Se acabó el año 2023 casi al mismo tiempo que finalizaba la vigésimo octava Conferencia sobre el Cambio Climático, auspiciada por la Organización de Naciones Unidas con la aquiescencia de gran parte de la comunidad científica. Desde la primera celebrada en Berlín, que fue heredera de la ya mítica reunión del Club de Roma del año 1968 donde en el informe Los límites del crecimiento se definieron las primeras medidas para detener las consecuencias del cambio climático, a la vista de los datos y evidencias, no parece que hayamos avanzado demasiado en aplicarlas. Más bien al contrario, casi todos los indicadores nos dicen que prácticamente no hemos mejorado nada. En cualquier caso, vamos muy despacio y con mucho retraso.
Los decepcionantes acuerdos alcanzados en esta última conferencia celebrada en Dubái tampoco parece que vayan a contribuir mucho a adoptar medidas verdaderamente eficaces. Al menos en lo que se refiere a los objetivos que las organizaciones ecologistas vienen reclamando desde hace décadas. Las precavidas políticas reformistas, siempre temerosas de afectar al auténtico núcleo del problema -el uso y abuso de los combustibles fósiles- no da para mucho más. A la espera de que la misma maquinaría capitalista no consiga hacer una transición a su medida, los acuerdos tomados no solo mantienen, sino que refuerzan el mismo modelo de producción y consumo que está generando la degradación de nuestro planeta.

El objetivo fundamental de los acuerdos es ampliar los plazos temporales para que se consiga sustituir la economía fósil por otras que permitan obtener, como mínimo, los mismos beneficios en los nuevos nichos de negocio relacionados con la transición ecológica. No en vano, Dubái, que forma parte de los Emiratos Árabes Unidos (una confederación de países donde la extracción y exportación de gas y petróleo es la principal fuente de ingresos y el componente esencial de su Producto Interior Bruto), es uno de los Estados que está llevando a cabo más inversiones a medio y largo plazo en las industrias para la transición ecológica (fueron muy sonadas las palabras negacionistas del presidente de la Conferencia, el ministro de industria de los Emiratos y presidente de la petrolera estatal, Sultán Ahmed Al Jaber, que llegó a poner en tela de juicio los datos de la comunidad científica sobre el cambio climático).
Así, para apurar al máximo los límites de la degradación ambiental y contener el malestar social, por un lado, se generan discursos de optimismo tecnocientífico que tratan de neutralizar la crítica; y, por otro, se criminalizan y judicializan las acciones de los movimientos ecologistas, aunque las manifestaciones sean estrictamente pacíficas o, como mucho, gestos mediáticos y pequeñas insurgencias simbólicas para llamar más la atención sobre la gravedad del problema. De hecho, las personas más activas, comprometidas y militantes ecologistas que ponen por delante sus cuerpos en multitud de actos están cada vez más perseguidos por muchos gobiernos. Ante la incapacidad de abordar a fondo las medidas necesarias para una transformación del actual sistema de producción y consumo, sin ningún criterio de proporcionalidad, en ocasiones, no dudan en clasificarles como terroristas e intentan enjuiciarlos con las mismas leyes que se aplican a otras organizaciones cuyos medios son explícitamente violentos.
A pesar de las buenas intenciones de algunas participantes en la cumbre de Dubái, como Teresa Ribera, actual ministra de Transición Ecológica, la exacerbación política y judicial contra el movimiento ecologista es la cara oculta que nos habla de la impotencia gubernamental para abordar medidas más radicales. No se trata tampoco de abordar revoluciones utópicas o instaurar regímenes ecofascistas, únicamente aplicar las propuestas políticas y económicas de los ecologistas que son la hoja de ruta más sensata para salir del atolladero en el que nos encontramos.


Parece mentira, pero hasta la Reina Leticia es consciente de la importancia del ecologismo. En el último Seminario Internacional de Lengua y Periodismo, cuyo tema era “Cambio climático: lenguaje y comunicación”, recuperando de forma inesperada su perfil más humano y periodístico, citó a Antonio Turiel, autor junto a Juan Bordera del reciente El otoño de la civilización (CTXT, 2022) con prólogo de Yayo Herrero y epílogo de Jorge Riechmann. También preguntó a los periodistas presentes en las jornadas si conocían las teorías decrecentistas, mencionó la larga hoja de servicios de Greenpeace e incluso aludió a la pena de cárcel que la fiscalía propone para algunos miembros del colectivo “Rebelión Científica”. No creo que por esas discretas declaraciones la reina de España vaya a ser censurada, cesada o llevada ante un tribunal, sin embargo, la fiscalía solicita hasta un año y nueve meses de prisión, más las multas correspondientes, para las quince personas activistas que lanzaron agua teñida de remolacha contra el Congreso de Diputados el 6 de abril del año pasado para concienciar contra la crisis climática. Algo falla en la ecuación. No se puede perseguir al ecologismo mientras los causantes de la degradación del planeta campan a sus anchas de cumbre en cumbre. La siguiente se celebrará en Azerbaiyán, otro importante productor de petróleo.
Sin entrar en disquisiciones semánticas sobre el sentido del decrecimiento, lo cierto es que, como indica Carlos Taibo en Decrecimiento. Una propuesta razonada (Alianza,2021) tenemos que reducir inexorablemente los niveles de producción y consumo. Y agrega que, para ello, es necesario aplicar principios y valores muy diferentes de los que hoy abrazamos. Es decir, no todo debería estar llamado a decrecer. Al contrario, habría muchos elementos de la vida económica que deberían crecer. En sustancia, todos aquellos que tienen una condición social y ecológica. Citando a Jean Gadrey, recoge una larga lista de actividades que deberían seguir creciendo: los bienes y los servicios vinculados con los derechos universales (el agua y el transporte colectivo, por ejemplo); los menesteres relativos al cuidado de los seres humanos (niños, ancianos, personas con problemas); los alojamientos sociales; los bienes duraderos que puedan repararse, rehabilitarse, renovarse y reciclarse; los circuitos que permiten una alimentación sana y de proximidad; los establecimientos cooperativos que hacen, de nuevo, de la proximidad un factor esencial, y entre ellos los vinculados con el ocio, el tiempo libre y las relaciones sociales; los espacios naturales recuperados y garantes de la biodiversidad; los trabajos de utilidad social y ecológica; los procesos vinculados con la igualdad, la solidaridad y la cooperación en todos los terrenos imaginables y, en suma, la democracia.