En estos tiempos de incertidumbre -cuáles no lo son me pregunto a menudo- se habla mucho del regreso de Dios, como esa figura bondadosa que nos traerá la paz o, al menos, cierto sosiego individual, pero se menciona muy poco su demonio, su maligna contraposición simbólica.
En referencia al asedio de Sarajevo ocurrido en año 1994, durante la guerra de Yugoslavia, en una célebre conferencia titulada “Los dioses que han caído. Algunas preguntas sobre el problema del mal” publicada en El elogio de la templanza (Temas de hoy, 1997) Norberto Bobbio se preguntaba por qué Dios no solo había callado ante aquellos hechos, sino que además había consentido la masacre. El pasado mes de febrero de 2026 se cumplieron treinta años de aquel cerco inhumano. Unos años antes, nadie hubiese pensado que Yugoslavia se desmembraría en aquella confrontación fratricida. Hoy, los graves acontecimientos que nos atravesaron desde el centro de Europa parecen olvidados, pero la verdad es que no están tan lejos en el tiempo. Ahí están las operaciones expansionistas de Rusia para recordárnoslo.
Hace muchos años que estoy atento a los saberes y a las prácticas sociales del movimiento feminista. Me han enseñado mucho y he aprendido a modular y transformar mi propia condición y, como diría Rita Segato, el mandato de masculinidad. Este 8 de marzo, las movilizaciones han demostrado un año más que su potencia social es primordial para señalar la importancia de las políticas contra la violencia machista; la reivindicación de los derechos reproductivos y la autonomía personal; la exigencia de la igualdad material y el reconocimiento de los cuidados, además de otras reclamaciones históricas fundamentales del feminismo. En esta ocasión también se han escuchado en las calles numerosas consignas contra la guerra y contra el auge del autoritarismo en todas sus variantes.
No hay duda de que estamos viviendo un tiempo de involución política. Apoyadas lamentablemente por muchos jóvenes, sobre todo hombres, las opciones políticas más reaccionarias, machistas y racistas crecen en expectativas electorales y comienzan a tener poder suficiente para modificar legislaciones e imponer su agenda política retrógrada. Al mismo tiempo que las políticas del odio se extienden por todo el mundo, no es ninguna casualidad que también se expanda la desafección y el resentimiento contra el feminismo. No en vano, a lo largo de su historia, las luchas feministas han abierto puertas por donde se han ido ampliando numerosos derechos que ahora se pretenden cancelar, en nombre de un nuevo y violento orden moral antidemocrático.
Tanto en Las guerras de género. La política sexual de las derechas radicales(Katakrak, 2025) como en Ínceles, gymbros, criptobros y otras especies antifeministas (Ctxt, 2026) recientes publicaciones de Nuria Alabao, esta periodista y antropóloga sugiere que el género es un campo de batalla clave de esas nuevas derechas -siempre viejas- porque no soportan todo lo que representa el feminismo y su proyecto histórico de los vínculos, el cuidado mutuo y la cooperación interdependiente. Por eso, para impedir el avance de ese aspiración de un mundo común, utilizando estrategias emocionales del miedo, entre otras medidas antidemocráticas, pretenden eliminar el derecho a la educación sexual o prohibir contenidos sobre género en las escuelas porque pone la “infancia en peligro”; restringir derechos LGTBIQ+ y demonizar a las personas trans porque son una amenaza contra la “naturaleza biológica”; proponen suprimir la ley de violencia de género arguyendo que no existe de manera específica; o se oponen a los derechos reproductivos y al derecho al aborto porque van contra la “familia natural”. Del mismo modo, impugnan muchas políticas de igualdad en al ámbito laboral y de la conciliación familiar igualitaria, eliminan ayudas a organizaciones feministas o aplican medidas contra la libertad de expresión en el plano simbólico, mediante la censura artística, cancelación de programas culturales, retirada de banderas etc. En definitiva, guerras contra el feminismo que, en el fondo, implican la lucha por el poder y la autoridad moral y el control social más conservador.
Debido a los innumerables desvaríos políticos de Donald Trump, hemos comenzado el año con la sensación de que la situación del mundo –ya de por sí siempre transitoria e incierta por su propia condición contingente- puede entrar en una fase crítica de mayor inestabilidad. El Estado más poderoso del mundo pretende serlo aún mucho más y, al parecer, lo quiere conseguir sin poner ningún límite legal ni ético a sus acciones, ni en el expansionismo de su política exterior ni en la organización del orden público del interior. De hecho, contraviniendo cualquier mínimo principio filosófico sobre el justo equilibrio entre el bien y el mal, el mismo presidente de los EE. UU. ha llegado a decir que será su propia moralidad la única que determine la honestidad y la decencia de todas las operaciones que emprenda. Ha dejado bien claro que él mismo será el árbitro de sus decisiones, sin someterse al derecho internacional -siempre inestable y poco resolutivo- ni a ningún tipo de ética democrática que impida el ejercicio de su voluntad personal. El poder por el poder sería el único dogma al que Trump se sentiría vinculado.
En muchos sentidos, esa posición para controlar el mundo nos es nada nueva. Además de ser repetición del pensamiento absolutista y reaccionario de siempre, es la continuación del imperialismo histórico surgido de los distintos colonialismos: la expansión sin límites, el poder y su máquina de guerra al servicio de la acumulación ilimitada de riqueza.
El texto que sigue a esta breve introducción aclaratoria lo escribí unos días antes del día de Navidad del año 2025. Se publicó en el Diario Vasco, ayer sábado, una vez comenzado el nuevo año que nos ha traído como primera gran noticia internacional el bombardeo de Caracas por parte del ejército de los EE. UU y el posterior secuestro del presidente de Venezuela, Nicolás Maduro y su esposa Cilia Flores. Mi apunte en el texto que os adjunto sobre el “pacifismo” militarista e imperialista” del gobierno de Donald Trump tras la firma del Plan de Paz para Gaza adquiere hoy, si cabe, una significación mucho mayor.
Aunque las condiciones de vida en Gaza siguen siendo infernales y el desarrollo del llamado acuerdo de paz firmado en octubre continúa siendo una incógnita se ha producido, por arte de birlibirloque, un preocupante apagón informativo sobre la dramática situación de la zona. Así que una de las primeras consecuencias del pacifismo militarista e imperialista de Trump, con la aquiescencia de la Unión Europea y gran parte de la diplomacia internacional, ha sido que las noticias sobre Palestina han desparecido de los medios de comunicación. Los especialistas lo denominan “fatiga informativa”, una especie de agotamiento emocional que, en realidad, oculta el mayor éxito de la tregua hasta ahora: dejar de señalar el conflicto y sus aspectos más dramáticos para que el ejército de Israel tenga carta blanca en la política de control sobre la población palestina y el gobierno sionista continue su política de expansión.
Miles de soldados se han instalado en lo que se conoce como zona amarilla, una especie de nueva frontera móvil que ocupa más del cincuenta por ciento de Gaza y que, eufemísticamente, denominan zona de amortiguamiento. Según el acuerdo de paz, ese territorio sirve como muro de contención desde donde Israel mantiene su estrategia defensiva y, si fuera necesario, ataque a las poblaciones palestinas limítrofes. Es decir, la frontera como mejor arma de guerra.
A pesar de que los datos sobre asistencia a servicios religiosos u otras formas de identificación eclesial indican que la religiosidad social no ha aumentado en el mundo de manera significativa, paradójicamente, parece que, por la necesidad de encontrar respuestas a la incertidumbre en la que vivimos, la espiritualidad está cada vez más más presente en nuestras sociedades.
Sin ir más lejos, y tal vez como síntoma, en nuestro contexto cultural hemos asistido en los últimos meses a la entrega del Premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades al mediático filósofo Byung-Chul Han, cuyo último libro traducido al español es precisamente Sobre Dios. Pensar con Simone Weil, reconocida filósofa mística que ha servido también de inspiración para Lux, el último disco de la cantante Rosalía. A esta coincidencia se suma el estreno de Los domingos,la última película de la directora Alauda Ruiz de Azua, cuya trama principal se construye alrededor de una joven que quiere hacerse monja de clausura. Estos tres productos de la industria cultural parecen indicar que, aunque a finales del siglo XIX Nietzsche enunciara el célebre “Dios ha muerto”, su figura sigue muy presente, tanto en sus formas espirituales (personales) o religiosas (comunidades) como en las eclesiásticas y normativas (poder y doctrina) que, por cierto, no tienen que estar necesariamente vinculadas. Alguien puede tener intensas experiencias espirituales o religiosas y no pertenecer de forma explícita a ninguna iglesia o, por el contrario, ser miembro activo de alguna y no tener el más mínimo escrúpulo para ser un perverso genocida. Por citar a alguna en concreto, ahí tenemos a Netayahu o el mismísmo Trump que no paran de invocar a Dios para justifcar sus «buenas» acciones en nombre del bien.
Cuando, tanto en La gaya ciencia (Tecnos 2016) como en Así habló Zaratustra (Alinaza, 2011), Nietzsche escribió aquella célebre sentencia filosófica, por ser más precisos, no pretendía afirmar que alguna vez hubiera existido un ser divino y en ese momento de la historia había dejado de hacerlo, sino, más bien, quiso hacer una observación cultural sobre el desmoronamiento del sistema de valores y verdades en el que se había apoyado la sociedad europea durante siglos. Para este maestro de la sospecha, la Ilustración, con su confianza ciega en la razón y la ciencia, o la modernidad, con la secularización social, la exacerbación de la autonomía individual y el desarrollo del progreso tecnológico sin límites éticos, habrían socavado las bases religiosas de la cultura europea. Por tanto, la “muerte de dios” representaría sobre todo la crisis de sentido de los valores cristianos que nos habían llevado hasta ese momento histórico y, en consecuencia, esa pérdida habría derivado en formas nihilistas de habitar el mundo. Ante ese vacío, Nietzsche nos habló de la responsabilidad radical del ser humano singular, pero aceptando que vive en relación con la multiplicidad de otr+s, en un mundo compartido.
Tras verificar que el reciente ciclo primavera-verano ha sido el más caluroso desde que se miden científica y sistemáticamente las temperaturas, o que la elevación térmica de las aguas del Mediterráneo es un hecho, o constatar que durante estos meses se han quemado con virulencia y voracidad más bosques en la península ibérica que en toda la historia documentada, cuesta creer que aún haya personas que nieguen el cambio climático. En relación con los incendios, al margen de las confrontaciones partidistas – en algunos casos grotescas- las palabras prevención, anticipación o coordinación institucional han sido las que más consenso han concitado entre las mentes más preclaras de la política y las voces de profesionales y científicos. Es evidente que trabajar sobre las causas de los incendios u otros fenómenos derivados de las alteraciones del clima es mucho más importante que actuar sobre las consecuencias. De hecho, hay cierta unanimidad académica sobre el tiempo perdido y el retraso en la aplicación de las medidas necesarias para desacelerar el cambio climático.