UNIVERSIDAD PÚBLICA Y ACCESO AL CONOCIMIENTO

Cada nuevo curso escolar vuelven los debates sobre los diferentes modelos de educación y las formas institucionales que la sociedad tiene para acceder al conocimiento. La educación, tanto la que se adquiere en el ámbito de las relaciones privadas y familiares como en las sociales y en las instituciones formativas, es siempre un terreno de disputa ideológico, un campo de influencias políticas y un laboratorio para ensayar la organización de la sociedad. Las maneras de habitar el mundo se conjugan con el verbo aprender y, para ser más exactos, también con desaprender, en la medida que podemos poner en cuestión los saberes dominantes y las formas de vida heredadas.

Casi todas las organizaciones internacionales que reflexionan sobre el sentido de la educación en el mundo han llegado a un acuerdo unánime para definir su finalidad fundamental: garantizar que cada persona, sin excepción y sin exclusiones, desarrolle sus cualidades personales y potencias cognitivas para poder participar en igualdad de condiciones en la vida social y democrática. Sin ir más lejos, la UNESCO (Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura) nos recuerda que es un derecho fundamental, un bien público y una responsabilidad colectiva, indispensable para el ejercicio de todos los demás derechos.

Durante décadas, las políticas sociales han estado encaminadas a la aplicación de este principio universal. El sistema público de enseñanza –como la sanidad, los cuidados comunitarios y la cultura- ha sido siempre el mejor instrumento para garantizar el acceso de las capas de población más desfavorecidas a los procesos de aprendizaje y formación. El gran proyecto de educación universal formulado durante el periodo de la Ilustración y sus diferentes implementaciones republicanas posteriores han tenido extraordinarios avances, pero también han sufrido importantes derrotas. El idealismo de aquellos preceptos universalistas se ha enfrentado a la cruda realidad del mundo y su materialidad clasista y racista. Todavía hoy, la desigualdad y la segregación escolar cumplen una función muy útil para legitimar y proteger intereses y privilegios de las élites sociales y económicas. Es evidente que la degradación paulatina de los servicios públicos en todo el mundo es el último capítulo de expropiación de bienes comunes implementados durante décadas por políticas progresistas.

Los últimos años, esta operación está afectando especialmente a la Universidad que, como dijo Jacques Derrida en Universidad sin condición (Trotta, 2002) debería ser el lugar de libertad incondicional donde poder cuestionar, investigar y decir lo que exige la búsqueda de la verdad. Escribió este texto para defender el papel de las humanidades y el pensamiento crítico, como las mejores herramientas para resistir ante cualquier tipo de dogma, presión política, económica y tecnológica. Para Derrida, la Universidad debe ser un espacio para generar conocimientos y a la vez poder problematizarlos, porque así se permite la irrupción de nuevas experiencias y posibilidades en el orden de los saberes. Si esta institución dejase de cumplir esta labor desaparecería uno de los principales espacios públicos en el que la sociedad puede explorar sus límites y pensarse a sí misma de manera radical.

Sin embargo, como se puede leer en Salvar la Universidad, defender la democracia. El ataque neoliberal contra la institución universitaria (Akal, 2025) recopilación de textos coordinado por Rodrigo Castro Orellana de la Universidad Complutense: “Las ideas que la modernidad consiguió instalar en la cultura a través de enormes esfuerzos del pensamiento y acción durante siglos hoy se descomponen ante nuestra mirada asombrada. La libertad se degrada en un grito de guerra que oculta el desprecio hacia el otro, los discursos que apuestan por la igualdad son perseguidos y descalificados sistemáticamente, y las prácticas de solidaridad entre los seres humanos resultan cada vez más escasas frente al auge de un individualismo totalitario. Por otra parte, el valor de la veracidad desaparece como consecuencia de engaños espectaculares que saturan las pantallas informativas”.

Esta publicación intenta mostrar, a partir del caso paradigmático de Madrid, la existencia de una compleja operación que acompaña al desarrollo del capitalismo contemporáneo en diferentes lugares del mundo y que produce la ruina de la Universidad pública como institución democrática. Se trata de un proceso devastador para la sociedad que se ejecuta mediante diversos mecanismos, unos más directos y evidentes, y otros más sutiles pero no por ello menos eficaces a largo plazo, que se van aplicando sin prisa pero sin pausa: infrafinanciación y asfixia presupuestaria; mercantilización mediante el aumento de tasas y matrículas y consiguiente endeudamiento del alumnado; precarización del cuerpo docente y de investigación; intervención directa en la autonomía institucional con la implementación de gobernanzas corporativas; subordinación del conocimiento a la demanda empresarial y al desarrollo de campus universitarios privados más adaptados a los intereses económicos de las élites.

La Universidad deja de ser así una comunidad democrática, autónoma, centrada en el conocimiento y en la formación de personas para convertirse en un laboratorio donde seleccionar y formar nuevas camadas de jóvenes encargados de conservar, con todas las herramientas sociales y científicas a su alcance, el dominio de las élites de las que surgieron. En cierto modo, se podría hablar de cierta “eugenesia social”, orientada a la lógica de la selección de clase y a la reproducción de las jerarquías de poder. También fue una preocupación de Zygmunt Bauman que Los retos de la educación en la modernidad líquida (Gedisa, 2010) ya apuntaba hace veinte años esa misma deriva: “la educación ha pasado de ser un proceso de formación de individuos reflexivos a convertirse en un conjunto de habilidades rápidamente adquiridas, adecuadas para adaptarse al mundo laboral que exige resultados inmediatos”.

Lamentablemente, como escribió Mark Fisher en Realismo capitalista (Caja Negra, 2016) este proceso se ha llevado a cabo con el beneplácito de los gobiernos internos de la propia institución, fuesen de derechas o de izquierdas. Como está ocurriendo con la sanidad, es un proceso de privatización que viene de largo para el que ha sido necesario legislar a favor de determinadas retóricas que predican los enormes beneficios de la colaboración público-privada, aunque en realidad esa palabrería es un subterfugio para que las empresas privadas puedan intervenir en la gestión económica y en el control de los contenidos académicos. 

Parafraseando a Laura Llevadot, profesora de filosofía contemporánea de la Universidad de Barcelona, en el capítulo “Es la universidad una fábrica” de la mencionada recopilación, es en virtud de su incondicionalidad que la universidad es objeto de diversas furias apropiadoras. Instancias económicas y políticas quisieran concluir con esta posibilidad, la de cuestionar la institución, la economía y la política. El derecho a decirlo todo, y a decirlo públicamente, el derecho a decir la verdad a la cual se llega a través de una investigación, el derecho a investigar la verdad misma, su concepto, su posibilidad y sus condiciones de aparición pone en jaque a los que necesitan imponer su verdad única y autoevidente, es decir, a los fascistas, que lo son, aunque no porten banderas españolas y no se presenten como tales. Si, como afirma Derrida, la democracia es el único sistema abierto en el que se garantiza el derecho a criticarlo todo públicamente, incluida la propia democracia, su concepto, incluso su paradigma constitucional y la autoridad del derecho, si lo que define la democracia es, en definitiva, el derecho a poner en cuestión el derecho, entonces cualquier intento de eliminar este derecho, sea por la vía de la autoridad represiva, sea por la vía de la colonización económica, es totalitario. Por este mismo motivo la universidad es la garantía de la democracia y convertirla en una mera fábrica es una forma de abolirla.

Texto publicado en el número 54 de la revista Galde.

CAMBIO CLIMÁTICO. TRANSICIÓN JUSTA

En la actualidad, el cambio climático es uno de los campos de discusión política y social donde más se evidencia la paradójica relación entre información veraz y manipulación informativa. La guerra cultural que a diario presenciamos en torno a la confirmación de los hechos y su tergiversación intencionada está dividiendo al mundo entre convencidos y descreídos. Estos últimos aumentan a la par que crece la confianza electoral en las propuestas más negacionistas de las derechas extremas nacionalistas. Enarbolando el derecho a la soberanía territorial – en nada semejante a la alimentaria- ya han rechazado públicamente todos los pactos internacionales que hasta el momento se han firmado sobre acuerdos climáticos y transición energética. Además, argumentan que las organizaciones gubernamentales y sociales que los apoyan defienden intereses globalistas del ecologismo radical, a cuyos activistas consideran dogmáticos o fanáticos del clima y estafadores verdes.

Hace unas semanas, en una conferencia celebrada en Barcelona, James Painter, investigador asociado al Instituto Reuters y profesor de la Escuela de Geografía de la Universidad de Oxford, afirmó que ese negacionismo se construye sobre dos argumentaciones igualmente peligrosas. Por un lado, dicen que el cambio climático “no está pasando,” “no es culpa de los humanos” y “no es malo”; por otro, que “las soluciones no funcionan o no son de fiar y tampoco se puede confiar en la ciencia”.

Esta tensión se produce en un momento de la historia en el que las redes de información y comunicación han multiplicado de manera exponencial nuestros mecanismos de acceso al conocimiento global. La posibilidad de contrastar datos es tan grande que, si se pone un poco de empeño en verificarlos, resulta bastante fácil obtener información fidedigna y, por tanto, no dejarse engañar. Tenemos a nuestro alcance suficientes referencias para construir verdades científicas y, de ese modo, asegurarnos por nosotros mismos algunas certezas sobre la evolución del clima en el mundo.

Si cotejamos la información con fuentes profesionales mínimamente responsables, es indudable que existe consenso científico para afirmar que, debido al exceso de emisión de dióxido de carbono por la quema de combustible fósiles, la temperatura media de la superficie terrestre ha aumentado más de un grado y casi medio en océanos y mares, con picos más altos en zonas especialmente sensibles como el mar Mediterráneo. Estos días hemos comprobado que ha llegado a los veintinueve grados en algunos lugares de la costa. También se constatan subidas variables del nivel global de los mares; retroceso de glaciares y pérdidas de hielo en altas montañas ( estos días hemos visto las trágicas imágenes de la riada causada por el deshielo en Nepal); mayor frecuencia e intensidad de olas de calor, como las que, una vez más, hemos sufrido este verano, con el consiguiente aumento de incendios forestales; así como cambios en los ecosistemas naturales y en la biodiversidad animal y vegetal. Del mismo modo- aunque este tema es más controvertido- en el debate climático existe también cierto acuerdo según el cual la humanidad tendría que asumir un marco de autolimitación y renuncia. Esta cuestión es mucho más complicada de gestionar políticamente porque gran parte de la población más desfavorecida comprueba como las clases altas escapan sin consecuencias a cualquier tipo de restricción.

Gracias al esfuerzo de millones de personas, tanto especialistas como activistas, que han puesto el cuerpo en todo tipo de movilizaciones –algunas incluso hasta perder la vida-, la gran mayoría de la población ya reconoce esta realidad. Sin embargo, en paralelo, esos mismos datos se utilizan, por parte de determinados grupos de poder económico y político, para elaborar deliberadamente un enorme agujero negro de desinformación y, de ese modo, generar una contra realidad paralela repleta de falsedades.

Hoy, el mayor peligro ya no es la ignorancia sino la instrumentalización interesada de la información (climática y medioambiental, en el caso que nos ocupa, aunque también política y económica), con fines reactivos e inmovilistas o para continuar con agendas económicas basadas en la extracción de combustibles fósiles. En “Fascismo en un solo planeta”, texto publicado en la revista Corriente cálida se puede leer que: “[…] como ocurre en todos los interregnos, el nuevo sentido común está en disputa y existen varios futuros posibles. Esta puede ser una oportunidad de democratizar la producción y el uso de la energía, pero también el principio de un nuevo imperialismo en el que una minoría disfrute de una vida cómoda y a resguardo de las venganzas del clima, pero a costa de una intensificación de las guerras, las conquistas extractivistas o la aniquilación de poblaciones excedentes.”

Teniendo en cuenta que toda la información está a nuestro alcance, el gran reto político para evitar el colapso sería deslegitimar las coaliciones ecofascistas que se están formando en el mundo, y conseguir que los objetivos reactivos de los negacionistas sean rechazados por una gran mayoría de la humanidad. Una de las principales prioridades políticas y culturales de las próximas décadas es la neutralización de todas las fuerzas que frenan la descarbonización. Ahora mismo, más allá de idealismos, la utopía de un porvenir en convivencia saludable pasa por pensar la transición ecológica y la consiguiente innovación institucional desde las contradicciones del mismo capitalismo, pero mediante un reformismo radical. Es decir, que la descarbonización sea lo más rápida y lo más justa posible, pero de la mano de una convergencia social amplia, diversa, descentralizada y democrática.  

Como dice Emilio Santiago Muiño en Vida de ricos (Lengua de Trapo, Círculo de Bellas Artes) debemos trabajar para inundar el mercado con una masa de deseos cuya realización no rebase una huella ecológica humana justamente repartida, pero sí desborden la vieja organización social y su marco de satisfacciones permitidas. De este modo la emancipación ya no consistiría en precipitar los sueños de la abundancia material infinita, sino en realizar las utopías del “lujo comunal”. Es decir, la mejor coexistencia de todos los seres humanos sin tener que aumentar innecesariamente nuestro consumo. Podemos vivir una vida extraordinariamente rica sin necesidad de derrochar cantidades ingentes de recursos.

LA PAZ VIVA DE JUAN GUTIERREZ

En Malas compañías (Galaxia Guteberg, 2022) la filósofa Marina Garcés afirma que la guerra es un estado del mundo. Más allá de campos de batalla específicos, hoy implica al planeta entero en una lógica de movilización que nos afecta a todas las personas. Cada vez estamos más preocupados por la incertidumbre de los mercados energéticos y las cadenas de suministros; la competencia geopolítica por el dominio de los territorios; la rivalidad en la extracción de los recursos necesarios para el desarrollo de las tecnologías y, en consecuencia, el control de la información; los movimientos migratorios; los efectos del cambio climático; las políticas de seguridad y militarización del mundo.

Es evidente que los lugares de contiendas, en apariencia lejanos, no son ajenos a nuestras vidas. Al contrario, su persistencia en Gaza y Líbano o en Irán y los países del Golfo Pérsico en el estrecho de Ormuz o en el África subsahariana nos exige una reflexión ética y política sobre nuestra propia responsabilidad activa en la defensa de una paz internacional justa. Sobre todo, en las medidas que se deberían tomar para reducir las desigualdades en el mundo.

Hace unos días falleció Juan Gutiérrez, una de esas muchas existencias activistas para las que pensar la violencia y la guerra supone también pensar las potencias de reconciliación y el encuentro entre diferentes. Desde que en los años sesenta participó en los movimientos contra la guerra de Vietnam, su vida fue un largo camino que compartió siempre con Frauke Schulz-Utermöhl. En el año 2023 publicó La Paz viva. Rutas y derroteros 1985-2022 (Postmetrópolis, 2023), recopilación significativa de sus textos, donde el concepto de «paz viva» aparece como hilo conductor. «Paz viva» -decía- que, en lugar de subrayar el horror de las guerras o los antagonismos violentos, siempre trata de encontrar los actos de solidaridad y cuidado que, aún siendo pequeños, permiten no dejarnos atrapar en las lógicas de confrontación con el enemigo. Ese tejido de «hebras de paz viva» de apoyo mutuo, muchas veces invisible, que nos puede ayudar a sostener y reconstruir las relaciones humanas desgarradas por la violencia. Una paz viva -añadía- que además de estar formada por ese tejido de engarces, tiene un magnetismo propio que hace que nos sintamos llamados a respetarnos unos a otros al reconocernos como humanos.

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RESPONSABILIDAD SOCIAL Y RESPETO A LA PRIVACIDAD CONTRA LA TECNODOMINACIÓN

Nota: Este texto se publicó en la Revista Galde Nº53

En mil novecientos noventa y cuatro, dos años antes de que el sociólogo Manuel Castells publicara su célebre trilogía La era de la información (1996-1998), el filósofo Javier Echeverría Ezponda ya había publicado Telépolis. Un año después ganó el premio Anagrama de ensayo por Cosmopolitas domésticos y poco después, en 2000, fue galardonado con el Premio Nacional de Ensayo por Los señores del aire: Telépolis y el Tercer Entorno (Destino, 1999) antecedente de su reciente ¡No hay derecho! Contra las nubes y la tecnodominación feudal (Asimétricas, 2026) que da continuidad a Tecnopersonas. Cómo las tecnologías nos transforman (Trea, 2023) escrito junto con Lola S. Almendros. Todas estas publicaciones son resultado de más de tres décadas de investigación y escritura sobre filosofía de la ciencia y la tecnología.

En aquel final de siglo, muchos nos dejamos fascinar -nunca mejor dicho- por los nuevos espacios digitales y telemáticos que, para colmo, además nos parecían horizontales y descentralizados. Algunos ilusos llegamos incluso a pensar que las redes eran nuestras, bienes comunes, o que, al menos, su gestión sería regulada con criterios democráticos y sociales. Multitud de colectivos, activistas, hackers o filósofos, así como algunas universidades e instituciones culturales, intentamos que el ciberespacio fuera administrado como bien público. Para ello promovimos el software libre, el copyleft, las redes inalámbricas comunitarias o las ciudades digitales – entre otras muchas iniciativas-. Como Echeverría nos recuerda, ya en la década de 1960, John Mc Carthy, destacado pionero de la informática, creador del lenguaje LISP (procesador de listas) e introductor de la expresión “inteligencia artificial”, imaginó que la computación podría convertirse con el tiempo en un servicio público, como el agua o la electricidad en las ciudades. Eso creíamos y en cierto modo fue así, pero la gran cuestión que aborda Echeverría en su último libro es si en la actualidad, en todo ese espacio digital, nuestros derechos están garantizados y jurídicamente regulados o, por el contrario, controlados por las grandes empresas tecnológicas, como Google, Apple, Facebook, Amazon o Microsoft.

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EL MUNDIAL DE FÚTBOL. SOBRE AFECTOS LOCALES Y ECONOMÍAS GLOBALES.

Este año, al hacerse pública la lista de jugadores convocados para el mundial de futbol se ha producido un hecho inédito e insólito. El seleccionador Luis de la Fuente no ha emplazado a ninguno del Real Madrid que, hablando en términos deportivos, para una mayoría de españoles fue durante muchos años la principal representación de España.  El equipo de la capital del Estado era la mejor herramienta para la defensa de la españolidad, entendida como nacionalidad unitaria y uniforme. De hecho, durante décadas un gran parte de jugadores de la selección nacional de fútbol provenía de la cantera madridista y, en cierto modo, sus valores emocionales eran los mismos: honor, épica, exigencia, grandeza o raza que, en principio, era sinónimo de fortaleza competitiva, pero a su vez se podía interpretar como semejanza identitaria. El resto de los jugadores de la selección eran del Barcelona C.F o de otros equipos de provincias, incluidas las canteras vascas, especialmente fructíferas. En cierto modo, el modelo de la selección reproduce la histórica cuestión sobre la organización del Estado, nunca resuelta del todo, así como la tensión social y cultural que subyace en el control de lo simbólico: colores, banderas, himnos etc.  

Ahora, casi sin querer, el equipo nacional se parece mucho más a la realidad plural y diversa actual del país y, paradójicamente, en un sentido contrario a la tradición, la plantilla del equipo blanco es menos española que nunca, ya que más del setenta por ciento de sus jugadores proceden de otros lugares del mundo. Además, se podría afirmar que es uno de los grandes representantes de los valores del capitalismo global y, por ende, del sistema financiero que sustenta el fútbol internacional. Giovani Infantino, el presidente de la FIFA, la Federación Internacional de Fútbol – seguidor confeso de Donald Trump- no ha dudado nunca en defender esa expansión global del fútbol, a la vez que lo convierte en una poderosa máquina comercial.

Escribo esta columna mientras la selección española de fútbol juega y empata su primer partido contra la de Cabo Verde, uno de los países más pequeño del mundo que compite en este campeonato con una mayoría de jugadores procedentes de la diáspora. Son hijos, nietos o biznietos de familias trabajadoras inmigrantes, muchas con bajos ingresos, criados en barrios obreros de ciudades europeas. Como ocurre en casi todos los equipos profesionales de alto nivel, las habilidades deportivas de los jugadores – digamos, su valor de uso–, adquiridas en las canteras y academias de fútbol, se convierten en valor de cambio, cuando su rendimiento se mide no solo por sus cualidades atléticas, sino también por su cotización en el mercado. Son además hombres-marca, es decir, imágenes comerciales adscritas a un mercado de productos que va más allá de su condición deportiva (otro gran tema sería analizar las razones por las que muchos de ellos olvidan su condición de clase originaria y como, en cuanto su cuenta corriente se lo permite, reproducen las lógicas del lujo y la ideología de las clases privilegiadas).  

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PRIORIDAD NACIONAL SIGNIFICA SEÑALAR ENEMIGOS

En la tradición filosófica, la Modernidad -el periodo que va del siglo XVI al XIX- se ha identificado con la preminencia de la razón humana, el empirismo y la autonomía del pensamiento frente a la tradición, la religión o la magia- y el poder político se entiende como “dominación” y “voluntad de poder”, que según Carl Schmitt se constituye en base a criterios de amistad o enemistad, organizados a partir de fuerzas afines o antagónicas.

Parafraseando a Enrique Dussel en Filosofías del sur. Descolonización y transmodernidad (Akal, 2022) desde que Europa conquista el Atlántico, al mismo tiempo que desarrolla la civilización capitalista, esa filosofía moderna blanca aparece como único saber universal ante las comunidades de un mundo colonizado y en extrema postración, con sus saberes intencionadamente devaluados. Esa gnoseología y epistemología académica, situada geopolítica, económica y culturalmente en un centro europeo, manipulará desde ese espacio privilegiado el conocimiento y la información del resto de las culturas que, de ese modo, pasarán a ser periféricas. Es decir, serán consideradas formas de vida y pensamiento menores, lo que dispone también una condición humana inferior. 

Este eurocentrismo filosófico se arroga una supuesta pretensión de universalidad siendo en realidad un saber particular. Sin embargo -añade Dussel- esa aspiración idealista termina cuando integrantes de otras tradiciones filosóficas culturales toman conciencia de sus propias historias y del valor concreto de las mismas. Karl-Otto Apel, en un intento por definir las condiciones universales de la filosofía, en La transformación de la filosofía (1973-1976) planteó que la verdadera razón se encuentra en una comunidad de diálogo y no en los enunciados de un sujeto aislado. Desplaza el centro de la razón desde el sujeto individual hacia la comunicación intersubjetiva. Esto es, para que haya validez argumentativa -decía- es necesario reconocer a los demás humanos posibilidades simétricas de intervenir en la discusión y en la vida política. En el mismo sentido, Karl Marx propuso que, para que exista una verdadera comunidad de dialogo, también deberíamos producir condiciones de vida materiales referidas al valor y el crecimiento de la vida humana. Aceptar esa condición de universalidad sería la premisa fundamental del principio de fraternidad o de sororidad.

Imagen del proyecto «Un botiquín para mi ciudad» de la asociación Grigriprojects

Por el contrario, proponer el principio de prioridad nacional para a acceder a los servicios públicos es simple y llanamente una llamada para señalar enemigos, para excluir, expulsar o eliminar a personas de cualquier comunidad. En 1970 es Sobre la violencia Hanna Aredt habló directamente de proscripción, o sea la separación de la pertenencia, y por tanto la pérdida de la identidad y de la propia condición de persona. No hay subterfugio ni eufemismo, llámense arraigo o patriotismo, que pueda ocultar el racismo y la xenofobia de semejante propuesta antidemocrática. Más concretamente, sería aporofobia clasista, puesto que esa discriminación se dirigirá sobre todo a los pobres, no tanto a los extranjeros ricos que siempre tienen recursos para costearse sus propios servicios privados.

Desde luego, esa prioridad nacional no se aplicaría nunca a feroces inversores –cada vez más numerosos en esta España inmobiliaria- aunque su piel les delate o su acento les señale como foráneos. Para esta derecha tan patriótica que se nos viene encima, estas personas jamás tendrán problema alguno con la dichosa prioridad nacional, al contrario, según su patriotismo de cartera, serán tratadas como ciudadanas de primera clase, aunque sean las que con sus inversiones especuladoras están inflamando el precio de la vivienda, de tal manera que para la población local sea prácticamente imposible adquirir una casa simplemente para vivir.

Puede parecer paródico, pero la aplicación de esa premisa nacional prioritaria también podría devolvernos a los tiempos del apartheid, es decir, tendríamos servicios y espacios segregados, leyes de pases, restricciones al voto o a cualquier tipo de participación social, política y cultural, con la consiguiente represión y cancelación de otros derechos ciudadanos. ¿Cómo se establecería el criterio selectivo en el acceso a los transportes públicos?, ¿habría un policía de la identidad en cada vagón o autobús urbano? ¿Se necesitará siempre presentar el DNI para poder asistir a una actividad en centros culturales públicos? 

Cuando Simone Weil escribió El arraigo, también conocido como Echar raíces: preludio a una declaración de deberes hacia la humanidad nunca pensó que el arraigo se identificase con la nación, ni con la identidad. Ella se refería a la participación afectiva, a la capacidad de crear vínculos y relaciones humanas en comunidades capaces de asumir la plena integración de cualquiera con voluntad de aceptar responsabilidades y compartir vida en común. Tener arraigo no sería, entonces, un estatus legal, un derecho otorgado por el Estado, ni una nacionalidad concreta, sino una respuesta a las necesidades del alma -fundamentales para la salud mental y social-, a los deberes y obligaciones con el prójimo, la atención y el cuidado en comunidad, subrayó Weil desde su cristianismo radical. Ella desde muy temprano se identificó siempre con quienes en cada caso llevaban la parte peor: con los excluidos, los humillados, quienes padecían la injusticia o cargaban con la desigualdad, con la multiforme humanidad sufriente.

Hay, ciertamente, mucho de qué defenderse en este mundo de hoy- decía Rafael Sánchez Ferlosio en Cuando la flecha está en el arco, tiene que partir– pero lo último que uno querría tener que oír como defensa es ese grito “los buenos son los nuestros” que ya no puede ser más que una consigna de regresión a la barbarie y un llamamiento a la confrontación.