PARALIZADO EL PROYECTO GUGGENHEIM URDAIBAI

Hace unas semanas recibí una llamada de la Fundación Agirre Lehendakaria Center de la Universidad del País Vasco para participar en el proceso de escucha impulsado por Diputación Foral de Bizkaia sobre el proyecto de construcción de una nueva sede, con dos edificios, del Museo Guggenheim en Urdaibai, reserva de la biosfera situada en la región de Busturialdea, entre Bermeo, Gernika y Luno y otras poblaciones afectadas de Bizkaia. Desde que se hizo público el plan de expansión del museo, la oposición social al proyecto, liderada por diversas plataformas ciudadanas y grupos ecologistas, fue significativa y persistente. Afortunadamente, a la vista de la presión popular, del resultado de la consulta y de las muchas dificultades técnicas para su implantación, hace unos días, el patronato de la Fundación Guggenheim ha decidido no seguir adelante con el proyecto de ampliación del museo.  Cuando se realizó la entrevista por teléfono, la decisión no se había tomado. Esta es la transcripción, más o menos fiel, de aquella conversación (en su momento, el dieciocho de octubre y el veinticinco de noviembre del año dos mil veinticuatro, publiqué sendos textos con mi opinión que también os adjunto).

¿En qué situación crees que está hoy en día la comarca o qué crees que está pasando?

Bueno, no soy un experto por lo que más allá de alguna valoración general y de la información que me llega por prensa, no podría decir nada preciso. Sin embargo, es evidente que, viendo como han sido transformadas las economías del sector primario por las formas de globalización económica y por determinadas dinámicas de industrialización a gran escala y masiva mercantilización acelerada de sus productos, efectivamente, estos cambios han afectado sobre todo a las formas más tradicionales y locales de la agricultura y la pesca. Por tanto, deduzco que las empresas locales, trabajadors y servicios que dependen de ellas también estarán siendo damnificados por esa crisis y, como en otras regiones, es lógico que estén reclamando algún tipo de plan estratégico específico para avanzar en una reconversión de la economía local y, de ese modo, reorientarla hacia un futuro sostenible y ecológico de la comarca. A la vista de las movilizaciones populares, no parece que la solución sea, precisamente, esta apuesta de la Fundación Guggenheim en Urdaibai.

¿Dirías que el reto más importante de la comarca es ese decrecimiento económico que ha tenido?

A la vista de cómo está el mundo, respecto al concepto de crecimiento y al término progreso, tengo posiciones muy poco complacientes con las convenciones clásicas de la economía capitalista. Me refiero a ese tipo de economía dominante que entiende el progreso como una relación de valor de cambio vinculada únicamente al mercado y a la acumulación de propiedades sin tener en cuenta otros aspectos de la vida social. Una economía que, en este caso –y en España en general- está además directamente relacionada con la especulación inmobiliaria y la industria del turismo. Al medir la riqueza tan solo  en valores monetarios -cuanto más, mejor- desaparecen los conceptos de suficiente y bastante. El capitalismo reniega de los límites biofísicos y, como dice Yayo Herrero en su reciente Metamorfosis, se vuelve fanático del infinito. Hace unos días leí que la nueva directora del Museo Guggenheim quería un museo sin límites. Deduje que se refería a lo simbólico y a lo estético, pero en el enunciado podrían contenerse otros deseos ilimitados y ese es el problema fundamental del capitalismo, que no pone límites a nada. Han vuelto a publicarse las estadísticas de asistentes a los museos de España. ¡Qué casualidad! todos han vuelto a crecer en asistencia de visitantes, pero nadie vincula ese dato concreto a los generales del aumento del turismo. Ya me gustaría saber en qué medida ese “éxito” ha afectado a las poblaciones locales y a sus entramados culturales. Desde mi punto de vista, la idea de progreso debería integrar en esa ecuación económica y social otros valores de vida, no estrictamente medidos por parámetros economicistas. Otros tipos de economía que no estén vinculados al desarrollismo productivista.

Yo creo que el crecimiento también puede abordarse desde otros parámetros y otras mecánicas económicas que no impliquen la explotación sin control alguno de la Tierra y sus recursos o del suelo y el territorio, en este caso una reserva de la biosfera, de enorme interés humano y paisajístico. Porque no debemos olvidar que la implantación de ese nuevo museo de la marca Guggenheim es también una forma de economía extractivista.

¿Qué opinión tienes sobre la ampliación del Museo Guggenheim?

Totalmente contraria. No hay por donde cogerlo. Es un exceso en todos los sentidos, desde el origen de marca. Es decir, siempre y cuando se decidiera hacer una reconversión desde el sector cultural me parece lamentable que se recurra a la Fundación Guggenheim otra vez, como si no hubiese más actores sociales y culturales locales con relaciones internacionales, capaces de pensar en otras claves un posible proyecto que responda a las necesidades reales de esa zona. No sé por qué, a la vez, no se piensa la posibilidad de reordenar, reactivar o regenerar el mapa cultural de Bizkaia en su conjunto, en relación con los territorios vecinos. Otra vez, más y más recursos para la marca Guggenheim. ¿No tienen bastantes?  Creo que hay que pensar de una forma más distributiva, de una manera más generosa con los sectores sociales vinculados a las propias localidades, al territorio foral y a Euskadi en general, donde se supone que se va a inscribir este plan de renovación de la economía local de ese territorio.

¿En caso de que se hiciera un museo en la comarca, qué tipo de iniciativas crees que habría que hacer?

No tengo ni idea. Como ya he comentado, en primer lugar, intentaría repensar el propio mapa del sistema cultural de la región. Hablo en el sentido amplio del territorio afectado. Tampoco tengo datos ni razones para defender que la reconversión o la revitalización del tejido socioeconómico de la región de Urdaibai tenga que hacerse de la mano de la cultura. Y desde luego, lo que sí tengo claro es que no debería hacerse exclusivamente de la mano del turismo. Porque el turismo es ya un espacio económico totalmente saturado o, mejor dicho, sobresaturado. Son evidentes las consecuencias negativas que tiene en el tejido social, en la relación con el acceso a la vivienda, al mercado laboral, a los tipos de trabajo, a los modos de existencia comunitario, a la propia vida de los lugares donde el turismo se desborda por todos los lados. Todas somos más o menos turistas, así que, bajo nuestra propia responsabilidad y siendo consecuentes, somos libres de hacer los viajes de ocio que queramos. Pero claro, se espera que las instituciones púbicas no echen más leña al fuego. Si de verdad piensan que debemos ir hacia una transición energética, tendrían que ser ejemplares. Al incentivar sin límites la industria turística, se están olvidando o dejando en lugares secundarios otros modelos de economía que, a medio y largo plazo, desde mi punto de vista, podrían ser mucho más interesantes para pensar una sociedad sostenible, con una economía responsable que acompañe la existencia de las personas habitantes de los territorios. Es decir que la economía y el mercado laboral no sea monopolizado por la industria turística, vinculada a los servicios relacionados con la masificación de los espacios y la extracción de sus recursos: viviendas, museos, centros culturales, grandes eventos, etc. Creo que es el momento de pensar no solamente la cultura, sino también la economía desde una perspectiva social más distribuida, que sea más generosa, con fórmulas que planteen una revisión de la economía hacia el futuro y no de esta inmediatez que satura el territorio, satura las ciudades, satura los pueblos, satura la movilidad, satura los modos de existencia, satura la vida social. Muy contraproducente desde mi punto de vista, aunque genere una apariencia de progreso.

Para mí es un retroceso importante porque a la vez que las instituciones echan leña a ese tipo de economías, dejan de lado otras posibilidades y potencias creativas que podrían estar vinculadas a la reconversión del sector primario, a la propia condición de la cultura en el territorio, a la generación de un mercado laboral vinculado a otro tipo de economías que no estén necesariamente sujetas a este modelo extractivista, inmobiliario y turístico, tras el cual estaría el Museo Guggenheim Urdaibai. Porque tras ese modelo, deduzco que el objetivo será que una parte de esos más de dos millones de visitantes del museo bilbaíno puedan pernoctar dos noches más en Vizcaya y que lo puedan hacer además en Urdaibai. De ese modo se podrían construir tres, cuatro o cinco hoteles, con lo que eso supone a la hora de alterar la economía inmobiliaria de las ciudades donde se inscriben estos proyectos. Y si además estos proyectos están vinculados a macro eventos del tipo que sea: los grandes festivales de música o las grandes bienales de arte, o los grandes festivales de teatro y tal, pues ya está la ecuación perfectamente cuadrada: volvemos a hablar de acumulación para unos, mínima distribución de recursos sociales para la mayoría y de saturación territorial. Yo personalmente creo que ya no vivimos un tiempo histórico donde el progreso se tenga que vincular a estas claves económicas.

¿Tú quién crees que ganaría o quién crees que perdería?

Ganaría la marca Guggenheim, que ampliaría su espectro de influencias y todavía crecería más en visibilidad institucional. Aumentaría más su repercusión comunicativa, por lo tanto, mediática. Me imagino que, tras esta marca, ganarían también los sectores sociales y económicos que están más vinculados a ella. No hay más que ver las fotos de las inauguraciones del Museo Guggenheim para darse cuenta qué instituciones y qué entidades están apoyándolo. Me imagino que ganaría el propio Gobierno Vasco o la coalición que fomenta esta marca y ganaría el sector turístico, el sector inmobiliario, no solo el de la construcción, sino el sector inmobiliario especulativo, vinculado a la modificación del sistema vivencial de la región que se alteraría como en todos los lugares donde hay una masificación turística. Y me imagino que de una forma subsidiaria definitivamente ganaría, en la parte proporcional más insignificante, la economía del trabajo que pudiera desplegarse en esas industrias. Pero fundamentalmente, el máximo beneficio quedaría vinculada a la marca, una vez más.

Deduzco que este proyecto supone un modelo de economía ideológicamente cercano a los parámetros economicistas del Partido Nacionalista Vasco, incluso de un sector del Partido Socialista, con el que forman la coalición que gobierna. Pero yo no sé si esto es precisamente lo que ahora mismo necesita el mundo y con la responsabilidad que tenemos hacia el resto de los seres humanos que nos acompañan en esta aventura de la supervivencia. No es un modelo por el que yo apostaría.

Y en tu opinión, este tipo de decisiones, ¿quién o cómo crees que habría que tomarlas?

Tengo la sensación de que esta consulta se decide tras la preocupación que las movilizaciones sociales han suscitado en las instituciones. Lo que sí parece estar claro es que la decisión la tomaron por ahí arriba, en las altas instancias que parecen vivir en las nubes, como si las realidades materiales no tuvieran nada que ver con sus “brillantes” ideas. En algún momento, algunos iluminados se habrían sentado en la mesa de patronos y habrán dicho: «oye, aquí tenemos un paisaje de la hostia, qué `bonito´ para hacer otro museo».  Reconozco que respecto al concepto de belleza, soy muy poso idealista, por no decir nada. En este sentido, en noviembre del año 2024, en un texto que publiqué en el Diario Vasco a raíz de unas declaraciones del lehendakari escribí así sobre el gusto estético: “Hace unas semanas, el lehendakari Imanol Pradales comentaba que había llegado el momento de pensar en la situación del mundo y dejar atrás políticas estéticas. Cuando escuché esas palabras no supe bien cómo interpretarlas, aunque sí estoy convencido de que no opinamos igual sobre lo que significa `pensar el mundo´ o sobre lo que sería social y económicamente más idóneo para su futuro. Tampoco creo que, si aludiéramos a algo tan subjetivo como el gusto, nos refiriésemos a lo mismo al hablar de `estética´, ni siquiera en su sentido más banal. Seguro que ambos tendremos el gusto muy distinto, pero eso no es lo importante, lo fundamental sería entender lo que subyace en el concepto de estética que el lehendakari tiene como para llegar a pensar que es una buena idea construir otro museo Guggenheim en Urdaibai, un territorio considerado reserva de la biosfera por su condición excepcional, estético en sí mismo.  Más allá del idealismo que ha modulado nuestros gustos, desde mi punto de vista, la estética siempre está atravesada y determinada por las condiciones materiales de vida, las estructuras de poder o la manera en la que nos relacionamos con el territorio que habitamos. Por ello la estética es siempre política y, en el caso al que me refiero, también ética, social y ecológica. Diría más, si hiciéramos incluso una interpretación kantiana del gusto estético del lehendakari también se podría afirmar que no tiene objetividad posible, puesto que sería únicamente una `facultad personal´, una aspiración de belleza que, según él y su gobierno, tomaría forma a través de un nuevo museo en Urdaibai. Sin embargo, por el contrario, en las aspiraciones -igual de legítimas- de gran parte de los habitantes de esa zona, la belleza ya estaría, en sí misma, implícita en el paisaje. Al pretender llevar adelante ese nuevo museo, aunque Pradales afirme que quiera dejar de hacer políticas estéticas, lo que propone es, precisamente, una operación estética de poder político y económico para instrumentalizar la potencia simbólica del arte y ponerla al servicio de los intereses de determinadas élites y en este caso, paradójicamente, de la mano de una contemporaneidad cultural, totalmente ajena a la sociedad en la que se inscribe.  Parafraseando a Rosalyn E. Krauss, ese modelo de museo neoliberal deja de ser guardián del patrimonio público –una de las funciones principales de estas instituciones- para convertirse en una entidad corporativa con un inventario comercial y, como se deduce de esta operación, con un deseo de crecimiento orientado a acaparar recursos públicos, mediante la expansión inmobiliaria y territorial, y a captar capital privado para conseguir, a toda costa, un aumento exponencial de actividades turísticas. Frente a esa concepción estética de progreso que, en este caso, el Lehendakari sitúa en la construcción de un museo, mi posición contraria, tiene mucho más que ver con una visión ecosófica de la realidad, esa que Felix Guattari enunció en su célebre Las tres ecologías. Es decir, una posición de contención, mejor aún, una articulación ético-política entre los tres registros ecológicos: el medio ambiente -en este caso esa parte concreta de la biosfera y su sentido material- el de las relaciones sociales en las que se inscribe -ese asunto de lo popular- y el de las subjetividades personales. En mi caso, esa subjetividad en «defensa» de un Urdaibai sin museo, no sería una mera opción partidista o romántica, sino una forma de pensamiento sobre los valores culturales, económicos y sociales que afectan a ese territorio y que no estén únicamente fundados en la economía mercantil. Es decir que, en su propia manera de operar, es un pensamiento en sí mismo ecológico”.

Por otro lado, si volvemos la vista atrás, el proyecto se lanzó por primera vez antes de la primera crisis especulativo-inmobiliaria de 2008. Una vez comprobado que efectivamente ese modelo inmobiliario a medio plazo era un modelo contraproducente, se descartó por improcedente. En fin, por decirlo de alguna manera, todo el mundo se volvió sensato de repente. Y, sin embargo, unos años después entramos otra vez en un bucle de reafirmación capitalista. Es decir, ya hubo una primera y sabia decisión de paralizar el proyecto porque no parecía conveniente en ese contexto socioeconómico. Pasados los efectos más graves de aquella crisis, en una especie de irresponsabilidad amnésica, se volvió a reabrir la posibilidad de ponerlo en marcha y, otra vez, tras la pandemia de la COVID volvió a meterse en los cajones. Tuvo que ocurrir otra crisis planetaria para que la sensatez pusiera las cosas en su lugar. Se recuperó una cierta consciencia ecológica porque parecía que por aquel camino no íbamos bien, los ecosistemas se estaban alterando, y volvimos a pensar otra vez que teníamos la posibilidad de pensarnos desde otro lugar, desde otros parámetros económicos y sociales. Pero, por lo visto también se ha borrado la memoria la pandemia de la COVID y sus consecuencias y vuelve a resurgir el programa de Urdaibai. O sea, ya era la segunda vez que se replanteaba su funcionalidad. Se decidió en su momento que podía ser positivo y luego que no lo era. Dos veces. Yo espero que esta sea la tercera y la definitiva.

No sé si hay algo más que quieras añadir o destacar.

Pienso el mundo desde una posición política, porque entiendo que efectivamente la función social de la convivencia, es decir, de las ciudades y de donde vivimos, es una forma de fortalecer la democracia. No solo como un sistema que se vincula al parlamentarismo y al partidismo, sino a la vida en común.

Entonces, me gustaría que se planteasen con más sensatez apuestas de este tipo. He leído en algún lugar algunos beneficios posibles que pueda generar el proyecto, pero me parecen insignificantes en relación con los otros efectos negativos que causaría esta macrooperación en la marisma.

SEGUIR PENSANDO EN GAZA TAMBIÉN EN NAVIDAD

El texto que sigue a esta breve introducción aclaratoria lo escribí unos días antes del día de Navidad del año 2025. Se publicó en el Diario Vasco, ayer sábado, una vez comenzado el nuevo año que nos ha traído como primera gran noticia internacional el bombardeo de Caracas por parte del ejército de los EE. UU y el posterior secuestro del presidente de Venezuela, Nicolás Maduro y su esposa Cilia Flores. Mi apunte sobre el “pacifismo” militarista e imperialista” del gobierno de Donald Trump tras la firma del Plan de Paz para Gaza adquiere hoy, si cabe, una significación mucho mayor.

Aunque las condiciones de vida en Gaza siguen siendo infernales y el desarrollo del llamado acuerdo de paz firmado en octubre continúa siendo una incógnita se ha producido, por arte de birlibirloque, un preocupante apagón informativo sobre la dramática situación de la zona.  Así que una de las primeras consecuencias del pacifismo militarista e imperialista de Trump, con la aquiescencia de la Unión Europea y gran parte de la diplomacia internacional, ha sido que las noticias sobre Palestina han desparecido de los medios de comunicación. Los especialistas lo denominan “fatiga informativa”, una especie de agotamiento emocional que, en realidad, oculta el mayor éxito de la tregua hasta ahora: dejar de señalar el conflicto y sus aspectos más dramáticos para que el ejército de Israel tenga carta blanca en la política de control sobre la población palestina y el gobierno sionista continue su política de expansión.

Miles de soldados se han instalado en lo que se conoce como zona amarilla, una especie de nueva frontera móvil que ocupa más del cincuenta por ciento de Gaza y que, eufemísticamente, denominan zona de amortiguamiento. Según el acuerdo de paz, ese territorio sirve como muro de contención desde donde Israel mantiene su estrategia defensiva y, si fuera necesario, ataque a las poblaciones palestinas limítrofes. Es decir, la frontera como mejor arma de guerra.

Todo ese territorio histórico conocido en su conjunto como Palestina, formó parte del Imperio Otomano hasta que, tras la Primera Guerra Mundial, quedó bajo la autoridad colonial inglesa (1922-1948).  Allí convivía una mayoría árabe y musulmana con minorías cristianas y judías. Aunque entonces no fuera una nación, ni un Estado en el sentido moderno, Palestina tenía entidad geográfica e identidad social y cultural heterogénea, pero muchas veces con intereses contrapuestos. Durante el mandato británico, el proyecto de creación del estado de Israel, a la vez que se consolidaba políticamente, fue trasformando poco a poco aquella realidad territorial, mediante la creación de nuevos asentamientos para inmigrantes judíos que llegaban en oleadas cada vez más numerosas, la compra de tierras a la población árabe y, sobre todo, el apoyo de la diplomacia internacional occidental con intereses coloniales que, desde entonces, se convirtió en el mejor garante del sionismo.

Tras su reconocimiento por ONU en 1947 y posterior instauración oficial del Estado de Israel, con la oposición social y militar de los países árabes, aquellas primeras políticas de desarrollo territorial y crecimiento de la población judía, escudándose en la defensa de las fronteras y la amenaza árabe, pasaron a ser directamente colonización planificada, ocupación militar, expansión ilegal, segregación social, económica y espacial, destrucción, persecución, expulsión y, si fuera necesario, exterminio de la población palestina. Es decir, una desposesión estructural deshumanizada.

En Guerra medioambiental en Gaza. Violencia colonial y nuevos paisajes de resistencia (Ed. Corriente Cálida, 2025) Shourideh C. Molavi de la Universidad de Columbia e investigadora principal de Forensic Architecture en Palestina dice que Israel es el único Estado del mundo que carece de fronteras definitivas. De hecho, nunca las ha aceptado oficialmente. Las continuas anexiones defensivas, traslados forzosos de población, prácticas de apartheid y asedio, convierten esa condición indefinida y móvil en una sofisticada y cruel arma de colonización permanente. Tanto es así que la defensa de la población israelí está intrínsicamente unida a la ocupación territorial y a la desposesión del enemigo palestino. Ahora que contemplamos el horrible ataque criminal de Israel contra la población civil en Gaza y contra sus infraestructuras habitacionales, Molavi nos recuerda que este no es un suceso aislado, sino el último episodio de varias décadas de ocupación colonial, apartheid y asedio militar que también opera a través del control del territorio, los límites fronterizos, medio natural: cultivos, bosques, agua, aire.

En esta larga guerra de situación, en la que la violencia fronteriza se mantiene de forma crónica y estructural, el par amigo/enemigo como fundamento de lo político, que enunciara Carl Schmitt -uno de los principales juristas e ideólogos del nacismo- se convierte en la negación continua de una paz duradera. Una negación que, fuera de cualquier equidistancia, se afirma en la superioridad aplastante del ejército israelí, con el apoyo internacional, y se reafirma cada día en las formas más inhumanas de odio (no está de más recordar que en una parte importante de la población árabe también late un profundo antijudaísmo. Esta antagónica predisposición histórica se manifiesta en continuas políticas de confrontación basadas en las tácticas de acción/reacción y en el odio mutuo. De hecho, la célebre consiga “desde el rio hasta el mar” implica el deseo de desaparición de Israel para construir un Estado palestino desde el rio Jordán hasta el Mediterráneo; es decir, un regreso al pasado mítico de la palestina histórica, o a la inversa porque Israel también pretende anexionarse Cisjordania y otros territorios colindantes para crear el Gran Israel de la ancestral Tierra Prometida bíblica. Dos concepciones románticas de nación que se niegan a sí mismas la condición de existencia política).

Todos los acuerdos, treguas, tratados o planes especiales de paz que se han firmado a lo largo de estas décadas han sido, por una razón u otra, desautorizados o desactivados. Probablemente esta última propuesta vuelva a ser una paz trampa que justifique el enésimo capítulo de avance fronterizo de Israel y, otra vez, la subyugación de Palestina. De hecho, en el acuerdo firmado no parece que se contemple con claridad cuáles serían los límites fronterizos, ni que derechos de autogobierno tendría la población de Gaza, que quedaría bajo una especie de protectorado de EE. UU. Es como si la historia nos devolviera una imagen de los tiempos coloniales, en la que Palestina sigue siendo una nación sin derechos, supeditada a los intereses de las grandes potencias de la diplomacia. La aclamada y casi unánime solución de los dos estados seguiría siendo una quimera inalcanzable.

¿DIOS HA MUERTO?  

A pesar de que los datos sobre asistencia a servicios religiosos u otras formas de identificación eclesial indican que la religiosidad social no ha aumentado en el mundo de manera significativa, paradójicamente, parece que, por la necesidad de encontrar respuestas a la incertidumbre en la que vivimos, la espiritualidad está cada vez más más presente en nuestras sociedades.

Sin ir más lejos, y tal vez como síntoma, en nuestro contexto cultural hemos asistido en los últimos meses a la entrega del Premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades al mediático filósofo Byung-Chul Han, cuyo último libro traducido al español es precisamente Sobre Dios. Pensar con Simone Weil, reconocida filósofa mística que ha servido también de inspiración para Lux, el último disco de la cantante Rosalía. A esta coincidencia se suma el estreno de Los domingos, la última película de la directora Alauda Ruiz de Azua, cuya trama principal se construye alrededor de una joven que quiere hacerse monja de clausura. Estos tres productos de la industria cultural parecen indicar que, aunque a finales del siglo XIX Nietzsche enunciara el célebre “Dios ha muerto”, su figura sigue muy presente, tanto en sus formas espirituales (personales) o religiosas (comunidades) como en las eclesiásticas y normativas (poder y doctrina) que, por cierto, no tienen que estar necesariamente vinculadas. Alguien puede tener intensas experiencias espirituales o religiosas y no pertenecer de forma explícita a ninguna iglesia o, por el contrario, ser miembro activo de alguna y no tener el más mínimo escrúpulo para ser un perverso genocida. Por citar a alguna en concreto, ahí tenemos a Netayahu o el mismísmo Trump que no paran de invocar a Dios para justifcar sus «buenas» acciones en nombre del bien.

Cuando, tanto en La gaya ciencia (Tecnos 2016) como en Así habló Zaratustra (Alinaza, 2011), Nietzsche escribió aquella célebre sentencia filosófica, por ser más precisos, no pretendía afirmar que alguna vez hubiera existido un ser divino y en ese momento de la historia había dejado de hacerlo, sino, más bien, quiso hacer una observación cultural sobre el desmoronamiento del sistema de valores y verdades en el que se había apoyado la sociedad europea durante siglos. Para este maestro de la sospecha, la Ilustración, con su confianza ciega en la razón y la ciencia, o la modernidad, con la secularización social, la exacerbación de la autonomía individual y el desarrollo del progreso tecnológico sin límites éticos, habrían socavado las bases religiosas de la cultura europea. Por tanto, la “muerte de dios” representaría sobre todo la crisis de sentido de los valores cristianos que nos habían llevado hasta ese momento histórico y, en consecuencia, esa pérdida habría derivado en formas nihilistas de habitar el mundo. Ante ese vacío, Nietzsche nos habló de la responsabilidad radical del ser humano singular, pero aceptando que vive en relación con la multiplicidad de otr+s, en un mundo compartido. 

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EL FIN DE LA PACIENCIA

Tras verificar que el reciente ciclo primavera-verano ha sido el más caluroso desde que se miden científica y sistemáticamente las temperaturas, o que la elevación térmica de las aguas del Mediterráneo es un hecho, o constatar que durante estos meses se han quemado con virulencia y voracidad más bosques en la península ibérica que en toda la historia documentada, cuesta creer que aún haya personas que nieguen el cambio climático. En relación con los incendios, al margen de las confrontaciones partidistas – en algunos casos grotescas- las palabras prevención, anticipación o coordinación institucional han sido las que más consenso han concitado entre las mentes más preclaras de la política y las voces de profesionales y científicos. Es evidente que trabajar sobre las causas de los incendios u otros fenómenos derivados de las alteraciones del clima es mucho más importante que actuar sobre las consecuencias. De hecho, hay cierta unanimidad académica sobre el tiempo perdido y el retraso en la aplicación de las medidas necesarias para desacelerar el cambio climático.

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VINDICACIÓN DE LA VIDA HOLGADA

En el recién publicado El derecho a las cosas bellas. Vindicación de la vida holgada (Ariel, 2025) Juan Evaristo Valls Boix escribe que la pereza es ese amor de verano que nos arranca de la obsesión por el trabajo y nos devuelve la más bella de las libertades, la de no hacer nada.Sin embargo –añade-, paradójicamente, una pasión extraña recorre nuestro cuerpo, la pasión por el trabajo. Unos la aclaman como una virtud, otros encuentran en ella la clave para una vida feliz y plena y algunos nos cuentan que es la receta para salir de todas las crisis, el antídoto para cualquier mal de nuestro tiempo.

Entre otros textos que, de alguna manera, tratan sobre lo que, según el índice del libro, el autor llama derechos perezosos o zanguangos (pereza, huelga, jubilación, ciudad y literatura) Valls relee el célebre El derecho a la pereza. Refutación del derecho al trabajo en el que Paul Lafargue enmendó la plana al no menos citado El capital: crítica de la economía política de su suegro Carlos Marx. Aunque este último dijo que “el reino de la libertad solo empieza allí donde cesa el trabajo impuesto por la necesidad”, se sabe que Marx no dejó nunca de creer que el hombre solo se podía liberar mediante el trabajo. En ese sentido, Valls señala que, si leyésemos con atención la famosa cita, observaríamos que contiene una trampa: “lo que Marx propone no es tanto la liberación del trabajo, sino la liberación para el trabajo”. Al describir el trabajo como una actividad trascendental y natural Marx retoma el pensamiento humanista, cuyo sueño idealista es continuar creciendo y superándonos sin fin. Marx y Hegel llamaron “trabajo” a esta relación jerárquica de dominio y asimilación. En su obra capital, Marx diseñó una ontología ahistórica donde ser equivale a trabajar, y esta operación -dice Valls- es aniquiladora de todo lo no-humano. Hegel y Marx coincidían en que el trabajo es el proceso por el cual el hombre se produce a sí mismo en cuanto hombre: ente autónomo, aislado y completamente separado de todos los otros seres. El sujeto se levanta, se yergue como Hombre, oprimiendo todo lo que no es sujeto: la ergontología, donde ser es trabajar y ser trabajado, constituye la primera definición de nuestra condición vertical. En cierto modo -dice Valls- el mismo espejismo que persigue el capitalismo, el sistema económico y político que gobierna nuestras vidas a través del trabajo ya sea como disciplina, como formas de deseo que concluye en consumo, como excitación social o como agotamiento personal. Uno de los modos en que el fascismo sigue vivo en las democracias de todo el mundo -añade el autor- es a través de la cultura del trabajo y su insidiosa metafísica capitalista, donde solo merecen vivir los que trabajan, donde la dignidad se mide como rendimiento.  

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KOLDOBIKA JAUREGI, UNA SINGULARIDAD BARROCA

Este texto está escrito a partir de las notas utilizadas en la conferencia sobre Koldobika Jauregi que impartí el pasado mes de junio, durante un curso de verano de la EHU, Universidad del País Vasco, celebrado en el Palacio Miramar de Donostia-San Sebastián un año después del fallecimiento del artista de Alkiza. Las jornadas de homenaje fueron organizadas por Antonio Casado, investigador y profesor de filosofía en esa misma universidad, y Elena Cajaraville, creedora interdisciplinar, durante muchos años compañera de Koldo y madre de su hija común, Gerezi.

En mi intervención me centré, sobre todo, en el tiempo que nuestras vidas -la de Koldo, la mía y otras amistades- se cruzaron con mayor intensidad, en todos los sentidos. Época que también coincide con el momento en que se realizaron los murales de los techos de la Plaza Euskal Herria de Tolosa que, sobre todo, gracias al empeño de Iñaki Epelde, se comenzaron a gestar precisamente el último año que estuve como director de Cultura en el ayuntamiento de Tolosa y se inauguraron en 1988. También me referí a las que pocos años después, en 1991, se presentaron en la antigua iglesia de San Agustín de Azpeitia, con ocasión de la exposición Meditaciones barrocas donde Jauregi coincidió con el artista Jesús Mari Cormán (las fotografías de estos dos momentos fueron realizadas por Iñigo Royo) y también un conjunto de litografías que un año después realizó con Don Herbert durante varias estancias en Arteleku. 

De izq a dcha: Iñigo Royo, José Luis Longarón, José María Hernández, Koldobika Jauregi, Iñaki Epelde y Santiago Eraso (1987-88).

Para no caer en la tentación hagiográfica y autobiográfica, la conferencia se centró en algunas reflexiones sobre ciertas maneras de hacer estéticas con las KJ planteaba su trabajo artístico. Me refiero a lo que en el título de mi conferencia denominé “la singularidad barroca” que se manifiesta en su plena expresividad en las obras de esos años.

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