PERIODISMO DE PROXIMIDAD

Hace unas semanas se jubiló Juanma Goñi, después de haber trabajado más de cuarenta años como corresponsal del Diario Vasco en Tolosa y su comarca. Este texto lo publiqué hace unos días en el mismo periódico como pequeño homenaje a su trayectoria profesional y como gesto de amistad.

Repetir el mantra de que el desarrollo de las tecnologías digitales ha modificado estructuralmente los sistemas de comunicación, no debería impedirnos observar cómo esos avances están produciendo la desaparición de otros modelos de acceso al conocimiento, fundamentales para el avance de los saberes de la humanidad y la mejora de nuestra capacidad de análisis y crítica de la realidad.

Uno de los ejemplos más visible de esa transformación tecnológica ha sido la evolución de los periódicos en papel que, poco a poco, están dejando de ser parte de la vida social. Hasta hace unos años, su presencia en los hogares, en los bares o en las bibliotecas formaba parte del imaginario popular. Hoy empiezan a ser una rareza. Seguramente, aún resisten gracias a la perseverancia de una generación que todavía nos negamos a prescindir de la satisfacción de tener un periódico entre las manos. Sabemos que esta experiencia tiene su tiempo contado, pero, al menos en mi caso, es otra forma de resistencia contra la aceleración del tiempo y a favor de determinados valores, como el derecho a la información.   

Para mi generación, más allá de predilecciones personales, el mejor periodismo, además de sinónimo de rigor informativo, siempre ha sido garantía de veracidad, porque damos por hecho que entre las cualidades del buen periodista debe estar el compromiso con la verdad, la responsabilidad social y la independencia profesional. Pero como también sabemos que el idealismo se da de bruces contra la realidad, para asegurarnos libertad de criterio personal, como dirían Pio Baroja o Manuel Vázquez Montalbán, por no fiarnos nunca del lector de un solo periódico, algunas procuramos leer varios.

Aun así, la verdad se nos escapa de las manos. En la actualidad cada vez es más complicado saber dónde encontrar información fidedigna. La multiplicación casi infinita de canales informativos de todo tipo -muchos de ellos auténticas máquinas de manipulación- y los juegos de poder entre los grandes grupos mediáticos, pervierten todavía más las garantías de independencia y veracidad. Por ello, poder confiar en un periodismo honesto es primordial para garantizarnos cierto rigor informativo. En Narrar el abismo. Periodismo de conflicto en tiempos de impunidad Patricia Simón, excelente periodista especializada en conflictos, el periodismo consiste en investigar, estar en el lugar de los hechos, observar, preguntar, contrastar, estudiar, volver a preguntar, analizar y contar.

En este sentido, en el periodismo tradicional de proximidad, sobre todo en las pequeñas y medianas poblaciones, el papel del corresponsal local ha sido clave a lo largo de estas últimas décadas, porque la relevancia de su labor se basa en el conocimiento exhaustivo del contexto y en las relaciones de confianza que establece con sus gentes, entidades locales e instituciones. Además, su función mediadora entre comunidad y cabecera editorial posibilita que las noticias se distribuyan de manera más equitativa entre las capitales de los territorios y las poblaciones de menor entidad demográfica, ya que los acontecimientos locales, en muchas ocasiones, son también importantes y necesarios para el conjunto del sistema informativo regional. Por otro lado, el corresponsal local es un auténtico contenedor de memoria. Sus colecciones de reportajes y noticiarios, así como el patrimonio fotográfico que los acompaña, son materiales de archivo imprescindibles para la historia.

Manuel Castells, hace ahora treinta años, en su clásico La era de la información. Economía, sociedad y cultura ya subrayó el valor de la información local para reforzar la democracia en la era de la sociedad red. Hablaba entonces de la importancia de la comunicación que se generaba en los “espacios de los lugares”, que el autor relacionaba con la vida comunitaria en los barrios y la relación directa con la ciudadanía, frente a la producida en los “espacios de los flujos”, regulada por los intereses económico de los mercados financieros y tecnológicos.  

El cometido que cumplen los corresponsales locales en la verificación de campo, en el acceso a las fuentes primarias y en la creación de confianza en la comunidad es una de las mejores garantías contra la desinformación y la denominada posverdad, aquella que distorsiona deliberadamente la realidad para manipular las emociones e influir en la opinión pública con mentiras, bulos y burdas manipulaciones de las noticias.  

Quizás, parafraseando la ética del artesano de Richard Sennett, el trabajo del corresponsal local no debería pensarse como reliquia del pasado, sino como una de las defensas más modernas contra el desorden informativo, bajo cuya aparente promesa de la abundancia tal vez se oculte una forma perversa de destrucción del conocimiento.

POLÍTICAS DE LA (IN)MORALIDAD

Debido a los innumerables desvaríos políticos de Donald Trump, hemos comenzado el año con la sensación de que la situación del mundo –ya de por sí siempre transitoria e incierta por su propia condición contingente- puede entrar en una fase crítica de mayor inestabilidad. El Estado más poderoso del mundo pretende serlo aún mucho más y, al parecer, lo quiere conseguir sin poner ningún límite legal ni ético a sus acciones, ni en el expansionismo de su política exterior ni en la organización del orden público del interior. De hecho, contraviniendo cualquier mínimo principio filosófico sobre el justo equilibrio entre el bien y el mal, el mismo presidente de los EE. UU. ha llegado a decir que será su propia moralidad la única que determine la honestidad y la decencia de todas las operaciones que emprenda. Ha dejado bien claro que él mismo será el árbitro de sus decisiones, sin someterse al derecho internacional -siempre inestable y poco resolutivo- ni a ningún tipo de ética democrática que impida el ejercicio de su voluntad personal. El poder por el poder sería el único dogma al que Trump se sentiría vinculado.

En muchos sentidos, esa posición para controlar el mundo nos es nada nueva. Además de ser repetición del pensamiento absolutista y reaccionario de siempre, es la continuación del imperialismo histórico surgido de los distintos colonialismos: la expansión sin límites, el poder y su máquina de guerra al servicio de la acumulación ilimitada de riqueza.

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PARALIZADO EL PROYECTO GUGGENHEIM URDAIBAI

Hace unas semanas recibí una llamada de la Fundación Agirre Lehendakaria Center de la Universidad del País Vasco para participar en el proceso de escucha impulsado por Diputación Foral de Bizkaia sobre el proyecto de construcción de una nueva sede, con dos edificios, del Museo Guggenheim en Urdaibai, reserva de la biosfera situada en la región de Busturialdea, entre Bermeo, Gernika y Luno y otras poblaciones afectadas de Bizkaia. Desde que se hizo público el plan de expansión del museo, la oposición social al proyecto, liderada por diversas plataformas ciudadanas y grupos ecologistas, fue significativa y persistente. Afortunadamente, a la vista de la presión popular, del resultado de la consulta y de las muchas dificultades técnicas para su implantación, hace unos días, el patronato de la Fundación Guggenheim ha decidido no seguir adelante con el proyecto de ampliación del museo.  Cuando se realizó la entrevista por teléfono, la decisión no se había tomado. Esta es la transcripción, más o menos fiel, de aquella conversación (en su momento, el dieciocho de octubre y el veinticinco de noviembre del año dos mil veinticuatro, publiqué sendos textos con mi opinión que también os adjunto).

¿En qué situación crees que está hoy en día la comarca o qué crees que está pasando?

Bueno, no soy un experto por lo que más allá de alguna valoración general y de la información que me llega por prensa, no podría decir nada preciso. Sin embargo, es evidente que, viendo como han sido transformadas las economías del sector primario por las formas de globalización económica y por determinadas dinámicas de industrialización a gran escala y masiva mercantilización acelerada de sus productos, efectivamente, estos cambios han afectado sobre todo a las formas más tradicionales y locales de la agricultura y la pesca. Por tanto, deduzco que las empresas locales, trabajadors y servicios que dependen de ellas también estarán siendo damnificados por esa crisis y, como en otras regiones, es lógico que estén reclamando algún tipo de plan estratégico específico para avanzar en una reconversión de la economía local y, de ese modo, reorientarla hacia un futuro sostenible y ecológico de la comarca. A la vista de las movilizaciones populares, no parece que la solución sea, precisamente, esta apuesta de la Fundación Guggenheim en Urdaibai.

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SEGUIR PENSANDO EN GAZA TAMBIÉN EN NAVIDAD

El texto que sigue a esta breve introducción aclaratoria lo escribí unos días antes del día de Navidad del año 2025. Se publicó en el Diario Vasco, ayer sábado, una vez comenzado el nuevo año que nos ha traído como primera gran noticia internacional el bombardeo de Caracas por parte del ejército de los EE. UU y el posterior secuestro del presidente de Venezuela, Nicolás Maduro y su esposa Cilia Flores. Mi apunte en el texto que os adjunto sobre el “pacifismo” militarista e imperialista” del gobierno de Donald Trump tras la firma del Plan de Paz para Gaza adquiere hoy, si cabe, una significación mucho mayor.

Aunque las condiciones de vida en Gaza siguen siendo infernales y el desarrollo del llamado acuerdo de paz firmado en octubre continúa siendo una incógnita se ha producido, por arte de birlibirloque, un preocupante apagón informativo sobre la dramática situación de la zona.  Así que una de las primeras consecuencias del pacifismo militarista e imperialista de Trump, con la aquiescencia de la Unión Europea y gran parte de la diplomacia internacional, ha sido que las noticias sobre Palestina han desparecido de los medios de comunicación. Los especialistas lo denominan “fatiga informativa”, una especie de agotamiento emocional que, en realidad, oculta el mayor éxito de la tregua hasta ahora: dejar de señalar el conflicto y sus aspectos más dramáticos para que el ejército de Israel tenga carta blanca en la política de control sobre la población palestina y el gobierno sionista continue su política de expansión.

Miles de soldados se han instalado en lo que se conoce como zona amarilla, una especie de nueva frontera móvil que ocupa más del cincuenta por ciento de Gaza y que, eufemísticamente, denominan zona de amortiguamiento. Según el acuerdo de paz, ese territorio sirve como muro de contención desde donde Israel mantiene su estrategia defensiva y, si fuera necesario, ataque a las poblaciones palestinas limítrofes. Es decir, la frontera como mejor arma de guerra.

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¿DIOS HA MUERTO?  

A pesar de que los datos sobre asistencia a servicios religiosos u otras formas de identificación eclesial indican que la religiosidad social no ha aumentado en el mundo de manera significativa, paradójicamente, parece que, por la necesidad de encontrar respuestas a la incertidumbre en la que vivimos, la espiritualidad está cada vez más más presente en nuestras sociedades.

Sin ir más lejos, y tal vez como síntoma, en nuestro contexto cultural hemos asistido en los últimos meses a la entrega del Premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades al mediático filósofo Byung-Chul Han, cuyo último libro traducido al español es precisamente Sobre Dios. Pensar con Simone Weil, reconocida filósofa mística que ha servido también de inspiración para Lux, el último disco de la cantante Rosalía. A esta coincidencia se suma el estreno de Los domingos, la última película de la directora Alauda Ruiz de Azua, cuya trama principal se construye alrededor de una joven que quiere hacerse monja de clausura. Estos tres productos de la industria cultural parecen indicar que, aunque a finales del siglo XIX Nietzsche enunciara el célebre “Dios ha muerto”, su figura sigue muy presente, tanto en sus formas espirituales (personales) o religiosas (comunidades) como en las eclesiásticas y normativas (poder y doctrina) que, por cierto, no tienen que estar necesariamente vinculadas. Alguien puede tener intensas experiencias espirituales o religiosas y no pertenecer de forma explícita a ninguna iglesia o, por el contrario, ser miembro activo de alguna y no tener el más mínimo escrúpulo para ser un perverso genocida. Por citar a alguna en concreto, ahí tenemos a Netayahu o el mismísmo Trump que no paran de invocar a Dios para justifcar sus «buenas» acciones en nombre del bien.

Cuando, tanto en La gaya ciencia (Tecnos 2016) como en Así habló Zaratustra (Alinaza, 2011), Nietzsche escribió aquella célebre sentencia filosófica, por ser más precisos, no pretendía afirmar que alguna vez hubiera existido un ser divino y en ese momento de la historia había dejado de hacerlo, sino, más bien, quiso hacer una observación cultural sobre el desmoronamiento del sistema de valores y verdades en el que se había apoyado la sociedad europea durante siglos. Para este maestro de la sospecha, la Ilustración, con su confianza ciega en la razón y la ciencia, o la modernidad, con la secularización social, la exacerbación de la autonomía individual y el desarrollo del progreso tecnológico sin límites éticos, habrían socavado las bases religiosas de la cultura europea. Por tanto, la “muerte de dios” representaría sobre todo la crisis de sentido de los valores cristianos que nos habían llevado hasta ese momento histórico y, en consecuencia, esa pérdida habría derivado en formas nihilistas de habitar el mundo. Ante ese vacío, Nietzsche nos habló de la responsabilidad radical del ser humano singular, pero aceptando que vive en relación con la multiplicidad de otr+s, en un mundo compartido. 

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EL FIN DE LA PACIENCIA

Tras verificar que el reciente ciclo primavera-verano ha sido el más caluroso desde que se miden científica y sistemáticamente las temperaturas, o que la elevación térmica de las aguas del Mediterráneo es un hecho, o constatar que durante estos meses se han quemado con virulencia y voracidad más bosques en la península ibérica que en toda la historia documentada, cuesta creer que aún haya personas que nieguen el cambio climático. En relación con los incendios, al margen de las confrontaciones partidistas – en algunos casos grotescas- las palabras prevención, anticipación o coordinación institucional han sido las que más consenso han concitado entre las mentes más preclaras de la política y las voces de profesionales y científicos. Es evidente que trabajar sobre las causas de los incendios u otros fenómenos derivados de las alteraciones del clima es mucho más importante que actuar sobre las consecuencias. De hecho, hay cierta unanimidad académica sobre el tiempo perdido y el retraso en la aplicación de las medidas necesarias para desacelerar el cambio climático.

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