PRIORIDAD NACIONAL SIGNIFICA SEÑALAR ENEMIGOS

En la tradición filosófica, la Modernidad -el periodo que va del siglo XVI al XIX- se ha identificado con la preminencia de la razón humana, el empirismo y la autonomía del pensamiento frente a la tradición, la religión o la magia- y el poder político se entiende como “dominación” y “voluntad de poder”, que según Carl Schmitt se constituye en base a criterios de amistad o enemistad, organizados a partir de fuerzas afines o antagónicas.

Parafraseando a Enrique Dussel en Filosofías del sur. Descolonización y transmodernidad (Akal, 2022) desde que Europa conquista el Atlántico, al mismo tiempo que desarrolla la civilización capitalista, esa filosofía moderna blanca aparece como único saber universal ante las comunidades de un mundo colonizado y en extrema postración, con sus saberes intencionadamente devaluados. Esa gnoseología y epistemología académica, situada geopolítica, económica y culturalmente en un centro europeo, manipulará desde ese espacio privilegiado el conocimiento y la información del resto de las culturas que, de ese modo, pasarán a ser periféricas. Es decir, serán consideradas formas de vida y pensamiento menores, lo que dispone también una condición humana inferior. 

Este eurocentrismo filosófico se arroga una supuesta pretensión de universalidad siendo en realidad un saber particular. Sin embargo -añade Dussel- esa aspiración idealista termina cuando integrantes de otras tradiciones filosóficas culturales toman conciencia de sus propias historias y del valor concreto de las mismas. Karl-Otto Apel, en un intento por definir las condiciones universales de la filosofía, en La transformación de la filosofía (1973-1976) planteó que la verdadera razón se encuentra en una comunidad de diálogo y no en los enunciados de un sujeto aislado. Desplaza el centro de la razón desde el sujeto individual hacia la comunicación intersubjetiva. Esto es, para que haya validez argumentativa -decía- es necesario reconocer a los demás humanos posibilidades simétricas de intervenir en la discusión y en la vida política. En el mismo sentido, Karl Marx propuso que, para que exista una verdadera comunidad de dialogo, también deberíamos producir condiciones de vida materiales referidas al valor y el crecimiento de la vida humana. Aceptar esa condición de universalidad sería la premisa fundamental del principio de fraternidad o de sororidad.

Imagen del proyecto «Un botiquín para mi ciudad» de la asociación Grigriprojects

Por el contrario, proponer el principio de prioridad nacional para a acceder a los servicios públicos es simple y llanamente una llamada para señalar enemigos, para excluir, expulsar o eliminar a personas de cualquier comunidad. En 1970 es Sobre la violencia Hanna Aredt habló directamente de proscripción, o sea la separación de la pertenencia, y por tanto la pérdida de la identidad y de la propia condición de persona. No hay subterfugio ni eufemismo, llámense arraigo o patriotismo, que pueda ocultar el racismo y la xenofobia de semejante propuesta antidemocrática. Más concretamente, sería aporofobia clasista, puesto que esa discriminación se dirigirá sobre todo a los pobres, no tanto a los extranjeros ricos que siempre tienen recursos para costearse sus propios servicios privados.

Desde luego, esa prioridad nacional no se aplicaría nunca a feroces inversores –cada vez más numerosos en esta España inmobiliaria- aunque su piel les delate o su acento les señale como foráneos. Para esta derecha tan patriótica que se nos viene encima, estas personas jamás tendrán problema alguno con la dichosa prioridad nacional, al contrario, según su patriotismo de cartera, serán tratadas como ciudadanas de primera clase, aunque sean las que con sus inversiones especuladoras están inflamando el precio de la vivienda, de tal manera que para la población local sea prácticamente imposible adquirir una casa simplemente para vivir.

Puede parecer paródico, pero la aplicación de esa premisa nacional prioritaria también podría devolvernos a los tiempos del apartheid, es decir, tendríamos servicios y espacios segregados, leyes de pases, restricciones al voto o a cualquier tipo de participación social, política y cultural, con la consiguiente represión y cancelación de otros derechos ciudadanos. ¿Cómo se establecería el criterio selectivo en el acceso a los transportes públicos?, ¿habría un policía de la identidad en cada vagón o autobús urbano? ¿Se necesitará siempre presentar el DNI para poder asistir a una actividad en centros culturales públicos? 

Cuando Simone Weil escribió El arraigo, también conocido como Echar raíces: preludio a una declaración de deberes hacia la humanidad nunca pensó que el arraigo se identificase con la nación, ni con la identidad. Ella se refería a la participación afectiva, a la capacidad de crear vínculos y relaciones humanas en comunidades capaces de asumir la plena integración de cualquiera con voluntad de aceptar responsabilidades y compartir vida en común. Tener arraigo no sería, entonces, un estatus legal, un derecho otorgado por el Estado, ni una nacionalidad concreta, sino una respuesta a las necesidades del alma -fundamentales para la salud mental y social-, a los deberes y obligaciones con el prójimo, la atención y el cuidado en comunidad, subrayó Weil desde su cristianismo radical. Ella desde muy temprano se identificó siempre con quienes en cada caso llevaban la parte peor: con los excluidos, los humillados, quienes padecían la injusticia o cargaban con la desigualdad, con la multiforme humanidad sufriente.

Hay, ciertamente, mucho de qué defenderse en este mundo de hoy- decía Rafael Sánchez Ferlosio en Cuando la flecha está en el arco, tiene que partir– pero lo último que uno querría tener que oír como defensa es ese grito “los buenos son los nuestros” que ya no puede ser más que una consigna de regresión a la barbarie y un llamamiento a la confrontación.

MIRANDO DESDE LA LUNA: SONRISAS Y LÁGRIMAS  

“Los seres humanos somos capaces de lo mejor y lo peor”. A pesar de su obviedad retórica, esta frase tan manida también es una sabia advertencia sobre nuestra condición compleja y ambivalente. A lo largo de la historia, junto a los mayores actos de amor, altruismo, generosidad, justicia y creatividad, hemos sido causantes de las peores guerras, la ocupación ilegal de territorios y episodios de destrucción, expolio, violencia y crueldad. A la vez que producimos grandes avances en ciencia, ingeniería o medicina y excelentes expresiones artísticas y culturales, sembramos el terror, alentamos la explotación del prójimo y extendemos la desigualdad extrema entre los habitantes de la Tierra. En nuestras conductas, encarnamos el bien y el mal. Al mismo tiempo que disponemos del conocimiento para emplear mucho mejor el primer concepto ético, utilizamos también las peores argucias para desplegar el segundo. Como siempre, unos más que otros. En eso consiste el frágil equilibrio del mundo, en encontrar la verdad y el bien en las zonas de acuerdo entre diferentes.

Hace unas semanas, hemos visto como cuatro seres humanos, aparentemente felices, han viajado a la luna, mientras en la tierra asistimos atónitos a graves confrontaciones bélicas y peligrosas tensiones políticas internacionales. Mientras vemos desconcertados como Oriente Medio se convierte en un polvorín que está alterando trágicamente nuestra frágil existencia, a la vez, nos sorprendemos con las imágenes de esas cuatro personas viajando al lado oculto de la Luna, por primera vez en la historia. Por un lado, somos testigos de otro capítulo en los avances del espíritu científico, el empirismo o la razón ilustrada; por el otro, nos invade el pesimismo y la sensación de fracaso moral colectivo porque los humanos no dejamos de enfrentarnos unos contra otros, hasta matar por nuestras ideas, delimitar posesiones o aniquilar “enemigos”. Podríamos debatir sobre si, tal como está el mundo, la expedición lunar significa progreso, pero sobre los desastres de las guerras, parafraseando a Francisco de Goya, únicamente cabe describirlos como monstruos de la razón.

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SOBRE EL BIEN Y EL MAL, DIOS Y EL DEMONIO

En estos tiempos de incertidumbre -cuáles no lo son me pregunto a menudo- se habla mucho del regreso de Dios, como esa figura bondadosa que nos traerá la paz o, al menos, cierto sosiego individual, pero se menciona muy poco su demonio, su maligna contraposición simbólica.

En referencia al asedio de Sarajevo ocurrido en año 1994, durante la guerra de Yugoslavia, en una célebre conferencia titulada “Los dioses que han caído. Algunas preguntas sobre el problema del mal” publicada en El elogio de la templanza (Temas de hoy, 1997) Norberto Bobbio se preguntaba por qué Dios no solo había callado ante aquellos hechos, sino que además había consentido la masacre. El pasado mes de febrero de 2026 se cumplieron treinta años de aquel cerco inhumano. Unos años antes, nadie hubiese pensado que Yugoslavia se desmembraría en aquella confrontación fratricida. Hoy, los graves acontecimientos que nos atravesaron desde el centro de Europa parecen olvidados, pero la verdad es que no están tan lejos en el tiempo. Ahí están las operaciones expansionistas de Rusia para recordárnoslo.

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FEMINISMO INTERDEPENDIENTE

Hace muchos años que estoy atento a los saberes y a las prácticas sociales del movimiento feminista. Me han enseñado mucho y he aprendido a modular y transformar mi propia condición y, como diría Rita Segato, el mandato de masculinidad. Este 8 de marzo, las movilizaciones han demostrado un año más que su potencia social es primordial para señalar la importancia de las políticas contra la violencia machista; la reivindicación de los derechos reproductivos y la autonomía personal; la exigencia de la igualdad material y el reconocimiento de los cuidados, además de otras reclamaciones históricas fundamentales del feminismo. En esta ocasión también se han escuchado en las calles numerosas consignas contra la guerra y contra el auge del autoritarismo en todas sus variantes.

No hay duda de que estamos viviendo un tiempo de involución política. Apoyadas lamentablemente por muchos jóvenes, sobre todo hombres, las opciones políticas más reaccionarias, machistas y racistas crecen en expectativas electorales y comienzan a tener poder suficiente para modificar legislaciones e imponer su agenda política retrógrada. Al mismo tiempo que las políticas del odio se extienden por todo el mundo, no es ninguna casualidad que también se expanda la desafección y el resentimiento contra el feminismo. No en vano, a lo largo de su historia, las luchas feministas han abierto puertas por donde se han ido ampliando numerosos derechos que ahora se pretenden cancelar, en nombre de un nuevo y violento orden moral antidemocrático.   

Tanto en Las guerras de género. La política sexual de las derechas radicales (Katakrak, 2025) como en Ínceles, gymbros, criptobros y otras especies antifeministas (Ctxt, 2026) recientes publicaciones de Nuria Alabao, esta periodista y antropóloga sugiere que el género es un campo de batalla clave de esas nuevas derechas -siempre viejas- porque no soportan todo lo que representa el feminismo y su proyecto histórico de los vínculos, el cuidado mutuo y la cooperación interdependiente. Por eso, para impedir el avance de ese aspiración de un mundo común, utilizando estrategias emocionales del miedo, entre otras medidas antidemocráticas, pretenden eliminar el derecho a la educación sexual o prohibir contenidos sobre género en las escuelas porque pone la “infancia en peligro”; restringir derechos LGTBIQ+ y demonizar a las personas trans porque son una amenaza contra la “naturaleza biológica”; proponen suprimir la ley de violencia de género arguyendo que no existe de manera específica; o se oponen a los derechos reproductivos y al derecho al aborto porque van contra la “familia natural”. Del mismo modo, impugnan muchas políticas de igualdad en al ámbito laboral y de la conciliación familiar igualitaria, eliminan ayudas a organizaciones feministas o aplican medidas contra la libertad de expresión en el plano simbólico, mediante la censura artística, cancelación de programas culturales, retirada de banderas etc. En definitiva, guerras contra el feminismo que, en el fondo, implican la lucha por el poder y la autoridad moral y el control social más conservador.

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PERIODISMO DE PROXIMIDAD

Hace unas semanas se jubiló Juanma Goñi, después de haber trabajado más de cuarenta años como corresponsal del Diario Vasco en Tolosa y su comarca. Este texto lo publiqué hace unos días en el mismo periódico como pequeño homenaje a su trayectoria profesional y como gesto de amistad.

Repetir el mantra de que el desarrollo de las tecnologías digitales ha modificado estructuralmente los sistemas de comunicación, no debería impedirnos observar cómo esos avances están produciendo la desaparición de otros modelos de acceso al conocimiento, fundamentales para el avance de los saberes de la humanidad y la mejora de nuestra capacidad de análisis y crítica de la realidad.

Uno de los ejemplos más visible de esa transformación tecnológica ha sido la evolución de los periódicos en papel que, poco a poco, están dejando de ser parte de la vida social. Hasta hace unos años, su presencia en los hogares, en los bares o en las bibliotecas formaba parte del imaginario popular. Hoy empiezan a ser una rareza. Seguramente, aún resisten gracias a la perseverancia de una generación que todavía nos negamos a prescindir de la satisfacción de tener un periódico entre las manos. Sabemos que esta experiencia tiene su tiempo contado, pero, al menos en mi caso, es otra forma de resistencia contra la aceleración del tiempo y a favor de determinados valores, como el derecho a la información.   

Para mi generación, más allá de predilecciones personales, el mejor periodismo, además de sinónimo de rigor informativo, siempre ha sido garantía de veracidad, porque damos por hecho que entre las cualidades del buen periodista debe estar el compromiso con la verdad, la responsabilidad social y la independencia profesional. Pero como también sabemos que el idealismo se da de bruces contra la realidad, para asegurarnos libertad de criterio personal, como dirían Pio Baroja o Manuel Vázquez Montalbán, por no fiarnos nunca del lector de un solo periódico, algunas procuramos leer varios.

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POLÍTICAS DE LA (IN)MORALIDAD

Debido a los innumerables desvaríos políticos de Donald Trump, hemos comenzado el año con la sensación de que la situación del mundo –ya de por sí siempre transitoria e incierta por su propia condición contingente- puede entrar en una fase crítica de mayor inestabilidad. El Estado más poderoso del mundo pretende serlo aún mucho más y, al parecer, lo quiere conseguir sin poner ningún límite legal ni ético a sus acciones, ni en el expansionismo de su política exterior ni en la organización del orden público del interior. De hecho, contraviniendo cualquier mínimo principio filosófico sobre el justo equilibrio entre el bien y el mal, el mismo presidente de los EE. UU. ha llegado a decir que será su propia moralidad la única que determine la honestidad y la decencia de todas las operaciones que emprenda. Ha dejado bien claro que él mismo será el árbitro de sus decisiones, sin someterse al derecho internacional -siempre inestable y poco resolutivo- ni a ningún tipo de ética democrática que impida el ejercicio de su voluntad personal. El poder por el poder sería el único dogma al que Trump se sentiría vinculado.

En muchos sentidos, esa posición para controlar el mundo nos es nada nueva. Además de ser repetición del pensamiento absolutista y reaccionario de siempre, es la continuación del imperialismo histórico surgido de los distintos colonialismos: la expansión sin límites, el poder y su máquina de guerra al servicio de la acumulación ilimitada de riqueza.

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