En la actualidad, el cambio climático es uno de los campos de discusión política y social donde más se evidencia la paradójica relación entre información veraz y manipulación informativa. La guerra cultural que a diario presenciamos en torno a la confirmación de los hechos y su tergiversación intencionada está dividiendo al mundo entre convencidos y descreídos. Estos últimos aumentan a la par que crece la confianza electoral en las propuestas más negacionistas de las derechas extremas nacionalistas. Enarbolando el derecho a la soberanía territorial – en nada semejante a la alimentaria- ya han rechazo públicamente todos los pactos internacionales que hasta el momento se han firmado sobre acuerdos climáticos y transición energética. Además, argumentan que las organizaciones gubernamentales y sociales que los apoyan defienden intereses globalistas del ecologismo radical, a cuyos activistas consideran dogmáticos o fanáticos del clima y estafadores verdes.
Hace unas semanas, en una conferencia celebrada en Barcelona, James Painter, investigador asociado al Instituto Reuters y profesor de la Escuela de Geografía de la Universidad de Oxford, afirmó que ese negacionismo se construye sobre dos argumentaciones igualmente peligrosas. Por un lado, dicen que el cambio climático “no está pasando,” “no es culpa de los humanos” y “no es malo”; por otro, que “las soluciones no funcionan o no son de fiar y tampoco se puede confiar en la ciencia”.
Esta tensión se produce en un momento de la historia en el que las redes de información y comunicación han multiplicado de manera exponencial nuestros mecanismos de acceso al conocimiento global. La posibilidad de contrastar datos es tan grande que, si se pone un poco de empeño en verificarlos, resulta bastante fácil obtener información fidedigna y, por tanto, no dejarse engañar. Tenemos a nuestro alcance suficientes referencias para construir verdades científicas y, de ese modo, asegurarnos por nosotros mismos algunas certezas sobre la evolución del clima en el mundo.
Si cotejamos la información con fuentes profesionales mínimamente responsables, es indudable que existe consenso científico para afirmar que, debido al exceso de emisión de dióxido de carbono por la quema de combustible fósiles, la temperatura media de la superficie terrestre ha aumentado más de un grado y casi medio en océanos y mares, con picos más altos en zonas especialmente sensibles como el mar Mediterráneo. Estos días hemos comprobado que ha llegado a los veintinueve grados en algunos lugares de la costa. También se constatan subidas variables del nivel global de los mares; retroceso de glaciares y pérdidas de hielo en altas montañas; mayor frecuencia e intensidad de olas de calor, como las que, una vez más, estamos sufriendo este verano, con el consiguiente aumento de incendios forestales; así como cambios en los ecosistemas naturales y en la biodiversidad animal y vegetal. Del mismo modo- aunque este tema es más controvertido- en el debate climático existe también cierto acuerdo según el cual la humanidad tendría que asumir un marco de autolimitación y renuncia. Esta cuestión es mucho más complicada de gestionar políticamente porque gran parte de la población más desfavorecida comprueba como las clases altas escapan sin consecuencias a cualquier tipo de restricción.
Gracias al esfuerzo de millones de personas, tanto especialistas como activistas, que han puesto el cuerpo en todo tipo de movilizaciones –algunas incluso hasta perder la vida-, la gran mayoría de la población ya reconoce esta realidad. Sin embargo, en paralelo, esos mismos datos se utilizan, por parte de determinados grupos de poder económico y político, para elaborar deliberadamente un enorme agujero negro de desinformación y, de ese modo, generar una contra realidad paralela repleta de falsedades.


Hoy, el mayor peligro ya nos es la ignorancia sino la instrumentalización interesada de la información (climática y medioambiental, en el caso que nos ocupa, aunque también política y económica), con fines reactivos e inmovilistas o para continuar con agendas económicas basadas en la extracción de combustibles fósiles. En “Fascismo en un solo planeta”, editorial publicada en la revista Corriente cálida se puede leer que: “[…] como ocurre en todos los interregnos, el nuevo sentido común está en disputa y existen varios futuros posibles. Esta puede ser una oportunidad de democratizar la producción y el uso de la energía, pero también el principio de un nuevo imperialismo en el que una minoría disfrute de una vida cómoda y a resguardo de las venganzas del clima, pero a costa de una intensificación de las guerras, las conquistas extractivistas o la aniquilación de poblaciones excedentes.”
Teniendo en cuenta que toda la información está a nuestro alcance, el gran reto político para evitar el colapso sería deslegitimar las coaliciones ecofascistas que se están formando en el mundo, y conseguir que los objetivos reactivos de los negacionistas sean rechazados por una gran mayoría de la humanidad. Una de las principales prioridades políticas y culturales de las próximas décadas es la neutralización de todas las fuerzas que frenan la descarbonización. Ahora mismo, más allá de idealismos, la utopía de un porvenir en convivencia saludable pasa por pensar la transición ecológica y la consiguiente innovación institucional desde las contradicciones del mismo capitalismo, pero mediante un reformismo radical. Es decir, que la descarbonización sea lo más rápida y lo más justa posible, pero de la mano de una convergencia social amplia, diversa, descentralizada y democrática.
Como dice Emilio Santiago Muiño en Vida de ricos (Lengua de Trapo, Círculo de Bellas Artes) debemos trabajar para inundar el mercado con una masa de deseos cuya realización no rebase una huella ecológica humana justamente repartida, pero si desborden la vieja organización social y su marco de satisfacciones permitidas. De este modo la emancipación ya no consistiría en precipitar los sueños de la abundancia material infinita, sino en realizar las utopías del “lujo comunal”. Es decir, la mejor coexistencia de todos los seres humanos sin tener que aumentar innecesariamente nuestro consumo. Podemos vivir una vida extraordinariamente rica sin necesidad de derrochar cantidades ingentes de recursos.