Este texto corresponde a las notas que utilicé en la presentación del libro Hemendik Hurbil / Cercade aquí(Alkibla, 2023) de Clemente Bernard. Tuvo lugar el día 6 de junio del año 2024 en el Museo San Telmo de Donostia/San Sebastián y en la mesa estuvieron también el propio autor y la politóloga Laura Gómez, especialista en temas de igualdad y democratización institucional. El libro contiene 470 imágenes sobre algunos hechos del denominado conflicto vasco, tomadas en directo entre 1987 y 2018. Se edita acompañado de cien breves textos de personas que vivimos, de una manera u otra, aquellas circunstancias históricas.
Estos días, en la «Virreina. Centre de la imatge» de Barcelona, con el mismo título, se ha presentado en formato exposición, comisariada por Carles Guerra. Ambos dispositivos de representación ponen de relieve el carácter fuertemente empírico de un tipo de fotografía que exige estar en el lugar de los hechos, en esos instantes en que―como dice el propio fotógrafo―la violencia adolece de una viscosidad perversa.
La primera vez que tuve ocasión de hablar con Bernard sobre el contenido del libro le comenté que, según pasaba las páginas y leía los textos, me atravesó una especie de temblor indecible. Un silencio ensordecedor de impotencia histórica e indignación política que, por supuesto, tenía que ver con mi propia vida, con el acontecer de aquellos acontecimientos trágicos que muchs compartimos y por las maneras traumáticas con las que tuvimos que hacer frente a aquella realidad, entre gritos de indignación pública y mutismos privados incomprensibles. Por supuesto, la percepción que tuve sobre el libro estuvo determinada por mi propia memoria personal, a su vez, influenciada directamente por los hechos y, sobre todo, por la firme posición enfrentada que, durante aquel largo periodo de la historia, mantuve contra la estrategia militar de ETA y las políticas de la izquierda abertzale. Desde luego, también con mi oposición a las derivas autoritarias, de guerra sucia, que el estado empleó en muchas ocasiones.
En decir, en cierta manera, son producto de mi “imaginación” pero no entendida como fantasía o frivolidad sino, en su sentido constitutivo, en su intrínseca capacidad de potencia realista, materialista y dialéctica o, como dice Jacques Ranciere en El reparto de lo sensible. Estética y política (Prometeo, 2014) como la condición para que lo real pueda ser pensado. Como dice también George Didi-Huberman en Cuando las imágenes tocan lo real,es una enorme equivocación querer hacer de la imaginación una simple facultad de desrealización. La fotografía, sin duda miente porque siempre es parcial y “enfocada” – o si queréis, en cierto modo, intencionadamente des/enfocada, como las de Bernard-, pero también dice la verdad porque, a pesar de todo, permite comprender mejor la complejidad social de los hechos que re/presenta, aunque sea en forma de un simple destello.
El domingo pasado me entrevistaron en Radio Euskadi, junto a Eider Gotxi, una de las portavoces de Guggenheim Urdaibai Stop, la plataforma ciudadana que lleva meses movilizándose contra la construcción de un nuevo museo Guggeneheim en Urdaibai, reserva mundial de la biosfera. Ayer me publicaron en Diario.es una columna de opinion que hoy os comparto, algo más elaboradas, con algunas reflexiones que me concita esta -en mi opinión- descabellada operación.
Urdaibai es un territorio de la costa cantábrica en Bizkaia, un ecosistema excepcional de acantilados, montañas, playas, ríos y aguas subterráneas donde la vida animal y la humana conviven en un paisaje especial que, sin duda, con proyectos tractores de estas características vería alterado sustancialmente su precario equilibrio ecobiosistémico.
Parece ser que el proyecto está ya muy avanzado. Por lo poco concreto que hasta ahora se conoce, la operación implica derruir dos edificios en ruinas y, sobre ellas, construir sendos equipamientos. El primero, que ya se ha derribado, era la fábrica Dalia, histórica empresa cubertera de Gernika, y el otro, un antiguo astillero que se ubica en Murueta, en la misma desembocadura de la ría de Gernika, zona especialmente sensible y vulnerable de la reserva. Como entre ambos equipamientos hay seis kilómetros de distancia, para conectarlos, el proyecto conllevaría la creación de varias infraestructuras viarias -a las que denominan “verdes”- una pasarela peatonal, a modo de palafito para que el tránsito de personas no afecte a las dunas, y un tren eléctrico ─¡cómo no sostenible!─, que, junto a los párquines para coches y automóviles, facilitarán la llegada de miles de personas a esta zona protegida.
Los primeros pasos ─algunos acuerdos políticos, provisión de presupuestos (incluidos fondos europeos destinados por el gobierno de España, paradójicamente, para la transición energética), modificaciones de normas urbanísticas, derribos, etc.─ se están llevando a cabo de forma subrepticia y con muy poca información contrastada. De hecho, más allá de algunas generalidades sobre la excelencia de la propuesta liderada por la Fundación Guggenheim Bilbao, no se conocen datos concretos en relación con el programa arquitectónico y de contenidos. Sin embargo, aunque algunos responsables políticos dicen desconocer el alcance real de la operación, el proyecto cuenta con un respaldo institucional casi unánime. Es decir, una confianza plena ─se podría decir también ciega─ en la marca de titularidad privada ( confío en que las dudas sobre el proyecto que mostró hace unos días el Ministro de Cultura, Ernest Urtasun, tengan algún efecto en las decisiones que vaya a tomar el gobierno de España).
Parafraseando a Juan Manuel Moreno y Lucas Gortazar en Educación universal. Por qué el proyecto más exitoso de la historia genera malestar y nuevas desigualdades(Debate, 2024) se podría afirmar que el proyecto de educación universal es otra de las grandes ideas ilustradas que ha tenido un recorrido histórico cargado de potencia emancipadora, pero a la vez ha sido un terreno en disputa en el que también se refleja la complejidad del mundo y los diferentes intereses sociales.
Con el nuevo comienzo del curso escolar han vuelto los comentarios sobre la situación y la calidad de la enseñanza. Casi todas las personas tenemos hijos, nietas, familiares o amigas en procesos de formación o que forman parte del sistema educativo. La opinión pública , dicen los autores, suele estar dividida entre descontentos o desencantadas y optimistas o entusiastas, ya que el sistema escolar es un espejo perfecto de nuestra sociedad. El panorama de contraposiciones va desde las personas que entienden la enseñanza como una potencia social emancipadora y piensan que, para combatir las desigualdades, los avances del gran proyecto ilustrado de educación universal necesita más recursos públicos; hasta las que, en el otro extremo, defienden en primer lugar sus intereses privados –posición social, valores particulares o religión– y desearían que el sistema privilegiara a los más aventajados –seguramente los mejor situados en la escala social– dejando atrás a los más débiles –casi siempre las personas de menos recursos– o incluso, segregara a mujeres y hombres, para fomentar currículos específicos.
Marta de Gonzalo y Publio Pérez Prieto. Fuga 2023
Mas allá de dicotomías simplificadoras, en las puertas de los colegios, en los claustros de profesores o en los medios de comunicación hemos vuelto a escuchar por enésima vez comentarios sobre si la educación en España es mejor o peor que hace unas décadas; si los resultados académicos mejoran o empeoran; si los jóvenes actuales están más o menos preparados o si hacen los esfuerzos suficientes; si es más eficiente la educación pública que la concertada o la privada; si las maestros o profesoras deben tener o no plena autonomía de enseñanza respecto a los valores familiares y al derecho de los padres a influir en la educación; si se pueden mostrar símbolos religiosos en las aulas o si algunas vestimentas son más o menos pertinentes. Las opiniones sobre la lista de cuestiones que atraviesan el sistema escolar es también un reflejo de nuestras posiciones políticas.
Según la opinión de una gran parte de la comunidad científica, uno de los efectos del cambio climático son las olas de calor cada vez más intensas y frecuentes. Ahí están los datos de la Agencia Estatal de Meteorología para corroborarlo. Aunque la península ibérica disfruta de un clima atlántico y mediterráneo bastante benévolo y moderado, desde hace unos años tenemos la sensación de que los veranos son más largos y calurosos, y los inviernos más cortos y menos fríos.
Aunque sea obvio que la situación geográfica es una condición para estar más o menos afectados por la subida de las temperaturas, no hay que olvidar que sus peores consecuencias se dan en los países, cuidades, barrios y personas con menos capacidad económica para hacer frente a sus efectos (es evidente que las más preocupantes las padecen las regiones más afectadas del sur empobrecido y, como consecuencia, las que también originan el mayor índice de migrantes climáticos).
En nuestro país, según las últimas cifras del Instituto de Salud Carlos III (principal organismo público de investigación en salud en España) desde que se inició la primera ola de calor de este verano, se han estimado más de dos mil muertes por efecto directo -golpes de calor- o consecuencias indirectas causadas por las altas temperaturas en los cuerpos más débiles o desprotegidos. Cifra que va en aumento, y más en grandes ciudades, como Barcelona o Madrid.
Julen Rekondo, Premio Nacional de Medio Ambiente 1998, en la categoría de medios de comunicación y Premio Periodismo Ambiental del País Vasco 2019, de manera reiterada, ha insistido en que estos episodios de calor extremo serían más llevaderos si, además de otras medidas estructurales contra el cambio climático, también se aplicaran en las ciudades otras estrategias urbanísticas de ordenación territorial distintas a las actuales que, en términos generales, tienden a obviar las medidas estructurales a largo plazo, mucho menos rentables electoralmente.
Entre otras -por citar algunas- controlar la especulación sobre el suelo vivo y favorecer su protección que, lamentablemente, cada vez se elimina más y, pero aún, se sustituye por pavimentaciones artificiales, sin ningún tipo de protección solar, ni siquiera bancos para sentarse; panificar el crecimiento de las ciudades, equilibrando construcción con mantenimiento de zonas verdes y azules, es decir, cuidado y regeneración de estanques, ríos, lagos y sistemas de evacuación de aguas pluviales; incentivar políticas urbanísticas rehabilitadoras con coberturas sociales para los núcleos urbanos y territorios menos favorecidos que, además, contribuyan a la adaptación de los edificios y las viviendas a las altas temperaturas con disposiciones adecuadas para la eficiencia energética; crear más zonas con bosques urbanos, arbolado y áreas sombreadas en los espacios públicos. Este mismo verano, el más caluroso de la historia según los registros, hemos podido comprobar el efecto refrescante que siempre supone caminar por parques o aceras con árboles.
Entre esas medidas atenuantes, también se encuentran los denominados refugios climáticos que, genéricamente, son espacios donde protegerse del calor durante el verano y del frío durante el invierno. Este año, en diferentes medios de comunicación, se ha hablado de ellos, seguramente porque algunas instituciones también han sido sensibles y porque se han hecho eco de que tendremos cada más necesidad de espacios de estas características. Sin duda, el Refugio climático del Círculo de Bellas Artes de Madrid ha sido el que ha tenido mayor repercusión mediática. Durante estos dos meses de verano, su emblemático salón de columnas -el espacio más grande de la institución- bajo la dirección creativa de los colectivos “Basurama” y “Germinando iniciativas socioambientales”, ha sido ajardinado y acondicionado especialmente para convertirlo en un particular y agradable lugar de acogida, recreo y encuentro social, además de guardería para plantas.
Sin embargo, más allá de iniciativas ejemplares, pero puntuales y excepcionales (esperemos que cunda el modelo), Elvira Jiménez de Green Peace, explicita que los refugios climáticos deben ser equipamientos claramente identificados y anunciados, que además garanticen el acceso gratuito y fácil para cualquiera; tendrían que ser cercanos a la vida cotidiana de las personas, es decir, distribuidos por todos los barrios; confortables y disponibles todos los días y con un amplio horario para poder ser utilizados en los momentos más críticos, muchas veces también las horas vespertinas del final de las tardes y comienzo de las noches.
Medialab tabakalera de Donostia/San Sebastián Centro cultural Nicolás Salmerón en el barrio Prosperidad de Madrid
Por el contrario -según Jiménez- si tomamos como ejemplo infraestructuras del sistema cultural, un cine, un museo o un teatro en los que se cobre por entrar no tendrían esta condición (por cierto, hablando de Madrid, es bastante desolador seguir viendo a cientos de personas en las puertas del Museo del Prado o del Reina Sofia -los dos de titularidad estatal de mayor afluencia- esperando en la calle y expuestos a temperaturas extremas para poder entrar en las dos únicas horas que, en los días laborables, esas instituciones son gratuitas. Alguna vez me he preguntado si nunca se le ha ocurrido a ningún responsable aplicar en ocasiones la excepción climática, como se hace con otros casos que, como los jubilados, tenemos libre acceso por nuestra situación.)
En una conversación entre trabajadors de la cultura que asistimos a la inauguración del Refugio climático del CBA, además de elogiar el proyecto, comentamos que para hablar con mayor propiedad de refugios climáticos, ahí estaban desde siempre, las bibliotecas, los centros culturales, sociales y deportivos municipales – hablamos incluso de los centros escolares- distribuidos por todos los barrios que, por su condición pública, siempre han tenido vocación de “refugio”, en el sentido más amplio de la palabra. También convenimos en que estas instituciones “silenciosas” y “discretas”, pero fundamentales para la calidad de vida de las poblaciones con menos recursos económicos, lamentablemente están cada vez menos atendidas. Coincidimos también en que aún podrían ser más acogedores si se les dotara de medios para adaptarlas mejor al cambio climático (reformas arquitectónicas bioclimáticas, aislamientos, protecciones térmicas, energía solar, ventiladores eficientes, al mismo tiempo que se hiciera un uso sensato y ponderado de los aparatos de aire acondicionado) y si se ampliaran los horarios de apertura, incluidos los días festivos o si se mejoraran los servicios y prestaciones que, lamentablemente, cada vez son más costosas para los usuarios, debido a las limitaciones de los presupuestos y a los procesos de externalización y privatización de las actividades. Por supuesto, hablamos de que sería más accesibles si se democratizaran las normativas de acceso y uso etc. En definitiva, concluimos que, si se invirtiera más y mejor en todas esas redes de servicios públicos, aumentarían también, sin duda, los derechos culturales de cualquiera y no tendríamos que hablar de “refugios climáticos” como excepción institucional o mediática, sino como normalidad democrática y social.
Nota: texto publicado también en ctxt.es el 4 de septiembre.
Desde que a mediados de los años setenta fui responsable de la biblioteca pública municipal de mi pueblo, Tolosa, y unos años después primer director de la Casa de Cultura Antonio Maria Labaien Kultur Etxea hasta la reciente presentación del Plan de Derechos Culturales, promovido por el actual Ministerio de Cultura, la cuestión del acceso y democratización de la cultura es el tema y la preocupación más recurrente entre las personas que nos dedicamos a la gestión cultural.
Es cierto que se ha avanzado mucho en la ampliación de derechos, pero seguimos constatando que aún falta mucho por hacer. ¿Por qué, a pesar de todos los esfuerzos institucionales, planes estratégicos, congresos, laboratorios, etc., hay tanta gente que se queda al margen de lo que entendemos por cultura? ¿No será que cuando afirmamos el derecho a la cultura, con demasiada frecuencia, olvidamos enunciarlo junto a la exigencia de otras políticas económicas que amplíen la justicia social? ¿No será que seguimos pensando esos derechos como si el sistema cultural fuera autónomo e inmune a la economía capitalista en la que se inscribe y desdeñamos que reproduce los mismos mecanismos de desigualdad y genera las mismas lógicas de segregación y exclusión, incluidas las propiamente culturales?
Casa de la cultura de Tolosa
Las instituciones culturales -sean las que sean en su extensa diversidad y condición económica- no son entidades separadas de la vida, más bien son campos dialécticos donde se dirimen formas opuestas de concebirla. Aunque cierto idealismo nos haga pensar lo contrario, no están aisladas de la realidad, de su dinamismo y composición social, sus problemas humanos, tensiones políticas y encrucijadas culturales. Si la pretensión es ensanchar los derechos culturales, abrir más las instituciones, hacerlas más permeables, escuchar mejor todo lo que las circunda, deberíamos aceptar, de partida, la condición expuesta de cualquier experiencia cultural y asumir que siempre están afectadas por el contexto social y económico en las que se inscriben para, de ese modo, poder aplicar políticas de redistribución más justas y equitativas.
Soy consciente de que ni el Ministerio de Cultura, ni los departamentos culturales de las comunidades autónomas o de los ayuntamientos, y mucho menos las instituciones culturales que de ellos dependen, tienen potestad para modificar el sistema económico y aplicar otras políticas de redistribución de las rentas del capital y del trabajo o derogar la ley de extranjería -por poner dos ejemplos de discriminación social. Sin embargo, sí tienen responsabilidad a la hora de exigir a los gobiernos correspondientes otras políticas que puedan atenuar las dificultades que numerosas personas tienen para participar o ser activas en la “vida cultural”, por lo menos como la entendemos desde las convenciones del sistema (dicho sea de paso, la diversidad de formas culturales existe más allá de las instituciones y se manifiestan a través de sus propias dinámicas, muchas veces alejadas o, al margen, de las propuestas hegemónicas).
Políticas que, como está tratando de implementar con muchas dificultades el actual gobierno, impliquen contratos dignos y salarios justos, cumplimiento de las leyes vigentes sobre duración de las jornadas laborales, reducción del tiempo de trabajo, ampliación de rentas sociales (mejora de las pensiones y del ingreso mínimo vital o, yendo más allá, la puesta en marcha de la renta básica universal), para poder reducir la pobreza, mejorar las condiciones de vida y, de ese modo, ensanchar las potencias de la subjetividad creativa. Políticas económicas que, del mismo modo, acompañen a políticas fiscales que deberían favorecer a los más débiles de la cadena productiva y exigir más a los que más acumulan o concentran capital y recursos.
Me refiero a políticas que defiendan a los sectores más frágiles y desprotegidos del tejido social y creativo. Políticas que incentiven más las iniciativas pequeñas y distribuidas en el territorio, con el apoyo a asociaciones, cooperativas, colectivos o pequeñas empresas, eventos y festivales, etc. y menos a los macro eventos centralizados. Alguna vez he comentado que más valen diez mil actividades para cien o mil personas que cien macro eventos para cien mil.
Por una coincidencia de los astros biográficos este año he tenido la ocasión de estar presente en una de las jornadas más importantes del “Festival RESIS de música contemporánea y artes vivas” de A Coruña, dirigido por Hugo Gómez-Chao, residente de la Academia de España en Roma durante el curso 2022-2023. En uno de mis viajes que, como patrono de la institución, realicé para visitar los estudios de les artistas y conversar sobre sus respectivos proyectos, este joven compositor ya me comentó que estaba pensando dedicar la edición de este año al músico veneciano Luigi Nono.
También me dijo que, entre las actividades previstas, tenía mucho interés en hacer una exposición sobre el compositor con la colaboración de algunas compañeras de generación que, por diferentes razones, pudieran tener concomitancias conceptuales con aspectos concretos de la vida o la obra de Nono. Así fue como, comisariada por el propio Hugo y coordinada por Cristina Esteras -también exbecaria de gestión cultural de la Academia- se vincularon al proyecto artistas como Marta Azparren y Marcelo Expósito, y la escritora Andrea Valdés para participar en la muestra (adjunto el texto Cruce de caminos en compañía de Luigi Nonnoque en su momento escribí como material de sala para la exposición).
Durante los dos días de estancia en A Coruña, coincidí con Francisco Jarauta que participó, junto al crítico musical Paco Yañez, en un diálogo con Serena Nono sobre la película documental I film di familia, realizada por ella misma en recuerdo de su padre Luigi y su madre Nuria Schönberg, hija de Arnold, el célebre compositor. Jarauta fue amigo personal de Nono y, aún hoy, mantiene una relación afectuosa con su familia, y una especial vinculación intelectual con el filósofo Massimo Cacciari, muy cercano al autor. También andaba por allí Josetxo Silguero, componente y fundador del magnífico y excepcional cuarteto de saxofones Sigma Project. Precisamente, fue él quien el año 2002 encargó al compositor Alberto Posadas la obra Versa est in luctum (2002), interpretada en el festival de manera magistral por “Arxis Ensemble”, junto a Guai ai gelidi mostri (1983) del propio Nono y Fury II (2002)de Rebeca Saunders, más la magnífica Duo Seraphin (1610) de Claudio Monteverdi. Estas cuatro piezas configuraron el programa “Guai al gelidi mostri”, cita que remite a un fragmento de Asi habló Zaratustra de Friedrich Nietzsche, cuya traducción podría significar algo así como ¡Ay el más frío de todos los monstruos!
Tuve la oportunidad de estar presente en los ensayos matinales y, por la tarde, en el concierto que, por la intensidad de muchos momentos, fue muy emocionante y también, quizás, conmovedor y, hasta cierto punto, helador por su intenso dramatismo, respondiendo así, tal vez, al título nietzscheano que el propio Hugo puso al programa. Las dos sesiones tuvieron lugar en el paraninfo del rectorado de la universidad, un escenario abierto al paisaje atlántico que, aquel día nublado, añadió una potencia poética inesperada a la interpretación de las obras. Para mí, fue una experiencia inédita. Aunque de vez en cuando suelo asistir a conciertos de música clásica contemporánea, nunca había tenido la oportunidad de participar directamente en una larga sesión de trabajo, donde los matices de ejecución sonora son fijados para obtener el mejor resultado posible. La interpretación que hizo el conjunto “Arxis Ensemble” fue de una belleza sonora extraordinaria. La dirección de Bas Wiegers, invitado especialmente para la ocasión, añadió una energía expresiva admirable que, además, adquirió matices vocales excepcionales con la presencia especial de las contraltos Noe Frenkel y Elisa de Toffol, según comentaban, una de las más destacadas intérpretes de la música de Nono.
Entre pasillos también tuvimos la oportunidad de hablar sobre la excelente calidad del programa del festival y de la situación delicada, por no decir, desatendida en la que se encuentra la música clásica contemporánea en España. Un contexto institucional que no se corresponde con la importancia de gran parte de los compositores y, cada vez más, compositoras contemporáneas que a duras penas intentan mostrar sus obras en España.(en gran medida, sus vidas profesionales se desarrollan en países donde la música de compositores vivos tiene un mayor reconocimiento y en los que existe también una tradición institucional más esmerada a la hora de programar música contemporánea).
En los pasillos del festival también se podía escuchar el lamento, casi unánime, sobre las condiciones profesionales en las que, salvo excepciones, son contratados las agrupaciones musicales y sus componentes o son retribuidos ls compositores. Por otra parte, en este marco de inseguridad, las agrupaciones contemporáneas tampoco encuentran muchas facilidades para estabilizar su existencia y dar continuidad al trabajo. La mayoría de componentes tienen que compaginarlo con la participación en otras orquestas o impartiendo clases de música.
Además, al contrario de lo que se pudiera pensar, en España el apoyo a la música contemporánea no solo no ha ido en aumento, como se podría esperar, sino que ha disminuido en términos cuantitativos y cualitativos. En el panorama musical cada vez hay menos festivales y cada vez menor interés en programar a autores vivos, incluso en el marco de otras programaciones generales dedicadas a la música clásica.
Sin ir más lejos, coincidiendo con Resis se comenzó a difundir por diferentes medios de comunicación el programa del Ciclo Sinfónico que la Orquesta y Coro nacionales de España va a presentar esta temporada en el Auditorio Nacional de Madrid. Son veinticuatro conciertos y se van interpretar obras de cincuenta y siete autores, de los cuales algunos repiten: Beethoven, Berlioz, Brahms, Mahler, Mendelssohn, Mozart, Rajmaninov, Ravel, Schumann o Strauss. Del total de la programación únicamente diez son compositores vivos, tres mujeres (en estas dinámicas conservadoras a la hora de programar repertorios, más o menos reconocidos, se producen otras anomalías como que rara vez se reponen las obras contemporáneas encargadas lo largo de los años a artistas vivos).
En este contexto, no podemos perder de vista que casi todas las orquestas son, en gran medida, financiadas con recursos públicos, lo cual me parece estupendo, si no fuera porque tengo la sensación de que el sistema de orquetas y festivales de música clásica, igual que sus programaciones, se han quedado algo anclados en la historia. Si hiciéramos un repaso por la actividad de las treinta y cuatro orquestas sinfónicas restantes que hay en España, estoy seguro que la mayoría de ellas repiten parecido repertorio de autores, incluso de obras. No me atrevo a decir todas, porque hay excepciones como la JONDE, la Joven Orquesta Nacional de España, bajo la dirección artística de Ana Comesaña, que suele incluir más obras de artistas vivos, como lo hace este año con el propio Hugo Gómez Chao o Javier Quislant, ambos recientes becarios de la Academia de Roma.
No hay duda de que es mucho más fácil dejarse seducir por el sonido de las grandes obras musicales de la historia o por las más populares, por haber sido mucho más difundidas, pero también es necesario dejar constancia de que la música, en su conjunto, y la clásica, en concreto, no habría evolucionado si no se hubiesen incorporado, en el proceso histórico, tantas innovaciones sonoras y formales, fundamentales para comprender la actual diversidad y complejidad musical, en todas sus expresiones.
Es evidente que el peso de la historia, con todas sus aristas – las tradiciones, el poder, el estado, el mercado, la industria etc. – determina la cultura hegemónica, pero el arte tiene, a su vez, la responsabilidad de abrir las potencias de lo que todavía estar por formalizar y nombrar o descubrir sonidos que aún no percibimos, incluso renombrar o hacer sonar aquello que dejamos atrás y puede volver a relampaguear en el instante de su cognoscibilidad, diría Walter Benjamin. Como dice José María Sánchez-Verdú en el prólogo de Cartografías de la música contemporánea (Oralia, 2023) recopilación de textos realizada por Paco Yañez y Joan Gómez Alemany, el devenir de la creación musical -como algo vivo en su sociedad y en su tiempo- no está exenta de una organicidad y evolución continuas.
Para el poder cultural -por lo menos el que responde al mandato de las políticas públicas- es mucho más fácil acomodarse en las inercias solícitas de la historia, pero también deberíamos exigirle ser más consciente del devenir artístico presente, sin cuya potencia creadora la cultura sería, únicamente, repetición complaciente. No dudo de que el patrimonio se protege con el cuidado, pero también se enriquece prestando atención a las formas artísticas que en el futuro podrían sumarse al común acervo cultural.
Desconozco los presupuestos que el estado y el resto de las administraciones públicas destinan al fomento de la música y, menos aún, lo que dedican a los ámbitos específicos de un sistema tan grande como el musical. Tampoco conozco con detalle cómo se establecen las prioridades y cuáles son los compromisos institucionales a los que obliga al mantenimiento de todas las instituciones musicales, pero lo que tengo claro es que, sin ampliar la diversidad y ensanchar la complejidad artística, el patrimonio cultural se empobrece y homogeniza. Por cierto, la palabra «resis», el nombre del festival de música contemporánea y artes vivas de A Coruña, comparte raíz semántica con resistencia. ¡Qué sea por muchos años!