“Los seres humanos somos capaces de lo mejor y lo peor”. A pesar de su obviedad retórica, esta frase tan manida también es una sabia advertencia sobre nuestra condición compleja y ambivalente. A lo largo de la historia, junto a los mayores actos de amor, altruismo, generosidad, justicia y creatividad, hemos sido causantes de las peores guerras, la ocupación ilegal de territorios y episodios de destrucción, expolio, violencia y crueldad. A la vez que producimos grandes avances en ciencia, ingeniería o medicina y excelentes expresiones artísticas y culturales, sembramos el terror, alentamos la explotación del prójimo y extendemos la desigualdad extrema entre los habitantes de la Tierra. En nuestras conductas, encarnamos el bien y el mal. Al mismo tiempo que disponemos del conocimiento para emplear mucho mejor el primer concepto ético, utilizamos también las peores argucias para desplegar el segundo. Como siempre, unos más que otros. En eso consiste el frágil equilibrio del mundo, en encontrar la verdad y el bien en las zonas de acuerdo entre diferentes.
Hace unas semanas, hemos visto como cuatro seres humanos, aparentemente felices, han viajado a la luna, mientras en la tierra asistimos atónitos a graves confrontaciones bélicas y peligrosas tensiones políticas internacionales. Mientras vemos desconcertados como Oriente Medio se convierte en un polvorín que está alterando trágicamente nuestra frágil existencia, a la vez, nos sorprendemos con las imágenes de esas cuatro personas viajando al lado oculto de la Luna, por primera vez en la historia. Por un lado, somos testigos de otro capítulo en los avances del espíritu científico, el empirismo o la razón ilustrada; por el otro, nos invade el pesimismo y la sensación de fracaso moral colectivo porque los humanos no dejamos de enfrentarnos unos contra otros, hasta matar por nuestras ideas, delimitar posesiones o aniquilar “enemigos”. Podríamos debatir sobre si, tal como está el mundo, la expedición lunar significa progreso, pero sobre los desastres de las guerras, parafraseando a Francisco de Goya, únicamente cabe describirlos como monstruos de la razón.

En la inocencia de mi infancia, a principios de los años sesenta del siglo pasado, cuando parecía que el mundo no tenía ningún límite para desarrollarse, viví los primeros experimentos espaciales como un gran logro de la humanidad. En mi ingenuidad, aquellas imágenes en blanco y negro que de vez en cuando la televisión emitía para contarnos la “carrera espacial” entre la URSS -la extinta Unión Soviética- y EE. UU., me parecían el mejor elogio del progreso y de la capacidad científica, aunque entonces tampoco entendiera que tras aquellas «proezas» se escondiese otro tipo de guerra, “fría” se denominaba eufemísticamente.
Ahora estoy seguro de que no existe ninguna diferencia entre la carrera espacial y la deriva belicista en la que estamos inmersos. Estoy convencido que, tanto una como la otra, son caras de la misma moneda: operaciones imperialistas de colonización para ocupar territorios, extraer recursos y acumular beneficios. En Oriente Medio, petróleo y gas, con Israel como guardián garante del poder occidental; en la Luna, agua subterránea congelada, helio 3, al parecer combustible ideal para la fusión nuclear, y metales raros, como escandio e itrio, fundamentales para producir componentes electrónicos; esos minerales raros con los que los “señores de las nubes” -diría el filósofo Javier Echeverría- llenan sus carteras de negocio, dominan las relaciones comerciales del mundo y construyen las redes de poder político, fuera del control democrático.


La antropóloga, ingeniera y activista ecofeminista Yayo Herrero, en su reciente Metamorfosis. Una revolución antropológica (Arcadia, 2025) escribe que nuestra cultura padece una especie de síndrome de astronauta. Vivir sin límites -dice- requiere energía, minerales, ciclos naturales y explotación de otras vidas que sufren los efectos colaterales de la ilusión de ingravidez. El capitalismo tiene una lógica extraterrestre, por eso a algunos -añade- no les duele pensar en escapar de la Tierra después de agotarla porque son como aliens, viven alienados, extraídos o extrañados de su condición humana. El síndrome del astronauta se apoya en la fantasía de la individualidad, el dominio y el control tecnológico, el imperialismo y colonialismo, y la pulsión expansiva y sacrificial del capitalismo. También el filósofo y sociólogo Bruno Latour, en Habitar la tierra (Arcadia, 2023) indica que el gran reto de la humanidad es reaprender a vivir en este planeta, habitarlo de forma consciente dentro de sus límites ecológicos. En cierto modo, nos aconseja aterrizar, bajarnos de las nubes del crecimiento infinito o el progreso sin límites y asumir nuestra condición terrestre en común, con todas su consecuencias y obligaciones.
Este sabio consejo no está tan lejos de las apreciaciones de Jeremy Hansen, el astronauta canadiense, para quien ver la Tierra desde el espacio le recordó que vivimos en un planeta muy frágil: “Somos afortunados de vivir en ella y nuestro propósito es encontrar el gozo en ayudarnos los unos a los otros y encontrar soluciones juntos en lugar de destruirnos”. Tampoco de la declaración de su compañera de vuelo Christina Koch quien describió nuestro planeta como un bote salvavidas.
Sin ocuparnos entre todas de nuestras necesidades básicas no hay vida posible en la Tierra y, por supuesto, tampoco en la Luna ni en Marte. Si queremos que la humanidad tenga porvenir es absolutamente necesario que hagamos mucho más habitable y terrenal nuestra existencia, para lo cual se requiere una verdadera revolución antropológica -insiste Herrero- que todavía ni siquiera hemos comenzado a pensar, porque seguimos encadenados a la historia que nos ha traído hasta aquí.




