toda política y que la tarea principal de las técnicas gubernamentales – “biopolíticas”- es fabricar nuestros cuerpos, ponernos a trabajar, definir nuestros modos de producción y reproducción, prefigurar los discursos a través de los cuales llegamos a decir “yo” o “nosotr+s”. Así, el sujeto heterosexual y la nación soberana son las principales construcciones de esas tecnologías de subjetivación y poder. Una vida ordenada sería por tanto una forma de naturalización del cuerpo, de la identidad o de la pertenencia, y el carné de identidad y el pasaporte los principales documentos que dan fundamento jurídico a nuestros datos personales -incluido el sexo explícito- y nacionalidad.

Aunque algunos pensemos que nuestra identidad es una entelequia y las naciones construcciones que se pueden derrumbar y reconfigurar, también somos conscientes de que el sentimiento de pertenencia nos da seguridad y nos protege, pero a la vez constatamos que nos encierra en un yo bloqueado y un nosotros defensivo. Es decir, nos proporciona una inmunidad que, de acuerdo con Roberto Esposito, autor de Inmunitas. Protección y negación de la vida (Amorrortu, 2003) y Communitas. Origen y destino de la comunidad (Amorrortu, 2005) construimos colectivamente en comunidad a través de criterios culturales, sociales y políticos que producen en paralelo soberanía y exclusión, protección y estigma, vida y muerte.

Walter Benjamin ya nos recordó que la historia se escribe desde el punto de vista de los vencedores y nos invitaba a interrumpir la repetición de las opresiones normativas, reescribiéndola a contrapelo desde el punto de vista de los vencidos y excluidos. Esto supone -dice Paul B. Preciado- deshacer los nudos del tiempo, arrancar las palabras a los ganadores para ponerlos de nuevo en la plaza pública, donde puedan ser objeto de un proceso de resignificación colectiva. La historia de la insurrección política -añade- es una colección de gestos prohibidos, de movimientos del cuerpo que se salen de la coreografía social. En los mapas de la opresión se inscribirían también los caminos de la liberación. Cuando el poder deviene biopoder, la resistencia deviene poder de la vida.

Estos días que se celebra por todo el mundo el Día Internacional del Orgullo LGTBIQ+, viene bien rememorar que esta conmemoración se instauró en recuerdo de los disturbios de Stonewall, ocurridos contra la represión policial que tuvo lugar el año 1969 en aquel pub de Nueva York, donde habitualmente se encontraban numerosos homosexuales, afeminados, travestis, drags queens, transexuales, transgénero, prostitutos o jóvenes sin techo. Aquellas revueltas formaron parte de otras iniciativas activistas organizadas para reafirmar el sentimiento de orgullo sobre las orientaciones sexuales e identidades de género tradicionalmente marginadas y reprimidas. También para visibilizar su presencia en la sociedad, en un país donde el sistema legal seguía siendo hostil con cualquier sexualidad que no fuera heteronormativa y donde, además, se extendía una peligrosa fobia social contra las comunidades LGTBIQ+, como de manera muy preocupante está ocurriendo de nuevo entre determinados sectores sociales vinculados a movimientos ultra reaccionarios de todo el mundo. Además, en estos tiempos en que, despojándola de su intrínseco carácter político y transgresor, la cultura de la diversidad está siendo estetizada banalmente y capitalizada por procesos de mercantilización, es importante recordar que el movimiento apareció asimismo como una crítica al clasismo y al racismo dentro del propio movimiento homosexual en Estados Unidos.

Tanto es así que aquellos hechos deberíamos insertarlos en una lista interminable de gestos de insurrecciones históricos que sería inabarcable: revueltas campesinas, huelgas obreras, revoluciones antimperialistas, levantamientos contra el esclavismo y el racismo, luchas pacifistas, feministas y ecologistas, etc. Nuestro devenir mundo común sería como una constante dinámica de contrapesos sociales e institucionales entre las lógicas afirmativas de las “potencias” que se sublevan por la emancipación y las negativas de los “poderes” que se constituyen en sistemas de orden y pacificación, pero también de sometimiento y sumisión.

Los cambios de paradigma nacen de esas tensiones diferenciales. Ninguna institución ni forma de pensamiento puede permanecer encerrada en sí misma sin un punto de vista exterior que quiebre sus lógicas internas, por muy razonadas que sean. El reconocimiento y aceptación de esta dialéctica política, capaz de asumir todo tipo de emergencias, disidencias, confrontaciones y conflictos, es lo que distingue a una sociedad democrática de otra totalitaria.

También Esposito, en su reciente Institución (Herder, 2022) , sitúa en el centro de la cuestión la relación enigmática entre institución y vida humana, pero nunca – dice- consideradas como dos polaridades divergentes solo destinadas a enfrentarse, sino como los dos aspectos de una única figura que dibuja a la vez el carácter vital de las instituciones y el poder instituyente de la vida, capaz de regenerarse a lo largo del tiempo.

HACER CRECER UN BOSQUE EN EL VALLE DE CUELGAMUROS

La historia y las formas que la representan son un permanente campo de conflicto: un laberinto de poderes y contrapoderes, de insurgencias y entronizaciones, de apariencias y espejismos. Abarrotada de arquitecturas de poder y ruinas olvidadas que nos podrían hablar con silencios elocuentes, de  monumentos levantados a héroes, pocas heroínas y muchos mártires, de narraciones que ensalzan acontecimientos vinculados a los poderosos pero también de relatos populares que cantan a anónimos protagonistas. La historia es un campo de batalla y a la vez una tregua intermitente que nos regala la posibilidad de una vida en común. Entre la pulsión de vida y muerte transcurre nuestra existencia en la Tierra, entre construir y derruir, entre el afán del interés particular por acumular y la aspiración a cuidar y distribuir. 

Los espacios públicos están repletos de huellas que ensalzan y vanaglorian un pasado con muchas sombras y demasiados capítulos de la historia poco dignos de reconocimiento. Signos, símbolos, nomenclaturas o representaciones clasistas, aristocráticas, patriarcales, racistas, militaristas, coloniales o de exaltaciones religiosas. Ahí están para hablarnos de grandezas y miserias. Si, en función de criterios contrapuestos, tuviéramos que derribar todos esos significantes no pararíamos de demoler y tampoco sabríamos establecer los límites concretos de esas acciones destructivas.

En los gobiernos democráticos actuales hay un acuerdo tácito para eliminar todo tipo de símbolos que perpetúen la memoria de regímenes dictatoriales y, en ocasiones, erigir otros reparadores. Por citar algunos, se hizo tras la Segunda Guerra Mundial en Alemania, Italia o Francia, afectados por la dictadura nazi; en los países del este de Europa tras la caída de la Unión Soviética; en Sudáfrica tras el régimen de apartheid o en algunos países latinoamericanos tras las dictaduras de Pinochet o Videla.

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