Hace unas semanas se ha publicado en la página web del Museo del Prado el video de la conferencia que impartí en el marco del II Encuentro ICOM España-CECA, celebrado los días 19 y 20 de abril de 2024. Este texto son las notas que utilicé como base de mi intervención.
Aunque toda mi vida profesional la haya dedicado a la gestión cultural, nunca he sido experto en museos, ni especialista en educación. El principal objetivo de mi trabajo siempre ha sido ejercer como buen «mediador» o, por lo menos, intentarlo. Además, apoyándome continuamente en la inteligencia y conocimiento de otras voces y de sus experiencias; escuchando, aprendiendo y recitándolas, a la vez que procuro crear vínculos vitales o intelectuales y conexiones emocionales, diría Sara Ahmed; contribuyendo a redistribuir la información y los conocimientos, entendidos como bienes comunes, diría Elinor Ostrom; ampliando el campo de lo sensible, diría Jacques Ranciere; entendiendo la educación y la cultura, estrechamente ligadas, como potencias democráticas que permiten poder aprender en libertad a cualquiera, diría bell hooks; tejiendo redes y cuerdas para otras ecologías políticas, diría Donna Haraway; construyendo comunidades afectivas, diría Laura Quintana, en el sentido más acogedor de la palabra, incluso más hospitalario y sanador.

Como se puede comprobar en este mismo texto, mi labor como gestor siempre la he concebido-lo sigo haciendo con mi escritura y mi activismo –más como la de un recitador que autor, más diletante que militante, como costurero o hacker de ideas. He sido un trabajador de la cultura, entendida como derecho, que gestionó recursos públicos en beneficio de una ciudadanía activa e implicada en la transformación social e intentando siempre ser corresponsable con la justicia y la sostenibilidad de la vida- dirían Yayo Herrero y Verónica Gago. Ejerzo mi trabajo básicamente como si fuera un conector, alejándome de cualquier tentación de ensimismamiento o autosuficiencia y, trato de hacerlo, sin autoritarismo burocrático.
Aunque no sea un especialista, también es verdad que, por las funciones de responsabilidad que he desarrollado en diferentes instituciones y en otros tantos proyectos, he estado implicado en políticas culturales muy relacionadas con los museos y con el papel de la mediación y la educación en el sistema del arte y la cultura (en mi caso, ya lo he dicho antes, siempre desde el sector público -asunto éste que, a la vista de cómo se des/dibuja el actual sistema cultural, cada vez es más complicado de ejercer, por los procesos de privatización o mercantilización -incluidos eufemismos varios- imparables que dibuja hoy en día el mapa de influencias, poderes y preponderancias).
Por otro lado, respecto a los contenidos de esta intervención, tengo la sensación de que, prácticamente, casi todo lo que pueda aportar ya lo habréis escuchado muchas veces. Son preocupaciones reiteradas por los equipos de los museos y otras instituciones culturales cuya función es ensanchar el acceso al patrimonio, implicar a las personas en la institución y ampliar el derecho de participación en los bienes culturales. Por tanto, es posible que casi todo lo que os vaya a decir no solo os suene, sino que seguramente ya lo estaréis intentando aplicar en vuestros programas. Así que también hablo desde la prudencia.
Casi todo está dicho y, por tanto, no me gustaría que mis palabras sonaran a redichas y encima pretenciosas (precisamente el miércoles en esta misma sala, poco antes de asistir a una bellísima conferencia de Santiago Alba Rico se lo comentaba a Ana Moreno, coordinadora general de educación de este museo y a su compañera Irene Pomar, amiga y culpable de que yo está ahora aquí. Me daría por satisfecho, sin entre líneas y entre citas, algo fuera útil para vuestras labores mediadoras, imprescindibles y, en muchos casos, avanzadillas en la evolución de los museos y las instituciones culturales. Soy consciente de los esfuerzos que estáis haciendo, a pesar de que, por las coyunturas políticas, las condiciones económicas o las dificultades administrativas, muy a menudo, no suele ser fácil optimizar los resultados.
Por tanto, también parto de una premisa que muchos asumimos desde nuestra función de servicio: los procesos de transformación institucional suelen ser muy lentos, a veces imperceptibles y, en más ocasiones de las que quisiéramos, vienen acompañados por la decepción, la impaciencia, la frustración. Y otras, por fortuna, de esperanza y alegría reparadora. El trabajo bien hecho nos da satisfacciones suficientes para continuar trabajando sin perder la ilusión y el entusiasmo, a pesar de que en exceso nos pueda jugar a veces malas pasadas, como ya nos advirtió Remedios Zafra en su célebre El entusiasmo. Precariedad y trabajo en la era digital (Anagrama, 2017)
Por otra parte, como lo estamos comprobando en los ciclos políticos involutivos de diferentes lugares del mundo y también aquí cerca, esas transformaciones no se producen necesariamente en sentido reformista. A veces, lamentablemente, lo hacen en dirección contraria, en sentido involutivo porque las instituciones culturales son también parte y espejo de la realidad política en la que vivimos. Me refiero a desplazamientos iliberales y autoritarios, ni siquiera a un giro conservador, de prudencia y sensatez, incluso anacronista -diría Walter Benjamin– que, dadas las circunstancias en las que se encuentra el mundo, incluso podríamos entenderlo como revolucionario, si de ese modo, parándonos a pensar lo suficiente, fuéramos capaces de vivir con otros ritmos y así disminuir la velocidad de la locomotora en la que viajamos. En ese mismo sentido, también recuerdo cuando en el año 2017 Paul B. Preciado fue despedido del MACBA, junto a Valentí Roma, escribió un texto titulado El museo apagado (Parole de queer) en el que especulaba sobre la posibilidad de partir de cero, como restauración y reconstrucción, a la manera de una ucronía que nos mostrase aquello que hubiera podido ocurrir de otra manera.
Atender bien lo que ya tenemos es, desde mi punto de vista, mucho más sensato y revolucionario que seguir fantaseando con deseos. Ser más Aquíloco, el poeta desertor que arrojó su escudo y sus armas para renunciar a la guerra, que Aquiles, el guerrero siempre dispuesto a encabezar el ejército; más Epimeteo, que miraba más al pasado, a lo que dejamos atrás y hoy podríamos rescatar, que su hermano Prometeo, que siempre lo hacia adelante, sin pensar dos veces las consecuencias.
Además, sabemos que el sistema cultural no es una totalidad uniforme, sino un conjunto heterogéneo de espacios, lógicas administrativas, técnicas y normativas muy dispares, desplegadas además por agentes muy diferentes, con vocaciones y voluntades desiguales, unas veces cómplices y otras ajenos, incluso opuesto a las reformas. Es muy complejo conjugar esos acuerdos y antagonismos. Trabajar con esas dificultades también tiene su mérito. Aquí mismo, aunque compartamos algunas inquietudes generales, estamos más de cien personas con diferentes preocupaciones concretas, que desarrolláis vuestra labor en instancias y circunstancias muy dispares. Por tanto, también parto de que cada contexto es en sí mismo es un laboratorio de prueba y error, así que, más allá, de universales abstractos idealistas, toda acción tendría que enunciarse desde locativos materialistas concretos.
Esta es una circunstancia que nunca deberíamos olvidar porque, en demasiadas ocasiones, tendemos a idealizar al arte y la cultura, cuando, en realidad, también son campos dialécticos de contraposiciones políticas y materiales, donde se dirimen formas muy opuestas de concebir la vida y, por tanto, la función que en esta cumplen el arte y la cultura (Un centro de arte o un evento cultural puede proponer una programación aparentemente “revolucionaria” en sus contendidos formales -feminista, ecologista, decolonial etc..- pero precarizadora en sus políticas económicas, incluso reaccionaria en sus programas sociales -excluyente, elitista, esnobista o, lo que es peor, clasista y racista-. Algo fallaría en esa ecuación, si queremos que las instituciones sean democráticas, acogedoras y educadoras.
Las instituciones culturales no son entidades separadas de la vida, ni aisladas de la realidad, de su dinamismo y composición social, sus problemas humanos, tensiones políticas y encrucijadas culturales. No me refiero a una realidad entendida como un “todo” indeterminado, neutralizado en el concepto de “público”, a veces bullicioso, pero casi siempre silente, si no como potencia democrática y agencia política, capaz de configurar públicamente comunidades hablantes, incluso militantes (mencionar las irrupciones en los museos de ecologistas y pacifistas, también los espacios comunitarios de barrio, auténticos lugares de autodefensa y reafirmación social como el Centro cultura Espacio Afro en el barrio de Delicias donde asistí al martes a la presentación del libro polifónico La cultura no es una autopista. Los museos podrían ser jardines (Virus, 2024) una especie de manual autodefensa para la comunidad artística, incluso un panfleto en el mejor sentido literario del término o un útil mini tratado de recomendaciones, además autoeditado y autogestionado, coordinado por Lucía Egaña y Giuliana Racco).


Por tanto, si nuestra pretensión es ensanchar la institución, escuchar mejor todo lo que la circunda, deberíamos asumir, de partida, su condición expuesta y asumir que siempre debería estar afectada por el contexto en la que se inscribe. Entiendo el afecto como el efecto que genera un cuerpo sobre otro y viceversa, pero también como los que se producen por las interacciones entre instituciones, colectivos sociales, comunidades organizadas, discursos, programas y prácticas (soy consciente que bastantes de las que estáis aquí lo estáis haciendo, intentando que ese afecto institucional tenga efectos en la estructura). Por eso no me gustaría hablar únicamente desde el giro lingüístico de los cuidados, tan nombrados y, paradójicamente, tan maltratados, o del discurso ambientalista o el decolonial que se asumen como funcionales y, muy a menudo, terminan siendo modas formales despolitizadas, novedades políticamente correctas que se convierten en obsoletas antes de que afecten a las estructuras funcionales de las instituciones. Transformar una institución también supone aceptar que en el proceso pueden abrirse heridas dolorosas.
Cuántas veces hemos enunciado la dichosa coordinación interinstitucional -más fácil en unos lugares que en otros- capaz de trabajar con un compartido sentido ecológico de la economía de medios (presupuestos, personal, calendarios etc) del equilibrio entre temporalidades laborales y programaciones sensatas, desde el activismo prudente, que requiere este tiempo de excesos, y por tanto no desde el productivismo acelerado que está generando en el mundo tanta precariedad, ansiedad, medicalización e inseguridad social. Asumir esta condición política y social, feminista, ecológica y decolonial, más allá de gestos estéticos, implica tomarnos en serio las complejas formas de coexistencia entre lo geofísico (el cambio climático) lo económico (la distribución justa de las rentas) lo cultural (la diversidad y la pluralidad democrática) y las relaciones que ha generado el capitalismo al servirse de nuestras vidas para explotarlas y acumular riqueza.
Por eso, desde mi punto de vista, para las personas que creemos en el sentido democratizador de las instituciones, sería más saludable prestar la justa atención a las voces autoritarias que, desde el poder, hablan demasiado alto o, por la bajini, desde lo más alto en la jerarquía y el poder, hacen alardes vanidosos e innecesarios– académicos arrogantes, artistas narcisistas, coleccionistas especuladores, acumuladores y extractivistas, dirigentes prepotentes, funcionarios autoritarios o burócratas acomodados e inoperantes- para escuchar con mucho más atención y afecto las voces políticas verdaderamente implicadas en la realidad de la institución, las de servidores civiles y profesionales que hablan con sensatez, rigor y conocimiento, las de las trabajadoras que ponen el cuerpo y el alma en sus funciones -a veces en labores poco gratificantes- la de las personas sencillas amantes del arte y la cultura; o atender el clamoroso silencio de todas ls trabajadors subcontratadas y precarizados -entre las cuales también suelen estar agentes que proveen de auténtico sentido a la institución y sin las cuales el trabajo de mediación no tendría tanta razón de ser- o, simplemente, percibir, aunque sea desde una lejanía empática, a las personas que, por diferentes razones, nunca llegan a la institución, que suelen ser la mayoría social.
Por tanto, parafraseando a la mencionada Laura Quintana en Espacios afectivos. Instituciones, conflicto, emancipación para poder imaginar procesos de transformación, en primer lugar, es importante reconocer desde dónde, con y para quién se habla. Porque como dice esta profesora del Departamento de Filosofía de la Universidad de los Andes en Colombia, siempre comprendemos, hablamos y actuamos desde un lugar que determina la capacidad de actuación, de-limita nuestros enunciados, los sitúa, los llena de contenidos y orientación.
Esta condición situada implica reconocer la constitución económica de la institución (por ejemplo, si su supervivencia depende o no de los ingresos de entradas), la estructura social en la que se inscribe y, sobre todo, las formas de poder y los mecanismos de control que, en consecuencia, determinan y condicionan los saberes, los discursos y los regímenes sensoriales que produce. No es lo mismo desplegar programas de mediación en alguno de los Museos Picassos o en los Guggenheim del mundo global, cuyo patrimonio es fácilmente reconocible por la cultura “mainstream”, que en un pequeño museo en dimensión, pero grande en contendidos, – aunque con escasos presupuestos-, como el excepcional TOPIC Centro Internacional de Títeres de Tolosa, el pueblo donde nací. Por tanto, partir de esa condición situada y expuesta, implica reconocer las condiciones objetivas en la que opera cada institución para poder desplegar todas sus potencias relacionales (en unos casos con más facilidad y en otros con muchas dificultades, pero quizás con más mérito).

¿Relacionarse con quién y cómo? La respuesta podría ser fácil: con quiera hacerlo, pero, contrariamente al dicho -querer es poder- a veces no es tan sencillo cuando se trata de personas que por su condición social o su situación personal lo tienen más complicado. Por supuesto, ya lo sabéis, además de la capacidad económica, de la disponibilidad de tiempo o de la actitud para tener deseos de implicación, hay más barreras de las que pensamos para acceder a las instituciones y, muchas más, para involucrarse en ellas y participar activamente en su constitución. Parafraseando el libro citado La cultura no es una autopista. Los museos podrían ser jardines: el tipo de programación, la “calidad artística” -entre comillas-, las políticas de la institución sobre integración, capacitismo, inclusión/exclusión y diversidad, las condiciones sociales y laborales de usuarios, la equidad y el respeto en el tratamiento, la trasparencia en la gestión de recursos, los procedimientos y la comunicación de convocatorias, programas y actividades, etc.
Ampliar el derecho de acceso a todas las personas que no tienen condiciones aventajadas, sería la primera obligación para cualquier programa de educación, mediación, participación e implicación. Por cierto, obligación en línea con los últimos enunciados que ha proclamado el actual ministro de Cultura, Ernesto Urtasun, y la recién nombrada directora general de Derechos Culturales, Jazmín Beirak que ha escrito mucho y bien sobre derechos culturales en su libro Cultura ingobernable (Ariel, 2022).
Soy consciente de que a las instituciones culturales no les corresponde modificar el sistema económico en el que vivimos o derogar la ley de extranjería -por poner dos ejemplos de segregación social- pero tampoco dejar de reconocer las dificultades que muchas personas tienen para hacer y participar en la “vida cultural”, por lo menos como la entendemos desde las convenciones del sistema (dicho sea de paso, la diversidad de formas culturales – muchas de ellas magníficas expresiones de vida, existe más allá de las instituciones).


(Abriendo un paréntesis, en relación a esta cuestión del derecho al acceso, en un texto publicado en Dramática, la revista del Centro Dramático Nacional que dedica este número a residencia artísticas escribí: “Comienzo este texto con un título provocador que, a su vez, es una proposición política, vitalista y esperanzadora, aunque no optimista: la mejor residencia artística sería la renta básica universal. Es decir, un ingreso incondicional que, a modo de sistema de seguridad, recibirían todas las personas desde que nacen, más allá de otros ingresos patrimoniales o de trabajo e “independientemente de sus relaciones familiares o domésticas”, como puntualiza Kathi Weeks en Feminismo, marxismo, política contra el trabajo e imaginarios más allá del trabajo (Traficantes de sueños, 2020). Una garantía para que, a lo largo de toda la vida, cualquiera pudiera desarrollar en libertad sus capacidades o desplegar sus potencias creativas, en el sentido más amplio de la palabra (también podría dedicarse a la vida contemplativa u ociosa). Una forma de derecho social vitalicio con el que, desligando el vínculo entre trabajo e ingresos económicos, se reducirían drásticamente las obligaciones laborales destinadas a cubrir las necesidades vitales”. Al fin y al cabo- añadía en el texto- desde cierto punto de vista, los diferentes sistemas de becas o de residencias artísticas o de investigación que conllevan estancia (vivienda), ayuda económica (retribución por trabajo) y apoyo a los gastos de producción son otra forma de renta básica, solo que temporal. Es un tiempo liberado, ya que pocas personas pueden vivir de su trabajo creativo y la mayoría lo compaginan con otras obligaciones laborales, muchas veces ajenas a su profesión.)
Por otro lado, más allá de implementar las herramientas para extender los derechos culturales, de la forma más democrática posible, – dice Quintana- el trabajo de mediación implicaría también que pudiéramos dejarnos interpelar mucho más por voces, visiones, lógicas sociales y prácticas culturales que han sido marginalizadas, incluso despreciadas, por las formas dominantes de producción de conocimiento. Dejarnos alterar por vidas, experiencias, lenguajes, narrativas, interpretaciones que nos abran posibilidades sensibles aún no materializadas, aunque sean intempestivas y nos revuelvan las cómodas convenciones que, casi siempre, descartan la emergencia de lo impensado, de lo que puede surgir justamente como inédito o que está orgullosamente presente, pero que el paternalismo (patriotismo) cultural o ciertas concepciones de la identidad patrimonial eluden.
Si me permitís cierto quiebro animalista, pensando en la sala de las musas de este mismo museo (no quiero ser pedante, pero viene bien recordar que el museion griego era un lugar de reunión y estancia, con cocina comunitaria incluida) atender menos a los relatos heroicos de los reyes o reinas ecuestres y más al significado histórico que representarían los caballos, fuerza motriz fundamental para entender la historia de la economía. Digo caballos, como podría haber dicho árboles y plantas como hizo la artista Maider López cuando llevó a cabo su performance-instalación El bosque del Prado. En definitiva, más allá de ejemplos concretos, como recientemente hizo en este mismo museo Yeison F. García López, releyendo la historia de Juan de Pareja, conocido como el “esclavo de Velázquez”, se trataría de mirar mucho más a menudo desde otro lado y hacia otros lados (así lo dice literalmente también el propio departamento de este museo) – no únicamente los reversos de los cuadros- sino lo que aparece oculto o velado en sus formas, incluso volver a imaginar las formas ausentes para perder de vista, aunque sea de vez en cuando, el horizonte de las convenciones narrativas, tan seguras de sí mismas.

Cuando la institución se asume como un arreglo que nada más ordena y codifica – dice Quintana- es comprensible que se vea como algo opuesto con respecto al poder desobediente, creativo y experimentador que le podría dar otros sentidos. En principio, para ella y también para mí -si me lo permitís- la institución es una matriz generativa, es decir, crea posibilidades, más que dedicarse únicamente a limitar, restringir, codificar la experiencia.
Porque la mediación institucional, en muchas ocasiones, se puede entender como una gestión competente de la realidad constituida, como un marco que ordena y regula, estabiliza (y esto en muchas ocasiones es también muy pertinente y necesario). De hecho, existen excelentes profesionales que son muy eficaces realizando el trabajo de actividades que tienen una mecánica de producción, más o menos ordinaria, actividades del orden establecido, imprescindibles para el equilibrio y la diversidad del sistema cultural.
Sin embargo, he de reconocer que en mi experiencia personal he intentado que la labor de mediación también implicase estar atentos a las emergencias estéticas, poéticas, sociales y políticas, a las interrupciones de sentido producidas en los múltiples “afueras” -entendido siempre como un adentro desatendido- o en las contradicciones y paradojas del interior del orden cultural.
Todavía, sigo convencido de que tenemos la opción de optar por políticas que incentiven procesos de formación y participación continuos a lo largo de toda la vida. Mediaciones afectivas capaces de integrar la creciente diversidad ciudadana, de clase, cultural, religiosa, de género, lingüística, entendiéndola como una oportunidad y no como una amenaza. Además, sigo pensando, a pesar de ser un pesimista con esperanza, como dice Terry Eagleton, podemos llevar a cabo esa labor de manera éticamente radical – es decir desde la raíz- y no meramente formal o estética, como es muy habitual. Un modelo de política cultural, heredero de esa idea ilustrada, de la cultura como derecho, pero revisitada desde una concepción radical como lo planteó Marina Garcés Nueva ilustración radical (Anagrama, 2017).
En cierto sentido, Garcés se refiere a una política cultural capaz de activar nuestra imaginación, al mismo tiempo que nuestra moderación del deseo ilimitado. Lo dice en Imaginación crítica artículo de la revista Art matters. Arte contemporáneo y cultura digital de la UOC, la Universitat Oberta de Catalunya, donde ahora ejerce su labor académica: “La imaginación no es la facultad de lo ilimitado o de lo imposible, sino todo lo contrario: es la capacidad que tenemos de percibir los límites de lo posible de forma libre y cuestionable. Imaginar es poder hacer presente lo ausente: es decir, lo que ya ha sido, lo que no ha podido ser, lo que podría ser de otro modo o lo que quizá algún día será. La imaginación es singular y plural a la vez. Individual y colectiva. No hay imaginación estrictamente privada o individual. Esta es otra ficción del sujeto individualista, que en su versión más romántica ha convertido a la imaginación en una especie de fuente interior, única, original, auténtica y espontánea. No hay imaginación sin educación, sin trabajo y sin relación con los lenguajes, las imágenes, las percepciones y los límites culturales de cada época y contexto social. Por eso insistimos en que la imaginación es una práctica social y al mismo tiempo radicalmente singular”.
Es decir, transformar escuchando, pero también hacerlo con sentido común para poder detenerse en el momento justo porque si no ponemos límites a la producción en esta fábrica global de la innovación en la que pretenden embarcarnos, camino de Marte, la creatividad y la imaginación crítica quedan bloqueadas por la ansiedad programática.



Remedios Zafra, al final de su penúltimo libro El bucle invisible (Nobel, 2022) habla también de imaginar las necesidades de un futuro, pero interrumpiendo el bucle que nos ata a las formas de vida mediadas por el capitalismo veloz en el que vivimos, unas mucho peor que otros. Descuidar el futuro, es descuidar el nosotros, dice. Y si estamos hablando de imaginación del trabajo futuro no es posible separarlo del contexto socioeconómico. Ante el bucle que anticipa al del sur como emigrante, al del distrito periférico como pobre, al enfermo como inútil, a la mujer solo como madre o al inconforme como infeliz, precisamos – subraya- más reflexión pausada, más investigación y ciencia, siempre educación; más pausa para comprendernos, menos poderes económicos sobrepuestos al poder ciudadano.
He dicho penúltimo libro de Zafra porque ayer mismo hablé con ella para confirmar que en unas semanas ya estará en las librerías El informe. Trabajo intelectual y tristeza burocrática (Anagram, 2024)– según sus propias palabras- escrito desde al amor que nos llevó a nuestros trabajos (investigar, crear, escribir, enseñar etc..) y la necesidad de salvarlos. ¡Qué así sea!