UNIVERSIDAD PÚBLICA Y ACCESO AL CONOCIMIENTO

Cada nuevo curso escolar vuelven los debates sobre los diferentes modelos de educación y las formas institucionales que la sociedad tiene para acceder al conocimiento. La educación, tanto la que se adquiere en el ámbito de las relaciones privadas y familiares como en las sociales y en las instituciones formativas, es siempre un terreno de disputa ideológico, un campo de influencias políticas y un laboratorio para ensayar la organización de la sociedad. Las maneras de habitar el mundo se conjugan con el verbo aprender y, para ser más exactos, también con desaprender, en la medida que podemos poner en cuestión los saberes dominantes y las formas de vida heredadas.

Casi todas las organizaciones internacionales que reflexionan sobre el sentido de la educación en el mundo han llegado a un acuerdo unánime para definir su finalidad fundamental: garantizar que cada persona, sin excepción y sin exclusiones, desarrolle sus cualidades personales y potencias cognitivas para poder participar en igualdad de condiciones en la vida social y democrática. Sin ir más lejos, la UNESCO (Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura) nos recuerda que es un derecho fundamental, un bien público y una responsabilidad colectiva, indispensable para el ejercicio de todos los demás derechos.

Durante décadas, las políticas sociales han estado encaminadas a la aplicación de este principio universal. El sistema público de enseñanza –como la sanidad, los cuidados comunitarios y la cultura- ha sido siempre el mejor instrumento para garantizar el acceso de las capas de población más desfavorecidas a los procesos de aprendizaje y formación. El gran proyecto de educación universal formulado durante el periodo de la Ilustración y sus diferentes implementaciones republicanas posteriores han tenido extraordinarios avances, pero también han sufrido importantes derrotas. El idealismo de aquellos preceptos universalistas se ha enfrentado a la cruda realidad del mundo y su materialidad clasista y racista. Todavía hoy, la desigualdad y la segregación escolar cumplen una función muy útil para legitimar y proteger intereses y privilegios de las élites sociales y económicas. Es evidente que la degradación paulatina de los servicios públicos en todo el mundo es el último capítulo de expropiación de bienes comunes implementados durante décadas por políticas progresistas.

Los últimos años, esta operación está afectando especialmente a la Universidad que, como dijo Jacques Derrida en Universidad sin condición (Trotta, 2002) debería ser el lugar de libertad incondicional donde poder cuestionar, investigar y decir lo que exige la búsqueda de la verdad. Escribió este texto para defender el papel de las humanidades y el pensamiento crítico, como las mejores herramientas para resistir ante cualquier tipo de dogma, presión política, económica y tecnológica. Para Derrida, la Universidad debe ser un espacio para generar conocimientos y a la vez poder problematizarlos, porque así se permite la irrupción de nuevas experiencias y posibilidades en el orden de los saberes. Si esta institución dejase de cumplir esta labor desaparecería uno de los principales espacios públicos en el que la sociedad puede explorar sus límites y pensarse a sí misma de manera radical.

Sin embargo, como se puede leer en Salvar la Universidad, defender la democracia. El ataque neoliberal contra la institución universitaria (Akal, 2025) recopilación de textos coordinado por Rodrigo Castro Orellana de la Universidad Complutense: “Las ideas que la modernidad consiguió instalar en la cultura a través de enormes esfuerzos del pensamiento y acción durante siglos hoy se descomponen ante nuestra mirada asombrada. La libertad se degrada en un grito de guerra que oculta el desprecio hacia el otro, los discursos que apuestan por la igualdad son perseguidos y descalificados sistemáticamente, y las prácticas de solidaridad entre los seres humanos resultan cada vez más escasas frente al auge de un individualismo totalitario. Por otra parte, el valor de la veracidad desaparece como consecuencia de engaños espectaculares que saturan las pantallas informativas”.

Esta publicación intenta mostrar, a partir del caso paradigmático de Madrid, la existencia de una compleja operación que acompaña al desarrollo del capitalismo contemporáneo en diferentes lugares del mundo y que produce la ruina de la Universidad pública como institución democrática. Se trata de un proceso devastador para la sociedad que se ejecuta mediante diversos mecanismos, unos más directos y evidentes, y otros más sutiles pero no por ello menos eficaces a largo plazo, que se van aplicando sin prisa pero sin pausa: infrafinanciación y asfixia presupuestaria; mercantilización mediante el aumento de tasas y matrículas y consiguiente endeudamiento del alumnado; precarización del cuerpo docente y de investigación; intervención directa en la autonomía institucional con la implementación de gobernanzas corporativas; subordinación del conocimiento a la demanda empresarial y al desarrollo de campus universitarios privados más adaptados a los intereses económicos de las élites.

La Universidad deja de ser así una comunidad democrática, autónoma, centrada en el conocimiento y en la formación de personas para convertirse en un laboratorio donde seleccionar y formar nuevas camadas de jóvenes encargados de conservar, con todas las herramientas sociales y científicas a su alcance, el dominio de las élites de las que surgieron. En cierto modo, se podría hablar de cierta “eugenesia social”, orientada a la lógica de la selección de clase y a la reproducción de las jerarquías de poder. También fue una preocupación de Zygmunt Bauman que Los retos de la educación en la modernidad líquida (Gedisa, 2010) ya apuntaba hace veinte años esa misma deriva: “la educación ha pasado de ser un proceso de formación de individuos reflexivos a convertirse en un conjunto de habilidades rápidamente adquiridas, adecuadas para adaptarse al mundo laboral que exige resultados inmediatos”.

Lamentablemente, como escribió Mark Fisher en Realismo capitalista (Caja Negra, 2016) este proceso se ha llevado a cabo con el beneplácito de los gobiernos internos de la propia institución, fuesen de derechas o de izquierdas. Como está ocurriendo con la sanidad, es un proceso de privatización que viene de largo para el que ha sido necesario legislar a favor de determinadas retóricas que predican los enormes beneficios de la colaboración público-privada, aunque en realidad esa palabrería es un subterfugio para que las empresas privadas puedan intervenir en la gestión económica y en el control de los contenidos académicos. 

Parafraseando a Laura Llevadot, profesora de filosofía contemporánea de la Universidad de Barcelona, en el capítulo “Es la universidad una fábrica” de la mencionada recopilación, es en virtud de su incondicionalidad que la universidad es objeto de diversas furias apropiadoras. Instancias económicas y políticas quisieran concluir con esta posibilidad, la de cuestionar la institución, la economía y la política. El derecho a decirlo todo, y a decirlo públicamente, el derecho a decir la verdad a la cual se llega a través de una investigación, el derecho a investigar la verdad misma, su concepto, su posibilidad y sus condiciones de aparición pone en jaque a los que necesitan imponer su verdad única y autoevidente, es decir, a los fascistas, que lo son, aunque no porten banderas españolas y no se presenten como tales. Si, como afirma Derrida, la democracia es el único sistema abierto en el que se garantiza el derecho a criticarlo todo públicamente, incluida la propia democracia, su concepto, incluso su paradigma constitucional y la autoridad del derecho, si lo que define la democracia es, en definitiva, el derecho a poner en cuestión el derecho, entonces cualquier intento de eliminar este derecho, sea por la vía de la autoridad represiva, sea por la vía de la colonización económica, es totalitario. Por este mismo motivo la universidad es la garantía de la democracia y convertirla en una mera fábrica es una forma de abolirla.

Texto publicado en el número 54 de la revista Galde.

LA PAZ VIVA DE JUAN GUTIERREZ

En Malas compañías (Galaxia Guteberg, 2022) la filósofa Marina Garcés afirma que la guerra es un estado del mundo. Más allá de campos de batalla específicos, hoy implica al planeta entero en una lógica de movilización que nos afecta a todas las personas. Cada vez estamos más preocupados por la incertidumbre de los mercados energéticos y las cadenas de suministros; la competencia geopolítica por el dominio de los territorios; la rivalidad en la extracción de los recursos necesarios para el desarrollo de las tecnologías y, en consecuencia, el control de la información; los movimientos migratorios; los efectos del cambio climático; las políticas de seguridad y militarización del mundo.

Es evidente que los lugares de contiendas, en apariencia lejanos, no son ajenos a nuestras vidas. Al contrario, su persistencia en Gaza y Líbano o en Irán y los países del Golfo Pérsico en el estrecho de Ormuz o en el África subsahariana nos exige una reflexión ética y política sobre nuestra propia responsabilidad activa en la defensa de una paz internacional justa. Sobre todo, en las medidas que se deberían tomar para reducir las desigualdades en el mundo.

Hace unos días falleció Juan Gutiérrez, una de esas muchas existencias activistas para las que pensar la violencia y la guerra supone también pensar las potencias de reconciliación y el encuentro entre diferentes. Desde que en los años sesenta participó en los movimientos contra la guerra de Vietnam, su vida fue un largo camino que compartió siempre con Frauke Schulz-Utermöhl. En el año 2023 publicó La Paz viva. Rutas y derroteros 1985-2022 (Postmetrópolis, 2023), recopilación significativa de sus textos, donde el concepto de «paz viva» aparece como hilo conductor. «Paz viva» -decía- que, en lugar de subrayar el horror de las guerras o los antagonismos violentos, siempre trata de encontrar los actos de solidaridad y cuidado que, aún siendo pequeños, permiten no dejarnos atrapar en las lógicas de confrontación con el enemigo. Ese tejido de «hebras de paz viva» de apoyo mutuo, muchas veces invisible, que nos puede ayudar a sostener y reconstruir las relaciones humanas desgarradas por la violencia. Una paz viva -añadía- que además de estar formada por ese tejido de engarces, tiene un magnetismo propio que hace que nos sintamos llamados a respetarnos unos a otros al reconocernos como humanos.

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PERIODISMO DE PROXIMIDAD

Hace unas semanas se jubiló Juanma Goñi, después de haber trabajado más de cuarenta años como corresponsal del Diario Vasco en Tolosa y su comarca. Este texto lo publiqué hace unos días en el mismo periódico como pequeño homenaje a su trayectoria profesional y como gesto de amistad.

Repetir el mantra de que el desarrollo de las tecnologías digitales ha modificado estructuralmente los sistemas de comunicación, no debería impedirnos observar cómo esos avances están produciendo la desaparición de otros modelos de acceso al conocimiento, fundamentales para el avance de los saberes de la humanidad y la mejora de nuestra capacidad de análisis y crítica de la realidad.

Uno de los ejemplos más visible de esa transformación tecnológica ha sido la evolución de los periódicos en papel que, poco a poco, están dejando de ser parte de la vida social. Hasta hace unos años, su presencia en los hogares, en los bares o en las bibliotecas formaba parte del imaginario popular. Hoy empiezan a ser una rareza. Seguramente, aún resisten gracias a la perseverancia de una generación que todavía nos negamos a prescindir de la satisfacción de tener un periódico entre las manos. Sabemos que esta experiencia tiene su tiempo contado, pero, al menos en mi caso, es otra forma de resistencia contra la aceleración del tiempo y a favor de determinados valores, como el derecho a la información.   

Para mi generación, más allá de predilecciones personales, el mejor periodismo, además de sinónimo de rigor informativo, siempre ha sido garantía de veracidad, porque damos por hecho que entre las cualidades del buen periodista debe estar el compromiso con la verdad, la responsabilidad social y la independencia profesional. Pero como también sabemos que el idealismo se da de bruces contra la realidad, para asegurarnos libertad de criterio personal, como dirían Pio Baroja o Manuel Vázquez Montalbán, por no fiarnos nunca del lector de un solo periódico, algunas procuramos leer varios.

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¿DIOS HA MUERTO?  

A pesar de que los datos sobre asistencia a servicios religiosos u otras formas de identificación eclesial indican que la religiosidad social no ha aumentado en el mundo de manera significativa, paradójicamente, parece que, por la necesidad de encontrar respuestas a la incertidumbre en la que vivimos, la espiritualidad está cada vez más más presente en nuestras sociedades.

Sin ir más lejos, y tal vez como síntoma, en nuestro contexto cultural hemos asistido en los últimos meses a la entrega del Premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades al mediático filósofo Byung-Chul Han, cuyo último libro traducido al español es precisamente Sobre Dios. Pensar con Simone Weil, reconocida filósofa mística que ha servido también de inspiración para Lux, el último disco de la cantante Rosalía. A esta coincidencia se suma el estreno de Los domingos, la última película de la directora Alauda Ruiz de Azua, cuya trama principal se construye alrededor de una joven que quiere hacerse monja de clausura. Estos tres productos de la industria cultural parecen indicar que, aunque a finales del siglo XIX Nietzsche enunciara el célebre “Dios ha muerto”, su figura sigue muy presente, tanto en sus formas espirituales (personales) o religiosas (comunidades) como en las eclesiásticas y normativas (poder y doctrina) que, por cierto, no tienen que estar necesariamente vinculadas. Alguien puede tener intensas experiencias espirituales o religiosas y no pertenecer de forma explícita a ninguna iglesia o, por el contrario, ser miembro activo de alguna y no tener el más mínimo escrúpulo para ser un perverso genocida. Por citar a alguna en concreto, ahí tenemos a Netayahu o el mismísmo Trump que no paran de invocar a Dios para justifcar sus «buenas» acciones en nombre del bien.

Cuando, tanto en La gaya ciencia (Tecnos 2016) como en Así habló Zaratustra (Alinaza, 2011), Nietzsche escribió aquella célebre sentencia filosófica, por ser más precisos, no pretendía afirmar que alguna vez hubiera existido un ser divino y en ese momento de la historia había dejado de hacerlo, sino, más bien, quiso hacer una observación cultural sobre el desmoronamiento del sistema de valores y verdades en el que se había apoyado la sociedad europea durante siglos. Para este maestro de la sospecha, la Ilustración, con su confianza ciega en la razón y la ciencia, o la modernidad, con la secularización social, la exacerbación de la autonomía individual y el desarrollo del progreso tecnológico sin límites éticos, habrían socavado las bases religiosas de la cultura europea. Por tanto, la “muerte de dios” representaría sobre todo la crisis de sentido de los valores cristianos que nos habían llevado hasta ese momento histórico y, en consecuencia, esa pérdida habría derivado en formas nihilistas de habitar el mundo. Ante ese vacío, Nietzsche nos habló de la responsabilidad radical del ser humano singular, pero aceptando que vive en relación con la multiplicidad de otr+s, en un mundo compartido. 

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VINDICACIÓN DE LA VIDA HOLGADA

En el recién publicado El derecho a las cosas bellas. Vindicación de la vida holgada (Ariel, 2025) Juan Evaristo Valls Boix escribe que la pereza es ese amor de verano que nos arranca de la obsesión por el trabajo y nos devuelve la más bella de las libertades, la de no hacer nada.Sin embargo –añade-, paradójicamente, una pasión extraña recorre nuestro cuerpo, la pasión por el trabajo. Unos la aclaman como una virtud, otros encuentran en ella la clave para una vida feliz y plena y algunos nos cuentan que es la receta para salir de todas las crisis, el antídoto para cualquier mal de nuestro tiempo.

Entre otros textos que, de alguna manera, tratan sobre lo que, según el índice del libro, el autor llama derechos perezosos o zanguangos (pereza, huelga, jubilación, ciudad y literatura) Valls relee el célebre El derecho a la pereza. Refutación del derecho al trabajo en el que Paul Lafargue enmendó la plana al no menos citado El capital: crítica de la economía política de su suegro Carlos Marx. Aunque este último dijo que “el reino de la libertad solo empieza allí donde cesa el trabajo impuesto por la necesidad”, se sabe que Marx no dejó nunca de creer que el hombre solo se podía liberar mediante el trabajo. En ese sentido, Valls señala que, si leyésemos con atención la famosa cita, observaríamos que contiene una trampa: “lo que Marx propone no es tanto la liberación del trabajo, sino la liberación para el trabajo”. Al describir el trabajo como una actividad trascendental y natural Marx retoma el pensamiento humanista, cuyo sueño idealista es continuar creciendo y superándonos sin fin. Marx y Hegel llamaron “trabajo” a esta relación jerárquica de dominio y asimilación. En su obra capital, Marx diseñó una ontología ahistórica donde ser equivale a trabajar, y esta operación -dice Valls- es aniquiladora de todo lo no-humano. Hegel y Marx coincidían en que el trabajo es el proceso por el cual el hombre se produce a sí mismo en cuanto hombre: ente autónomo, aislado y completamente separado de todos los otros seres. El sujeto se levanta, se yergue como Hombre, oprimiendo todo lo que no es sujeto: la ergontología, donde ser es trabajar y ser trabajado, constituye la primera definición de nuestra condición vertical. En cierto modo -dice Valls- el mismo espejismo que persigue el capitalismo, el sistema económico y político que gobierna nuestras vidas a través del trabajo ya sea como disciplina, como formas de deseo que concluye en consumo, como excitación social o como agotamiento personal. Uno de los modos en que el fascismo sigue vivo en las democracias de todo el mundo -añade el autor- es a través de la cultura del trabajo y su insidiosa metafísica capitalista, donde solo merecen vivir los que trabajan, donde la dignidad se mide como rendimiento.  

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ESCUCHAR, IMAGINAR, TRANSFORMAR

Hace unas semanas se ha publicado en la página web del Museo del Prado el video de la conferencia que impartí en el marco del II Encuentro ICOM España-CECA, celebrado los días 19 y 20 de abril de 2024. Este texto son las notas que utilicé como base de mi intervención.

Aunque toda mi vida profesional la haya dedicado a la gestión cultural, nunca he sido experto en museos, ni especialista en educación. El principal objetivo de mi trabajo siempre ha sido ejercer como buen «mediador» o, por lo menos, intentarlo. Además, apoyándome continuamente en la inteligencia y conocimiento de otras voces y de sus experiencias; escuchando, aprendiendo y recitándolas, a la vez que procuro crear vínculos vitales o intelectuales y conexiones emocionales, diría Sara Ahmed; contribuyendo a redistribuir la información y los conocimientos, entendidos como bienes comunes, diría Elinor Ostrom; ampliando el campo de lo sensible, diría Jacques Ranciere; entendiendo la educación y la cultura, estrechamente ligadas, como potencias democráticas que permiten poder aprender en libertad a cualquiera, diría bell hooks; tejiendo redes y cuerdas para otras ecologías políticas, diría Donna Haraway; construyendo comunidades afectivas, diría Laura Quintana, en el sentido más acogedor de la palabra, incluso más hospitalario y sanador.  

Como se puede comprobar en este mismo texto, mi labor como gestor siempre la he concebido-lo sigo haciendo con mi escritura y mi activismo –más como la de un recitador que autor, más diletante que militante, como costurero o hacker de ideas. He sido un trabajador de la cultura, entendida como derecho, que gestionó recursos públicos en beneficio de una ciudadanía activa e implicada en la transformación social e intentando siempre ser corresponsable con la justicia y la sostenibilidad de la vida- dirían Yayo Herrero y Verónica Gago. Ejerzo mi trabajo básicamente como si fuera un conector, alejándome de cualquier tentación de ensimismamiento o autosuficiencia y, trato de hacerlo, sin autoritarismo burocrático.

Aunque no sea un especialista, también es verdad que, por las funciones de responsabilidad que he desarrollado en diferentes instituciones y en otros tantos proyectos, he estado implicado en políticas culturales muy relacionadas con los museos y con el papel de la mediación y la educación en el sistema del arte y la cultura (en mi caso, ya lo he dicho antes, siempre desde el sector público -asunto éste que, a la vista de cómo se des/dibuja el actual sistema cultural, cada vez es más complicado de ejercer, por los procesos de privatización o mercantilización -incluidos eufemismos varios- imparables que dibuja hoy en día el mapa de influencias, poderes y preponderancias).

Por otro lado, respecto a los contenidos de esta intervención, tengo la sensación de que, prácticamente, casi todo lo que pueda aportar ya lo habréis escuchado muchas veces. Son preocupaciones reiteradas por los equipos de los museos y otras instituciones culturales cuya función es ensanchar el acceso al patrimonio, implicar a las personas en la institución y ampliar el derecho de participación en los bienes culturales. Por tanto, es posible que casi todo lo que os vaya a decir no solo os suene, sino que seguramente ya lo estaréis intentando aplicar en vuestros programas. Así que también hablo desde la prudencia.

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