SOBRE EL BIEN Y EL MAL, DIOS Y EL DEMONIO

En estos tiempos de incertidumbre -cuáles no lo son me pregunto a menudo- se habla mucho del regreso de Dios, como esa figura bondadosa que nos traerá la paz o, al menos, cierto sosiego individual, pero se menciona muy poco su demonio, su maligna contraposición simbólica.

En referencia al asedio de Sarajevo ocurrido en año 1994, durante la guerra de Yugoslavia, en una célebre conferencia titulada “Los dioses que han caído. Algunas preguntas sobre el problema del mal” publicada en El elogio de la templanza (Temas de hoy, 1997) Norberto Bobbio se preguntaba por qué Dios no solo había callado ante aquellos hechos, sino que además había consentido la masacre. El pasado mes de febrero de 2026 se cumplieron treinta años de aquel cerco inhumano. Unos años antes, nadie hubiese pensado que Yugoslavia se desmembraría en aquella confrontación fratricida. Hoy, los graves acontecimientos que nos atravesaron desde el centro de Europa parecen olvidados, pero la verdad es que no están tan lejos en el tiempo. Ahí están las operaciones expansionistas de Rusia para recordárnoslo.

Si Bobbio viviera, hoy seguramente se hubiera hecho la misma pregunta sobre la destrucción de Gaza o el asedio de Cisjordania y Líbano.  Otra guerra sobre el control del territorio y la supremacía racial, donde la violencia, en sus formas más perversas, es continuamente mostrada al mundo con orgullo sanguinario por los perpetradores israelíes. Rita Segato los llamaría narcisos perversos, porque mediante el “goce de adquisición”, “dueñidad” o “señorío” -como los nombra en La guerra contra las mujeres (Traficantes de sueños, 2016)- ejercen y muestran el poder sobre las tierras ocupadas, los cuerpos maltratados, las cosas poseídas y, especialmente las mujeres y niñes asesinadas, con el objetivo de exhibir hasta qué extremos impensables puede llegar su odio. Porque esa ostentación, en el fondo, es para que el resto del mundo compruebe lo que son capaces de hacer y para mostrar como ejercen el poder sin vergüenza, ni compasión. Al fin y al cabo, la representación de la crueldad también forma parte de la estrategia militar.

En aquella disertación sobre Sarajevo, el politólogo y filosofo italiano distinguió entre el “mal activo” y el “mal pasivo”, el que se hace y el que se sufre. El primero estaría representado por Caín, un feroz asesino; y el segundo por Job, un hombre recto y paciente capaz de soportar cualquier calamidad. Aunque sabemos que esa dicotomía era una ilustración literaria, el asunto no es tan simple, porque ambas figuras representan arquetipos extremos de la condición humana, cuya complejidad moral es imposible reducir a una simple división entre buenos y malos.

Sabemos que cualquier persona es capaz de infligir el mal y ejercer el bien, de hacer sufrir o de padecer. Esta es una cuestión que filosóficamente nunca se ha resuelto. Sigue siendo un dilema ontológico que queda siempre en suspenso. De hecho, para Hobbes en su Leviatán el bien y el mal no son cualidades objetivas y, si no fuera por la autoridad del estado soberano -subraya-, serían considerados meros nombres que emplearíamos según nuestros deseos y aversiones personales. Del mismo modo, para Spinoza en Las cartas del mal (Caja negra, 2006) representan tan solo puntos de vista relativos, por los que cada uno llama bueno o malo a cuanto cree que puede convenir o perjudicar a su propia conservación. Aunque Spinoza también añade en esas epístolas sobre la naturaleza del mal y el libre albedrío que tenemos capacidad de actuar según “criterios objetivos” basados en conocimientos adecuados de lo que realmente nos perfecciona como seres humanos. De ahí, por ejemplo, se podría derivar la legitimidad de autoconservación que tendría la defensa propia o la encaminada a la protección frente a las violencias estructurales, como genocidios u ocupaciones coloniales. Es el mismo caso que la violencia estatal democrática, cuyo ejercicio debería estar siempre regido por un estricto control del uso de la fuerza. 

A pesar de esa dificultad ontológica, en los límites difusos entre el bien y el mal, es evidente que media una gran distancia moral entre las acciones de los soldados que disparan y el dolor de las mujeres, hombres y niñes que huyen en Gaza o ahora en el Líbano o Irán, entre verdugos o violadores y víctimas en Sudán; por supuesto, entre activistas pacíficos y policías represores, como los del ICE, al servicio de las políticas antinmigración de Trump. Un presidente de gobierno de un país, dicen, adalid de la democracia que es capaz de declarar con su proverbial arrogancia que además podría arruinar el comercio de cualquier país, incluso destruir una civilización entera, como la persa.  “Puedo hacerles lo que quiera” dijo literalmente. Esa delirio implicaría incluso atracarles con la bomba atómica, dejando en vilo a toda la humanidad.

Tanto es así que la amenaza de su soberbia política es el mayor peligro para el frágil equilibrio geopolítico mundial. Parafraseando el artículo de Simone Weil “No empecemos otra vez la guerra de Troya”(1937) que escribió tras su paso por la Guerra Civil española preocupada por el miedo a una guerra mundial, enfrentar esa “virilidad” -Segato diría “mandato de virilidad”- infectada por la ebriedad de violencia y la adoración de la fuerza, implica desplazar la perspectiva de los que actúan la guerra a los que la sufren, lo cual exige una sensibilidad política radicalmente empática hacia cualquier sangre derramada.

A pesar de esa manifiesta “maldad” trumpista que muchos más lideres enarbolan con orgullo o rien hipócritamente, la cuestión del bien y el mal es tan enrevesada que el mismo Donald Trump encarnaría para muchas personas al mismo demonio, a la vez que para otras tantas sería un ángel enviado por Dios. Hace unos días algunos comandantes del ejército estadounidense arengaban a sus soldados arguyendo que la guerra contra Irán era parte de un plan divino. También, Peter Thiel, uno de los grandes ideólogos de la extrema derecha global, fua hace unas semanas precisamente a Roma, la ciudad santa, para advertir que pronto se produciría el advenimiento de un anticristo, “woke”, ecologista y pacifista, dispuesto a imponer un nuevo orden mundial en nombre del bien común. Así, según él, el peligro no sería el mal evidente, sino el bien convertido en una especie de maléfica ideología comunista que pretendería el control total de nuestras vidas. Hace unos días, Paula White, consejera espiritual de Trump, fundadora de New Destiny Christian Center, telepredicadora evangelista multimillonaria, lo comparó con Cristo.

Más allá de la ambivalencia en la que el bien y el mal conjugan la complejidad del ser humano, sabemos que existen personas dispuestas a cualquier cosa con tal de conseguir sus metas, sin el menor atisbo de ética, incluso, al contrario, ejerciendo su maldad sin tener el más mínimo prejuicio moral. Generalmente son narcisistas, con personalidad maquiavélica, calculadores, manipuladores o mentirosos y, en muchos casos, con tendencias psicopáticas, sin sentido de culpa ni remordimiento por las acciones que están dispuestos a llevar a cabo para conseguir sus objetivos. Así, un fin como el exterminio de los judíos o los palestinos podría justificar cualquier medio. En este sentido, para algunos, el mismo Netanyahu, Primer Ministro de Israel, representaría la encarnación del mal, del mismo modo que para otros emplea la retórica religiosa del bien con el fin de justificar sus acciones militares.

En la laureada película Una batalla tras otra (2025) de Paul Thomas Anderson, esa figura “maligna” estaría representada por el coronel Lockjaw -interpretado magistralmente por el actor Sean Penn-, un militar de alto rango que lidera la persecución contra los insurrectos, defensores de migrantes. En la realidad, también podría ser el comandante Greg Bovino que fue el principal responsable de la represión y captura de migrantes en Minneapolis.

La utilización de la fuerza policial o militar indiscriminada y absoluta es una de las formas más terroríficas de poder. Causar el máximo dolor o el mayor escarmiento sería el objetivo más demoníaco. Lockjaw, con sus acciones, persigue un doble objetivo. Por un lado, como depredador sexual, dominar y poseer a su oponente, Perfidia Beverly Hills, miembra destacada de un grupo revolucionario por la que se obsesiona, interpretada por Teyana Taylor; y por otro, como militar sin escrúpulos, formar parte del núcleo principal de la organización “El club de los aventureros de la Navidad”, una poderosa sociedad secreta integrada por hombres blancos cristianos que defienden la pureza racial, el mantenimiento de una estructura de poder jerarquizada y la erradicación de cualquier tipo de disidencia política. Para Rita Segato, ese club sería una de las muchas “fratías”, alianzas o cofradías entre varones que se reconocen como pares en una estructura de poder. Esa misma lógica se reproduce también muy a menudo en círculos policiales, militares, judiciales, políticos o empresariales.

A esa forma de ejercer el poder, Hannah Arendt, en Los orígenes del totalitarismo (Alianza , 2006) lo denomina “mal radical”, porque ataca a la raíz del ser humano, eliminando su condición política. Es decir, impide la posibilidad de vivir entre otros en igualdad de condiciones. Del mismo modo que la filósofa aludía entonces a los judíos, ahora podría referirse a todas las personas que ven reducida su condición humana a mera población superflua, susceptible de ser privada de un lugar en el mundo o de impedirles cualquier arraigo. No solo se les despoja de identidad, sino que se les anulan todos los espacios en los que hacer valer sus opiniones y donde dar relevancia a sus acciones políticas y vida social. Se procede así a la total y radical deshumanización y desposesión de personalidad jurídica para poderlos expulsar o encerrar en zonas de excepción, campos de concentración o cárceles. Esa forma de maldad se extiende peligrosamente por el mundo, como un modo de gobernanza que empieza a ser “normalizado” y “naturalizado”.

No obstante, aunque la violencia activa y la pasiva están siempre presente en nuestras vidas, también hemos aceptado que – sin menoscabo de que todo idealismo universal está siempre determinado por las relaciones de poder en cada contexto- para coexistir en un mundo común debemos respetar determinadas reglas de convivencia, llámense “derechos humanos”, “constitución”, “estado de derecho”, “leyes”, “contrato social”, “buen vivir”, “ubuntu”, “dharma” o “justicia comunitaria”.

En este sentido, el antídoto contra el mal no sería tanto una posición moral sobre la verdad y el bien, como entelequias idealistas, sino la urgente reconstrucción del sentido común en el espacio público, para que la pluralidad conviva con los antagonismos, tal como la propia Arendt enunciara en La condición humana. ¿Qué significa actuar responsablemente cuando el mundo arde?, se preguntaba también Simone de Beauvoir en La sangre de los otros (Seix Barral 1945) que se oponía al idealismo moral contrario a la violencia en nombre de principios absolutos, pero impotente frente al mal, al igual que se enfrentó al realismo político que acepta la violencia política como fin en sí mismo y necesidad histórica, sin someterle a ningún juicio ético.

Lamentablemente, ya no son aquellos tiempos en los que la promesa de la felicidad venía de la mano del estado del bienestar, pero sin modificar las relaciones de poder económico. Ahí está Europa, indecisa y acobardada, intentando salirse por la tangente o tratando de encontrar el camino del medio – ni contigo, ni sin ti – sin saber bien cuáles son los valores que pretendemos defender. En un mundo donde el mal está en pleno apogeo, ya no sirven la retórica de la paz, sin compromisos reales con las víctimas, o los discursos del bien común, sin justa redistribución de los recursos necesarios para la vida (ahí tenemos a VOX, la extrema derecha española “utilizando” el concepto de sentido común y, al mismo tiempo, proponiendo una política en beneficio de unos pocos). Ahora, como dice Emmanuel Rodríguez en El fin de nuestro mundo (Traficantes de sueños, 2025) actuar no significa perpetuar el espejismo de la democracia liberal y el progreso, cuyos relatos han sido desprovistos de su capacidad transformadora porque parece que ya solo sirven a los pocos que administran el mundo; significaría organizar otros tipos de alianzas y sindicación de los dominados y los explotados, tanto en términos de autodefensa contra el terror y el poder de los pocos, como en los modos de hacer socialista que podamos prefigurar para un futuro distinto, capaz de alumbrar otras formas más democráticas de organización social.

En cierto modo, volviendo a Segato, tendríamos que recuperar el proyecto histórico de los vínculos, el “gozar con el otro” y no “el deseo y la posesión del otro”, construir una sociedad no basada en la acumulación, sino en la relación, en las prácticas del cuidado mutuo, como formas de vida cooperativas interdependientes.     

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