Este año, al hacerse pública la lista de jugadores convocados para el mundial de futbol se ha producido un hecho inédito e insólito. El seleccionador Luis de la Fuente no ha emplazado a ninguno del Real Madrid que, hablando en términos deportivos, para una mayoría de españoles fue durante muchos años la principal representación de España. El equipo de la capital del Estado era la mejor herramienta para la defensa de la españolidad, entendida como nacionalidad unitaria y uniforme. De hecho, durante décadas un gran parte de jugadores de la selección nacional de fútbol provenía de la cantera madridista y, en cierto modo, sus valores emocionales eran los mismos: honor, épica, exigencia, grandeza o raza que, en principio, era sinónimo de fortaleza competitiva, pero a su vez se podía interpretar como semejanza identitaria. El resto de los jugadores de la selección eran del Barcelona C.F o de otros equipos de provincias, incluidas las canteras vascas, especialmente fructíferas. En cierto modo, el modelo de la selección reproduce la histórica cuestión sobre la organización del Estado, nunca resuelta del todo, así como la tensión social y cultural que subyace en el control de lo simbólico: colores, banderas, himnos etc.
Ahora, casi sin querer, el equipo nacional se parece mucho más a la realidad plural y diversa actual del país y, paradójicamente, en un sentido contrario a la tradición, la plantilla del equipo blanco es menos española que nunca, ya que más del setenta por ciento de sus jugadores proceden de otros lugares del mundo. Además, se podría afirmar que es uno de los grandes representantes de los valores del capitalismo global y, por ende, del sistema financiero que sustenta el fútbol internacional. Giovani Infantino, el presidente de la FIFA, la Federación Internacional de Fútbol – seguidor confeso de Donald Trump- no ha dudado nunca en defender esa expansión global del fútbol, a la vez que lo convierte en una poderosa máquina comercial.


Escribo esta columna mientras la selección española de fútbol juega y empata su primer partido contra la de Cabo Verde, uno de los países más pequeño del mundo que compite en este campeonato con una mayoría de jugadores procedentes de la diáspora. Son hijos, nietos o biznietos de familias trabajadoras inmigrantes, muchas con bajos ingresos, criados en barrios obreros de ciudades europeas. Como ocurre en casi todos los equipos profesionales de alto nivel, las habilidades deportivas de los jugadores – digamos, su valor de uso–, adquiridas en las canteras y academias de fútbol, se convierten en valor de cambio, cuando su rendimiento se mide no solo por sus cualidades atléticas, sino también por su cotización en el mercado. Son además hombres-marca, es decir, imágenes comerciales adscritas a un mercado de productos que va más allá de su condición deportiva (otro gran tema sería analizar las razones por las que muchos de ellos olvidan su condición de clase originaria y como, en cuanto su cuenta corriente se lo permite, reproducen las lógicas del lujo y la ideología de las clases privilegiadas).
Es evidente que el futbol profesional de alto nivel se ha convertido en una de las grandes metáforas del funcionamiento del mundo. Hace unas décadas, los equipos de fútbol todavía eran instituciones deportivas vinculadas cultural y económicamente a una ciudad o a una región. Actualmente, una gran parte de la financiación mundial de este deporte depende de fondos económicos de países productores de petróleo de Oriente Medio, capitales privados y fondos de inversión o entramados de propiedad múltiple, a los que se suman los de las grandes plataformas audiovisuales y los millones de las cuotas de socios, entradas y subscripciones que se venden entre los aficionados, piezas fundamentales de ese engranaje económico. Asumiendo altos gastos, miles se desplazan por el mundo para seguir a sus equipos, con la consiguiente aceleración de la movilidad global ,y otros tantos millones lo hacen como espectadores de las transmisiones audiovisuales. Antes el centro de atención estaba en los estadios, ahora en las pantallas. La vinculación con el territorio se diluye en favor de una atención deslocalizada.
La gran paradoja actual del fútbol, sobre todo en sus niveles competitivos más altos en los que la economía financiera re/viste a los héroes deportivos, es que cada vez es más difícil conectar la afición, la filiación, incluso la afiliación o afinidad electiva con la identidad o la vinculación originaria. Desde el punto de vista identitario, como la propia sociedad, los equipos son cada vez menos uniformes, a la vez que los escudos y colores afectivos están cada vez más desdibujados por las marcas patrocinadoras. Cuando alguien lleva con orgullo la camiseta de la Real Sociedad también acompaña a Baghdadi Capital en sus campañas de financiación especializada, inversión inmobiliaria, asesoramiento crediticio y private equity, según reza su página informativa; o cuando un socio del Real Madrid besa la camiseta de su equipo, de alguna manera, abraza a Emirates Group, las aerolíneas del Gobierno de Dubái, una monarquía absoluta y autoritaria. Lo mismo se podría decir del recién ascendido a la primera división, Málaga C.F, cuya titularidad está en litigio entre sus dos accionistas principales, la cadena hotelera BlueBay, liderada por el empresario Jamal Satli Iglesias que opera en múltiples destinos internacionales, y la familia del jeque catarí Abdullah ben Nasser Al Thani, acusado de apropiación indebida e irregularidades en la gestión. En otros niveles, como en el Algeciras CF, que juega en tercera categoría, empieza a ocurrir algo parecido. Su propietario es el empresario norteamericano Mac Lackey, a través de su grupo inversor Futbol Coalition.
Es evidente que en muchos aficionados todavía priman los sentimientos afectivos hacia los equipos de sus vida, en muchos casos encarnados desde la niñez por largos procesos de identificación cultural, pero el fútbol de alto nivel es cada vez más una gran empresa de espectáculos, cuyos objetivos económicos necesitan cada vez menos del arraigo local. A pesar de que las pasiones filiales siguen siendo el motor principal del espectáculo del fútbol y que las emociones personales se siguen vehiculando a través de los símbolos locales, muchos equipos que todavía movilizan esa energía popular, en la actualidad, son más negocios globales que iniciativas sociales y culturas locales. Seguramente la industria del fútbol no podría existir sin los aficionados –o tal vez si–, aunque también es cierto que interesan más como consumidores que como amantes del deporte.



