CINCUENTA AÑOS YA SON DEMASIADOS

La primera Conferencia Mundial contra el Cambio Climático se organizó en Río de Janeiro en 1992, hace casi treinta años. La última acaba de finalizar hace unas semanas en Glasgow. Veinte años antes el Club de Roma ya había emitido en 1972 el primer Informe Sobre los Límites de Crecimiento, donde se indicaban algunas de las medidas urgentes que debíamos tomar para atajar cuanto antes los efectos perjudiciales causados por el desarrollo económico descontrolado: la degradación ambiental del planeta, los problemas demográficos o el aumento exponencial de las brechas sociales y las desigualdades, causadas por una concentración extraordinaria de capitales en muy pocas manos.

En estos cincuenta años hemos sido testigos de la urbanización del mundo. Más de la mitad de la población mundial vivimos en grandes ciudades, con todo lo que conlleva su ilimitado crecimiento y el abandono de la vida rural. Han crecido de forma inusitada las vías de comunicación terrestre, marítima y área, con consecuencias hasta ahora poco previsibles. Si ir más lejos, la reciente crisis del trasporte y de suministros que ha agravado aún más la desarticulación de un sistema de logística global que ya estaba en un proceso crítico con anterioridad, pero nadie se atreve a reestructurar.   

Viajamos más que nunca y el flujo de turismo global se multiplica de forma imparable; de hecho es responsable de aproximadamente un ocho por ciento de las emisiones globales de los gases de efecto invernadero que se producen en el  mundo. La oferta de vehículos privados a motor de todo tipo se ha diversificado hasta extremos insospechados, mientras las políticas de apoyo al trasporte público siguen sin tener estrategias de crecimiento demasiado clara (los intereses contrapuestos impiden avanzar de forma más coherente).

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RECLAMO EN EL JARDÍN

Según la opinión de un experto ornitólogo, parece ser que en el jardín interior del edificio Sabatini del Museo Reina Sofía hay muy pocos pájaros porque dos urracas reinan en ese territorio y, excepto algún gorrión, ninguno se atreve a anidar allí. A esta causa se suman que la altura del edificio no lo hace muy accesible y que suele haber muy pocos restos de comida ya que la normativa del Museo impide comer en su interior.

El pasado jueves al anochecer María Jerez y Élan d´Orphium (a.k.a. Pablo García Martínez), en su pieza Reclamo en el jardín mediante pequeños utensilios sonoros, trataron de convocar a los pájaros en una especie de concierto para aves. Tras un sutil proceso de mínima sonorización, el jardín se fue llenando de vida. No era fácil saber si las que escuchábamos eran las voces de las aves “reales” o la música “artificial” que producían les artistas hablando al lugar. El acontecimiento artístico estableció una reunión inesperada y fortuita entre naturaleza y cultura. Isabel de Naverán, responsable del programa de artes en vivo del Museo, citando a Donna Haraway, menciona el encuentro con “parentescos raros” para imaginar otras posibilidades de vivir-con y morir-con en un mundo herido, pero no acabado.

En cierto modo sería “hacer mundo”, una especie de apertura a la alteridad, como Bruno Latour nos dice en Cara a cara con el planeta. Una nueva mirada sobre el cambio climático alejada de las posiciones apocalípticas, para poder superar la dicotomía humanista que contrapone naturaleza y cultura que nos ha determinado como especies opuestas, radicalmente separadas. En cierto sentido, este filósofo, sociólogo y antropólogo retoma la noción de pluriverso o cosmograma que el psicólogo y filósofo William James ya en 1909 utilizó para dar cuenta de la interacción de agentes humanos y no humanos en el diseño y transformación de la realidad natural y social.

No podemos negar que esa condición de especie superior ha determinado que cuando queremos aproximarnos a la naturaleza –no de manera idealista– nos hallamos impedidos por la objeción de que el humano es ante todo un ser cultural que debe escapar o, en todo caso, –dice Latour– distinguirse de la naturaleza. Lo que equivale a plantear preguntas muy viejas y fútiles: “¿Quién, dónde, cuando, cómo y porqué? ¿Quiénes somos nosotros que todavía nos llamamos “humanos”? ¿Qué clase de territorio, de suelo, de sitio, de lugar, somos susceptibles de habitar y con quién estamos dispuestos a cohabitar? (…) ¿Qué pasaría, por ejemplo, si diéramos respuestas muy diferentes a las preguntas que sirven para definir nuestra relación con el mundo? ¿Quiénes seríamos? Digamos que terrícolas en lugar de humanos. ¿Dónde nos encontraríamos? Sobre la Tierra y no en la Naturaleza. E incluso, más precisamente, sobre un suelo compartido con otros seres a menudo extraños y de exigencias multiformes.” En esta tarea poética y estética, mundana en su sentido literal, se inscribe el trabajo Reclamo en el jardín de María Jerez y Élan d´Orphium, entendiendo que los pájaros también son nuestros contemporáneos, seres con lo que compartimos territorios, eventos e historias.

De hecho, en la capacidad de evocación que la performance produjo, en mi caso, también pude convocar –porqué no–  la remembranza espiritual de algunos seres que ya no están con nosotros, como el artista Miguel Benlloch o Carolina García-Romeu, trabajadora del Museo, que en el Jardín de las mixturas, desarrollado desde hace unos años en el mismo espacio por un amplio grupo de personas acompañados por la artista Alejandra Riera, tienen plantados en su memoria un granado y un azufaifo respectivamente, como un relato de quienes quedan en nuestro recuerdo. A la manera en la que la filósofa de la ciencia Vinciane Despret, autora de Vivir con los pájaros, nos habla en A la felicidad de los muertos, una serena reflexión sobre el duelo y su capacidad para reclamar y nutrir de nuevo la copresencia vivida en muchos tipos de temporalidad y materialidad. Como el mismo Benlloch escribió en Fanstasma invidente «un pájaro canta, la luz circula por sus ojos y la algarabía interrumpe jaleosa, el cuerpo y el fantasma prosiguen, son naturaleza en relación». Seguramente, en mis próximas visitas al jardín, mis emociones estarán, no cabe duda, mucho más atentas a los cantos de los aves y los susurros de las plantas.

Nota:

1.- El pavo real en Loja (ensayo). Foto Juan Antonio Peinado. Archivo Miguel Benlloch

2.- Quien canta su mal espanta. Acción presentada en Hedonismo crítico. Reinvención y reivindicación, Sala Hiroshima, Barcelona, 2016, producido por El Palomar (Mariokissme y Rafa Marcos Mota). Foto El Palomar. Archivo Miguel Benlloch

CONSTUIR MENOS, DISTRIBUIR MÁS   

Al parecer, como ocurrió en los años ochenta y noventa del siglo pasado, al albur del crecimiento económico, las instituciones públicas que dirigen el sistema cultural han decidido que una parte de los fondos destinados a paliar los efectos devastadores de la COVID-19 se asignen a la reconstrucción de infraestructuras. Mejor dicho, según se lee en el Plan de Recuperación, Transformación y Resilencia del Gobierno de España, a medidas de conservación, restauración y puesta en valor del patrimonio cultural, que –como no- deberán impulsar, a su vez, medidas de ahorro energético y de sostenibilidad. En teoría, esta sería una loable misión, aunque sospecho que quizás nos podremos encontrar de nuevo con otro espejismo semántico, tan habitual en los discursos relacionados con la transición ecológica.

“¿Qué significa realmente restaurar?”, se pregunta Fernando Abad Vicente en Del patrimonio público al privado. El expolio de los bienes comunes (Ed. Muñoz Moya, 2021) donde, con algunos ejemplos, entre los que destaca la Operación Canelejas de Madrid covertido en un gran complejo de lujo, nos recuerda que, desde que, en el siglo XIX, el arquitecto y arqueólogo Eugène Violet-Le-Duc planteara por primera vez la importancia de proteger el patrimonio público, la polémica sobre los límites del concepto “restauración” nunca se ha resuelto del todo; y añade que entre las interpretaciones que han permitido las lábiles leyes de protección se han colado auténticos dislates arquitectónicos. Con subterfugios de todo tipo, en muchas ocasiones se han aprovechado las ambivalencias de las normas para seguir construyendo edificios de nueva planta, casi siempre camuflados por fachadas meramente escenográficas que esconden detrás su verdadero rostro: derribar el edificio para poder construir sin cortapisas.

Tras la profunda crisis económica y social del 2008, todo parecía indicar que los sectores financieros e inmobiliarios -sus principales causantes con el beneplácito y complicidad de las administraciones públicas- se detendrían a recapacitar sobre las consecuencias y, modificando algunas directrices de aquellas dinámicas, iniciarían una nueva etapa de relaciones más saneadas entre los bancos, el sistema de créditos y la industria de la construcción. De hecho, las grúas prácticamente desaparecieron de los horizontes urbanos y llegamos a pensar que cierta sensatez se impondría e iniciaríamos una nueva época en las que las políticas económicas de este país, tan ligadas al sector turístico-inmobiliario, se replantearía su futuro para vincularse con otros modelos producticos mejor relacionados con la transición ecológica. Pues no, al parecer las lecciones de la historia, en lugar de aprender de ellas, tan solo sirven para repetirlas en su versión empeorada.

Sin ir más lejos, tan solo hay que darse una vuelta por las costas de este país para comprobar, a sabiendas que es un mercado claramente inflacionista, que otra vez comienzan a construirse por doquier nuevas viviendas y segundas residencias sin tener en cuenta el grave impacto social que podría suponer esta nueva burbuja especulativa. Claro está: el Banco Central Europeo y los gobiernos locales correspondientes, aterrorizados por la crisis del sector y sin pararse a imaginar otras vías de distribución de las rentas y del trabajo o en otras alternativas, están inyectando liquidez a este tipo de economía sin mirar más allá de las políticas a corto plazo.

Hans Ibelings, miembro fundador de la revista A10 New European Architecture, y editor del diario digital The Architecture Observer (Montreal/Ámsterdam), en una reciente entrevista en La Vanguardia afirmó que la construcción es responsable del 40% del calentamiento global y, por tanto, afirmaba: “debemos promover una moratoria de la edificación en los países desarrollados –sobre todo Europa– porque ya no es necesaria.” Según este historiador de arquitectura, docente en la Facultad de Arquitectura, Paisaje y Diseño John H. Daniels de la Universidad de Toronto (Canadá), España es un ejemplo palmario de una economía de crecimiento vinculada a la construcción, según la cual progresar supone ocupar más metros de costa virgen y llenarlas de ladrillo y cemento; con el agravante –subraya– de que la industria de la construcción es en la actualidad tan solo otro un eslabón del entramado financiero especulativo. Es decir, la vivienda sigue siendo una extensión más de la bolsa de acumulación y, por tanto, deja de ser un bien de uso para convertirse, prácticamente, en mero objeto de cambio. 

Reconozco que es un tema complicado donde convergen y divergen los límites de la responsabilidad política pública con la libre iniciativa privada, y tampoco quiero negar la importancia y necesidad de la rehabilitación de viviendas y del patrimonio público para mantener activo, en su justa medida, el sector de la construcción (por ejemplo aumentar el parque de vivienda pública, y no tanto el de promoción privada que vuelve a priorizar el aumento del patrimonio de las clases más privilegiadas).

Desde mi punto de vista, en el sector cultural estos tiempos no deberían ser para invertir más en re/construir equipamientos (seguro que también hay excepciones razonables y bien justificadas) que por sí mismos suelen ser los mayores beneficiarios de los recursos públicos. Creo que sería mucho más prioritario emplear esos recursos en las condiciones materiales de vida (por ejemplo, el acceso a una vivienda digna) y trabajo de las artistas, creadores y mediadores culturales de todo tipo, asociaciones, colectivos y empresas (por extensión el resto de trabajadors que también forman parte del sector) que dan sentido a las infraestructuras existentes, y que tras los recortes y reajustes económicos, causados precisamente por la crisis financiera-inmobiliaria del 2008, en muchos casos se vieron obligados a realizar severos ajustes en sus presupuestos.

ENTROPÍA CULTURAL

Llega el otoño y nuestras agendas vuelven a llenarse de actividades sociales y culturales. Por un lado nos alegramos, porque parece que, en cierto modo, regresamos a la “normalidad” que la pandemia nos había obligado a cancelar. Sin embargo, por otro, cierto desasosiego nos embarga porque algunos tampoco quisiéramos volver a determinadas dinámicas anteriores, como si la necesidad de volver al trabajo, la producción y el consumo se dieran de bruces con el deseo de otra vida mejor, en la que nuestra existencia no estuviera exclusivamente sujeta a la lógica de determinados imaginarios laborales y consumidores. De hecho, algunos hemos llegado a pensar que ya habríamos aprendido alguna lección de todo lo que nos ha ocurrido y, en consecuencia, otros modos de vida más saludables comenzarían a abrirse camino, aunque fuera tímidamente (tal vez esté ocurriendo y el espejismo de la satisfacción temporal no nos permita apreciarlo todavía; ya sabemos que el tiempo histórico es un proceso de larga destilación y nunca se sabe como la historia contará lo que sucedió hasta mucho más tarde de los acontecimientos).

He de reconocer que, más allá de algunas nociones básicas del bachiller, tengo muy pocos conocimientos de física y poco puedo decir sobre la entropía en su acepción científica, pero me atrevo a apuntar alguno de sus usos en otras disciplinas. Así, en sociología se suele emplear como metáfora para constatar que es más fácil destruir que construir; en psicología para hablar de la incertidumbre que nos rodea y trae cierto caos a nuestras vidas; en urbanismo para describir las políticas que dicen ordenar las ciudades, mas al hacerlo, paradójicamente, extienden el desorden, crecen, y en apariencia mejoran, pero a la vez desbordan todos los parámetros de sostenibilidad y convivencia. Suele ocurrir, por ejemplo, cuando los centros urbanos se convierten en focos de atracción turística o cuando las instituciones y  los movimientos sociales tienden a centralizar sus actividades para multiplicar y aglutinar la asistencia y, paradójicamente, producir así un efecto contraproducente de masificación, es decir entrópico.

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EL ALIENTO POSCOLONIAL

                                   desde el itinerario

ese desconcierto de raíces

                                   ese furor de la identidad

                                   Ya la ordalía me arma 

                                   contra los puntos ciegos de la historia

                                   Remonto la curva de los tiempos

                                                                                  malditos

                                   para desenterrar mi memoria

                                                                                  enraizada

                                   prefiguro mi muerte

                                   entre mis semejantes

                                   me apresto a la erosión solemne

                                   que me hará germinar en la tierra

                                                          Abdellatif Laâbi, 1982

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MEDIALAB PRADO COMO SÍNTOMA (que “la milla de oro” no nos impida ver el bosque)

Madrid, además de ser la capital del Estado, con todo lo que conlleva, es también un gran escaparate para las políticas culturales gubernamentales, en todos los niveles de la administración y, por tanto, donde se manifiestan mejor o peor sus grandezas y miserias. Las paradojas y contradicciones de la historia del arte contemporáneo de las últimas décadas se han reflejado en la escena madrileña como en ningún otro lugar de España. Desde el primer Museo Nacional de Arte Contemporáneo -reflejo de las insuficiencias de la política cultural del franquismo-, al actual MNCARS, que se pretende como museo situado y archivo de lo común a la vez que ocupa un lugar central de la denominada “milla de oro”, junto a otros muchos centros culturales, como el Museo del Prado, el Thyssen-Bornemisza o Caixa Forum, a escasos metros de MediaLab Prado. De aquel ARCO -primera feria internacional de arte en un país sin apenas coleccionistas- y las mil ferias y congresos – ahora en “suspenso” por la pandemia- a la ciudad de los agentes y proyectos independientes como el Espacio P, Antimuseo, Off Limits, Liquidación Total, los 29 Enchufes, El Caballito, El Ojo Atómico, Espacio Cruce o Garaje Pamesa; o centros sociales como los Laboratorios, la Escalera Karakola, la Casika, La Dinamo, Seco de Vallecas, Tabacalera, Patio Maravillas, La Gasoli, la Salamandra o EVA Arganzuela, por citar algunos; y otras espacios urbanos como Esta es una Plaza y Campo de la Cebada o multitud de colectivos y pequeños o medianos empresas relacionadas con sectores profesionales más específicos. A través de la historia reciente de Madrid, se puede pasar de las huellas de la Transición -siempre inacabada- y la banalidad de la famosa movida, a las luchas insumisas, la desobediencia civil o la decepción política juvenil que abrieron los cauces para la aparición del 15M, la histórica ocupación de la Puerta del Sol, cuya memoria cumplirá diez años el próximo mayo. En definitiva, la ciudad es un muestrario vivo de las políticas culturales de los últimos 40 años: desde las que se aplicaron en la capital postfranquista de aquel primer Alcalde socialista, Enrique Tierno Galván, o la excepción temporal de Manuela Carmena, pasando por décadas de gobierno continuo del PP, hasta las de el actual gobierno municipal de José Luis Martínez Almeida, con Isabel Díaz Ayuso, como Presidenta de la Comunidad.     

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