TOMA DE TIERRA

Parece que en esta parte del mundo otro verano está llegando a su fin. En términos generales, es el periodo que los humanos empleamos para disfrutar de las vacaciones. En consecuencia, también la época del año en la que la industria del turismo alcanza las cotas más altas de productividad y, por tanto, movilidad. Desde las grandes ciudades hasta las pequeña aldeas rurales, ya no hay rincón del planeta que no tenga un punto de atracción natural, cultural o algún lugar exótico para explorar. Hace unas semanas nos enteramos del trágico accidente de un grupo de personas que pretendió descender al fondo del mar para conseguir contemplar los restos del Titanic, el famoso trasatlántico que en 1912 se hundió en las gélidas aguas del Atlántico Norte. Incluso, estos últimos meses, hemos visto anunciado que ya existen vuelos turísticos al espacio y que las empresas promotoras tienen largas listas de espera de viajeros dispuestos a pagar cientos de miles de euros para gozar de esa experiencia extraterrenal. Hemos vuelto a ver colas de montañeros intentando alcanzar las cimas más extremas, las ciudades más tópicas del imaginario turístico han vuelto a saturarse y los cruceros han alcanzado las cifras más altas de ocupación.

Según la Organización Mundial del Turismo (OMT), nunca hasta ahora en la historia se había desplazado tanta gente para celebrar sus vacaciones. Sin embargo, teniendo en cuanta que en el planeta vivimos casi 8.000 millones de humanos, los casi 1.500 millones que este año nos hemos desplazado a algún lugar del mundo aún seguimos siendo unos privilegiados. Somos, por tanto, los que alimentamos la industria del turismo y contribuimos más al crecimiento exponencial de los recursos destinados a la movilidad global: organizaciones públicas y privadas, infraestructuras terrestres, aéreas o marítimas, proveedores de energía, redes de aguas y otros servicios públicos, empresas de hostelería y restauración, etc. Por tanto, entre unos y otros también somos responsables, en cierta medida, de las consecuencias del cambio climático.  

A pesar de ello, el crecimiento del turismo se sigue identificando con la expansión de la sociedad del bienestar y el progreso económico. Así que, hoy en día, todavía parece imposible un cambio de paradigma y mucho menos España, porque gran parte del precario equilibrio de las políticas de empleo dependen de la industria del turismo. Al contrario, se siguen promoviendo todo tipo de estrategias orientadas a su desarrollo ilimitado y, en consecuencia, muy pocos indicadores dirigidos a la contención viajera voluntaria, la modificación del imaginario turístico o el impulso de incentivos económicos alternativos que pudieran derivar el caudal laboral humano hacia otros sectores productivos mucho más y mejor relacionados con la transición ecológica.

Según el Consejo Mundial de Viajes y Turismo (WTTC), después de la gran crisis de la COVID-19, y a pesar de las dificultades económicas y geopolíticas, el sector ha vuelto a crecer hasta alcanzar el 7,6% de la economía mundial. En España, el Instituto Nacional de Estadística (INE) lo sitúa en torno al 8% del PIB. Sin embargo, la otra cara de la moneda nos muestra que, según Ecologistas en Acción, el turismo también genera el 8% de las emisiones de gas invernadero, una de las principales causas del calentamiento global del planeta.

Como nos recuerda Jaime Vindel en Cultura fósil. Arte, cultura y política entre la Revolución Industrial y el calentamiento global (Akal, 2023) cuando se dan esos datos estadísticos sobre el crecimiento económico nunca se explica que esa idea de progreso presupone el acceso barato y automático a la energía y, por tanto, a la explotación y extracción sin límites de los materiales fósiles que la produce. La economía de la movilidad global, incluida la de los desplazamientos turísticos, no es posible sin el recurso al petróleo como fuente primaria de energía. La idealización viajera que propunga la industria del turismo -el pintoresquismo, la experiencia sensorial inédita, el privilegio de la excepción o la fictica recreación de paraísos exclusivos- va de la mano de la abstracción económica. Las bondades y riesgos de esos imaginarios residen en su carácter idealista, que distancia la concepción de la cultura de esferas como la economía y la ecología.

En ese mismo sentido, Andrea Soto Calderón en Imaginación material (Metales pesados, 2022) señala que nuestra percepción sensible está condicionada también por una historia material y que nuestras estructuras perceptivas se adaptan a las exigencias requeridas por los modos de acumulación capitalista. De ahí que, una y otra vez, aparecen nuevos imaginarios turísticos. Sin embargo, paradógicamente, a pesar de toda la retórica sobre la novedad y la innovación, nuestra realidad parece cada vez más homogénea. Un asfixiante exceso -dice Soto- que crece en idéntica proporción deflacionaria de la diferencia, en donde el tiempo social disponible para producir otras formas de vida es prácticamente inexistente. 

Tanto es así que, para Vindel, investigador del CESIC (Consejo Superior de Investigaciones Científicas), el consumo de energía fósil sería el verdadero inconsciente histórico de la era moderna, por el cual naturalizamos y olvidamos el papel que la energía cumple en nuestras vidas, pues rara vez reparamos en las causas y en los efectos que produce su empleo ilimitado.

Es evidente que algunas personas, más o menos privilegiadas, que nacimos tras la Segunda Guerra Mundial hemos viajado sin limitaciones. El ideario del bohemio errante y del cosmopolita cultural nos ha llevado hasta los lugares rincones más recónditos del planeta. Muchas veces, si disponíamos de recursos, sin pensarlo dos veces. Viajar era una forma de distinción cultural y un modo de conocimiento, decíamos.

Hace unos días, cuando intenté convencer a una recién iniciada viajera que el turismo era uno de los causantes del calentamiento, sin ningún atisbo de gerontofobia, me respondió que, en todo caso, éramos los privilegiados depredadores ─que hasta ahora nos habíamos movido por el mundo “como Pedro por su casa”─ los que deberíamos quedarnos un poco más quietecitos para que otras personas pudieran disfrutar con mucha más sensatez de las experiencias y el conocimiento que aporta la cultura viajera, de la cual las generaciones anteriores ya habíamos dispuesto, sin restricciones. 

Y bromeó con cierta ironía, diciéndome que si en los años setenta del siglo pasado, cuando yo tenía su edad actual, me hubiera tocado una plaza gratis para participar en uno de esos viajes turístico al espacio que se están promocionando como parte de los caprichosos lujos de las élites económicas, sin duda, hubiera aceptado sin rechistar para así poder ver la Tierra desde el espacio. Yayo Herrero en Ausencias y extravíos (Contextatarios, 2021) afirma que nuestra sociedad padece una especie de síndrome del astronauta con serias carencias y dificultades para adaptarse a la realidad material terrestre. Los seres humanos occidentales -añade- autodespojados de la condición terrícola, no somos capaces de comprender nuestro propio lugar en el universo, nos cuesta entender nuestra ubicación inevitablemente ecodependiente e interdependiente. En ese sentido, mi juvenil interlocutora también me recordó que, como sucede en general en las economías capitalistas, el acceso a la energía no deja de estar sometido a injustas asimetrías en términos territoriales, geográficos, de clase, raza, género.

A pesar del catastrofismo o, enfrente, las corrientes negacionistas y los triunfalismos tecno-optimistas, me insistió en que, por su parte, ella ya tenía una conciencia ecológica generacional que nosotros no tuvimos. Y añadió que, si la tuvimos, no supimos aplicarla con sentido común. Aquella conversación me hizo entender que, en cualquier diálogo intergeneracional necesario para abordar posibles alternativas, deberíamos evitar tanto la melancolía paralizante que produce nuestra angustia de culpa respecto a los excesos del pasado, como la ansiedad ecológica y el miedo apocalíptico en relación con las limitaciones del futuro.

Es un camino para el que no hay atajos posibles, dice también Yayo Herrero en Toma de tierra (Caniche, 2023). Llegados a este punto, estamos obligados a mirar la realidad de frente, a reflexionar críticamente y a trazar itinerarios que nos permitan construir un nuevo pacto social que incluya a todas las personas —iguales y diversas— junto a la naturaleza. Tarea compleja pero ilusionante, que exige transformar los imaginarios a través de los cuales comprendemos o actuamos en el mundo y repensar las hegemonías culturales que hasta ahora nos han gobernado. Si lo que queremos es activar nuestra imaginación creativa con otros parámetros, es necesario comprender las transformaciones profundas que están aconteciendo en nuestra vida cotidiana. Una imaginación material -dice Andrea Soto- ha de desarrollar otras formas de contacto, otras fantasmagorías que compongan las propias condiciones de su posibilidad.

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