El texto que sigue a esta breve introducción aclaratoria lo escribí unos días antes del día de Navidad del año 2025. Se publicó en el Diario Vasco, ayer sábado, una vez comenzado el nuevo año que nos ha traído como primera gran noticia internacional el bombardeo de Caracas por parte del ejército de los EE. UU y el posterior secuestro del presidente de Venezuela, Nicolás Maduro y su esposa Cilia Flores. Mi apunte sobre el “pacifismo” militarista e imperialista” del gobierno de Donald Trump tras la firma del Plan de Paz para Gaza adquiere hoy, si cabe, una significación mucho mayor.
Aunque las condiciones de vida en Gaza siguen siendo infernales y el desarrollo del llamado acuerdo de paz firmado en octubre continúa siendo una incógnita se ha producido, por arte de birlibirloque, un preocupante apagón informativo sobre la dramática situación de la zona. Así que una de las primeras consecuencias del pacifismo militarista e imperialista de Trump, con la aquiescencia de la Unión Europea y gran parte de la diplomacia internacional, ha sido que las noticias sobre Palestina han desparecido de los medios de comunicación. Los especialistas lo denominan “fatiga informativa”, una especie de agotamiento emocional que, en realidad, oculta el mayor éxito de la tregua hasta ahora: dejar de señalar el conflicto y sus aspectos más dramáticos para que el ejército de Israel tenga carta blanca en la política de control sobre la población palestina y el gobierno sionista continue su política de expansión.

Miles de soldados se han instalado en lo que se conoce como zona amarilla, una especie de nueva frontera móvil que ocupa más del cincuenta por ciento de Gaza y que, eufemísticamente, denominan zona de amortiguamiento. Según el acuerdo de paz, ese territorio sirve como muro de contención desde donde Israel mantiene su estrategia defensiva y, si fuera necesario, ataque a las poblaciones palestinas limítrofes. Es decir, la frontera como mejor arma de guerra.
Todo ese territorio histórico conocido en su conjunto como Palestina, formó parte del Imperio Otomano hasta que, tras la Primera Guerra Mundial, quedó bajo la autoridad colonial inglesa (1922-1948). Allí convivía una mayoría árabe y musulmana con minorías cristianas y judías. Aunque entonces no fuera una nación, ni un Estado en el sentido moderno, Palestina tenía entidad geográfica e identidad social y cultural heterogénea, pero muchas veces con intereses contrapuestos. Durante el mandato británico, el proyecto de creación del estado de Israel, a la vez que se consolidaba políticamente, fue trasformando poco a poco aquella realidad territorial, mediante la creación de nuevos asentamientos para inmigrantes judíos que llegaban en oleadas cada vez más numerosas, la compra de tierras a la población árabe y, sobre todo, el apoyo de la diplomacia internacional occidental con intereses coloniales que, desde entonces, se convirtió en el mejor garante del sionismo.
Tras su reconocimiento por ONU en 1947 y posterior instauración oficial del Estado de Israel, con la oposición social y militar de los países árabes, aquellas primeras políticas de desarrollo territorial y crecimiento de la población judía, escudándose en la defensa de las fronteras y la amenaza árabe, pasaron a ser directamente colonización planificada, ocupación militar, expansión ilegal, segregación social, económica y espacial, destrucción, persecución, expulsión y, si fuera necesario, exterminio de la población palestina. Es decir, una desposesión estructural deshumanizada.
En Guerra medioambiental en Gaza. Violencia colonial y nuevos paisajes de resistencia (Ed. Corriente Cálida, 2025) Shourideh C. Molavi de la Universidad de Columbia e investigadora principal de Forensic Architecture en Palestina dice que Israel es el único Estado del mundo que carece de fronteras definitivas. De hecho, nunca las ha aceptado oficialmente. Las continuas anexiones defensivas, traslados forzosos de población, prácticas de apartheid y asedio, convierten esa condición indefinida y móvil en una sofisticada y cruel arma de colonización permanente. Tanto es así que la defensa de la población israelí está intrínsicamente unida a la ocupación territorial y a la desposesión del enemigo palestino. Ahora que contemplamos el horrible ataque criminal de Israel contra la población civil en Gaza y contra sus infraestructuras habitacionales, Molavi nos recuerda que este no es un suceso aislado, sino el último episodio de varias décadas de ocupación colonial, apartheid y asedio militar que también opera a través del control del territorio, los límites fronterizos, medio natural: cultivos, bosques, agua, aire.


En esta larga guerra de situación, en la que la violencia fronteriza se mantiene de forma crónica y estructural, el par amigo/enemigo como fundamento de lo político, que enunciara Carl Schmitt -uno de los principales juristas e ideólogos del nacismo- se convierte en la negación continua de una paz duradera. Una negación que, fuera de cualquier equidistancia, se afirma en la superioridad aplastante del ejército israelí, con el apoyo internacional, y se reafirma cada día en las formas más inhumanas de odio (no está de más recordar que en una parte importante de la población árabe también late un profundo antijudaísmo. Esta antagónica predisposición histórica se manifiesta en continuas políticas de confrontación basadas en las tácticas de acción/reacción y en el odio mutuo. De hecho, la célebre consiga “desde el rio hasta el mar” implica el deseo de desaparición de Israel para construir un Estado palestino desde el rio Jordán hasta el Mediterráneo; es decir, un regreso al pasado mítico de la palestina histórica, o a la inversa porque Israel también pretende anexionarse Cisjordania y otros territorios colindantes para crear el Gran Israel de la ancestral Tierra Prometida bíblica. Dos concepciones románticas de nación que se niegan a sí mismas la condición de existencia política).
Todos los acuerdos, treguas, tratados o planes especiales de paz que se han firmado a lo largo de estas décadas han sido, por una razón u otra, desautorizados o desactivados. Probablemente esta última propuesta vuelva a ser una paz trampa que justifique el enésimo capítulo de avance fronterizo de Israel y, otra vez, la subyugación de Palestina. De hecho, en el acuerdo firmado no parece que se contemple con claridad cuáles serían los límites fronterizos, ni que derechos de autogobierno tendría la población de Gaza, que quedaría bajo una especie de protectorado de EE. UU. Es como si la historia nos devolviera una imagen de los tiempos coloniales, en la que Palestina sigue siendo una nación sin derechos, supeditada a los intereses de las grandes potencias de la diplomacia. La aclamada y casi unánime solución de los dos estados seguiría siendo una quimera inalcanzable.
En mi caso, lo que más me asombra, y a la vez me duele, es comprobar que esto siga ocurriendo en el mundo una y otra vez, en tantos lugares y de tantas maneras, con una frecuencia que cuesta asumir.
Al mismo tiempo, no puedo dejar de pensar en lo difícil que resulta actuar de forma real en lo global, más allá de la conciencia o la denuncia. Por ello, para mí, cobra tanto valor la condición local, el lugar que habitamos, donde existen muchísimas oportunidades, cada día y en cada momento, para no reproducir aquí las mismas lógicas que sostienen estas tragedias.
Si pensar en Gaza es necesario, también lo es cuidar lo cercano y lo cotidiano como espacio real y no menor, desde el que mejorar el mundo, sostener la humanidad y no mirar hacia otro lado.
Un Abrazo