Los hechos siempre ocurren en contextos históricos determinados; por tanto, cualquier analogía que pudiéramos hacer con acontecimientos del presente debería tener en cuenta esa condición anacrónica, como la facultad para hablar a dos tiempos a la vez, una a cualquier tiempo pasado y otra tendiendo al presente, más allá de las condiciones culturales en las que se fabricó o produjo. Parafraseando a Walter Benjamin en su Tesis sobre la filosofía de la historia, para comprender el presente y atisbar el mundo por venir, es necesario mirar siempre hacia atrás. Hay que intentar redimir los testimonios de todos los derrotados injustamente por la historia – venía a decir- y, por tanto, regresar y adentrarse en sus sombras para interpretarla a contrapelo. También, Wendy Brown en su La política fuera de la historia nos recuerda que la historia no avanza de una manera progresiva, sino que más bien es un registro retrospectivo de conflictos que pueda dar como resultado la posibilidad de reactivar en sus intersticios nuevos dispositivos críticos, que ella denomina “emergencias”. En el mismo sentido se podría nombrar al historiador y teórico de la historia Reinhart Koselleck, cuando afirma que las relaciones entre historia y verdad tan solo se pueden abordar si se acepta la compleja relación entre presente, pasado y futuro, y si en esa relación espacio temporal vemos estallar diacrónicamente nuevos conflictos.
Sin duda El oficial y el espía, la última película de Roman Polanski, es un buen ejemplo de ese tipo de reconstrucción histórica. Su titulo original J’accuse (Yo acuso) hace referencia al famoso alegato escrito por Emile Zola y publicado en enero de 1898 por el diario L´Aurore en defensa del capitán francés Alfred Dreyfus (un joven oficial judío, acusado falsamente de traición en vísperas de la Primera Guerra Mundial por espiar para Alemania, condenado a cadena perpetua, pero exonerado unos años después).

A través de los dilemas que el coronel George Picquar padeció para desvelar los auténticos entresijos y manipulaciones del caso, la película nos presenta una consistente reflexión sobre nuestra dignidad como ciudadanos y la relación ética que establecemos con la verdad o la mentira; sobre nuestra disposición activa o pasiva respecto a las racionalidades e irracionalidades políticas que nos gobiernan (el poder legislativo, el ejecutivo y el judicial y, en este caso concreto, también los medios de comunicación, conocidos popularmente como cuarto poder); sobre las herramientas críticas de las que podemos dotarnos para revelarnos contra el orden moral dominante que predetermina nuestro comportamiento –a veces debemos enfrentarnos a nuestros propios prejuicios-o contra las formas más injustas y despóticas del poder, cada día más difíciles de descubrir y denunciar. Seguir leyendo «ÉTICA Y VERDAD»