EL ALIENTO POSCOLONIAL

                                   desde el itinerario

ese desconcierto de raíces

                                   ese furor de la identidad

                                   Ya la ordalía me arma 

                                   contra los puntos ciegos de la historia

                                   Remonto la curva de los tiempos

                                                                                  malditos

                                   para desenterrar mi memoria

                                                                                  enraizada

                                   prefiguro mi muerte

                                   entre mis semejantes

                                   me apresto a la erosión solemne

                                   que me hará germinar en la tierra

                                                          Abdellatif Laâbi, 1982

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MEDIALAB PRADO COMO SÍNTOMA (que “la milla de oro” no nos impida ver el bosque)

Madrid, además de ser la capital del Estado, con todo lo que conlleva, es también un gran escaparate para las políticas culturales gubernamentales, en todos los niveles de la administración y, por tanto, donde se manifiestan mejor o peor sus grandezas y miserias. Las paradojas y contradicciones de la historia del arte contemporáneo de las últimas décadas se han reflejado en la escena madrileña como en ningún otro lugar de España. Desde el primer Museo Nacional de Arte Contemporáneo -reflejo de las insuficiencias de la política cultural del franquismo-, al actual MNCARS, que se pretende como museo situado y archivo de lo común a la vez que ocupa un lugar central de la denominada “milla de oro”, junto a otros muchos centros culturales, como el Museo del Prado, el Thyssen-Bornemisza o Caixa Forum, a escasos metros de MediaLab Prado. De aquel ARCO -primera feria internacional de arte en un país sin apenas coleccionistas- y las mil ferias y congresos – ahora en “suspenso” por la pandemia- a la ciudad de los agentes y proyectos independientes como el Espacio P, Antimuseo, Off Limits, Liquidación Total, los 29 Enchufes, El Caballito, El Ojo Atómico, Espacio Cruce o Garaje Pamesa; o centros sociales como los Laboratorios, la Escalera Karakola, la Casika, La Dinamo, Seco de Vallecas, Tabacalera, Patio Maravillas, La Gasoli, la Salamandra o EVA Arganzuela, por citar algunos; y otras espacios urbanos como Esta es una Plaza y Campo de la Cebada o multitud de colectivos y pequeños o medianos empresas relacionadas con sectores profesionales más específicos. A través de la historia reciente de Madrid, se puede pasar de las huellas de la Transición -siempre inacabada- y la banalidad de la famosa movida, a las luchas insumisas, la desobediencia civil o la decepción política juvenil que abrieron los cauces para la aparición del 15M, la histórica ocupación de la Puerta del Sol, cuya memoria cumplirá diez años el próximo mayo. En definitiva, la ciudad es un muestrario vivo de las políticas culturales de los últimos 40 años: desde las que se aplicaron en la capital postfranquista de aquel primer Alcalde socialista, Enrique Tierno Galván, o la excepción temporal de Manuela Carmena, pasando por décadas de gobierno continuo del PP, hasta las de el actual gobierno municipal de José Luis Martínez Almeida, con Isabel Díaz Ayuso, como Presidenta de la Comunidad.     

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EN APOYO A LA CASA DE CULTURA Y PARTICIPACIÓN CIUDADANA DE CHAMBERÍ EN MADRID.

Hace unos días volví a escuchar a Yayo Herrero diciendo que poner la vida en el centro no es un eslogan vacío de contenido, como algunas veces parece, sino la obligación de crear las condiciones económicas, sociales y culturales para que todas las personas –insistió en su universalidad- puedan acceder a los recursos esenciales para tener una vida digna: agua, alimentación, vivienda, energía y cuidados. Cuidar una ciudad sería, por tanto, intentar atender y defender todo el entramado humano y asociativo que pueda hacer posible la vida en común. Sin embargo, en sentido totalmente contrario, el Ayuntamiento de Madrid parece estar empeñado en cancelar gran parte de los acuerdos firmados con las asociaciones que ocupan espacios municipales cedidos para el desarrollo de sus actividades. Ahora, le toca a “La Casa de Cultura y Participación Ciudadana de Chamberí” donde más de veinticuatro iniciativas despliegan su labor, amplia y diversa. Hace unos días escribí cuatro notas de apoyo para “EVA, el Espacio Vecinal de Arganzuela” a las que, siguiéndoles el rastro, ahora añado estas otras en apoyo de este otro espacio vecinal. Al parecer también le ha llegado la fobia contra los movimientos sociales que se ha instalado en el equipo del actual gobierno municipal, donde la sombra de la extrema derecha más reaccionaria se alarga cada vez más. 

Sin embargo, por mucho que se empeñen en cancelar estos espacios, afortunadamente, los movimientos sociales, estén donde estén y se organicen cómo se organicen, siempre serán  un permanente intento de reinvención política; a pesar de las presiones y zancadilla, tienen la fuerza para ir siempre por delante de las inercias institucionales. No se reducen a denunciar o pedir cosas, sino que son también instancias creadoras de nueva realidad, dice Alain Badiou en El despertar de la historia. (Clave Intelectual, 2012) En cierto sentido, son también formas de poder que en su devenir, en sus modos de hacer, van configurando otras posibilidades prácticas de entender las relaciones sociales, los procesos de formación, aprendizaje y cuidados mutuos, en definitiva el trabajo y la economía. Todas estas iniciativas y proyectos tienen en común ser un motor de cambio social en el corazón de la ciudad y sus barrios. Su objetivo es conseguir mayores cotas de agencia y auto-gobierno en la definición y defensa de los derechos de quienes la habitan, de modo que la ciudad sea un bien común de todas y para todas. Estas iniciativas nos dan pistas sobre algunos de los retos que plantea la defensa del derecho a la ciudad, sobre qué significa el derecho a la ciudad y qué condiciones deberían darse para lograr este derecho.

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EL ÚLTIMO ESPALIÚ EN LA ACADEMIA DE ROMA

El Sida me ha unido
a la valentía de otros seres
y en ella vivo violentamente
y estremecido, resistiendo
esas olas que se obstinan
en erosionar mi frágil barcaza

Pepe Espaliú

Ayer por la mañana, casualidad, uno de diciembre Día Mundial del Sida, me llegó a casa  el libro El último Espaliú, publicado por  la Academia de España en Roma.  En él se recogen un conjunto de textos e imágenes, correspondientes a las actividades y a la exposición del mismo título que, coordinadas por Xose Prieto Souto, Rosalía Banet y Raffaele Quattrone, se celebraron el año pasado, con ocasión del 25 aniversario de la estancia del artista Pepe Espaliú como becario de escultura del año 1992.

Como su Directora, Ángeles Albert, escribe en la introducción: “La Academia nace para ser residencia de creadores e investigadores, esta es su principal vocación hoy como ayer, pero lo más importante es que lo seguirá siendo mañana”. En la exposición  se presentaron diversas obras del artista, incluidas las dos piezas que donó a la institución(“Maternidad” y “Muletas”, ambas de 1989 y reproducidas en este texto), y otros materiales relacionados explícitamente con  su enfermedad y con su vulnerabilidad personal. Pero también, como apunta Albert, con la responsabilidad que, en aquellos frágiles momentos de su vida (o en el presente, con toda persona vulnerable) la Academia -cualquier institución, añadiría yo- indefectiblemente hubiera tenido que asumir a la hora de darle todo el apoyo necesario y de haber hecho todo lo posible para facilitarle, sin paternalismos hipócritas, una comunidad protectora y comprometida en denunciar los prejuicios sociales hacia cualquier tipo de marginación, entonces, cuando el SIDA se consideraba un estigma, y ahora, en cualquier circunstancia similar.  

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DESCONFIAR DE LAS IMÁGENES

El polifacético cineasta Harun Farocki, en Desconfiar de las imágenes, (Ed. Caja Negra, 2013) se pregunta sobre el estatuto de la imagen, sobre las instituciones y artefactos técnicos que las producen, los canales por los que circulan y los efectos que causan en nuestros sentidos En el prólogo del libro, George Didi-Huberman constata que no existe una sola imagen –podríamos añadir monumento– que no implique un determinado pensamiento; subraya que todas son resultado de algún tipo de manipulación y que los mecanismos a través de los cuales nos llegan condicionan nuestra percepción de la realidad. Todas las imágenes toman posición y cualquier documento encierra al menos dos verdades, la primera de las cuales siempre resulta insuficiente, nos recuerda el autor de Cuando las imágenes toman posición (Machado Ed, 2014) 

En las reflexiones de mi último texto Entre iconofllia e iconoclastia sobre la reciente ola de iconoclastia desatada en EE.UU. a raíz de las manifestaciones contra el racismo, promovidas  por el movimiento Black Lives Matter, escribí que no se trataba de criminalizar en abstracto la destrucción de monumentos o imágenes sino de analizar en concreto cada hecho, estar más atentos al significado de los que se siguen construyendo y atender, sobre todo, al vacío epistemológico de las ausentes y las que son necesarias para entender la realidad en su complejidad. 

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ENTRE ICONOFILIA E ICONOCLASTIA

Georges Didi-Huberman evoca en el título de su libro Lo que vemos, lo que nos mira (Ed. Manantial, 1997) una frase de su maestro Walter Benjamin que, a su vez, este toma prestada del escritor Franz Hessel, autor de Paseos por Berlín (Errata naturae, 2015) en 1940, unos días antes de emprender su huida de la Alemania nazi, al despedirse de las estatuas que parecían contemplarlo en la calle berlinesa de Magdeburgo, afirmó: “Solo vemos que nos miran”. Benjamin se apropia de esta frase porque condensa la filosofía del flanêur, ese paseante de la ciudad de París, paradigma de la nueva modernidad urbana descrita en su célebre Libro de los Pasajes (Akal 2005) que se deja interpelar al azar por las cosas, el paisaje y las imágenes que inexorablemente aparecen, desaparecen y reaparecen en nuestro camino.

Las ciudades son espacios semánticos saturados de representaciones formales polimorfas y polisémicas, que muchas veces expresan sentidos contrapuestos: el urbanismo que las des/ordena; las plazas y jardines, con sus nomenclaturas elegidas en función de in/determinados y discutibles criterios de autoridad; los edificios y sus particularidades arquitectónicas, con sus diferentes y variopintas funciones oficiales o cívicas; las estatuas, monumentos y esculturas de todo tipo, con sus retóricas hagiográficas, memorialistas o conmemorativas; el mobiliario urbano; la sobreabundancia publicitaria,… todas tan constitutivas de nuestras subjetividades como el propio lenguaje que empleamos para comunicarnos. Son producciones de sentido arraigadas en la materialidad de la historia, que conforman la “realidad” que habitamos y, como las demás huellas culturales, nos sitúan y adscriben a determinados lugares. Seguir leyendo “ENTRE ICONOFILIA E ICONOCLASTIA”