ARTE Y NATURALEZA. CATEDRALES Y GLACIARES.

Cuando tenía doce o trece años, siendo todavía un niño, mi padre me llevó de viaje a Los Alpes franceses y cerca de Chamonix pude visitar el glaciar Mer de Glace. Recuerdo cuando, después de bajar unas escaleras instaladas en su ladera, entramos en su interior. Jamás se me ha olvidado aquella imagen, ni la impresión que me causó la grandeza de aquellos valles y montañas. Tal vez algo parecido me ocurrió, cuando unos años después, siendo ya un joven viajero, entré por primera vez en la catedral de Notre Dame de Paris. Aquellas sensaciones nunca las he olvidado y, de una forma u otra, se encarnaron en mi vida.

Cuando en 2019 la catedral ardió, con sus vigas de madera como motor de combustión, algo en mi interior se rompió. Entonces muy poca gentes se preocupaba de que cerca de allí estaban desapareciendo los glaciares alpinos, entre otros el Mer de Glace. Se llegó a decir que la civilización europea estaba siendo devorada por las llamas. Poca gente se acordaba de que también la selva amazónica de Brasil estaba siendo esquilmada de forma incontrolada por las políticas extractivistas y depredadoras de Bolsonaro, que encabezaba junto a Trump, Putin y otros lideres globales una ciega y furiosa corriente internacional de pensamiento negacionista que rechaza a toda costa los efectos del cambio climático. De igual modo, Isabel Ayuso, la presidente de la Comunidad de Madrid, decía hace unos días que los cambios del clima se han producido a lo largo de toda la vida y que las proclamas ecologistas no son más que trampas ideológicas para implantar el comunismo.

No se había apagado todavía aquel incendio histórico y las autoridades francesas ya habían decretado la reconstrucción de la Catedral, cuya reapertura está prevista para el año 2024. Estos años, el dinero público y privado habrá llegado a raudales para hacerla resurgir de las cenizas, mientras los glaciares se derriten abandonados a su trágico destino. 

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ALTA VELOCIDAD Y BAJA SENSATEZ 

Estos días, las noticias relacionadas con graves alteraciones en nuestros cercanos ecosistemas de vida son una letanía continua: alta contaminación atmosférica y de radiación solar; olas de calor inéditas con un aumento exponencial de muertes por golpes de calor y proliferación de incendios cada vez más difíciles de sofocar; deshielo irreparable de los glaciares pirenaicos; desaparición de humedales o marismas y de las especies animales vinculadas a esos medios naturales; sequía generalizada y alteraciones en el medio agrícola y ganadero; embalses con reservas en mínimos históricos lo que traerá escasez de suministro y avisos alarmantes de próximas restricciones, etc. Incluso fuentes de investigación oficiales, como el último informe “Impacto y vulnerabilidad al cambio climático en Gipuzkoa” elaborado por la Fundación Naturklima, anuncian que las previsiones para las próximas décadas indican un aumento de los riesgos climáticos.

A estos fenómenos locales recientes se suman otros de carácter mundial que también nos afectan: drástica reducción de los casquetes polares; aumento del nivel del mar y aumento de temperatura de sus aguas; acidificación de los océanos; preocupantes niveles de ozono en la troposfera, la capa de la atmósfera más cercana a la Tierra; crecimiento inusitado del anticiclón de las Azores, determinante para la climatología europea; fenómenos meteorológicos extremos en lugares donde no eran habituales hasta ahora; tempestades ciclónicas atípicas y aumento de inundaciones; pérdida de biodiversidad vegetal y animal (por ejemplo, la degradación de la gran Amazonía es alarmante), aumento de enfermedades infecciosas derivadas de las alteraciones en el equilibrio entre los ecosistemas animales y humanos,…

Es imposible separar unos efectos de otros ya que, según investigaciones científicas especializadas y contrastadas, todos obedecen a los niveles extremos a los que están llegando las emisiones de gases de efecto invernadero, principal causa del calentamiento global y de las alteraciones climáticas, producidas por el abuso que los humanos hacemos de combustibles fósiles como el carbón, el petróleo y el gas natural.

Sin embargo, a pesar de todas las evidencias, como dice Emilio Santiago Muiño, autor de Rutas sin mapa. Horizontes de transición ecosocial (Catarata, 2014), la gran paradoja y la triste realidad de nuestro tiempo es que lo ecológicamente necesario, es decir, la reducción drástica de emisiones de CO2, es casi políticamente imposible. El mismo día que el diputado foral de Medio Ambiente de Gipuzkoa presentaba el informe de Naturklima, el presidente del Gobierno de España  asistía en Burgos a la inauguración del primer tramo concluido del nuevo AVE Madrid-Irún. Con esta obra el tiempo del viaje, en la actualidad, se acorta en veinte minutos y, cuando esté finalizado en su totalidad, permitirá realizar el recorrido completo en una hora y media menos de lo que se tarda en la actualidad. Para la construcción de esta descomunal infraestructura viaria, se está creando un trazado nuevo, destruyendo cualquier obstáculo geofísico, atravesando montañas, sobrepasando valles y ríos que impidan la aceleración temporal del viaje. Solo en los 175 kilómetros que atraviesan el País Vasco se están construyendo setenta y un viaductos y ochenta túneles.

Al día siguiente cogí el tren en Tolosa para regresar a Madrid. Tardé cinco horas y media en realizar al viaje. Vi una película, me dormí, leí un buen rato, consulté información en las redes sociales, conversé brevemente con la persona que ocupaba el asiento contiguo, me tomé un aperitivo, observé el paisaje en numerosas ocasiones, hablé por teléfono, y al final del trayecto me pregunté qué habría ganado mi vida si hubiese llegado a Madrid una hora y media antes, incluso dos, y quiénes salían más beneficiados con este despilfarro económico.

Todo esto sin insistir en la premisa de Einstein de que la velocidad es una percepción subjetiva, pero también – aunque él no lo señalara de forma explícita- una manera de activar determinadas maneras de producción y consumo y nuestros modos de vida aceleradas. Hace bastantes años que en Velocidad y política el filósofo Paul Virilio nos advirtió que vivimos atrapados en una subjetividad de la aceleración, inculcada por diferentes estructuras de poder, que él denomina “dromopolítica” -la velocidad del dominio político- que se desplegaría en una especie de intersección de disciplinas: la ciencia militar, la economía, la física, el diseño, la arquitectura, el urbanismo, etc.

Nos hemos acostumbrado a vivir en una sociedad de deseos ilimitados. Hemos olvidado que nuestras necesidades básicas son mucho menores de lo que nos creemos y estamos empecinados en vincular determinadas formas de progreso con calidad de vida. En esta cultura de la desmesura en la que vivimos se rechaza la desaceleración, no queremos frenar (no hay más que comprobar como están estos días los aeropuertos del mundo), tenemos miedo a asumir con placer la suficiencia y siempre queremos más. Si embargo eso es justamente lo que deberíamos hacer, aceptar los límites, volver a sentir la satisfacción de la autocontención.

El ejemplo de los trenes de alta velocidad es tan solo uno entre otros muchos que evidencian la dificultad que tiene el modelo de economía capitalista que domina nuestras vidas para conciliar ecología y política. A un lado están las políticas que impulsan la acumulación de capital y los desorbitados beneficios empresariales, los derechos de propiedad inalienables, con todo el poder de sus inercias y su fuerza coercitiva. Al otro, el derecho a la vida y al futuro de un planeta habitable.

Tampoco debemos olvidar que bajar la velocidad en nuestra vida, debe ir acompañada de políticas distributivas en la economía del trabajo, de la producción y del consumo. No se trata de convertir la desaceleración en un nuevo capricho “slow” para privilegiados, sino de hacer posible que, activando las medidas necesarias, todas podamos hacerlo a la vez para que, parafraseando a la investigadora Olivia Muñoz-Rojas, algunos no lo hagamos bajo la comodidad del aire acondicionado y otros a golpe de penalidades. 

Es evidente que la cadena de acontecimientos que estamos padeciendo han agudizado los malestares y nos han situado ante el espejo de nuestra vulnerabilidad como especie humana. Contra  cualquier pesimismo apocalíptico, que casi siempre nos conduce a futuros distópicos paralizantes, o frente a fantasías tecnocientíficas que nos prometen un mundo feliz sin preocupación, tan sólo me queda especular sobre la posibilidad utópica ― cierta esperanza sin optimismo, diría Terry Eagleton― de que, dejando atrás la individualización acelerada en la que nos encontramos, algún día nos paremos pararnos a pensar y actuar juntos con más cordura, prudencia y, sobre todo, con mucha mayor imaginación política.  

CONTRA LA EXTRAVAGANCIA DEL DESEO SIN LÍMITES

(Imágenes cortesía de la artista Rosalía Banet y Galería Rafael Pérez Hernando)

A principios de la década de años noventa, algunos ilusos fuimos muy críticos cuando las instituciones públicas vascas decidieron apoyar la construcción de una sede del Museo Guggenheim en Bilbao, inaugurado en 1997. Pensábamos que aquellos recursos económicos se deberían destinar a otros objetivos culturales menos ostentosos y más sociales, incluida la mejora de los equipamientos existentes y la red de artistas o profesionales que les daban sentido. La historia ni nos dio ni quitó la razón, simplemente ocurrió lo que, en aquellos tiempos de euforia y desarrollismo, se podía esperar de la economía financiera e inmobiliaria que se expandía sin ningún pudor (estos días, la Comisión Nacional de los Mercados y la Competencia ha multado con 203,6 millones a Acciona, Dragados, FCC, Ferrovial, Obrascón Huarte Lain y Sacyr por alterar los procesos competitivos en licitaciones públicas de construcción de infraestructuras desde 1992 hasta 2017). No me quiero ni imaginar todas las manipulaciones normativas y fraudes económicos que este cártel de la construcción habrá desplegado a lo largo de todos estos años, incluidos desarrollos urbanísticos y promociones de vivienda en toda España, que al final provocaron la gran burbuja que nos llevó hasta la crisis del 2009. Seguramente, de una u otra forma, ahora que de nuevo se dispara el sector de la construcción, lo seguirá intentando.

A principios de siglo, cuando ya había indicios evidentes de que aquel modelo de crecimiento económico podría entrar en crisis, también aceptamos, más o menos a regañadientes, que la antigua Fábrica de Tabacos de Donostia/San Sebastián se transformara en Tabakalera, otro centro de cultura contemporánea. Además, al lado del arte y la cultura, los vascos debíamos estar orgullosos de tener una de las mejores gastronomías del mundo y nos pusimos a ensalzar a nuestros cocineros, los nuevos artistas de la innovación que, rápidamente, se incorporaron al sistema creativo como vangurdia contemporánea. No era de recibo oponerse al auge de la industria de los fogones y, de una forma u otra, casi todos acompañamos complacidos ese éxito internacional (en mi caso, como me crié en un restaurante popular, no me duelen prendas en reconocer el mérito de las mejores cocineras y cocineros locales que, junto a muchos trabajadores del sector, mantienen el gremio de la hostelería como uno de los sectores empresariales más importantes del país).

Tocamos el cielo, llegamos a las estrellas y, en el año 2009, en plena crisis financiera, en el Parque Científico y Tecnológico de Gipuzkoa se construyó el Basque Culinary Center, una  escuela privada de gastronomía con nombre global y profundas raíces locales. La institución que la tutela, la Universidad de Mondragón, tiene sólidas vinculaciones con el Gobierno Vasco, presidido por el PNV, el partido político más votado en el País Vasco. La verdad es que las cosas del comer son un asunto del que difícilmente se puede uno escabullir sin asumir sus propias contradicciones. Al fin y al cabo –nos dijeron sin rubor y sin pensar demasiado en el significado de las palabras- nada mejor para recuperar la economía que la creación de puestos de trabajo en el sector y el desarrollo de la industria del turismo, de la mano, como no, del conocimiento aplicado, la creatividad gastronómica y la innovación cultural.

Incluso las personas que escribimos el documento que consiguió el título de Capital Europea de la Cultura 2016 para Donostia/San Sebastián aceptamos que la gastronomía fuera de uno de los ejes que se debía desarrollar en el proyecto. Aún así, redactamos el proyecto conscientes de que no eran tiempos para el triunfalismo y la autosuficiencia y de que, para ser consecuentes con la crisis económica que estábamos atravesando, planteamos una salida ecosocial para la cultura por venir, muy centrada en la ciudadanía local. En consecuencia, propusimos una serie de programas pensados desde la cautela y el sentido pedagógico del buen vivir responsable, pero allí estaba también la gastronomía, ocupando un lugar destacado del programa e indirectamente, aunque no insistiéramos en ello, también el turismo.

En la trayectoria profesional de un trabajador de la cultura, más si es en las instituciones públicas -como ha sido mi caso- es difícil librarse de todas las paradojas y contradicciones, pero es muy descorazonador comprobar que, a pesar de las sucesivas crisis, las políticas gubernamentales no modifican sustancialmente sus dinámicas de inversión. Parece mentira, pero el Museo Guggenheim pretende abrir una segunda sede, nada más y nada menos que en la reserva protegida de Urdabai en Bizkaia y el Basque Culinary Center proyecta otra en suelo público verde del barrio de Gros, en pleno centro de la capital guipuzcoana. Además, estas denominadas “operaciones inmobiliarias regeneradoras y sostenibles” se van a llevar a cabo con ingentes cantidades de recursos públicos y, encima, para determinados dirigentes, responsables de las decisones institucionales, sería una irresponsabilidad oponerse a su construcción. Por si fuera poco, la imaginación desbordada de algunos creativos ha propuesto denominar a la nueva sede GOe, acrónimo que en inglés remite a un ¡vamos! que nos anima a ir aún más lejos y más rápido, en una perspicaz manipulación del sentido semántico: Gastronomy Open Ecosytem, más aceleracionismo y expansionismo en estado puro. A toda costa, quieren hacerse con el futuro o, mejor dicho destruirlo. Por eso, imagino que para ellos el progreso nunca hay que pararlo y, por supuesto, tenemos que olvidarnos del cambio climático ( o restarle importancia, que es lo mismo) y negar toda credibilidad a ls trasnochad@s ecologistas. Además, si hiciera falta, con descaro hipócrita, no tendrán reparos en apropiarse de sus saberes y convertirlos en vacíos eslóganes retóricos. Algo parecido a como lo hacen las entidaes bancarias con sus créditos verdes.

Absolutamente convencido de la impudicia de este desenfreno me pregunto: ¿no hay ningún responsable político que le ponga un poco de cordura?, ¿vamos a seguir con el todo vale?, ¿no existen límites posibles?, ¿entre los propios profesionales nadie piensa que quzás estamos ante una posible burbuja gastronómica inflacionaria que a la larga dañara seriamente al sector?, ¿no es hora ya de proponer otra relación con el buen comer y el bien vivir, con una industria de la hostelería equilibrada –y creativa, por qué no-, y dejar de incentivar activamente la movilidad turística?

En cualquier caso, contra la extravagancia del deseo sin límite y la política de la incontinencia, no puedo dejar de afirmar que la responsabilidad que tenemos todos sobre nuestro futuro, en especial con las generaciones venideras, requiere mucha más sensatez en la cadena de producción y consumo. Están ocurriendo demasiadas adversidades en el planeta para que, como sin nada hubiera ocurrido, sigamos pensando y actuando igual que hace algunas décadas. ¡Por favor, párense un poco a pensar y dejen de construir para dedicarse a nutrir, cuidar, restaurar, reparar, amar y cuidar mucho más lo que ya tenemos, que ya es más que suficiente!

Nota: las imágenes son cortesía de la artista Rosalía Banet y Galería Rafael Pérez Hernando

El 1 DE MAYO Y EL TRABAJO ABSOLUTO

El filósofo Rudiger Safranski en Tiempo. La dimensión temporal y el arte de vivir (Tusquets, 2017) escribe que quizá por primera vez en la historia hemos llegado a un punto en el que el tiempo y la atención al respectivo tiempo propio han de convertirse en materia fundamental de la política. Tendríamos que desarrollar e implementar –añade- otros tipos de socialización y administración del tiempo, aunque, por desgracia, la clase política todavía, al parecer, no lo ha entendido bien. Aunque el punto de vista del enunciado es muy diferente, en sentido parecido se manifestaba Laura Baena de «Malasmadres» en esta reciente entrevista cuando reclamaba un cambio de modelo completo, no como medidas únicas o aisladas, sino como cambio de modelo social y laboral, y eso no solo se cambia con campañas o con desahogos – dice- sino que hay que pasar a la acción. Las instituciones y las empresas deben entender que tenemos un sistema laboral obsoleto y que hay que cambiarlo por completo. 

Hace unos días, por ejemplo, hemos leído que el Parlamento portugués ha aprobado una propuesta para promover y financiar un proyecto piloto que, incluida una semana laboral de cuatro días o estudiar formas mixtas de teletrabajo, desarrolle nuevos modelos de organización del trabajo con el objetivo de promover una mejor conciliación con la vida  personal y familiar. También en España algunos partidos políticos y organizaciones sindicales están tratando de poner las reformas sobre el trabajo en el centro de la agenda política. Sin embargo, todavía estamos muy lejos de aplicar medidas que impulsen auténticas transformaciones de los hábitos laborales tan arraigados en nuestros modelos de vida fabriles.

Desde hace unos años el artista Juan Luis Moraza, en diferentes formatos y lugares, viene proponiendo una serie de reflexiones visuales relacionadas con la toma de conciencia, a modo de advertencias, sobre las maneras en las que el trabajo constituye nuestras maneras de habitar el mundo. En su publicación Trabajo absoluto presenta imágenes relacionadas con determinadas figuraciones en torno al trabajo y el 1 de Mayo, Día Internacional del trabajo, junto a algunas propuestas sobre la función del artista en la fabricación-creación contemporánea.  

Ya es muy habitual escuchar que en el mundo laboral, en el personal, emocional, incluso en el quehacer del artista – que se presupone una práctica no alienada- se vive sobrecargado de obligaciones laborales. Como es sabido el debate sobre la proximidad del trabajo artístico y el capitalismo ya fue planteado, entre otros, por Luc Boltanski y Eve Chapiello en El nuevo espíritu del capitalismo (Akal, 2002) donde se insistían en las semejanzas de la subjetividad artística y la del capitalismo contemporáneo: la explotación de las potencialidades, las capacidades comunicativas o la flexibilidad laboral y la plena disponibilidad telemática.

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CRISIS O MUTACIÓN

No hay duda de que las ciencias han desempeñado un importante papel en la historia de la evolución del mundo. Aun así, no deberíamos olvidar que en realidad son indisociables del resto de saberes y, por ello, para desentrañar el sentido de lo que está ocurriendo con el cambio climático nos convendría prestar más atención a las humanidades.

Todos los días nos despertamos con datos científicos preocupantes sobre el ascenso del nivel del mar, la acidificación de los océanos, la destrucción acelerada de los bancos de hielo, la esterilización de los suelos, la desaparición de miles de especies, el aumento de CO2 en la atmósfera ―tenemos la tasa más alta desde hace más de dos millones de años―, el aumento de las temperaturas, la proliferación anómala de catástrofes naturales, la repentina irrupción de pandemias globales, impensables hace tan solo unos años, guerras interfronterizas por el control de los territorios y sus fuentes de energía, pero también sus relatos históricos (sin ir más lejos, lamentablemente, la actual emprendida por Rusia contra Ucrania, argumentando la defensa de sus intereses nacionales ante el afán expansivo de la OTAN, con lo que implica para el resto del mundo). Se podría decir que vivimos atravesados constantemente por la incertidumbre y con la sensación de que, como ocurrió el 11S o con la gran crisis financiera-inmobiliaria del 2007-14 o la pandemia actual, la historia nos recuerda, una vez y otra, nuestra fragilidad.      

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ANIMAL OMNÍVORO

Las últimas semanas se ha recrudecido el debate sobre la producción de carne en macrogranjas y, en consecuencia, sobre la conveniencia de su consumo. El último episodio lo hemos visto estos días en Lorca, donde un grupo de enaltecidos empresarios del sector entró violentamente en el Ayntamiento para impedir la aprobación de ciertas normas reguladoras. Hace unas semanas también tuvimos ocasión de padecer el debate oportunista, con claros tintes electorales por la campaña en Castilla-León, que se generó en torno a las razonables declaraciones de Alberto Garzón, Ministro de Consumo. La cuestión de fondo viene de lejos. Se trata de una larga historia y tiene que ver con la salubridad de la industria cárnica y con nuestro regimen alimetario.

En alguna ocasión he comentado que no soy, ni mucho menos, la persona más indicada para opinar sobre alimentación saludable. Cuando pienso en las pastelerías y asadores de mi pueblo, Tolosa, o en sus célebres alubias, mi ansiedad se dispara y, en consecuencia, se me hace la boca agua. La ingesta desproporcionada de grasas, hidratos y azúcares, junto a mi voracidad, me convierte en un omnívoro insaciable. Soy muy consciente de mi problema, pero cierta inercia biográfica –digamos, determinismo social y cultural-  y otra indeterminada ausencia de fuerza de voluntad, unida a mi pereza física – dejé de hacer deporte a las catorce años-  me convierte en el peor enemigo de mi salud. Estoy a un paso de cumplir siete décadas de vida, pero mi relación con la alimentación, lamentablemente, se ha modificado muy poco. En ocasiones, cuando la báscula me señala que mi peso comienza a salirse de ciertos  parámetros saludables me pongo a régimen, como más fruta y verdura, y salgo a caminar con más asiduidad. Con la penitencia asumo el pecado de la gula, pago la culpa y reduzco peso, pero me duran muy poco la buena voluntad y la disciplina. Parafraseando a la célebre antropóloga Margaret Mead en Cultura y compromiso. Estudios sobre la ruptura generacional, me resultaría más fácil cambiar de religión que de dieta porque, según ella, quebrar esa inercia cultural es uno de los grandes desafíos ecosociales pendientes. Algún aficionado al psicoanálisis también me añadiría: háztelo mirar porque un día acabarás devorado por tu propia desidia autodestructiva.  

Las especies omnívoras solemos probar e ingerir todo tipo de alimentos pero también sabemos que, según las circunstancias y las cantidades, pueden resultarnos dañinos y entonces intentamos aplicar el instinto de conservación. El exceso de consumo es mucho más que un mal privado: es una construcción social y cultural, un modelo concreto de sobreproducción y abundancia que, sobre todo en los países económicamente más desarrollados y, en especial, las clases más privilegiadas, se nos ha ido inculcando contra la lógica racional de la autocontención personal y la responsabilidad colectiva.

El sistema de alimentación de las sociedades opulentas está en la base de la cadena de producción alimentaria: comemos tanto porque vivimos inmersos en una constante aceleración de ofertas y demandas de productos, muchos veces innecesarios, superfluos y caprichosos (por ahí se nos cuela también la dichosa libertad mal entendida y el tan traído y manido «hago lo que me da la gana con mi dinero». Paradójicamente, a la vez que nuestra voracidad se extralimita, nos enfrentamos con otra gran incoherencia de los dilemas de la redistribución económica y la justicia social: ¿si se produce comida más que de sobra para alimentar hasta 10.000 millones de personas, y la población mundial ronda los 7.500 millones, cómo es posible que, según datos contrastados por el economista Julen Bollain, en el mundo sigan muriendo al día 18.000 niñas y niños menores de cinco años y, según Oxfam Intermon, sobrevivan 155 millones de personas sin tener apenas nada que comer?

Como lo hemos comprobado con la desigual distribución mundial de las vacunas contra la Covid19, la de los alimentos también es un excelente espejo donde se refleja la historia del capitalismo, que para su continuidad necesita substancialmente un crecimiento expansivo e injusto modelos de disribución . La evolución de la cultura de la alimentación está intrínsecamente vinculada a esa dinámica depredadora.

Existen muchos saberes ecológicos que analizan como han ido evolucionando  las transformaciones de los sistemas de producción y consumo actuales hasta naturalizarlos en nuestras vidas cotidianas y subjetividades culturales. Pero lo cierto es que nuestra relación con la alimentación también es parte de los procesos de transformación económicos y de la expansión capitalista. En El dilema del omnívoro, el periodista Michael Pollan lo analiza muy bien. En este brillante trabajo de investigación sobre las cadenas de alimentación llevado a cabo en EE. UU. una vez finalizada la Segunda Guerra Mundial, sigue la cadena de producción histórica que se produjo en la industria armamentística y química militar para reconvertirlas, en gran parte, en industria de la alimentación y la satisfacción del consumo personal y familiar. Fueron tiempos de euforia económica y renacimiento social en los que se produjo un aumento exponencial de bienes y servicios, la conservación alimentaria y otros productos e imaginarios domésticos vinculados a la felicidad del hogar, proceso que la arquitecta y profesora de la Universidad de Princeton Beatriz Colomina estudió exhaustivamente en su excelente La domesticidad en guerra (Actar, 2006) (también la artista Martha Rosler en una de sus primeras obras Bringing the War home [Trayendo la guerra a casa,1967-72], desveló el intento de desvincular la vida pública y político del ámbito privado, que, concretamente, implicaba una  discriminación de género: la guerra era territorio hegemónico del hombre y el hogar espacio privado para la mujer y el cuidado de los hijos).

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