LA PAZ VIVA DE JUAN GUTIERREZ

En Malas compañías (Galaxia Guteberg, 2022) la filósofa Marina Garcés afirma que la guerra es un estado del mundo. Más allá de campos de batalla específicos, hoy implica al planeta entero en una lógica de movilización que nos afecta a todas las personas. Cada vez estamos más preocupados por la incertidumbre de los mercados energéticos y las cadenas de suministros; la competencia geopolítica por el dominio de los territorios; la rivalidad en la extracción de los recursos necesarios para el desarrollo de las tecnologías y, en consecuencia, el control de la información; los movimientos migratorios; los efectos del cambio climático; las políticas de seguridad y militarización del mundo.

Es evidente que los lugares de contiendas, en apariencia lejanos, no son ajenos a nuestras vidas. Al contrario, su persistencia en Gaza y Líbano o en Irán y los países del Golfo Pérsico en el estrecho de Ormuz o en el África subsahariana nos exige una reflexión ética y política sobre nuestra propia responsabilidad activa en la defensa de una paz internacional justa. Sobre todo, en las medidas que se deberían tomar para reducir las desigualdades en el mundo.

Hace unos días falleció Juan Gutiérrez, una de esas muchas existencias activistas para las que pensar la violencia y la guerra supone también pensar las potencias de reconciliación y el encuentro entre diferentes. Desde que en los años sesenta participó en los movimientos contra la guerra de Vietnam, su vida fue un largo camino que compartió siempre con Frauke Schulz-Utermöhl. En el año 2023 publicó La Paz viva. Rutas y derroteros 1985-2022 (Postmetrópolis, 2023), recopilación significativa de sus textos, donde el concepto de «paz viva» aparece como hilo conductor. «Paz viva» -decía- que, en lugar de subrayar el horror de las guerras o los antagonismos violentos, siempre trata de encontrar los actos de solidaridad y cuidado que, aún siendo pequeños, permiten no dejarnos atrapar en las lógicas de confrontación con el enemigo. Ese tejido de «hebras de paz viva» de apoyo mutuo, muchas veces invisible, que nos puede ayudar a sostener y reconstruir las relaciones humanas desgarradas por la violencia. Una paz viva -añadía- que además de estar formada por ese tejido de engarces, tiene un magnetismo propio que hace que nos sintamos llamados a respetarnos unos a otros al reconocernos como humanos.

Consecuente con en esa labor, Gutiérrez fue también el principal impulsor y primer director de la Fundación Gernika Gogoratuz, el Centro de Investigación por la Paz que, para impulsar la memoria histórica y la cultura de paz, se abrió al público en 1987, rememorando el bombardeo de Gernika, perpetrado durante la Guerra Civil por la Legión Cóndor alemana y la aviación fascista italiana.

Algo más de una década después, a principios de este siglo, lo conocí personalmente siendo director de Arteleku -centro de arte y cultura contemporánea de Donostia/San Sebastián- cuando en algunas actividades comenzamos a hacernos eco de los movimientos antiglobalización o altermundistas que por entonces habían aparecido con inusitada fuerza política en el contexto internacional.

Gracias a nuestro común amigo Amador Fernández-Savater, también seguí muy de cerca su trabajo como mediador de paz en la «Asociación 11M-Afectados por el terrorismo» que se constituyó en el año 2004, tras el atentado que los yihadistas perpetraron en varios trenes de cercanías de Madrid, donde fallecieron ciento noventa y dos personas y hubo miles de heridos. Colaboró también en la redacción Red ciudadana tras el 11-M. Cuando el sufrimiento no impide pensar (Acuarela, 2008) libro colectivo que analiza las respuestas sociales que aparecieron después del 11-M, prestando especial atención a las redes ciudadanas, las formas de apoyo mutuo y los espacios de deliberación pública. En cierto modo, su título resume una de las ideas centrales del proyecto Hebras de paz viva: el sufrimiento no tiene porqué conducir a la pasividad, puede dar lugar a iniciativas de memoria, solidaridad y compromiso cívico. Así, el libro aporta una visión desde lo colectivo informal sobre cómo personas directamente afectadas por los atentados se embarcaron en un proceso, activo y crítico, de recuperación de su autonomía. Y cuenta, en primera persona, cómo esta experiencia conecta con un sinfín de problemas contemporáneos, existenciales y políticos que siguen hablando al presente, a pesar de que el 11-M no sea ya titular en las portadas.

Fue precisamente a partir de 2008, en el proceso de redacción del documento para la candidatura de Donostia/San Sebastián a Capital Europea de la Cultura 2016, cuando entablamos una mayor relación afectiva y de reconocimiento profesional. El programa presentado al Consejo y al Parlamento de Europa, que resultó elegido en 2011, se denominó Olas de energía ciudadana. Cultura para la convivencia. Algunos de sus objetivos y propuestas programáticas bebían de las ideas sobre reconciliación del proyecto Hebras de paz viva que ya entonces Juan Gutiérrez y una extensa red de cómplices habían comenzado a expandir por muchos lugares del mundo. En Alemania, con casos ocurridos durante la Segunda Guerra Mundial; en Serbia y Crocia, durante la Guerra de los Balcanes; en los conflictos de Guatemala o Colombia en Latinoamérica, por citar algunos.

Unos años después, en el desaparecido Medialab Prado, entonces dirigido por Marcos García, el proyecto fue parte fundamental del programa Memoria y procomún. Durante una década, entre 2011 y 2021, en aquel laboratorio se estudiaron y pusieron en valor numerosas “hebras de paz o semillas de reconciliación”, es decir sucesos de paz dentro de los conflictos bélicos o encuentros entre diferentes recogidos de historias personales ocurridas en la guerra civil española.

Aunque no podamos evitar pensar que la violencia es una expresión del mundo, no hay que olvidar que la vida es la potencia que nos abre al reconocimiento mutuo y a la conciliación. Las hebras de paz viva que la biografía de Juan Gutierrez nos ha donado a lo largo de todos estos años nos permiten, tanto desde las alianzas que nos unen, como desde los problemas que nos confrontan, sentir, reconocer y pensar las resonancias del sufrimiento en sus distintas formas, más allá de las figuras binarias del amigo o el enemigo. Estas notas que escribo desde la emoción, mientras escucho las cuatro últimas canciones que Richard Strauss compuso antes de morir, son una forma de despedida afectuosa que dedico a su memoria.

EL MUNDIAL DE FÚTBOL. SOBRE AFECTOS LOCALES Y ECONOMÍAS GLOBALES.

Este año, al hacerse pública la lista de jugadores convocados para el mundial de futbol se ha producido un hecho inédito e insólito. El seleccionador Luis de la Fuente no ha emplazado a ninguno del Real Madrid que, hablando en términos deportivos, para una mayoría de españoles fue durante muchos años la principal representación de España.  El equipo de la capital del Estado era la mejor herramienta para la defensa de la españolidad, entendida como nacionalidad unitaria y uniforme. De hecho, durante décadas un gran parte de jugadores de la selección nacional de fútbol provenía de la cantera madridista y, en cierto modo, sus valores emocionales eran los mismos: honor, épica, exigencia, grandeza o raza que, en principio, era sinónimo de fortaleza competitiva, pero a su vez se podía interpretar como semejanza identitaria. El resto de los jugadores de la selección eran del Barcelona C.F o de otros equipos de provincias, incluidas las canteras vascas, especialmente fructíferas. En cierto modo, el modelo de la selección reproduce la histórica cuestión sobre la organización del Estado, nunca resuelta del todo, así como la tensión social y cultural que subyace en el control de lo simbólico: colores, banderas, himnos etc.  

Ahora, casi sin querer, el equipo nacional se parece mucho más a la realidad plural y diversa actual del país y, paradójicamente, en un sentido contrario a la tradición, la plantilla del equipo blanco es menos española que nunca, ya que más del setenta por ciento de sus jugadores proceden de otros lugares del mundo. Además, se podría afirmar que es uno de los grandes representantes de los valores del capitalismo global y, por ende, del sistema financiero que sustenta el fútbol internacional. Giovani Infantino, el presidente de la FIFA, la Federación Internacional de Fútbol – seguidor confeso de Donald Trump- no ha dudado nunca en defender esa expansión global del fútbol, a la vez que lo convierte en una poderosa máquina comercial.

Escribo esta columna mientras la selección española de fútbol juega y empata su primer partido contra la de Cabo Verde, uno de los países más pequeño del mundo que compite en este campeonato con una mayoría de jugadores procedentes de la diáspora. Son hijos, nietos o biznietos de familias trabajadoras inmigrantes, muchas con bajos ingresos, criados en barrios obreros de ciudades europeas. Como ocurre en casi todos los equipos profesionales de alto nivel, las habilidades deportivas de los jugadores – digamos, su valor de uso–, adquiridas en las canteras y academias de fútbol, se convierten en valor de cambio, cuando su rendimiento se mide no solo por sus cualidades atléticas, sino también por su cotización en el mercado. Son además hombres-marca, es decir, imágenes comerciales adscritas a un mercado de productos que va más allá de su condición deportiva (otro gran tema sería analizar las razones por las que muchos de ellos olvidan su condición de clase originaria y como, en cuanto su cuenta corriente se lo permite, reproducen las lógicas del lujo y la ideología de las clases privilegiadas).  

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PRIORIDAD NACIONAL SIGNIFICA SEÑALAR ENEMIGOS

En la tradición filosófica, la Modernidad -el periodo que va del siglo XVI al XIX- se ha identificado con la preminencia de la razón humana, el empirismo y la autonomía del pensamiento frente a la tradición, la religión o la magia- y el poder político se entiende como “dominación” y “voluntad de poder”, que según Carl Schmitt se constituye en base a criterios de amistad o enemistad, organizados a partir de fuerzas afines o antagónicas.

Parafraseando a Enrique Dussel en Filosofías del sur. Descolonización y transmodernidad (Akal, 2022) desde que Europa conquista el Atlántico, al mismo tiempo que desarrolla la civilización capitalista, esa filosofía moderna blanca aparece como único saber universal ante las comunidades de un mundo colonizado y en extrema postración, con sus saberes intencionadamente devaluados. Esa gnoseología y epistemología académica, situada geopolítica, económica y culturalmente en un centro europeo, manipulará desde ese espacio privilegiado el conocimiento y la información del resto de las culturas que, de ese modo, pasarán a ser periféricas. Es decir, serán consideradas formas de vida y pensamiento menores, lo que dispone también una condición humana inferior. 

Este eurocentrismo filosófico se arroga una supuesta pretensión de universalidad siendo en realidad un saber particular. Sin embargo -añade Dussel- esa aspiración idealista termina cuando integrantes de otras tradiciones filosóficas culturales toman conciencia de sus propias historias y del valor concreto de las mismas. Karl-Otto Apel, en un intento por definir las condiciones universales de la filosofía, en La transformación de la filosofía (1973-1976) planteó que la verdadera razón se encuentra en una comunidad de diálogo y no en los enunciados de un sujeto aislado. Desplaza el centro de la razón desde el sujeto individual hacia la comunicación intersubjetiva. Esto es, para que haya validez argumentativa -decía- es necesario reconocer a los demás humanos posibilidades simétricas de intervenir en la discusión y en la vida política. En el mismo sentido, Karl Marx propuso que, para que exista una verdadera comunidad de dialogo, también deberíamos producir condiciones de vida materiales referidas al valor y el crecimiento de la vida humana. Aceptar esa condición de universalidad sería la premisa fundamental del principio de fraternidad o de sororidad.

Imagen del proyecto «Un botiquín para mi ciudad» de la asociación Grigriprojects

Por el contrario, proponer el principio de prioridad nacional para a acceder a los servicios públicos es simple y llanamente una llamada para señalar enemigos, para excluir, expulsar o eliminar a personas de cualquier comunidad. En 1970 es Sobre la violencia Hanna Aredt habló directamente de proscripción, o sea la separación de la pertenencia, y por tanto la pérdida de la identidad y de la propia condición de persona. No hay subterfugio ni eufemismo, llámense arraigo o patriotismo, que pueda ocultar el racismo y la xenofobia de semejante propuesta antidemocrática. Más concretamente, sería aporofobia clasista, puesto que esa discriminación se dirigirá sobre todo a los pobres, no tanto a los extranjeros ricos que siempre tienen recursos para costearse sus propios servicios privados.

Desde luego, esa prioridad nacional no se aplicaría nunca a feroces inversores –cada vez más numerosos en esta España inmobiliaria- aunque su piel les delate o su acento les señale como foráneos. Para esta derecha tan patriótica que se nos viene encima, estas personas jamás tendrán problema alguno con la dichosa prioridad nacional, al contrario, según su patriotismo de cartera, serán tratadas como ciudadanas de primera clase, aunque sean las que con sus inversiones especuladoras están inflamando el precio de la vivienda, de tal manera que para la población local sea prácticamente imposible adquirir una casa simplemente para vivir.

Puede parecer paródico, pero la aplicación de esa premisa nacional prioritaria también podría devolvernos a los tiempos del apartheid, es decir, tendríamos servicios y espacios segregados, leyes de pases, restricciones al voto o a cualquier tipo de participación social, política y cultural, con la consiguiente represión y cancelación de otros derechos ciudadanos. ¿Cómo se establecería el criterio selectivo en el acceso a los transportes públicos?, ¿habría un policía de la identidad en cada vagón o autobús urbano? ¿Se necesitará siempre presentar el DNI para poder asistir a una actividad en centros culturales públicos? 

Cuando Simone Weil escribió El arraigo, también conocido como Echar raíces: preludio a una declaración de deberes hacia la humanidad nunca pensó que el arraigo se identificase con la nación, ni con la identidad. Ella se refería a la participación afectiva, a la capacidad de crear vínculos y relaciones humanas en comunidades capaces de asumir la plena integración de cualquiera con voluntad de aceptar responsabilidades y compartir vida en común. Tener arraigo no sería, entonces, un estatus legal, un derecho otorgado por el Estado, ni una nacionalidad concreta, sino una respuesta a las necesidades del alma -fundamentales para la salud mental y social-, a los deberes y obligaciones con el prójimo, la atención y el cuidado en comunidad, subrayó Weil desde su cristianismo radical. Ella desde muy temprano se identificó siempre con quienes en cada caso llevaban la parte peor: con los excluidos, los humillados, quienes padecían la injusticia o cargaban con la desigualdad, con la multiforme humanidad sufriente.

Hay, ciertamente, mucho de qué defenderse en este mundo de hoy- decía Rafael Sánchez Ferlosio en Cuando la flecha está en el arco, tiene que partir– pero lo último que uno querría tener que oír como defensa es ese grito “los buenos son los nuestros” que ya no puede ser más que una consigna de regresión a la barbarie y un llamamiento a la confrontación.

SOBRE EL BIEN Y EL MAL, DIOS Y EL DEMONIO

En estos tiempos de incertidumbre -cuáles no lo son me pregunto a menudo- se habla mucho del regreso de Dios, como esa figura bondadosa que nos traerá la paz o, al menos, cierto sosiego individual, pero se menciona muy poco su demonio, su maligna contraposición simbólica.

En referencia al asedio de Sarajevo ocurrido en año 1994, durante la guerra de Yugoslavia, en una célebre conferencia titulada “Los dioses que han caído. Algunas preguntas sobre el problema del mal” publicada en El elogio de la templanza (Temas de hoy, 1997) Norberto Bobbio se preguntaba por qué Dios no solo había callado ante aquellos hechos, sino que además había consentido la masacre. El pasado mes de febrero de 2026 se cumplieron treinta años de aquel cerco inhumano. Unos años antes, nadie hubiese pensado que Yugoslavia se desmembraría en aquella confrontación fratricida. Hoy, los graves acontecimientos que nos atravesaron desde el centro de Europa parecen olvidados, pero la verdad es que no están tan lejos en el tiempo. Ahí están las operaciones expansionistas de Rusia para recordárnoslo.

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FEMINISMO INTERDEPENDIENTE

Hace muchos años que estoy atento a los saberes y a las prácticas sociales del movimiento feminista. Me han enseñado mucho y he aprendido a modular y transformar mi propia condición y, como diría Rita Segato, el mandato de masculinidad. Este 8 de marzo, las movilizaciones han demostrado un año más que su potencia social es primordial para señalar la importancia de las políticas contra la violencia machista; la reivindicación de los derechos reproductivos y la autonomía personal; la exigencia de la igualdad material y el reconocimiento de los cuidados, además de otras reclamaciones históricas fundamentales del feminismo. En esta ocasión también se han escuchado en las calles numerosas consignas contra la guerra y contra el auge del autoritarismo en todas sus variantes.

No hay duda de que estamos viviendo un tiempo de involución política. Apoyadas lamentablemente por muchos jóvenes, sobre todo hombres, las opciones políticas más reaccionarias, machistas y racistas crecen en expectativas electorales y comienzan a tener poder suficiente para modificar legislaciones e imponer su agenda política retrógrada. Al mismo tiempo que las políticas del odio se extienden por todo el mundo, no es ninguna casualidad que también se expanda la desafección y el resentimiento contra el feminismo. No en vano, a lo largo de su historia, las luchas feministas han abierto puertas por donde se han ido ampliando numerosos derechos que ahora se pretenden cancelar, en nombre de un nuevo y violento orden moral antidemocrático.   

Tanto en Las guerras de género. La política sexual de las derechas radicales (Katakrak, 2025) como en Ínceles, gymbros, criptobros y otras especies antifeministas (Ctxt, 2026) recientes publicaciones de Nuria Alabao, esta periodista y antropóloga sugiere que el género es un campo de batalla clave de esas nuevas derechas -siempre viejas- porque no soportan todo lo que representa el feminismo y su proyecto histórico de los vínculos, el cuidado mutuo y la cooperación interdependiente. Por eso, para impedir el avance de ese aspiración de un mundo común, utilizando estrategias emocionales del miedo, entre otras medidas antidemocráticas, pretenden eliminar el derecho a la educación sexual o prohibir contenidos sobre género en las escuelas porque pone la “infancia en peligro”; restringir derechos LGTBIQ+ y demonizar a las personas trans porque son una amenaza contra la “naturaleza biológica”; proponen suprimir la ley de violencia de género arguyendo que no existe de manera específica; o se oponen a los derechos reproductivos y al derecho al aborto porque van contra la “familia natural”. Del mismo modo, impugnan muchas políticas de igualdad en al ámbito laboral y de la conciliación familiar igualitaria, eliminan ayudas a organizaciones feministas o aplican medidas contra la libertad de expresión en el plano simbólico, mediante la censura artística, cancelación de programas culturales, retirada de banderas etc. En definitiva, guerras contra el feminismo que, en el fondo, implican la lucha por el poder y la autoridad moral y el control social más conservador.

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POLÍTICAS DE LA (IN)MORALIDAD

Debido a los innumerables desvaríos políticos de Donald Trump, hemos comenzado el año con la sensación de que la situación del mundo –ya de por sí siempre transitoria e incierta por su propia condición contingente- puede entrar en una fase crítica de mayor inestabilidad. El Estado más poderoso del mundo pretende serlo aún mucho más y, al parecer, lo quiere conseguir sin poner ningún límite legal ni ético a sus acciones, ni en el expansionismo de su política exterior ni en la organización del orden público del interior. De hecho, contraviniendo cualquier mínimo principio filosófico sobre el justo equilibrio entre el bien y el mal, el mismo presidente de los EE. UU. ha llegado a decir que será su propia moralidad la única que determine la honestidad y la decencia de todas las operaciones que emprenda. Ha dejado bien claro que él mismo será el árbitro de sus decisiones, sin someterse al derecho internacional -siempre inestable y poco resolutivo- ni a ningún tipo de ética democrática que impida el ejercicio de su voluntad personal. El poder por el poder sería el único dogma al que Trump se sentiría vinculado.

En muchos sentidos, esa posición para controlar el mundo nos es nada nueva. Además de ser repetición del pensamiento absolutista y reaccionario de siempre, es la continuación del imperialismo histórico surgido de los distintos colonialismos: la expansión sin límites, el poder y su máquina de guerra al servicio de la acumulación ilimitada de riqueza.

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