VIVIR EN TRÁNSITO

A principios de los años sesenta del siglo pasado, en mi temprana adolescencia, el pueblo donde vivía, Tolosa, era profundamente conservador y todavía muy ensombrecido por el franquismo. En las calles únicamente se veían mujeres y hombres blancos que vivíamos de acuerdo a nuestros roles de género (también era evidente que nosotros éramos mucho más visibles y preponderantes en los espacios públicos, sociales y políticos). Aquella era la vida “normalizada” de una España viril y católica donde los chicos y chicas, separados debidamente, aprendíamos, entre otras cosas “Formación del espíritu nacional”, y después nos casábamos para formar familias dentro de un orden “natural”, se decía. 

Sin embargo, no era exactamente así. En ciertas conversaciones se escuchaban comentarios sobre algunas chicas “putas” o “marimachos” y chicos “raros”, “afeminados” o “maricones”. A veces se les señalaba con nombre y apellidos para subrayar su “anormalidad” y así ridiculizarles más o, siguiendo los preceptos de la iglesia y el orden moral establecido, se remarcaba su “pecado” para condenarles al peor de los desprecios o al ostracismo social. Nos enteramos que algunos se habían ido del pueblo, sin saber del todo si aquel destierro era “voluntario” o fueron literalmente expulsados; que eran tratados como enfermos, incluso encerrados en instituciones psiquiátricas, es decir, patologizados, o que también se les podía enviar a la cárcel. 

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APRENDER JUNTOS

En las primeras páginas del recién editado Escuela de aprendices (Galaxia Gutenberg, 2020) la filósofa Marina Garcés afirma que somos humanos porque tenemos que aprenderlo todo desde que nacemos hasta que morimos. Para ella, vivir sería estar abiertos al conocimiento, pero asumiendo también que estamos siempre expuestos a contingencias e incertidumbres. 

La pandemia nos ha puesto en crisis. Nos ha situado, incluso sitiado, en nuestra fragilidad. Esta crisis nos ha demostrando que, si no tenemos capacidad de responder a los problemas y enigmas que nos acechan o no somos capaces de aprender de los errores, nuestros viejos modos de existencia sociales pueden ser alterados en cualquier momento por otro virus mortal, alguna catástrofe desconocida o por la imparable degradación ecológica del planeta, derivada de nuestro modelo de vida económico. Nos ha revelado, otra vez – la historia describe demasiados episodios trágicos-  que los seres humanos vivimos más aislados e indefensos de lo que creemos, pero también que entre todos podríamos tener la fuerza suficiente para plantarle cara.  

Plantarle cara a esta crisis sería, por tanto, atrevernos a pensar el mundo desde otras formas de vida en común. En un diálogo reciente con la filosofa Catherine Malabou, ambas se preguntaban si, una vez traspasada esta fase de la crisis sanitaria –dudando sobre lo que ocurrirá en un después indeterminado- seríamos capaces de crear las condiciones necesarias para no volver a la vieja normalidad capitalista que nos ha traído hasta aquí. Así, aprender juntos, no sería otra cosa que poder vivir más conscientes ante las amenazas que, como ésta, nos atañen a todos y así poder crear redes de apoyo mutuo, no solo con los propios, también con los “extraños”. Pero ¿cómo se construye esa interdependencia de la que tanto hablamos algunas personas y, sin embargo, tantas dificultades tenemos para articularla políticamente? Es evidente que la “normalidad” persiste en sus dinámicas económicas depredadoras, injustas e insolidarias e insiste en intentar encerrarnos en la inacción individualista y en alejarnos de las dinámicas colaborativas, las potencias de la micropolítica comunitaria y los movimientos sociales que, a pesar de todas las dificultades continúan en sus luchas. ¿Cómo podemos organizar nuestro malestar para no dejarnos ahogar por el pesimismo y la desesperación que nos están confinando en nuestro obediencia pasiva? ¿Ahora que las relaciones humanas están perdiendo los cuerpos propios y los de las otras personas y animales –nos alejamos de nuestra condición biológica, decía Malabou- porque nos estamos convirtiendo en meras representaciones inmateriales que nos suplantan por imágenes o, peor aún, mercancías (un proceso histórico que ya se inició mucho entes de esta pandemia) cómo podemos volver a una antropología del vínculo –podría decir Rita Segato- de las pieles en contacto, sin miedos, ni murallas,  cómo retomar una antropología del amor entre iguales? ¿Cómo podemos rescatar nuestros cuerpos encerrados en las redes y sobornados constantemente por el consumo digital?¿Estamos dispuestos a cambiar en algo nuestros modelos de vida, hábitos productivos y costumbres de consumo? ¿Cómo lo hacemos? 

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EN APOYO A LA CASA DE CULTURA Y PARTICIPACIÓN CIUDADANA DE CHAMBERÍ EN MADRID.

Hace unos días volví a escuchar a Yayo Herrero diciendo que poner la vida en el centro no es un eslogan vacío de contenido, como algunas veces parece, sino la obligación de crear las condiciones económicas, sociales y culturales para que todas las personas –insistió en su universalidad- puedan acceder a los recursos esenciales para tener una vida digna: agua, alimentación, vivienda, energía y cuidados. Cuidar una ciudad sería, por tanto, intentar atender y defender todo el entramado humano y asociativo que pueda hacer posible la vida en común. Sin embargo, en sentido totalmente contrario, el Ayuntamiento de Madrid parece estar empeñado en cancelar gran parte de los acuerdos firmados con las asociaciones que ocupan espacios municipales cedidos para el desarrollo de sus actividades. Ahora, le toca a “La Casa de Cultura y Participación Ciudadana de Chamberí” donde más de veinticuatro iniciativas despliegan su labor, amplia y diversa. Hace unos días escribí cuatro notas de apoyo para “EVA, el Espacio Vecinal de Arganzuela” a las que, siguiéndoles el rastro, ahora añado estas otras en apoyo de este otro espacio vecinal. Al parecer también le ha llegado la fobia contra los movimientos sociales que se ha instalado en el equipo del actual gobierno municipal, donde la sombra de la extrema derecha más reaccionaria se alarga cada vez más. 

Sin embargo, por mucho que se empeñen en cancelar estos espacios, afortunadamente, los movimientos sociales, estén donde estén y se organicen cómo se organicen, siempre serán  un permanente intento de reinvención política; a pesar de las presiones y zancadilla, tienen la fuerza para ir siempre por delante de las inercias institucionales. No se reducen a denunciar o pedir cosas, sino que son también instancias creadoras de nueva realidad, dice Alain Badiou en El despertar de la historia. (Clave Intelectual, 2012) En cierto sentido, son también formas de poder que en su devenir, en sus modos de hacer, van configurando otras posibilidades prácticas de entender las relaciones sociales, los procesos de formación, aprendizaje y cuidados mutuos, en definitiva el trabajo y la economía. Todas estas iniciativas y proyectos tienen en común ser un motor de cambio social en el corazón de la ciudad y sus barrios. Su objetivo es conseguir mayores cotas de agencia y auto-gobierno en la definición y defensa de los derechos de quienes la habitan, de modo que la ciudad sea un bien común de todas y para todas. Estas iniciativas nos dan pistas sobre algunos de los retos que plantea la defensa del derecho a la ciudad, sobre qué significa el derecho a la ciudad y qué condiciones deberían darse para lograr este derecho.

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EN APOYO A EVA, ESPACIO VECINAL DEL BARRIO DE ARGANZUELA EN MADRID.

La política patrimonial e inmobiliaria de muchos gobiernos municipales, a pesar de las lecciones que nos dio la crisis de principios de siglo y las que nos enseña la actual, continuando con la nefasta estela de la especulación urbanística, sigue estando dominada por la inversión en bienes inmuebles. Es una política económica y urbanística inscrita en la retórica triunfalista del crecimiento que, como muy bien ha señalado David Harvey en numerosas ocasiones, implica obligatoriamente dinámicas de acumulación de capital, basadas en la aceleración de inversiones, en muchos casos, innecesarias y el incremento del consumismo compulsivo. Es decir, producción de riqueza a corto plazo, pero eminentemente insostenible en el futuro, y además profundamente injusta e insolidaria con la población más desfavorecida y, por supuesto, con la situación de crisis ecológica en la que se encuentra inmerso el planeta. 

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AMARÁS AL PRÓJIMO COMO A TI MISMO

Más allá de nuestras propias convicciones, creencias o dudas sobre la existencia de algún dios concreto, la tradición cristiana forma parte substancial de las complejas identidades europeas. Para los que vivimos en el marco de esa identidad religiosa, seamos creyentes, agnósticos o ateos, su herencia simbólica, legado artístico, presencia social e influencia institucional configuran en nosotros lo que el filósofo Alain Badiou llama “cristianismo latente” que, de una manera u otra, también se inscribe en nuestro subconsciente cultural.   

“Amarás al prójimo como a ti mismo” es uno de los preceptos que mejor resume el espíritu de la Navidad y, por tanto, la alegría por el nacimiento de Cristo, la llegada del “Redentor” que treinta tres años después moriría en la cruz para salvar a la humanidad. En Epístola a los romanos San Pablo abunda más en ese mandato fraternal y subraya que la única deuda con los demás es la del amor mutuo: “El que ama al prójimo ya cumple toda la Ley de Dios”, insiste el converso de Tarso, conocido también como “apóstol de los gentiles”, es decir, de todos aquellos que no pertenecían al pueblo elegido y que en su sentido bíblico se refería exclusivamente a los judíos.  

A lo largo de la historia, esa originaria concepción sagrada de “pueblo elegido” se ha hecho consubstancial a otras religiones. Esto es evidente en el caso de Israel con el judaísmo, pero también en Gran Bretaña con la concordancia de la corona y la iglesia anglicana; el sintoísmo con el emperador de Japón; el Dalai Lama con el budismo tibetano; el propio Vaticano con los católicos o las repúblicas y  monarquías islámicas, por citar algunos ejemplos. 

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FRATERNIDAD

Tras una reñida contienda, Donald Trump y el Partido Republicano han perdido las elecciones presidenciales de EE.UU. En los próximos meses, si no se producen alteraciones imprevisibles en el sistema, conoceremos si con el moderado demócrata Joe Biden se iniciará una nueva etapa para ese país y, en cierta medida, para el resto del mundo. 

En cualquier caso, aunque el personaje se retire de la primera fila del teatro de operaciones, ya nadie niega que el “trumpismo” ha venido para quedarse una larga temporada y, al parecer, sus modos de hacer y entender la política se están extendiendo de un lado a otro del planeta. En Los talleres ocultos del capital, Nancy Fraser (Traficantes de sueños, 2020) nos recuerda que Trump, con todas las polémicas que le rodean, tal vez sea la expresión más exagerada -por no decir dramáticamente caricaturesca- de una larga década de crisis continuadas. Podríamos decir, parafraseándola, que este ciclo comenzó con la crisis inmobiliario-financiera de principios de siglo y, ahora, continúa con esta causada por la pandemia de consecuencias sociales y económicas imprevisibles. Esta reconocida filósofa política y profesora de Ciencias Sociales en Nueva York, nos señala que en paralelo a este alarmante fenómeno también han tenido lugar otros, tal vez menos esperpénticos, pero de igual o mayor trascendencia: el Brexit en el Reino Unido; la pérdida de influencia política de la Unión Europea en el continente euroasiático, frente a Rusia y China, con sus políticas de expansión y la imprevisible y preocupante alteración del mapa geoestratégico y militar global; el desgaste de las políticas económicas progresistas de la socialdemocracia histórica y la degradación de lo que se venía conociendo como estado del bienestar; la emergencia de fuerzas  sociales que reclaman más democracia igualitaria y ampliación de derechos para todo el mundo y, en contraposición, el auge creciente de partidos racistas, con figuras como Orban en Hungría o Bolsonaro en Brasil, por poner dos ejemplos de dirigentes en el poder, en paralelo al surgimiento de otras fuerzas autoritarias parecidas en casi todo el mundo que, como en el caso de VOX en España no duda en ensalzar al franquismo, podrían calificarse incluso como protofascistas.  

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