REEDICIONES DE TEXTOS SOBRE APRENDIZAJES FEMINISTAS

El Goethe Institut, la institución cultural de la República Federal de Alemania que se dedica a fomentar la enseñanza del alemán por el mundo y a fomentar el intercambio y la cooperación cultural internacional, en su sección “Feminismo hoy” me ha publicado y traducido Aprender del ecofeminismo, un texto que escribí hace más de un año y que, gracias a las editoras de contenidos del Instituto, he tenido la ocasión de revisar. Son notas sobre algunas lecturas relacionadas con el pensamiento feminista y, en concreto, sus relaciones con el movimiento ecologista e indigenista. Es una versión algo más larga del original que, como siempre, incluye numerosas citas de autoras que me ayudan a saber más sobre cuestiones que me preocupan. A las lecturas de Amaia Pérez Orozco, Subversión feminista de la economía. Aportes para un debate sobre el conflicto capital-vida; Silvia Federici, Calibán y la bruja. Mujeres, cuerpo y acumulación originaria; Barry Commoner, El círculo que se cierra; Mary Mellor, Feminismo y ecología. Ambiente y democracia; Donna J. Haraway, Seguir con el problema. Generar parentesco en el Chthuluceno y Manifiesto de las especies de compañía o Paul B. Preciado, Un apartamento en Urano. Crónicas del cruce, he sumado algún comentario sobre mi última lectura de Kathi Weeks y su excelente El problema del trabajo. Feminismo, marxismo, políticas contra el trabajo e imaginarios más allá del trabajo.

Por otro lado, por mediación de Manu González Baragaña, del Observatorio de Sostenibilidad de la Fundación Cristina Enea, Donostia y miembro del consejo editorial de la revista GALDE, me ha brindado la oportunidad de publicar Vivir en tránsito un texto que publiqué en mi blog el pasado mes de marzo. Forma parte de un pequeño dossier titulado “Trans en el punto de mira” sobre la cuestión transfeminista con textos escritos por Josebe Iturrioz, Anaitze Agirre, Silvana Luciani y Tamara Martínez. El artículo lo escribí como reconocimiento a todo lo que a lo largo de mi vida he aprendido, como hombre heterosexual, de los movimientos de liberación homosexual, lesbianas y trans y, también -lo reconozco- desde la decepción que me han causado las últimas críticas transfóbicas lanzadas desde ciertos sectores del feminismo. Esta revista enraizada en la realidad particular de Euskadi pero abierta al mundo y a todo tipo de problemas e inquietudes. GALDE es una revista en papel, complementada por una edición digital cuyo enlace os he añadido al comienzo de esta nota.

MENTIR SOBRE EL FEMINISMO. LA POLÍTICA DE LO PEOR

La extrema derecha española y, al parecer cada vez más, la más ponderada parecen seguir a pie juntillas la conocida frase del propagandista nazi Joseph Göbbels: una mentira repetida mil veces se convierte en verdad. La tesis del responsable del Ministerio de Propaganda del partido nazi alemán es semejante a la de Steve Bannon, uno de los primeros ideólogos del trumpismo y adalid de la expansión del pensamiento reaccionario actual y del crecimiento de los partidos de ultraderecha en gran parte del mundo donde (pre)domina la raza blanca y la tradición cristiana. 

Sus bulos y fabulaciones son como letanías de un rosario ideológico muy bien tramado que, tergiversando algunos aspectos concretos de la realidad, convierten en engañosas afirmaciones y lanzan al epicentro de las redes sociales y de algunos medios de comunicación muy interesados en amplificar su eco. No hay más que escuchar a Andrew Marantz, autor de Antisocial, la extrema derecha y la libertad de expresión en Internet (Capitán Swing, 2021), para entender como con sus maniobras construyen una realidad adulterada e intentan hacernos creer que lo hacen en defensa de la libertad, palabra que han vaciado de contenido y convertido en arma de guerra cultural y política. Suelen ser consignas que casi siempre remiten a imaginarios negativos sobre la inmigración, a la que culpan de la mayor parte de los problemas sociales nacionales, delincuencia, violencia callejera, abuso de prestaciones sociales etc.; sobre los musulmanes, a los que acusan de odiar la cultura occidental cristiana y, por tanto ser potenciales terroristas; recientemente, exacerbando de nuevo el odio también contra los judíos, haciendo resurgir otra vez el antisemitismo; sobre los movimientos políticos progresistas y, en nuestro caso, federalistas e independentistas –casi siempre en el mismo paquete- a los que, enarbolando un nacionalismo patriótico heroico, militarista y autoritario culpan del retorno del ateísmo, el comunismo o el separatismo desintegrador; y, con especial crudeza, sobre el movimiento feminista, homosexual y transfeminista al que responsabilizan de atacar la sagrada unidad familiar, la condición binaria “natural” de hombre y mujeres o, cuando se celebró el año pasado el 8M, ser el causante de la propagación de la pandemia y, peor aún, poner en cuestión la seguridad del Estado, como cuando el movimiento “Black Lives Matter” luchaba en las calles de EE.UU. por la igualdad y la libertad.   

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VIVIR EN TRÁNSITO

A principios de los años sesenta del siglo pasado, en mi temprana adolescencia, el pueblo donde vivía, Tolosa, era profundamente conservador y todavía muy ensombrecido por el franquismo. En las calles únicamente se veían mujeres y hombres blancos que vivíamos de acuerdo a nuestros roles de género (también era evidente que nosotros éramos mucho más visibles y preponderantes en los espacios públicos, sociales y políticos). Aquella era la vida “normalizada” de una España viril y católica donde los chicos y chicas, separados debidamente, aprendíamos, entre otras cosas “Formación del espíritu nacional”, y después nos casábamos para formar familias dentro de un orden “natural”, se decía. 

Sin embargo, no era exactamente así. En ciertas conversaciones se escuchaban comentarios sobre algunas chicas “putas” o “marimachos” y chicos “raros”, “afeminados” o “maricones”. A veces se les señalaba con nombre y apellidos para subrayar su “anormalidad” y así ridiculizarles más o, siguiendo los preceptos de la iglesia y el orden moral establecido, se remarcaba su “pecado” para condenarles al peor de los desprecios o al ostracismo social. Nos enteramos que algunos se habían ido del pueblo, sin saber del todo si aquel destierro era “voluntario” o fueron literalmente expulsados; que eran tratados como enfermos, incluso encerrados en instituciones psiquiátricas, es decir, patologizados, o que también se les podía enviar a la cárcel. 

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APRENDER JUNTOS

En las primeras páginas del recién editado Escuela de aprendices (Galaxia Gutenberg, 2020) la filósofa Marina Garcés afirma que somos humanos porque tenemos que aprenderlo todo desde que nacemos hasta que morimos. Para ella, vivir sería estar abiertos al conocimiento, pero asumiendo también que estamos siempre expuestos a contingencias e incertidumbres. 

La pandemia nos ha puesto en crisis. Nos ha situado, incluso sitiado, en nuestra fragilidad. Esta crisis nos ha demostrando que, si no tenemos capacidad de responder a los problemas y enigmas que nos acechan o no somos capaces de aprender de los errores, nuestros viejos modos de existencia sociales pueden ser alterados en cualquier momento por otro virus mortal, alguna catástrofe desconocida o por la imparable degradación ecológica del planeta, derivada de nuestro modelo de vida económico. Nos ha revelado, otra vez – la historia describe demasiados episodios trágicos-  que los seres humanos vivimos más aislados e indefensos de lo que creemos, pero también que entre todos podríamos tener la fuerza suficiente para plantarle cara.  

Plantarle cara a esta crisis sería, por tanto, atrevernos a pensar el mundo desde otras formas de vida en común. En un diálogo reciente con la filosofa Catherine Malabou, ambas se preguntaban si, una vez traspasada esta fase de la crisis sanitaria –dudando sobre lo que ocurrirá en un después indeterminado- seríamos capaces de crear las condiciones necesarias para no volver a la vieja normalidad capitalista que nos ha traído hasta aquí. Así, aprender juntos, no sería otra cosa que poder vivir más conscientes ante las amenazas que, como ésta, nos atañen a todos y así poder crear redes de apoyo mutuo, no solo con los propios, también con los “extraños”. Pero ¿cómo se construye esa interdependencia de la que tanto hablamos algunas personas y, sin embargo, tantas dificultades tenemos para articularla políticamente? Es evidente que la “normalidad” persiste en sus dinámicas económicas depredadoras, injustas e insolidarias e insiste en intentar encerrarnos en la inacción individualista y en alejarnos de las dinámicas colaborativas, las potencias de la micropolítica comunitaria y los movimientos sociales que, a pesar de todas las dificultades continúan en sus luchas. ¿Cómo podemos organizar nuestro malestar para no dejarnos ahogar por el pesimismo y la desesperación que nos están confinando en nuestro obediencia pasiva? ¿Ahora que las relaciones humanas están perdiendo los cuerpos propios y los de las otras personas y animales –nos alejamos de nuestra condición biológica, decía Malabou- porque nos estamos convirtiendo en meras representaciones inmateriales que nos suplantan por imágenes o, peor aún, mercancías (un proceso histórico que ya se inició mucho entes de esta pandemia) cómo podemos volver a una antropología del vínculo –podría decir Rita Segato- de las pieles en contacto, sin miedos, ni murallas,  cómo retomar una antropología del amor entre iguales? ¿Cómo podemos rescatar nuestros cuerpos encerrados en las redes y sobornados constantemente por el consumo digital?¿Estamos dispuestos a cambiar en algo nuestros modelos de vida, hábitos productivos y costumbres de consumo? ¿Cómo lo hacemos? 

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EN APOYO A LA CASA DE CULTURA Y PARTICIPACIÓN CIUDADANA DE CHAMBERÍ EN MADRID.

Hace unos días volví a escuchar a Yayo Herrero diciendo que poner la vida en el centro no es un eslogan vacío de contenido, como algunas veces parece, sino la obligación de crear las condiciones económicas, sociales y culturales para que todas las personas –insistió en su universalidad- puedan acceder a los recursos esenciales para tener una vida digna: agua, alimentación, vivienda, energía y cuidados. Cuidar una ciudad sería, por tanto, intentar atender y defender todo el entramado humano y asociativo que pueda hacer posible la vida en común. Sin embargo, en sentido totalmente contrario, el Ayuntamiento de Madrid parece estar empeñado en cancelar gran parte de los acuerdos firmados con las asociaciones que ocupan espacios municipales cedidos para el desarrollo de sus actividades. Ahora, le toca a “La Casa de Cultura y Participación Ciudadana de Chamberí” donde más de veinticuatro iniciativas despliegan su labor, amplia y diversa. Hace unos días escribí cuatro notas de apoyo para “EVA, el Espacio Vecinal de Arganzuela” a las que, siguiéndoles el rastro, ahora añado estas otras en apoyo de este otro espacio vecinal. Al parecer también le ha llegado la fobia contra los movimientos sociales que se ha instalado en el equipo del actual gobierno municipal, donde la sombra de la extrema derecha más reaccionaria se alarga cada vez más. 

Sin embargo, por mucho que se empeñen en cancelar estos espacios, afortunadamente, los movimientos sociales, estén donde estén y se organicen cómo se organicen, siempre serán  un permanente intento de reinvención política; a pesar de las presiones y zancadilla, tienen la fuerza para ir siempre por delante de las inercias institucionales. No se reducen a denunciar o pedir cosas, sino que son también instancias creadoras de nueva realidad, dice Alain Badiou en El despertar de la historia. (Clave Intelectual, 2012) En cierto sentido, son también formas de poder que en su devenir, en sus modos de hacer, van configurando otras posibilidades prácticas de entender las relaciones sociales, los procesos de formación, aprendizaje y cuidados mutuos, en definitiva el trabajo y la economía. Todas estas iniciativas y proyectos tienen en común ser un motor de cambio social en el corazón de la ciudad y sus barrios. Su objetivo es conseguir mayores cotas de agencia y auto-gobierno en la definición y defensa de los derechos de quienes la habitan, de modo que la ciudad sea un bien común de todas y para todas. Estas iniciativas nos dan pistas sobre algunos de los retos que plantea la defensa del derecho a la ciudad, sobre qué significa el derecho a la ciudad y qué condiciones deberían darse para lograr este derecho.

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EN APOYO A EVA, ESPACIO VECINAL DEL BARRIO DE ARGANZUELA EN MADRID.

La política patrimonial e inmobiliaria de muchos gobiernos municipales, a pesar de las lecciones que nos dio la crisis de principios de siglo y las que nos enseña la actual, continuando con la nefasta estela de la especulación urbanística, sigue estando dominada por la inversión en bienes inmuebles. Es una política económica y urbanística inscrita en la retórica triunfalista del crecimiento que, como muy bien ha señalado David Harvey en numerosas ocasiones, implica obligatoriamente dinámicas de acumulación de capital, basadas en la aceleración de inversiones, en muchos casos, innecesarias y el incremento del consumismo compulsivo. Es decir, producción de riqueza a corto plazo, pero eminentemente insostenible en el futuro, y además profundamente injusta e insolidaria con la población más desfavorecida y, por supuesto, con la situación de crisis ecológica en la que se encuentra inmerso el planeta. 

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