LA ESCUELA COMO UTOPÍA

Ha comenzado uno nuevo curso escolar y vuelven las buenas palabras sobre la importancia de la educación en nuestra vidas y sobre su misión salvífica. Desde los albores del movimiento ilustrado existe un discurso humanista que ha pensado la escuela -fundamentalmente la pública de tradición republicana- como el mejor lugar para empezar a  construir las utopías del futuro. Lo mismo ocurre cuando se ensalza la cultura como elemento de transformación social.

Sin embargo, a pesar de toda la buena voluntad que encierran esos deseos, tanto la educación como la cultura son también reflejo de las condiciones políticas, económicas y sociales que la realidad impone en nuestras vidas y, como dice Marina Garcés en Escuela de aprendices (Galaxia Gutenberg, 2020) nos muestran los conflictos, deseos, límites y posibilidades de cada tiempo histórico.

Esas tensiones son, por lo menos, tan antiguas como el espíritu renovador de Francisco Giner de los Ríos (“transformad esas antiguas escuelas”, decía) fundador de la pionera Institución Libre de Enseñanza, creada en 1876, bajo la influencia del ensayista y editor Karl Kraus, o la otra cara de la moneda, cuando el dictador Franco  prohibió cualquier tentativa de modernidad convirtiendo dicha institución en una de sus bestias negras, porque aquellas enseñanzas -según sus propias palabras- tan solo perseguían: “arrancar del corazón de muchos maestros todo sentimiento de piedad cristiana y de amor a la gran patria española”. También se podría citar a Francisco Ferrer y Guardia, fundador de la Escuela Moderna de Barcelona, muy influencia por las idas anarquistas, que fue fusilado en 1909 durante el gobierno conservador de Antonio Maura, acusado de utilizar el derecho a la instrucción para incitar al levantamiento popular.

En fin, una larga lista de maestros y maestras, que fueron fusilados, marginados en sus funciones, como Rosa Sensat, o profesoras universitarias condenadas al exilio, como María Zambrano, por citar algunas más conocidas que defendieron una enseñanza laica, es decir respetuosa con todas las creencias, pública y gratuita, inclusiva y defensora de la libertad de eneseñanza. Las guerra por el control del poder y la propiedad, también ha tenido siempre su correlato en el sistema educativo como medio para imponer una determinada concepción moral de la vida. Dios, familia, orden moral, nación y libre empresa es un mantra que desde siempre han enarbolado las fuerzas reaccionarias y que, de forma muy peligrosa, ahora mismo está en boca de muchos dirigentes de extrema derecha y se extiende por gran parte del mundo, con un preocupante aumento de apoyo popular (el resurgir del cristianismo fundamentalista, coindice también con el del islamismo más extremista; no podemos olvidar que todo regimen totalitario, sea del signo que sea, trata de convertir el sistema escolar en un ámbito de adoctrinamiento).    

Estas confrontaciones ideológicas, en apariencia culturales, son las mismas que el conjunto de la sociedad tiene cuando se estructuran el resto de las instituciones públicas y privadas, que son, a su vez, reflejo de los diferentes intereses económicos que las organizan. De hecho, para Friedrich Hayek, uno de los padres del neoliberalismo y, probablemente, mentor principal de las actuales fuerzas conservadoras, los mercados y la moral están entrelazados en una ontología común, trasmitida por la tradición que, codificada casi siempre por la religión (él se refiere evidentemente a la cristiana), produce a la vez orden y desarrollo.  

En ese sentido, la profesora Garcés plantea que lo que hoy está en juego, más que nunca, es quién puede forjar las capacidades que decidirán el futuro de nuestras sociedades. Además, nos alerta de que, mientras los movimientos sociales y las clases populares parece que pierden protagonismo en la lucha por una educación capaz de abrir perspectivas de justicia social y miradas críticas, las fuerzas más influenciadas por el ideario neoliberal y neoconservadoras, desde ideologías y valores totalmente distintos, coinciden en el asalto a la educación pública y sus compromisos sociales.

De hecho, desde hace unas décadas, las entidades bancarias y los grandes grupos de comunicación son los que más esfuerzo están realizando para tratar de imponer en los planes de estudio sus pedagogías del emprendimiento, los discursos educativos individualistas, las dinámicas competitivas y la retórica de la innovación, donde muchas veces se ocultan intereses económicos de los grandes grupos empresariales tecnológicos y de los que persiguen la liberalización y privatización del sector. No hace mucho, el profesor José Antonio Marina, nada sospechoso de izquierdismo, señalaba que hoy en día la investigación formativa de vanguardia la están haciendo las grandes empresas informáticas, lo cual es catastrófico –subrayaba- (no se trata de poner en duda la importancia de facilitar el acceso a las nuevas herramientas digitales de aprendizaje, sino de estar alerta ante las operaciones de neutralización de sus potencias pedagógicas).

Así pues, aunque pensemos que la educación es un derecho y una vía para la emancipación, no podemos perder de vista que también es un gran negocio y, en otro sentido, también puede ser un gran nicho de adoctrinamiento reaccionario y una herramienta de segregación para perpetuar las condiciones de opresión y las diferencias de clase. De hecho, la fase más extrema de la pandemia puso a prueba a todo el sistema educativo, que de nuevo, con el esfuerzo personal de los profesionales (continúan siendo mal retribuidos y con la autoridad cada vez más limitada) y la capacidad de adaptación de las estudiantes, mostró su capacidad para enfrentarse a las peores situaciones, pero al mismo tiempo desveló las fisuras por donde se cuelan las desigualdades. Parafraseando Cultura y sociedad (Nueva Visión 2001) de Raymond Williams, podría decirse que esa cultura dominante es el modo en el que, para quienes proceden de una familia trabajadora, la desigualdad se hace patente también en los procesos educativos y no, como propone el reconocido crítico cultural, una educación y cultura capaces de reconstruir la experiencia social verdaderamente inclusiva y democrática que pueda dar respuesta a la división y fragmentación impuestas por la sociedad industrial y sus estructuras de producción y comunicación.

Cuando la igualdad política está ausente por privilegios, disparidades sociales y económicas extremas o por una acceso desigual al conocimiento o a las tecnologías el poder será ejercido por y para una parte más que por el todo, nos recuerda también Wendy Brown en su reciente En las ruinas de neoliberalismo. El ascenso de las políticas antidemocráticas en Occidente (Traficantes de Sueños 2021). Para esta destacada militante contra la privatización de la universidad de EE.UU. la educación y la salud públicas de calidad y la justa redistribución de la riqueza, son fundamentales para evitar que tomen el control del poder político los que más la acumulan y concentran. La justicia social –añade- es el antídoto contra las estratificaciones, las exclusiones, las abyecciones y las desigualdades.

Precisamente este año se celebra el centenario del nacimiento de Paulo Freire, uno de los grandes pedagogos contemporáneos, para quien la función principal de la educación era,  como lo describe en su célebre Pedagogía del oprimido (Siglo XXI 1979) poner al descubierto todas las opresiones contra los condenados de la tierra- clara mención a Frantz Fanon– las tramas privadas interesadas en segregar a la población entre pobres y privilegiados, y las estructuras económicas de poder que permanecen veladas por la cultura hegemónica. Una de sus seguidoras más fieles, bell hooks (Gloria Jean Watkins) en su recién traducido Enseñar a transgredir. La educación como práctica de la libertad (Caiptán Swing 2021) cuenta que, siendo una de la primeras mujeres procedentes del sur negro y campesino que, en su caso, además comenzaba a cuestionar las políticas de dominación, el impacto del racismo, el sexismo, la explotación de clase y la historia colonial de EE.UU, cuando llegó a la Universidad, el pensamiento de su maestro brasileño la hizo pensar a fondo en la necesidad de construir identidades de resistencia. La autora, insiste en que le influenció tanto como el hincapié que hicieron las personas negras en el valor de la educación como herramienta necesaria para la liberación, durante los años más sombríos de esclavitud.  Es decir, para ella la educación debería permitir a todo el mundo, sin exclusión, situarse en ese momento en el que las personas empiezan a pensar críticamente sobre sí mismas y en su relación con sus circunstancias políticas, sociales y económicas.

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