RESPONSABILIDAD SOCIAL Y RESPETO A LA PRIVACIDAD CONTRA LA TECNODOMINACIÓN

Nota: Este texto se publicó en la Revista Galde Nº53

En mil novecientos noventa y cuatro, dos años antes de que el sociólogo Manuel Castells publicara su célebre trilogía La era de la información (1996-1998), el filósofo Javier Echeverría Ezponda ya había publicado Telépolis. Un año después ganó el premio Anagrama de ensayo por Cosmopolitas domésticos y poco después, en 2000, fue galardonado con el Premio Nacional de Ensayo por Los señores del aire: Telépolis y el Tercer Entorno (Destino, 1999) antecedente de su reciente ¡No hay derecho! Contra las nubes y la tecnodominación feudal (Asimétricas, 2026) que da continuidad a Tecnopersonas. Cómo las tecnologías nos transforman (Trea, 2023) escrito junto con Lola S. Almendros. Todas estas publicaciones son resultado de más de tres décadas de investigación y escritura sobre filosofía de la ciencia y la tecnología.

En aquel final de siglo, muchos nos dejamos fascinar -nunca mejor dicho- por los nuevos espacios digitales y telemáticos que, para colmo, además nos parecían horizontales y descentralizados. Algunos ilusos llegamos incluso a pensar que las redes eran nuestras, bienes comunes, o que, al menos, su gestión sería regulada con criterios democráticos y sociales. Multitud de colectivos, activistas, hackers o filósofos, así como algunas universidades e instituciones culturales, intentamos que el ciberespacio fuera administrado como bien público. Para ello promovimos el software libre, el copyleft, las redes inalámbricas comunitarias o las ciudades digitales – entre otras muchas iniciativas-. Como Echeverría nos recuerda, ya en la década de 1960, John Mc Carthy, destacado pionero de la informática, creador del lenguaje LISP (procesador de listas) e introductor de la expresión “inteligencia artificial”, imaginó que la computación podría convertirse con el tiempo en un servicio público, como el agua o la electricidad en las ciudades. Eso creíamos y en cierto modo fue así, pero la gran cuestión que aborda Echeverría en su último libro es si en la actualidad, en todo ese espacio digital, nuestros derechos están garantizados y jurídicamente regulados o, por el contrario, controlados por las grandes empresas tecnológicas, como Google, Apple, Facebook, Amazon o Microsoft.

Ya en Telépolis Echeverría nos advertía sobre el poder de los “señores del aire” y aconsejaba que los Estados y los organismos internacionales competentes se implicasen más en la construcción de ese nuevo espacio virtual y se estableciesen mecanismos de supervisión democráticos sobre los grandes monopolios tecnológicos para garantizar los derechos de los ciudadanos. Tenía claro que, si no se tomaban medidas de control sobre los abusos empresariales, el ciberespacio y la “sociedad de la información y del conocimiento” podrían acabar teniendo una estructura socioeconómica neofeudal y ademocrática.

Parafraseando a César Rendueles, en su reciente Redes vacías. Tecnología catastrófica y el fin de la democracia (Anagrama, 2026) en la actualidad podemos constatar que, lamentablemente, aquella idea algo utópica de un mundo digital republicano fue convertida en un gran nicho de mercado desregulado. Una enorme mina. “La tecnología digital –escribe Rendueles– absorbió energías colectivas de una magnitud geológica. Descomunales inversiones públicas en ciencia básica y equipamiento; adquisiciones masivas de hardware y software en todos los ámbitos, desde los hogares hasta las grandes empresas. Tan pronto como concluyó ese proceso de acumulación originaria a través del esfuerzo colectivo, el entorno digital se convirtió en una gigantesca caja negra privada a la que corrimos con entusiasmo a regalar nuestro dinero, como si fuera un altar en el que realizar ofrendas rituales. Toda esa energía social fue expropiada: casi de la noche a la mañana”.  

Mejor dicho, robada, igual que ocurrió con los grandes procesos de acumulación por cercamientos de tierras durante los comienzos de la modernidad capitalista; después con la colonización, la esclavitud y el latifundismo y, más tarde, con la acumulación por desposesión durante la revolución mercantil e industrial. Ahora nos encontraríamos en una última fase de acumulación tecnológica que se lleva a cabo mediante la extracción de nuestros datos, basada en formas de control y vigilancia sobre nuestras vidas. Shoskana Zuboff, en su libro del mismo título, a esta fase la denomina “La era del capitalismo de la vigilancia” (Paidos, 2020) una última forma de “tecnocapitalismo”guiado ante todo por un afán de dominación de las personas. (seguramente, “Palantir”, la empresa de Peter Thiel y Alez Karp sea el principal paradigma de ese proyecto de dominación tecnológico que, según escibe Marta Peirano en El enemigo conoce el sistema (Debate, 2019) basa su poder en la gestión de acumulación de datos provenientes de agencias públicas)

Esta fase de acumulación, caracterizada por la falta de intervención democrática de las administraciones públicas y la paulatina desaparición -por lo menos minimización- de otras formas de autogestión del procomún digital, comenzó tras el fracaso de la Cumbre Mundial de la Sociedad de la Información que organizaron la ONU, la OIT y la UNESCO en dos fases, 2003 y 2005, en Ginebra y Túnez, respectivamente. Según Echeverría, estas reuniones, desde una perspectiva social y ciudadana, fueron decepcionantes. A juicio de los organismos convocantes, para que el ciberespacio se expandiera no había que legislar nada, ya que la iniciativa privada se encargaría de su organización y producción y garantizaría el acceso libre. La ONU ni siquiera dio el paso de ampliar su Declaración de Derechos Humanos al nuevo contexto, como hubiera sido plausible. Tampoco creó ninguna agencia que velara por el desarrollo mundial de la sociedad de la información, cosa que había hecho en ámbitos como la salud, la cultura y la educación; sin olvidar que se podría haber contado con el apoyo del Banco Mundial, cuya capacidad de financiación era muy alta. Una vez más, como en otros casos relacionados con los límites entre la iniciativa pública, el procomún y la privada, ésta se ha quedado con la mayor parte del pastel. Es decir, la orientación principal consistió en dejar a la iniciativa privada y a los mercados libertad de acción.  

A partir de entonces surgieron las “nubes digitales”, las “redes sociales” y la “economía de datos”, que han conformado un panorama completamente distinto al que preveíamos. Los señores de las nubes fueron quienes se adueñaron de la mayor parte de las infraestructuras de internet, y, en buena medida, de ese ciberespacio horizontal y abierto de los años noventa del siglo XX. Hubo una gran dejación pública en relación con la gobernanza global del ciberespacio, a excepción de China que con sus políticas parece demostrar que es posible combinar la innovación y el desarrollo tecnológico, el capitalismo de plataforma, el emprendimiento industrial y empresarial, con una supervisión estatal intensa. En este caso, un intervencionismo totalmente opuesto al respeto de los derechos humanos, asunto nada baladí, teniendo en cuanta la deriva autoritaria de las políticas actuales de extrema derecha. Esta paradoja china aparece como la cuadratura del círculo: formas de gobernanza público-privadas impensables para las lógicas políticas liberales occidentales.

Entre el ultraliberalismo estadounidense que persigue la escala, es decir, producir más, con bajo coste y máximo beneficio, y el modelo chino de control estatal, el tecno capitalismo de datos impera a nivel global y los usuarios de las TIC somos cada vez más siervos de los señores de las nubes. Frente a ninguno o pocos derechos generales, ni siquiera los básicos derechos humanos, en el ciberespacio encontramos muchas y diversas normas e instrucciones de carácter más bien feudal.

¿Qué hacer entonces?, se pregunta Echeverría al final de su libro. Quizás, como insiste Remedios Zafra, tengamos que habitar las pantallas sin convertirnos en vasallos de los señores de la nube y sin olvidar la posibilidad de desconectarnos. Entre la desconexión y la total sumisión, tal vez, podríamos intentar volver al sentido republicano que en su origen pensó las redes como espacios gobernados cooperativamente. Las grandes corporaciones que, de forma hipócrita y acusatoria, dicen oponerse a las regulaciones estatales en nombre de la libertad, no hacen otra cosa que reglamentar y disciplinar exhaustivamente nuestras vidas, al mismo tiempo que extraen nuestros conocimientos para convertirlos en capital financiero con el fin de construir un mundo a la medida de sus intereses privados.

Parafraseando a Marta G. Franco, en Las redes son nuestras. Una historia popular de internet y un mapa para volver a habitarla (Consonni, 2024) no deberíamos consentir que nos sigan robando quienes viven de extraer nuestros datos personales. También Francesca Bria, que fuera activista antiglobalización a principios de siglo, después asesora del Ayuntamiento de Barcelona durante el gobierno municipalista de Barcelona en Comú y ahora asesora de la Comisión Europea de Innovación y directora del proyecto DECODE sobre soberanía de datos, con un atisvo de esperanza, nos recuerda que aún estamos a tiempo de que Europa tome medidas reguladoras para construir un modelo de espacio virtual -conectividad, computación en la nube, plataformas digitales, software, chips, IA- que incorpore las ideas de democracia, trasparencia, responsabilidad social y respeto a la privacidad.

EL MUNDIAL DE FÚTBOL. SOBRE AFECTOS LOCALES Y ECONOMÍAS GLOBALES.

Este año, al hacerse pública la lista de jugadores convocados para el mundial de futbol se ha producido un hecho inédito e insólito. El seleccionador Luis de la Fuente no ha emplazado a ninguno del Real Madrid que, hablando en términos deportivos, para una mayoría de españoles fue durante muchos años la principal representación de España.  El equipo de la capital del Estado era la mejor herramienta para la defensa de la españolidad, entendida como nacionalidad unitaria y uniforme. De hecho, durante décadas un gran parte de jugadores de la selección nacional de fútbol provenía de la cantera madridista y, en cierto modo, sus valores emocionales eran los mismos: honor, épica, exigencia, grandeza o raza que, en principio, era sinónimo de fortaleza competitiva, pero a su vez se podía interpretar como semejanza identitaria. El resto de los jugadores de la selección eran del Barcelona C.F o de otros equipos de provincias, incluidas las canteras vascas, especialmente fructíferas. En cierto modo, el modelo de la selección reproduce la histórica cuestión sobre la organización del Estado, nunca resuelta del todo, así como la tensión social y cultural que subyace en el control de lo simbólico: colores, banderas, himnos etc.  

Ahora, casi sin querer, el equipo nacional se parece mucho más a la realidad plural y diversa actual del país y, paradójicamente, en un sentido contrario a la tradición, la plantilla del equipo blanco es menos española que nunca, ya que más del setenta por ciento de sus jugadores proceden de otros lugares del mundo. Además, se podría afirmar que es uno de los grandes representantes de los valores del capitalismo global y, por ende, del sistema financiero que sustenta el fútbol internacional. Giovani Infantino, el presidente de la FIFA, la Federación Internacional de Fútbol – seguidor confeso de Donald Trump- no ha dudado nunca en defender esa expansión global del fútbol, a la vez que lo convierte en una poderosa máquina comercial.

Escribo esta columna mientras la selección española de fútbol juega y empata su primer partido contra la de Cabo Verde, uno de los países más pequeño del mundo que compite en este campeonato con una mayoría de jugadores procedentes de la diáspora. Son hijos, nietos o biznietos de familias trabajadoras inmigrantes, muchas con bajos ingresos, criados en barrios obreros de ciudades europeas. Como ocurre en casi todos los equipos profesionales de alto nivel, las habilidades deportivas de los jugadores – digamos, su valor de uso–, adquiridas en las canteras y academias de fútbol, se convierten en valor de cambio, cuando su rendimiento se mide no solo por sus cualidades atléticas, sino también por su cotización en el mercado. Son además hombres-marca, es decir, imágenes comerciales adscritas a un mercado de productos que va más allá de su condición deportiva (otro gran tema sería analizar las razones por las que muchos de ellos olvidan su condición de clase originaria y como, en cuanto su cuenta corriente se lo permite, reproducen las lógicas del lujo y la ideología de las clases privilegiadas).  

Seguir leyendo «EL MUNDIAL DE FÚTBOL. SOBRE AFECTOS LOCALES Y ECONOMÍAS GLOBALES.»

PRIORIDAD NACIONAL SIGNIFICA SEÑALAR ENEMIGOS

En la tradición filosófica, la Modernidad -el periodo que va del siglo XVI al XIX- se ha identificado con la preminencia de la razón humana, el empirismo y la autonomía del pensamiento frente a la tradición, la religión o la magia- y el poder político se entiende como “dominación” y “voluntad de poder”, que según Carl Schmitt se constituye en base a criterios de amistad o enemistad, organizados a partir de fuerzas afines o antagónicas.

Parafraseando a Enrique Dussel en Filosofías del sur. Descolonización y transmodernidad (Akal, 2022) desde que Europa conquista el Atlántico, al mismo tiempo que desarrolla la civilización capitalista, esa filosofía moderna blanca aparece como único saber universal ante las comunidades de un mundo colonizado y en extrema postración, con sus saberes intencionadamente devaluados. Esa gnoseología y epistemología académica, situada geopolítica, económica y culturalmente en un centro europeo, manipulará desde ese espacio privilegiado el conocimiento y la información del resto de las culturas que, de ese modo, pasarán a ser periféricas. Es decir, serán consideradas formas de vida y pensamiento menores, lo que dispone también una condición humana inferior. 

Este eurocentrismo filosófico se arroga una supuesta pretensión de universalidad siendo en realidad un saber particular. Sin embargo -añade Dussel- esa aspiración idealista termina cuando integrantes de otras tradiciones filosóficas culturales toman conciencia de sus propias historias y del valor concreto de las mismas. Karl-Otto Apel, en un intento por definir las condiciones universales de la filosofía, en La transformación de la filosofía (1973-1976) planteó que la verdadera razón se encuentra en una comunidad de diálogo y no en los enunciados de un sujeto aislado. Desplaza el centro de la razón desde el sujeto individual hacia la comunicación intersubjetiva. Esto es, para que haya validez argumentativa -decía- es necesario reconocer a los demás humanos posibilidades simétricas de intervenir en la discusión y en la vida política. En el mismo sentido, Karl Marx propuso que, para que exista una verdadera comunidad de dialogo, también deberíamos producir condiciones de vida materiales referidas al valor y el crecimiento de la vida humana. Aceptar esa condición de universalidad sería la premisa fundamental del principio de fraternidad o de sororidad.

Imagen del proyecto «Un botiquín para mi ciudad» de la asociación Grigriprojects

Por el contrario, proponer el principio de prioridad nacional para a acceder a los servicios públicos es simple y llanamente una llamada para señalar enemigos, para excluir, expulsar o eliminar a personas de cualquier comunidad. En 1970 es Sobre la violencia Hanna Aredt habló directamente de proscripción, o sea la separación de la pertenencia, y por tanto la pérdida de la identidad y de la propia condición de persona. No hay subterfugio ni eufemismo, llámense arraigo o patriotismo, que pueda ocultar el racismo y la xenofobia de semejante propuesta antidemocrática. Más concretamente, sería aporofobia clasista, puesto que esa discriminación se dirigirá sobre todo a los pobres, no tanto a los extranjeros ricos que siempre tienen recursos para costearse sus propios servicios privados.

Desde luego, esa prioridad nacional no se aplicaría nunca a feroces inversores –cada vez más numerosos en esta España inmobiliaria- aunque su piel les delate o su acento les señale como foráneos. Para esta derecha tan patriótica que se nos viene encima, estas personas jamás tendrán problema alguno con la dichosa prioridad nacional, al contrario, según su patriotismo de cartera, serán tratadas como ciudadanas de primera clase, aunque sean las que con sus inversiones especuladoras están inflamando el precio de la vivienda, de tal manera que para la población local sea prácticamente imposible adquirir una casa simplemente para vivir.

Puede parecer paródico, pero la aplicación de esa premisa nacional prioritaria también podría devolvernos a los tiempos del apartheid, es decir, tendríamos servicios y espacios segregados, leyes de pases, restricciones al voto o a cualquier tipo de participación social, política y cultural, con la consiguiente represión y cancelación de otros derechos ciudadanos. ¿Cómo se establecería el criterio selectivo en el acceso a los transportes públicos?, ¿habría un policía de la identidad en cada vagón o autobús urbano? ¿Se necesitará siempre presentar el DNI para poder asistir a una actividad en centros culturales públicos? 

Cuando Simone Weil escribió El arraigo, también conocido como Echar raíces: preludio a una declaración de deberes hacia la humanidad nunca pensó que el arraigo se identificase con la nación, ni con la identidad. Ella se refería a la participación afectiva, a la capacidad de crear vínculos y relaciones humanas en comunidades capaces de asumir la plena integración de cualquiera con voluntad de aceptar responsabilidades y compartir vida en común. Tener arraigo no sería, entonces, un estatus legal, un derecho otorgado por el Estado, ni una nacionalidad concreta, sino una respuesta a las necesidades del alma -fundamentales para la salud mental y social-, a los deberes y obligaciones con el prójimo, la atención y el cuidado en comunidad, subrayó Weil desde su cristianismo radical. Ella desde muy temprano se identificó siempre con quienes en cada caso llevaban la parte peor: con los excluidos, los humillados, quienes padecían la injusticia o cargaban con la desigualdad, con la multiforme humanidad sufriente.

Hay, ciertamente, mucho de qué defenderse en este mundo de hoy- decía Rafael Sánchez Ferlosio en Cuando la flecha está en el arco, tiene que partir– pero lo último que uno querría tener que oír como defensa es ese grito “los buenos son los nuestros” que ya no puede ser más que una consigna de regresión a la barbarie y un llamamiento a la confrontación.

MIRANDO DESDE LA LUNA: SONRISAS Y LÁGRIMAS  

“Los seres humanos somos capaces de lo mejor y lo peor”. A pesar de su obviedad retórica, esta frase tan manida también es una sabia advertencia sobre nuestra condición compleja y ambivalente. A lo largo de la historia, junto a los mayores actos de amor, altruismo, generosidad, justicia y creatividad, hemos sido causantes de las peores guerras, la ocupación ilegal de territorios y episodios de destrucción, expolio, violencia y crueldad. A la vez que producimos grandes avances en ciencia, ingeniería o medicina y excelentes expresiones artísticas y culturales, sembramos el terror, alentamos la explotación del prójimo y extendemos la desigualdad extrema entre los habitantes de la Tierra. En nuestras conductas, encarnamos el bien y el mal. Al mismo tiempo que disponemos del conocimiento para emplear mucho mejor el primer concepto ético, utilizamos también las peores argucias para desplegar el segundo. Como siempre, unos más que otros. En eso consiste el frágil equilibrio del mundo, en encontrar la verdad y el bien en las zonas de acuerdo entre diferentes.

Hace unas semanas, hemos visto como cuatro seres humanos, aparentemente felices, han viajado a la luna, mientras en la tierra asistimos atónitos a graves confrontaciones bélicas y peligrosas tensiones políticas internacionales. Mientras vemos desconcertados como Oriente Medio se convierte en un polvorín que está alterando trágicamente nuestra frágil existencia, a la vez, nos sorprendemos con las imágenes de esas cuatro personas viajando al lado oculto de la Luna, por primera vez en la historia. Por un lado, somos testigos de otro capítulo en los avances del espíritu científico, el empirismo o la razón ilustrada; por el otro, nos invade el pesimismo y la sensación de fracaso moral colectivo porque los humanos no dejamos de enfrentarnos unos contra otros, hasta matar por nuestras ideas, delimitar posesiones o aniquilar “enemigos”. Podríamos debatir sobre si, tal como está el mundo, la expedición lunar significa progreso, pero sobre los desastres de las guerras, parafraseando a Francisco de Goya, únicamente cabe describirlos como monstruos de la razón.

Seguir leyendo «MIRANDO DESDE LA LUNA: SONRISAS Y LÁGRIMAS  «

SOBRE EL BIEN Y EL MAL, DIOS Y EL DEMONIO

En estos tiempos de incertidumbre -cuáles no lo son me pregunto a menudo- se habla mucho del regreso de Dios, como esa figura bondadosa que nos traerá la paz o, al menos, cierto sosiego individual, pero se menciona muy poco su demonio, su maligna contraposición simbólica.

En referencia al asedio de Sarajevo ocurrido en año 1994, durante la guerra de Yugoslavia, en una célebre conferencia titulada “Los dioses que han caído. Algunas preguntas sobre el problema del mal” publicada en El elogio de la templanza (Temas de hoy, 1997) Norberto Bobbio se preguntaba por qué Dios no solo había callado ante aquellos hechos, sino que además había consentido la masacre. El pasado mes de febrero de 2026 se cumplieron treinta años de aquel cerco inhumano. Unos años antes, nadie hubiese pensado que Yugoslavia se desmembraría en aquella confrontación fratricida. Hoy, los graves acontecimientos que nos atravesaron desde el centro de Europa parecen olvidados, pero la verdad es que no están tan lejos en el tiempo. Ahí están las operaciones expansionistas de Rusia para recordárnoslo.

Seguir leyendo «SOBRE EL BIEN Y EL MAL, DIOS Y EL DEMONIO»

FEMINISMO INTERDEPENDIENTE

Hace muchos años que estoy atento a los saberes y a las prácticas sociales del movimiento feminista. Me han enseñado mucho y he aprendido a modular y transformar mi propia condición y, como diría Rita Segato, el mandato de masculinidad. Este 8 de marzo, las movilizaciones han demostrado un año más que su potencia social es primordial para señalar la importancia de las políticas contra la violencia machista; la reivindicación de los derechos reproductivos y la autonomía personal; la exigencia de la igualdad material y el reconocimiento de los cuidados, además de otras reclamaciones históricas fundamentales del feminismo. En esta ocasión también se han escuchado en las calles numerosas consignas contra la guerra y contra el auge del autoritarismo en todas sus variantes.

No hay duda de que estamos viviendo un tiempo de involución política. Apoyadas lamentablemente por muchos jóvenes, sobre todo hombres, las opciones políticas más reaccionarias, machistas y racistas crecen en expectativas electorales y comienzan a tener poder suficiente para modificar legislaciones e imponer su agenda política retrógrada. Al mismo tiempo que las políticas del odio se extienden por todo el mundo, no es ninguna casualidad que también se expanda la desafección y el resentimiento contra el feminismo. No en vano, a lo largo de su historia, las luchas feministas han abierto puertas por donde se han ido ampliando numerosos derechos que ahora se pretenden cancelar, en nombre de un nuevo y violento orden moral antidemocrático.   

Tanto en Las guerras de género. La política sexual de las derechas radicales (Katakrak, 2025) como en Ínceles, gymbros, criptobros y otras especies antifeministas (Ctxt, 2026) recientes publicaciones de Nuria Alabao, esta periodista y antropóloga sugiere que el género es un campo de batalla clave de esas nuevas derechas -siempre viejas- porque no soportan todo lo que representa el feminismo y su proyecto histórico de los vínculos, el cuidado mutuo y la cooperación interdependiente. Por eso, para impedir el avance de ese aspiración de un mundo común, utilizando estrategias emocionales del miedo, entre otras medidas antidemocráticas, pretenden eliminar el derecho a la educación sexual o prohibir contenidos sobre género en las escuelas porque pone la “infancia en peligro”; restringir derechos LGTBIQ+ y demonizar a las personas trans porque son una amenaza contra la “naturaleza biológica”; proponen suprimir la ley de violencia de género arguyendo que no existe de manera específica; o se oponen a los derechos reproductivos y al derecho al aborto porque van contra la “familia natural”. Del mismo modo, impugnan muchas políticas de igualdad en al ámbito laboral y de la conciliación familiar igualitaria, eliminan ayudas a organizaciones feministas o aplican medidas contra la libertad de expresión en el plano simbólico, mediante la censura artística, cancelación de programas culturales, retirada de banderas etc. En definitiva, guerras contra el feminismo que, en el fondo, implican la lucha por el poder y la autoridad moral y el control social más conservador.

Seguir leyendo «FEMINISMO INTERDEPENDIENTE»