CRISIS O MUTACIÓN

No hay duda de que las ciencias han desempeñado un importante papel en la historia de la evolución del mundo. Aun así, no deberíamos olvidar que en realidad son indisociables del resto de saberes y, por ello, para desentrañar el sentido de lo que está ocurriendo con el cambio climático nos convendría prestar más atención a las humanidades.

Todos los días nos despertamos con datos científicos preocupantes sobre el ascenso del nivel del mar, la acidificación de los océanos, la destrucción acelerada de los bancos de hielo, la esterilización de los suelos, la desaparición de miles de especies, el aumento de CO2 en la atmósfera ―tenemos la tasa más alta desde hace más de dos millones de años―, el aumento de las temperaturas, la proliferación anómala de catástrofes naturales, la repentina irrupción de pandemias globales, impensables hace tan solo unos años, guerras interfronterizas por el control de los territorios y sus fuentes de energía, pero también sus relatos históricos (sin ir más lejos, lamentablemente, la actual emprendida por Rusia contra Ucrania, argumentando la defensa de sus intereses nacionales ante el afán expansivo de la OTAN, con lo que implica para el resto del mundo). Se podría decir que vivimos atravesados constantemente por la incertidumbre y con la sensación de que, como ocurrió el 11S o con la gran crisis financiera-inmobiliaria del 2007-14 o la pandemia actual, la historia nos recuerda, una vez y otra, nuestra fragilidad.      

Seguir leyendo «CRISIS O MUTACIÓN»

ANIMAL OMNÍVORO

Las últimas semanas se ha recrudecido el debate sobre la producción de carne en macrogranjas y, en consecuencia, sobre la conveniencia de su consumo. El último episodio lo hemos visto estos días en Lorca, donde un grupo de enaltecidos empresarios del sector entró violentamente en el Ayntamiento para impedir la aprobación de ciertas normas reguladoras. Hace unas semanas también tuvimos ocasión de padecer el debate oportunista, con claros tintes electorales por la campaña en Castilla-León, que se generó en torno a las razonables declaraciones de Alberto Garzón, Ministro de Consumo. La cuestión de fondo viene de lejos. Se trata de una larga historia y tiene que ver con la salubridad de la industria cárnica y con nuestro regimen alimetario.

En alguna ocasión he comentado que no soy, ni mucho menos, la persona más indicada para opinar sobre alimentación saludable. Cuando pienso en las pastelerías y asadores de mi pueblo, Tolosa, o en sus célebres alubias, mi ansiedad se dispara y, en consecuencia, se me hace la boca agua. La ingesta desproporcionada de grasas, hidratos y azúcares, junto a mi voracidad, me convierte en un omnívoro insaciable. Soy muy consciente de mi problema, pero cierta inercia biográfica –digamos, determinismo social y cultural-  y otra indeterminada ausencia de fuerza de voluntad, unida a mi pereza física – dejé de hacer deporte a las catorce años-  me convierte en el peor enemigo de mi salud. Estoy a un paso de cumplir siete décadas de vida, pero mi relación con la alimentación, lamentablemente, se ha modificado muy poco. En ocasiones, cuando la báscula me señala que mi peso comienza a salirse de ciertos  parámetros saludables me pongo a régimen, como más fruta y verdura, y salgo a caminar con más asiduidad. Con la penitencia asumo el pecado de la gula, pago la culpa y reduzco peso, pero me duran muy poco la buena voluntad y la disciplina. Parafraseando a la célebre antropóloga Margaret Mead en Cultura y compromiso. Estudios sobre la ruptura generacional, me resultaría más fácil cambiar de religión que de dieta porque, según ella, quebrar esa inercia cultural es uno de los grandes desafíos ecosociales pendientes. Algún aficionado al psicoanálisis también me añadiría: háztelo mirar porque un día acabarás devorado por tu propia desidia autodestructiva.  

Las especies omnívoras solemos probar e ingerir todo tipo de alimentos pero también sabemos que, según las circunstancias y las cantidades, pueden resultarnos dañinos y entonces intentamos aplicar el instinto de conservación. El exceso de consumo es mucho más que un mal privado: es una construcción social y cultural, un modelo concreto de sobreproducción y abundancia que, sobre todo en los países económicamente más desarrollados y, en especial, las clases más privilegiadas, se nos ha ido inculcando contra la lógica racional de la autocontención personal y la responsabilidad colectiva.

El sistema de alimentación de las sociedades opulentas está en la base de la cadena de producción alimentaria: comemos tanto porque vivimos inmersos en una constante aceleración de ofertas y demandas de productos, muchos veces innecesarios, superfluos y caprichosos (por ahí se nos cuela también la dichosa libertad mal entendida y el tan traído y manido «hago lo que me da la gana con mi dinero». Paradójicamente, a la vez que nuestra voracidad se extralimita, nos enfrentamos con otra gran incoherencia de los dilemas de la redistribución económica y la justicia social: ¿si se produce comida más que de sobra para alimentar hasta 10.000 millones de personas, y la población mundial ronda los 7.500 millones, cómo es posible que, según datos contrastados por el economista Julen Bollain, en el mundo sigan muriendo al día 18.000 niñas y niños menores de cinco años y, según Oxfam Intermon, sobrevivan 155 millones de personas sin tener apenas nada que comer?

Como lo hemos comprobado con la desigual distribución mundial de las vacunas contra la Covid19, la de los alimentos también es un excelente espejo donde se refleja la historia del capitalismo, que para su continuidad necesita substancialmente un crecimiento expansivo e injusto modelos de disribución . La evolución de la cultura de la alimentación está intrínsecamente vinculada a esa dinámica depredadora.

Existen muchos saberes ecológicos que analizan como han ido evolucionando  las transformaciones de los sistemas de producción y consumo actuales hasta naturalizarlos en nuestras vidas cotidianas y subjetividades culturales. Pero lo cierto es que nuestra relación con la alimentación también es parte de los procesos de transformación económicos y de la expansión capitalista. En El dilema del omnívoro, el periodista Michael Pollan lo analiza muy bien. En este brillante trabajo de investigación sobre las cadenas de alimentación llevado a cabo en EE. UU. una vez finalizada la Segunda Guerra Mundial, sigue la cadena de producción histórica que se produjo en la industria armamentística y química militar para reconvertirlas, en gran parte, en industria de la alimentación y la satisfacción del consumo personal y familiar. Fueron tiempos de euforia económica y renacimiento social en los que se produjo un aumento exponencial de bienes y servicios, la conservación alimentaria y otros productos e imaginarios domésticos vinculados a la felicidad del hogar, proceso que la arquitecta y profesora de la Universidad de Princeton Beatriz Colomina estudió exhaustivamente en su excelente La domesticidad en guerra (Actar, 2006) (también la artista Martha Rosler en una de sus primeras obras Bringing the War home [Trayendo la guerra a casa,1967-72], desveló el intento de desvincular la vida pública y político del ámbito privado, que, concretamente, implicaba una  discriminación de género: la guerra era territorio hegemónico del hombre y el hogar espacio privado para la mujer y el cuidado de los hijos).

Seguir leyendo «ANIMAL OMNÍVORO»

Notas en torno en torno a las exposiciones «Tornaviaje» del Museo del Prado y «Buen Gobierno» de Sandra Gamarra.  

Hay muchas maneras de abordar la representación de la historia colonial. La mayor parte de las veces los museos lo hacen mostrando sus fondos patrimoniales. Tornaviaje. Arte iberoamericano en España, que estos meses se presenta en el Museo del Prado, podría ser un buen ejemplo. En otras ocasiones, suelen ser exposiciones de artistas individuales como Buen gobierno de Sandra Gamarra que también utilizan materiales históricos y que se ha podido ver hasta hace unos días en la Sala Alcalá 31, espacio de exposiciones de la Comunidad de Madrid. Ambas son dos ejemplos contrapuestos de las diferentes maneras en las que se puede abordar la cuestión de la representación colonial. 

El colonialismo se podría definir, de forma sintética, como el largo proceso de expansión política, económica, social y cultural que desde el siglo XVI emprendieron algunas naciones -mejor dicho, monarquías familiares- sus ejércitos y grupos humanos para trasladarse a otros territorios (colonias) habitar, compartir la vida o combatirla y, sobre todo, explotar en su beneficio los recursos materiales y humanos. El historiador y sociólogo Immanuel Wallerstein, en su célebre conjunto de estudios sobre el sistema-mundo, nos recuerda que aquellos viajes, denominados “descubrimientos” se inscribieron en el marco de un conjunto de grandes travesías marítimas y expediciones comerciales que fortalecieron las monarquías absolutas, iniciaron la consolidación de los estados nación europeos y abrieron el camino a un nuevo orden económico, el capitalismo.

Seguir leyendo «Notas en torno en torno a las exposiciones «Tornaviaje» del Museo del Prado y «Buen Gobierno» de Sandra Gamarra.  «

RELIGARE

Parafraseando a Bruno Latour en el capítulo “¿Cómo convocar a los diferentes pueblos (de la naturaleza)? de su libro Cara a cara con el planeta, se podría decir que la palabra religión, emparentada en latín con religare, no hace otras cosa que designar  aquello que nos importa y que protegemos cuidadosamente, aquello que por ende nos guardamos de negligir. En este sentido –dice- introducir nuevamente la cuestión religiosa no es, en primera instancia preocuparse por creencias en tal o cual fenómeno más o menos extravagante, sino permanecer atento al choque, al escándalo, que puede representar para un colectivo la falta de cuidado de otro colectivo.

Jan Assmman, el gran egiptólogo e historiador de la memoria mítica, nos recuerda que, antes del advenimiento del judaísmo y del cristianismo, existía una venerable tradición de las diversas ciudades del Mediterráneo y el Oriente Medio, por la que se erigían tablas de traducción para los nombres de los dioses a los  que se rendía culto. Esas traducciones ofrecían una solución práctica al relativismo moderado con el que cada adepto de un culto local reconocía su parentesco con los cultos locales de los numerosos extranjeros que vivían entonces entre ellos. «Lo que tú, romano, llamas Júpiter, yo, griego, lo llamo Zeus», y así sucesivamente. Las tablas de traducción funcionaban, según Assmann, llevando la atención desde el nombre propio de las divinidades hacia la serie de características que ese nombre resumía en el espíritu de sus seguidores. Si, por ejemplo, el nombre «Zeus» sonaba a los oídos como un término incomprensible, se desarrollaba la lista de sus atributos: «Guía de los destinos”, «Protector de los suplicantes» o incluso «Dios de los vientos favorables»  y, desde luego, «Portador del rayo» hasta que el extranjero le encontrase un equivalente en su lengua. La precaución que tomaban esos pueblos para cohabitar sin degollarse mutuamente consistía en asegurarse de que, si las listas de cualidades eran bastante semejantes, entonces podían considerar los nombres propios como más menos sinónimos en todo caso, negociables «Vuestro pueblo lo nombra así, mis congéneres lo nombran asá, pero mediante tales invocaciones designamos a la misma deidad que realiza en el mundo el mismo tipo de acciones».

Esta forma de intertraducción ofrecía así una solución política a la paz civil en sociedades con adhesiones múltiples. Las tablas de traducción de los nombres de los dioses en las ciudades antiguas eran a la vez el resultado y la ocasión de negociaciones diplomáticas en las grandes urbes cosmopolitas. Según Assman esta intertraducción se va a tornar imposible a partir de que el faraón Akenaton introduzca la noción de “verdad» del “solo y único Dios” que sería Atón, convirtiendo al propio faraón en su intermediario en la tierra. La “verdadera” divinidad se vuelve entonces intraducible por cualquier otro nombre; ningún otro culto que no sea el suyo podría ser tolerad, so pena de idolatría. La iconoclastia se impone como castigo. El antiguo sentido de la palabra religión ya no es comprensible: muy al contrario negligir aquello que les importa a los otros, ¡he ahí el nuevo mandato!.

¿En qué nos concierne esto hoy, incluso a los Modernos –dice Latour- que por muy incrédulos que nos creamos o por más liberados de toda divinidad que nos imaginemos, seguimos ligando la autoridad suprema a la verdad racional?. ¿Es posible reinventar esa tradición de las tablas de traducción de los nombres de los dioses para erigir la lista de otras entidades, de otros cultos, de otros pueblos, y para detectar entre esos diferentes  colectivos los parentescos que permanecerán invisibles mientras nos atengamos a nuestro punto de vista demasiado local y demasiado sectario?  

EL CUENTO DE LA RANA Y LA SANIDAD PÚBLICA 

Dicen que si se arroja una rana al agua hirviendo, instintivamente, salta y se salva de la muerte. Sin embargo, si está plácidamente acomodada en el agua tibia y el agua se va calentando poco a poco, su capacidad de reacción se atrofia y, sin a penas darse cuenta, acaba muriendo. Esta fábula se podría aplicar perfectamente a la situación en la que se encuentra nuestro sistema sanitario. Las políticas económicas neoliberales más agresivas que, en su manera de entender el mundo, detestan toda forma de justicia social y cualquier intervencionismo del Estado (si no es para su propia beneficio instrumental) no son capaces de abolir por decreto el sistema sanitario y por eso lo están ahogando muy lentamente, pero perseverando en su empeño, de manera que no lo expresan con claridad y por eso, cínicamente, siguen hablando con la boca pequeña en su defensa. Incluso insinuando, como ayer mismo se escuchó en boca de la Presidenta de la Comunidad de Madrid (adalid ejemplar de la eliminación paulatina de los derechos sociales), que son las propias sanitarias y profesionales de algunos centros de salud quienes, con su actitud, dificultan el funcionamiento (¡antes aplausos y ahora reproches, qué tristeza!).

Están haciendo lo mismo con otros subsistemas públicos, como las prestaciones sociales, las pensiones, la educación y el acceso a la cultura, pero precisamente ahora, cuando más necesitamos un sistema público de salud fuerte para todo el mundo sin excepción, es cuando se pone mucho más en evidencia su plan de desmantelamiento y su estrategia privatizadora: que todo el que se lo pueda permitir se vaya a la sanidad privada, y así aumentar sus beneficios, para ir dejando la pública solo para los más desfavorecidos económicamente y convertirla, de ese modo, en un servicio asistencial de baja calidad. Es un plan ideológicamente planificado para extraer, una vez más, recursos en beneficio privado. Nos están hirviendo la sangre y, a veces, pienso que no somos del todo conscientes de la gravedad del problema. Como no saltemos y no nos levantemos en defensa de nuestros derechos, pronto ya no tendremos capacidad de reacción y habrán acabado con la sanidad pública. Espero que os vaya bien lo que queda de año y que el venidero sea lo más saludable posible, en el mejor sentido de la palabra, y si el infortunio ronda por nuestros hogares, que tengamos el ánimo y la fuerza para hacerle frente con dignidad y, a ser posible, con los mejores cuidados.

¿OTRO AÑO DE DESPILFARRO O DE CONTENCIÓN?

Por razones personales, que no viene a cuento explicar aquí, he pasado dos días hospedado en un hotel. Uno de esos que suele tener buffet libre para desayunar y que cada cliente puede disponer hasta la saciedad, si quisiera. No hay duda que las imágenes que se producen en esos lugares son un magnífico espejo donde, seguramente, se muestra de manera esclarecedora la voracidad compulsiva de las sociedades opulentas. Reconozco que no soy la persona más indicada para dar lecciones morales sobre buena alimentación porque también tengo el apetito desbordado pero, aunque mi ansiedad muchas veces me hace perder el sentido de la moderación, procuro limitarme a satisfacer mi deseeo con cierto control y responsabilidad. Suele ser difícil que deje algo en el plato.

Uno de esos dos días coincidí en la mesa contigua con una familia de cinco miembros, dos adultos y sus tres hijos. Durante la media hora aproximada que coincidimos en el desayuno, mi estupor no paró de crecer ante lo que estaba viendo. Aquello era un despilfarro inenarrable, un trajín de alimentos de todo tipo llegando a la mesa, de los cuales un porcentaje bastante grande no llegaba a ser consumido. Me pareció una forma de conducta intolerable, pero la ¨buena educación” me contuvo y me limité a soportar mi estupefacción. Sin embargo no pude evitar hacer la foto que os adjunto y que ahora me sirve para ilustrar este comentario.

Como me comentó un buen amigo artista cuando le conté la anécdota, la imagen podría ser un triste bodegón contemporáneo, una parábola sobre el mundo actual. En cierto sentido, también la representación de la miseria moral  de los opulentos y de nuestro egoísmo irresponsable. Así parece que va el mundo, unos lo queremos todo y otros no pueden tener nada, algunos no pueden contener su deseo compulsivo, mientras muchos ni siquiera pueden soñar con una comida digna diaria. Los primeros acumulan de forma ilimitada y los segundos únicamente tienen derecho a recoger los excedentes de la mesa. Seguramente esos padres, incapaces de poner límites a sus hijos, también les enseñarán que, como en aquel buffet libre, podrían hacer lo mismo con el resto de las cosas del mundo.  Me imagino a esos niños, durante estas fiestas navideñas, ahogados en montañas de regalos.

Esa fantasía de desmesura, poder y control, tan recomendada en ciertos manuales de instrucción neoliberal y ampliamente divulgada en determinados círculos sociales, es la peor de las trampas para una especie cuya supervivencia está gravemente amenazada por la degradación a la que estamos sometiendo a la tierra en la que vivimos. Ese tipo de ideología que nos vende la idea de que podemos perseguir cualquier deseo sin límite, ni autocontrol, se fomenta y estimula con la insaciabilidad, y se convierte en la máquina de destrucción más peligrosa, la cara oculta del auténtico problema que debemos afrontar, pero que tanto nos está costando abordar.  Así nos va, al fin y al cabo, la situación actual de deterioro en la que se encuentra el planeta nos es más que la consecuencia de nuestros abusos – por supuesto, los de unos más que los de otras- de un conflicto entre nosotros mismo y los modelos de vida depredadores que somos incapaces de modificar.  ¿Cómo nos vamos a apañar para no exterminar y devorar todo lo que tenemos alrededor si no logramos activar entre tods una racionalidad  (razón y ración) social de autolimitación y autocontención que, como nos recuerda el poeta y ecologista Jorge Riechmann, dependería de seres adultos y ampliamente conscientes de los límites?. Esos padres que creen educar a sus hijos en “libertad” para  actuar como omnipotentes depredadores de buffet, seguramente están criando personas inmorales incapaces de autolimitarse. En el futuro se convertirán en auténticos seres ineptos para pensar en el malestar de cualquier otro ser humano, en personas de escasa empatía y con mínima conciencia social. Como si la libertad fuera sinónimo de consumo y no de justicia y fraternidad. Tal vez, ahora mismo, el gran reto pendiente de las sociedades opulentas sería tener plena consciencia de que, aplicando con cordura social el principio de precaución, lo suficiente nos debería bastar.