CONSTUIR MENOS, DISTRIBUIR MÁS   

Al parecer, como ocurrió en los años ochenta y noventa del siglo pasado, al albur del crecimiento económico, las instituciones públicas que dirigen el sistema cultural han decidido que una parte de los fondos destinados a paliar los efectos devastadores de la COVID-19 se asignen a la reconstrucción de infraestructuras. Mejor dicho, según se lee en el Plan de Recuperación, Transformación y Resilencia del Gobierno de España, a medidas de conservación, restauración y puesta en valor del patrimonio cultural, que –como no- deberán impulsar, a su vez, medidas de ahorro energético y de sostenibilidad. En teoría, esta sería una loable misión, aunque sospecho que quizás nos podremos encontrar de nuevo con otro espejismo semántico, tan habitual en los discursos relacionados con la transición ecológica.

“¿Qué significa realmente restaurar?”, se pregunta Fernando Abad Vicente en Del patrimonio público al privado. El expolio de los bienes comunes (Ed. Muñoz Moya, 2021) donde, con algunos ejemplos, entre los que destaca la Operación Canelejas de Madrid covertido en un gran complejo de lujo, nos recuerda que, desde que, en el siglo XIX, el arquitecto y arqueólogo Eugène Violet-Le-Duc planteara por primera vez la importancia de proteger el patrimonio público, la polémica sobre los límites del concepto “restauración” nunca se ha resuelto del todo; y añade que entre las interpretaciones que han permitido las lábiles leyes de protección se han colado auténticos dislates arquitectónicos. Con subterfugios de todo tipo, en muchas ocasiones se han aprovechado las ambivalencias de las normas para seguir construyendo edificios de nueva planta, casi siempre camuflados por fachadas meramente escenográficas que esconden detrás su verdadero rostro: derribar el edificio para poder construir sin cortapisas.

Tras la profunda crisis económica y social del 2008, todo parecía indicar que los sectores financieros e inmobiliarios -sus principales causantes con el beneplácito y complicidad de las administraciones públicas- se detendrían a recapacitar sobre las consecuencias y, modificando algunas directrices de aquellas dinámicas, iniciarían una nueva etapa de relaciones más saneadas entre los bancos, el sistema de créditos y la industria de la construcción. De hecho, las grúas prácticamente desaparecieron de los horizontes urbanos y llegamos a pensar que cierta sensatez se impondría e iniciaríamos una nueva época en las que las políticas económicas de este país, tan ligadas al sector turístico-inmobiliario, se replantearía su futuro para vincularse con otros modelos producticos mejor relacionados con la transición ecológica. Pues no, al parecer las lecciones de la historia, en lugar de aprender de ellas, tan solo sirven para repetirlas en su versión empeorada.

Sin ir más lejos, tan solo hay que darse una vuelta por las costas de este país para comprobar, a sabiendas que es un mercado claramente inflacionista, que otra vez comienzan a construirse por doquier nuevas viviendas y segundas residencias sin tener en cuenta el grave impacto social que podría suponer esta nueva burbuja especulativa. Claro está: el Banco Central Europeo y los gobiernos locales correspondientes, aterrorizados por la crisis del sector y sin pararse a imaginar otras vías de distribución de las rentas y del trabajo o en otras alternativas, están inyectando liquidez a este tipo de economía sin mirar más allá de las políticas a corto plazo.

Hans Ibelings, miembro fundador de la revista A10 New European Architecture, y editor del diario digital The Architecture Observer (Montreal/Ámsterdam), en una reciente entrevista en La Vanguardia afirmó que la construcción es responsable del 40% del calentamiento global y, por tanto, afirmaba: “debemos promover una moratoria de la edificación en los países desarrollados –sobre todo Europa– porque ya no es necesaria.” Según este historiador de arquitectura, docente en la Facultad de Arquitectura, Paisaje y Diseño John H. Daniels de la Universidad de Toronto (Canadá), España es un ejemplo palmario de una economía de crecimiento vinculada a la construcción, según la cual progresar supone ocupar más metros de costa virgen y llenarlas de ladrillo y cemento; con el agravante –subraya– de que la industria de la construcción es en la actualidad tan solo otro un eslabón del entramado financiero especulativo. Es decir, la vivienda sigue siendo una extensión más de la bolsa de acumulación y, por tanto, deja de ser un bien de uso para convertirse, prácticamente, en mero objeto de cambio. 

Reconozco que es un tema complicado donde convergen y divergen los límites de la responsabilidad política pública con la libre iniciativa privada, y tampoco quiero negar la importancia y necesidad de la rehabilitación de viviendas y del patrimonio público para mantener activo, en su justa medida, el sector de la construcción (por ejemplo aumentar el parque de vivienda pública, y no tanto el de promoción privada que vuelve a priorizar el aumento del patrimonio de las clases más privilegiadas).

Desde mi punto de vista, en el sector cultural estos tiempos no deberían ser para invertir más en re/construir equipamientos (seguro que también hay excepciones razonables y bien justificadas) que por sí mismos suelen ser los mayores beneficiarios de los recursos públicos. Creo que sería mucho más prioritario emplear esos recursos en las condiciones materiales de vida (por ejemplo, el acceso a una vivienda digna) y trabajo de las artistas, creadores y mediadores culturales de todo tipo, asociaciones, colectivos y empresas (por extensión el resto de trabajadors que también forman parte del sector) que dan sentido a las infraestructuras existentes, y que tras los recortes y reajustes económicos, causados precisamente por la crisis financiera-inmobiliaria del 2008, en muchos casos se vieron obligados a realizar severos ajustes en sus presupuestos.

ENTROPÍA CULTURAL

Llega el otoño y nuestras agendas vuelven a llenarse de actividades sociales y culturales. Por un lado nos alegramos, porque parece que, en cierto modo, regresamos a la “normalidad” que la pandemia nos había obligado a cancelar. Sin embargo, por otro, cierto desasosiego nos embarga porque algunos tampoco quisiéramos volver a determinadas dinámicas anteriores, como si la necesidad de volver al trabajo, la producción y el consumo se dieran de bruces con el deseo de otra vida mejor, en la que nuestra existencia no estuviera exclusivamente sujeta a la lógica de determinados imaginarios laborales y consumidores. De hecho, algunos hemos llegado a pensar que ya habríamos aprendido alguna lección de todo lo que nos ha ocurrido y, en consecuencia, otros modos de vida más saludables comenzarían a abrirse camino, aunque fuera tímidamente (tal vez esté ocurriendo y el espejismo de la satisfacción temporal no nos permita apreciarlo todavía; ya sabemos que el tiempo histórico es un proceso de larga destilación y nunca se sabe como la historia contará lo que sucedió hasta mucho más tarde de los acontecimientos).

He de reconocer que, más allá de algunas nociones básicas del bachiller, tengo muy pocos conocimientos de física y poco puedo decir sobre la entropía en su acepción científica, pero me atrevo a apuntar alguno de sus usos en otras disciplinas. Así, en sociología se suele emplear como metáfora para constatar que es más fácil destruir que construir; en psicología para hablar de la incertidumbre que nos rodea y trae cierto caos a nuestras vidas; en urbanismo para describir las políticas que dicen ordenar las ciudades, mas al hacerlo, paradójicamente, extienden el desorden, crecen, y en apariencia mejoran, pero a la vez desbordan todos los parámetros de sostenibilidad y convivencia. Suele ocurrir, por ejemplo, cuando los centros urbanos se convierten en focos de atracción turística o cuando las instituciones y  los movimientos sociales tienden a centralizar sus actividades para multiplicar y aglutinar la asistencia y, paradójicamente, producir así un efecto contraproducente de masificación, es decir entrópico.

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EL ALIENTO POSCOLONIAL

                                   desde el itinerario

ese desconcierto de raíces

                                   ese furor de la identidad

                                   Ya la ordalía me arma 

                                   contra los puntos ciegos de la historia

                                   Remonto la curva de los tiempos

                                                                                  malditos

                                   para desenterrar mi memoria

                                                                                  enraizada

                                   prefiguro mi muerte

                                   entre mis semejantes

                                   me apresto a la erosión solemne

                                   que me hará germinar en la tierra

                                                          Abdellatif Laâbi, 1982

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MEDIALAB PRADO COMO SÍNTOMA (que “la milla de oro” no nos impida ver el bosque)

Madrid, además de ser la capital del Estado, con todo lo que conlleva, es también un gran escaparate para las políticas culturales gubernamentales, en todos los niveles de la administración y, por tanto, donde se manifiestan mejor o peor sus grandezas y miserias. Las paradojas y contradicciones de la historia del arte contemporáneo de las últimas décadas se han reflejado en la escena madrileña como en ningún otro lugar de España. Desde el primer Museo Nacional de Arte Contemporáneo -reflejo de las insuficiencias de la política cultural del franquismo-, al actual MNCARS, que se pretende como museo situado y archivo de lo común a la vez que ocupa un lugar central de la denominada “milla de oro”, junto a otros muchos centros culturales, como el Museo del Prado, el Thyssen-Bornemisza o Caixa Forum, a escasos metros de MediaLab Prado. De aquel ARCO -primera feria internacional de arte en un país sin apenas coleccionistas- y las mil ferias y congresos – ahora en “suspenso” por la pandemia- a la ciudad de los agentes y proyectos independientes como el Espacio P, Antimuseo, Off Limits, Liquidación Total, los 29 Enchufes, El Caballito, El Ojo Atómico, Espacio Cruce o Garaje Pamesa; o centros sociales como los Laboratorios, la Escalera Karakola, la Casika, La Dinamo, Seco de Vallecas, Tabacalera, Patio Maravillas, La Gasoli, la Salamandra o EVA Arganzuela, por citar algunos; y otras espacios urbanos como Esta es una Plaza y Campo de la Cebada o multitud de colectivos y pequeños o medianos empresas relacionadas con sectores profesionales más específicos. A través de la historia reciente de Madrid, se puede pasar de las huellas de la Transición -siempre inacabada- y la banalidad de la famosa movida, a las luchas insumisas, la desobediencia civil o la decepción política juvenil que abrieron los cauces para la aparición del 15M, la histórica ocupación de la Puerta del Sol, cuya memoria cumplirá diez años el próximo mayo. En definitiva, la ciudad es un muestrario vivo de las políticas culturales de los últimos 40 años: desde las que se aplicaron en la capital postfranquista de aquel primer Alcalde socialista, Enrique Tierno Galván, o la excepción temporal de Manuela Carmena, pasando por décadas de gobierno continuo del PP, hasta las de el actual gobierno municipal de José Luis Martínez Almeida, con Isabel Díaz Ayuso, como Presidenta de la Comunidad.     

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EN APOYO A LA CASA DE CULTURA Y PARTICIPACIÓN CIUDADANA DE CHAMBERÍ EN MADRID.

Hace unos días volví a escuchar a Yayo Herrero diciendo que poner la vida en el centro no es un eslogan vacío de contenido, como algunas veces parece, sino la obligación de crear las condiciones económicas, sociales y culturales para que todas las personas –insistió en su universalidad- puedan acceder a los recursos esenciales para tener una vida digna: agua, alimentación, vivienda, energía y cuidados. Cuidar una ciudad sería, por tanto, intentar atender y defender todo el entramado humano y asociativo que pueda hacer posible la vida en común. Sin embargo, en sentido totalmente contrario, el Ayuntamiento de Madrid parece estar empeñado en cancelar gran parte de los acuerdos firmados con las asociaciones que ocupan espacios municipales cedidos para el desarrollo de sus actividades. Ahora, le toca a “La Casa de Cultura y Participación Ciudadana de Chamberí” donde más de veinticuatro iniciativas despliegan su labor, amplia y diversa. Hace unos días escribí cuatro notas de apoyo para “EVA, el Espacio Vecinal de Arganzuela” a las que, siguiéndoles el rastro, ahora añado estas otras en apoyo de este otro espacio vecinal. Al parecer también le ha llegado la fobia contra los movimientos sociales que se ha instalado en el equipo del actual gobierno municipal, donde la sombra de la extrema derecha más reaccionaria se alarga cada vez más. 

Sin embargo, por mucho que se empeñen en cancelar estos espacios, afortunadamente, los movimientos sociales, estén donde estén y se organicen cómo se organicen, siempre serán  un permanente intento de reinvención política; a pesar de las presiones y zancadilla, tienen la fuerza para ir siempre por delante de las inercias institucionales. No se reducen a denunciar o pedir cosas, sino que son también instancias creadoras de nueva realidad, dice Alain Badiou en El despertar de la historia. (Clave Intelectual, 2012) En cierto sentido, son también formas de poder que en su devenir, en sus modos de hacer, van configurando otras posibilidades prácticas de entender las relaciones sociales, los procesos de formación, aprendizaje y cuidados mutuos, en definitiva el trabajo y la economía. Todas estas iniciativas y proyectos tienen en común ser un motor de cambio social en el corazón de la ciudad y sus barrios. Su objetivo es conseguir mayores cotas de agencia y auto-gobierno en la definición y defensa de los derechos de quienes la habitan, de modo que la ciudad sea un bien común de todas y para todas. Estas iniciativas nos dan pistas sobre algunos de los retos que plantea la defensa del derecho a la ciudad, sobre qué significa el derecho a la ciudad y qué condiciones deberían darse para lograr este derecho.

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EL ÚLTIMO ESPALIÚ EN LA ACADEMIA DE ROMA

El Sida me ha unido
a la valentía de otros seres
y en ella vivo violentamente
y estremecido, resistiendo
esas olas que se obstinan
en erosionar mi frágil barcaza

Pepe Espaliú

Ayer por la mañana, casualidad, uno de diciembre Día Mundial del Sida, me llegó a casa  el libro El último Espaliú, publicado por  la Academia de España en Roma.  En él se recogen un conjunto de textos e imágenes, correspondientes a las actividades y a la exposición del mismo título que, coordinadas por Xose Prieto Souto, Rosalía Banet y Raffaele Quattrone, se celebraron el año pasado, con ocasión del 25 aniversario de la estancia del artista Pepe Espaliú como becario de escultura del año 1992.

Como su Directora, Ángeles Albert, escribe en la introducción: “La Academia nace para ser residencia de creadores e investigadores, esta es su principal vocación hoy como ayer, pero lo más importante es que lo seguirá siendo mañana”. En la exposición  se presentaron diversas obras del artista, incluidas las dos piezas que donó a la institución(“Maternidad” y “Muletas”, ambas de 1989 y reproducidas en este texto), y otros materiales relacionados explícitamente con  su enfermedad y con su vulnerabilidad personal. Pero también, como apunta Albert, con la responsabilidad que, en aquellos frágiles momentos de su vida (o en el presente, con toda persona vulnerable) la Academia -cualquier institución, añadiría yo- indefectiblemente hubiera tenido que asumir a la hora de darle todo el apoyo necesario y de haber hecho todo lo posible para facilitarle, sin paternalismos hipócritas, una comunidad protectora y comprometida en denunciar los prejuicios sociales hacia cualquier tipo de marginación, entonces, cuando el SIDA se consideraba un estigma, y ahora, en cualquier circunstancia similar.  

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