CON EL FALO EN EL CEREBRO

Este verano están proliferando las noticias sobre pinchazos realizados por hombres contra mujeres con el deleznable objetivo de adormecerlas, hacerles perder la consciencia y, de ese modo, reducir la capacidad de control sobre sus cuerpos y, aunque no se haya podido demostrar, quizás para agredirlas sexualmente o robarles. En cualquier caso, con la intención de someter su voluntad para sojuzgarlas, restringir su autonomía y libertad de movimiento. Esta forma reciente de dominación se suma a otras como la sumisión química, la presión intimidatoria o la premeditada organización de grupos –las tristemente famosas “manadas”- para cometer todo tipo agresiones sexuales. Detrás de esas formas de dominación se esconde una maquinaria de control –sofisticadas tecnologías de género- sobre el cuerpo de las mujeres en el espacio público que, de manera retorcida, propone una vuelta al puritanismo para adscribirlas a una concepción pasiva y sumisa de la sexualidad y así perpetuar el rol activo dominante del hombre macho.

Cuando leo este tipo de información siempre me pregunto qué tendrán estos tipejos en el cerebro. Tan solo se me ocurre pensar que en lugar de cierta inteligencia razonable -presupuesta a cualquier ser humano- tienen un enorme y enfermizo falo que, para su desgracia, les impide pensar más allá de su impotencia. ¿Cómo es posible que todavía existan hombres que, como auténticos depredadores, salgan a las calles a hostigar a las mujeres -o a otros cuerpos- para convertirlas en meros trofeos de su pulsión sexual primaria?. Lamentablemente, para estos energúmenos la mujer se convierte en un simple objeto deshumanizado y su placer es una forma depravada de autosatisfacción en la que el cuerpo poseído pierde cualquier cualidad humana.

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EL PRADO INADVERTIDO DE ESTRELLA DE DIEGO

He leído El Prado inadvertido (Anagrama, 2022), el último libro de Estrella de Diego, desde el reconocimiento que me merece su trayectoria profesional y por el merecido respeto a sus pioneras investigaciones en España sobre las relaciones entre historia del arte y género. También escribo esta reseña desde el afecto personal. La conocí en Arteleku en 1994, cuando nuestro común amigo Francisco Jarauta la invitó al III Seminario Internacional de tendencias. Nuevas fronteras, nuevos territorios precisamente junto a Mar Villaespesa y Catherine David, otras dos figuras destacadas del arte contemporáneo y adelantadas de la crítica institucional. Aquellas jornadas de estudio se completaron con la asistencia de Remo Guidieri, Gianni Vattimo,  Jean Huber Martin, Agnes Magnin o Remo Bodei. 

Cuando De Diego estuvo en Arteleku ya  había publicado El andrógino sexuado. Eternos ideales, nuevas estrategias de género (Machado Libros 1992). También conocíamos La mujer y la pintura en la España del siglo XIX (Cátedra, 1987), en cuyas páginas desplegó gran parte de la tesis con la que se doctoró en la Universidad Complutense de Madrid y donde, como Catedrática de Arte Contemporáneo, sigue impartiendo clases. Después, a lo largo de estos años, además de coincidir los últimos con ella en el Patronato de la Academia de España en Roma, he asistido a algunas de las exposiciones que ha comisariado, como las de Sophie Taueber-Arp en el Museo Picasso de Mága o Liliana Porter en Artium de Vitoria/Gasteiz, leído algunas de sus textos para otro catálogos, además de los artículos que periódicamente publica en El País.

Puede decirse que El Prado inadvertido continua la misma genealogía de sus anteriores investigaciones. Gran parte del libro son reflexiones sobre las transformaciones que, a partir de las relecturas de la historia del feminismo, los estudios de género, la teoría queer o la decolonial, los museos deberían atreverse a proponer en los modos de presentar y mirar las obras de arte.

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HACER SONAR LA VOZ CON IXIAR ROZAS

En Beltzuria (Enclave de libros, 2017) Ixiar Rozas nos propuso un viaje autobiográfico al encuentro de la voz perdida de Frantzisko Elizalde Zelaieta – alias Xamuio- que en 1921, tras ser testigo mudo de la Guerra de Marruecos, se hizo bertsolari para recuperarla. Ahora, cinco años después, en Sonar la voz. 9 ensayos y 9 partituras (consonni, 2022)nos invita a compartir algunas reflexiones y otras tantos poemas visuales sobre experiencias creativas de algunos cuerpos, voces, gestos y prácticas artísticas sonoras o visuales que la han acompañado a lo largo de estas últimas décadas. El libro reúne textos sobre la voz, la escritura, la danza, la performance y el arte sonoro que, junto a la filosofía, los estudios culturales, feministas, escénicos y visuales, es materia de aprendizaje y trabajo en su vida profesional.

Desde sus inicios, con su primer cuento Bataioa, publicado en 1988, hasta la actualidad, como profesora universitaria, pasando por la dirección del proyecto Periferiak, que junto a Dario Malventti llevó a cabo entre el año 2002 y 2007 en colaboración con Arteleku, o la responsabilidad que tuvo en el proyecto cultural Azala en Lasierra (Álava), dirigido por la coreógrafa Idoia Zabaleta, o en “Borradores de futuro”, el programa que propone la construcción de ficciones especulativas sobre el futuro que está por venir, Rozas se ha hecho acompañar siempre por numerosas voces a las que ahora reconoce y hace resonar.

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ALIANZAS REBELDES, POR UN FEMINISMO MÁS ALLÁ DE LA IDENTIDAD.

Escribí estas notas, que ahora me publican en CNTX, unas semanas después de haber asistido en Madrid a la gran manifestación convocada por la Comisión del 8M y tras leer Alianzas Rebeldes. Un feminismo más allá de la identidad (Bellaterra, 2021) la recopilación de textos, coordinada por Clara Serra, Cristina Garaizabal y Laura Macaya con ese significativo título.

A principios de los años setenta comencé a leer los primeros textos sobre feminismo, a la vez que descubría otros sobre libertad sexual, diversidad de género, justicia social, lucha de clases, movimientos contra el racismo o el  imperialismo colonial. Mientras leíamos La revolución sexual y La función del orgasmo de Wilhelm Reich o El arte de amar de Erich Fromm, leíamos también el Informe Hite. Estudio de la sexualidad femenina de Shere Hite o Segundo sexo de Simone de Beuavoir, junto a textos de Rosa Luxemburgo, Antonio Gramsci, Herbert Marcuse, Franz Fanon, la revista Mientras tanto de Giulia Adinolfi y Manuel Sacristán, Ozono, la primera Ajoblanco,  a la vez que leíamos Triunfo o Cuadernos de pedagogía  entre otras, o nos dejábamos atrapar por la poesía desobediente de Hojas de hierba de Walt Whitman, la psicodelia viajera En el camino de Jack Kerouac o el hedonismo vital y rebelde, un tanto nihilista, de Alan Ginsberg o William Burroughs. Aquellas lecturas conformaban un magma ideológico inconcreto donde un día te levantabas eurocomunista y otro anarquista (un amigo me dijo que vivía en un cuerpo socialdemócrata con alma libertaria). Aquellas lecturas vinieron al mismo tiempo que se apagaban los últimos ecos de Mayo del 68, llegaba el fin del franquismo y se iniciaba un periodo convulso de transformación democrática, acompañado por una profunda transición cultural social y cultural (pude acceder directamente a muchas de estas publicaciones gracias a la amistad y a los buenos consejos recibidos de Mikel Corcuera -lamentablemente fallecido estos días- que entonces, junto a Pili Cruz, eran responsables en Donostia/San Sebastián de “Enlace”, la mítica distribuidora de libros que representaba a una parte importante de las editoriales progresistas de España y Latinoamérica).

Las sucesivas huelgas generales que se convocaron en las décadas de 1970 y 1980, las manifestaciones contra el franquismo, por la amnistía de los presos políticos o contra la guerra de Vietnam, habituales en muchas calles de cualquier ciudad, se cruzaban con los ecos lejanos de las revueltas antirracistas en EE.UU, las anticoloniales en África o contra las dictaduras latinoamericanas y los más cercanos de las primeras de los frentes de liberación homosexual o de las históricas jornadas feministas que se sucedieron en Granada, Barcelona, Santiago de Compostela, Madrid, Córdoba, etc.

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ESCUCHANDO AL MONSTRUO PAUL B. PRECIADO

Siempre he pensado que tener una vida digna supone también mantener una vida política, en el sentido primigenio de la palabra, es decir, hacer posible la existencia en común, compartir deberes y derechos, afectos y decepciones y, a través de la cultura, darle forma a su sentido y, con el arte, también poder transformarlo y elaborar nuevas subjetividades. En mi trabajo y en mis relaciones personales siempre he estado atento a las emergencias estéticas, poéticas y políticas, a las interrupciones de sentido que se producen en los márgenes o en el interior del orden cultural instaurado. En ese sentido, conocer hace más de veinte años a Paul B. Preciado, cuando esa B. respondía a Beatriz, junto a otras muchas feministas, artistas y activistas a lo largo de mi vida, ha sido como una metodología de aprendizaje constante que, haciéndome preguntas, me ha permitido vivir siempre en transito. Por lo menos intentarlo, porque no hay duda que es un camino difícil y complejo. No en vano, vivimos atrapados en cuerpos normativizados y con subjetividades predeterminadas por las condiciones culturales y sociales.

Mirar el mundo, pensar la vida o actuar en ella desde otro lado, poner en duda la propia identidad, intentar abandonar nuestra prepotencia, en mi caso masculina, blanca y burguesa, es un ejercicio que todos podríamos y deberíamos hacer para sentir que nuestra propia vida es la continuidad de otras. Algo de esa gimnasia mental, necesaria para desplazar nuestra autoconsciencia, suele ocurrir a veces con el arte, el teatro y el cine o cuando nos dejamos afectar por una lectura que nos abre otras vidas posibles. Además, en otras ocasiones también se produce una catarsis, en cierto modo, una liberación. Algo así ocurrió cuando hace unos días, en el teatro del Centro Cultural Conde Duque de Madrid, Paul B. Preciado, acompañado de Víctor Viruta, Bambi, Jessica Velarde, Andy Díaz, puso en escena Yo soy el monstruo que os habla (Anagrama, 2020) el texto de la célebre conferencia que el filósofo dio en el año 2019 ante más de tres mil psicoanalistas de la Escuela Freudiana de Francia. Con una sencillo dispositivo escénico, incluidas algunas imágenes de contrapeso visual y un eficaz ejercicio de iluminación, el texto se materializó también como potencia poético-política. Pensado en su origen como un ensayo para una conferencia convencional, el texto se convirtió en un ejercicio de resistencia creativa, por arte –nunca mejor dicho- de la dramatización. Por la atención con la que seguimos la representación y las ovaciones atronadoras que se escucharon al final, ls espectadors seguramente también terminamos siendo parte de aquel quinteto de voces.  

En cierto modo, cuando en el Palacio de Congresos de París, Paul B. Preciado se vio frente a todos aquellos psicoanalistas, también pensó que su cuerpo estaba siendo exhibido en un escenario y formaba parte de un teatro, del mismo modo que Pedro Rojo, el simio hablador de Informa para una academia al que emula y alude en el texto escrito en 1917 por Kafka, o los monstruos humanos de los circos del siglo XIX e indígenas o negrs presentados como parte de los zoos humanos en algunas exposiciones universales, habituales hasta bien entrado el siglo XX. Como aquellos “monstruos”, cuando Preciado se expuso, fue consciente de que podría ser despreciado –de hecho muchos abandonaron la sala, otros lo abuchearon hasta que la organización le obligó callar, pero afortunadamente con algunas otras personas mantiene correspondencia. Ya entonces comprendió que aquella situación había tomado un estatuto teatral y, parafraseando a Artaud, pensó que su conferencia era, en sí  misma, teatro político, una forma escénica donde pueden hacerse oír voces subalternas, excluidas, marginalizadas que, además, en general no suelen ser escuchadas.

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consonni HA CUMPLIDO 25 AÑOS

“No podemos desaprovechar el nervio para ser y hacer lo que queremos.” Esta frase de Miren Amuriza, autora de Basa, traducido del euskara al castellano por Miren Agur Meabe, autora a su vez de Quema de huesos y ambos publicados por consonni, podría perfectamente resumir el cuarto de siglo de vida fructífera que acaba de  cumplir esta pequeña pero admirable empresa cultural de Bilbao. Ese nervio al que se refiere la autora también podría referirse al carácter de Sabina Gojenola, la viuda protagonista de su novela que, pese a las circunstancias adversas, gobierna su casa con firmeza. Seguramente, como lo hacen las actuales responsables de consonni y de otros muchos proyectos que constituyen el fundamento del sistema cultural.

En Europa este sistema históricamente ha tenido dos grandes polos de poder. Uno es heredero de la ilustración y de las instituciones del Estado moderno que han entendido el acceso a la cultura como parte de los derechos de las personas; en este marco, se sitúan los archivos históricos, el patrimonio material e inmaterial, museos, teatros, centros de arte y las actividades culturales de carácter público, cuya titularidad está sujeta al mandato político y su gestión corresponde a técnicos de la administración, la mayor parte funcionarios. El otro, son las grandes industrias culturales que surgieron, fundamentalmente, durante siglo XX, en pleno desarrollo de la economía de mercado; en general y en gran medida, conciben la cultura como fabricación de productos regulados con criterios empresariales privados, donde suele imperar la ley del más fuerte. Ambos polos a veces se complementan, otras se retroalimentan y, últimamente, en demasiadas ocasiones se confunden.

Pero entre las instituciones culturales de los Estados y las poderosas plataformas y productoras audiovisuales, monopolios editoriales o emporios de ocio y comunicación privados, que canalizan la mayor parte de la producción y los recursos, se encuentra la realidad de las pequeñas y medianas empresas, cooperativas, asociaciones y colectivos socioculturales, artistas y creadores individuales que, desde mi punto de vista, son el auténtico nervio y el músculo que sujeta el entramado substancial del sistema. Sin toda la potencia creativa que se genera en ese complejo entramado profesional, ni las primeras, ni las segundas podrían sustentar tanto poder, ni disponer de materia, por tanto, razón para su funcionamiento.

Me parece necesario remarcar, una y otra vez, que el dominio y control regulador sobre el sistema cultural, tanto público como privado, y la distribución desigual de sus recursos, rentas del capital y del trabajo–como en el resto de las cadenas de producción- está fundamentado en la existencia de este extenso tejido creativo que necesita ahora, más que nunca, reconocimiento y respeto. Todo su trabajo supone un enorme caudal de creatividad humana fundamental para la sociedad que, lamentablemente, en demasiadas ocasiones es menospreciado o vive precarizado y sojuzgado por unas reglas de juego determinadas por la autoridad de las administraciones públicas (cada vez más prepotentes, burocratizadas y abusivas y, con unos presupuestos cada vez más orientados al mantenimiento del funcionamiento de las infraestructuras y menos a la producción de contenidos); o por otro lado, por las dinámicas desmedidas, incluso despiadadas de la oferta y la demanda del mercado (cada vez más liberalizadas e injustas). En esta realidad, la resistencia admirable de Consonni es un ejemplo, entre otros muchos, de tenacidad, perseverancia y capacidad de transformación para adaptarse a los tiempos, contra viento y marea, y hacer frente a las dificultades.

Con una profunda vocación pública y comunal, consonni comenzó su andadura en 1996 como asociación cultural independiente, dedicada sobre todo a la producción de arte contemporáneo. En aquellos primeros años de existencia tuvo una colaboración muy fértil con Arteleku, el Centro de Arte y Cultura Contemporánea de Donostia/San Sebastián. No puedo evitar recordar tan solo algunos proyectos memorables que, entonces bajo la dirección de Franc Larcade, se llevaron a cabo en el marco del programa “Proyectos asociados”: Ion Mikel Euba, Sergio Prego, Andrea Fraser, Matthieu Laurette, Begoña Muñoz, Ibon Aranberri o Itziar Okariz, por citar algunos, en una apuesta intencionada por poner en tensión las prácticas artísticas locales e internacionales, en el  mismo plano de relevancia.

Aunque desde entonces consonni no ha cesado de producir trabajos específicos en este campo (de hecho, su labor ha sido reconocida recientemente por Documenta de Kassel en la que participará como editora artística de las guías de esta muestra internacional, así como con un proyecto artístico en forma de libro literario), los últimos años, en un alarde lúcido de transformación empresarial, se ha convertido, fundamentalmente, en editorial, a la vez que sigue siendo un entramado complejo de prácticas creativas, que trabaja de forma trasversal como agente activador de la comunidad educativa y social, inserta en el barrio de San Francisco, en el marco de una concepción económica social, feminista y ecologista de la cultura.

Su origen como productora artística, les ha permitido seguir trabajando a través de talleres, residencias, debates y una esmerada línea editorial sobre ensayo de arte, donde hemos podido encontrar publicaciones de reconocidos especialistas locales como Peio Aguirre, Remedios Zafra, Maite Garbayo, Marti Manen, Aurora Fernández Polanco, Miguel Álvarez Fernández, junto a nombres de prestigio internacional como Martha Rosler, Iván de la Nuez, Dorothea von Hantelmann o Chris Kraus. A su lado, en un ejercicio editorial de brillante complementariedad interseccional, han publicado también ensayos fundamentales de Donna J. Haraway, Charlene A. Carruthers, Geert Lovink junto a otros de Mery Cuesta o Arantxa Mendiharat y Ernesto Ganuza.

Del mismo modo, a través de un excelente trabajo de traducción, consonni se ha mostrado capaz de vincular la potencia literaria del euskera con otros lenguas del mundo. Una conexión de afectos que ha sentado en la misma mesa creativa, en una especie de intratemporalidad, entre otras, a escritoras como Miren Agur Meabe y Akwaeke Emezi, Miren Amuriza y Octavia E. Butler, Alaine Agirre y Marge Piercy, Uxue Alberdi y Ana María Shua o la primera traducción que María Colera Intxausti ha realizado del inglés al euskera del célebre Gela bat norberarena/A room of one’s own de Virginia Woolf, cuyo significado sigue dando sentido a la autonomía, vocación y actitud feminista de este grupo de trabajadoras y empresarias de consonni.

Como el nervio creativo que propone la escritora y bertsolari Amuriza, las palabras de la recién fallecida, bell hooks, en ¿Acaso no soy una mujer? Mujeres negras y feminismo, publicado también por consonni (que como la propia autora siempre escibe su nombre con minúsculas) y traducido por Gemma Deza Gull, podrían resumir, en gran medida, el ideario de esta empresa que, estoy seguro, cumplirá muchos años más: “La libertad (y por dicho término no querría evocar un mundo insípido y holgazán en el que cada cual hace lo que le place) en tanto que igualdad social positiva que garantiza a todos los humanos la oportunidad de moldear sus destinos del modo productivo más saludable y común, solo podrá ser una realidad completa cuando nuestro mundo deje de ser racista y sexista”.