AQUELLAS IMÁGENES TENÍAN OTRAS RAZONES Notas para «Y tenía razón» de Elo Vega

El texto que añado tras este párrafo de introducción lo escribí para la publicación del proyecto Y tenía razón que la artista Elo Vega llevó a cabo el año 2023 en el Museo de Málaga, en colaboración con la Academia de España en Roma, el Instituto Universitario de Investigación de Género e Igualdad de la Universidad de Málaga (IGIUMA) y el grupo de investigación i+D Desnortadas. Territorio del género en la creación artística contemporánea, cuyas investigadoras principales son Maite Méndez Baiges y Haizea Barcenilla.

El libro Imágenes que resisten. La genealogía como método critico (La virreina. Centre de la imatge. Ayto. Barcelona) de Andrea Soto Calderón comienza con una cita de Friedrich Nietzsche tomada de La genealogía de la moral: “[…] todas las cosas largas son difíciles de ver, difíciles de abarcar con la mirada; por ello, es necesario rodearlas”. Concretamente, propone “rumiarlas”, como hacen las vacas, que no es solamente masticar muchas veces sino desmenuzar una y otra vez lo que vuelve de las cavidades del estómago. Esto parece indicarnos ─según Soto Calderón─ que el método genealógico no consiste en hacer abstracciones generales sobre las imágenes, no es suficiente leer y mirar, es necesaria una “seriedad prolongada, valiente, laboriosa, subterránea que sea jovial y con preguntas totalmente nuevas”.

Esta metodología crítica es también la que nos sugiere la artista Elo Vega en las actividades del programa Y tenía razón, realizadas en colaboración con otras especialistas en Historia del Arte, mediadoras culturales, escritoras o performanceras, en el marco del proyecto Vivir varios tiempos a la vez que coordino para celebrar el 150 aniversario de la Academia de España en Roma.

La artista y las voces que la acompaña despliegan un dispositivo analítico para pensar críticamente el cuadro Anatomía del corazón, también conocido como Y tenía corazón o simplemente La autopsia. Actualmente depositado por el Museo del Prado en el Museo de Málaga, es una de las obras más conocidas de Enrique Simonet, que pintó en 1890 durante su estancia en Roma. La lectura crítica del contenido del cuadro es, en cierto modo, una forma de sospecha sobre lo que en él se ofrece como verdadero. Se trata de una “operación” capaz de activar otras potencias críticas de las imágenes para traerlas al presente y, de ese modo, preguntarnos con qué sentidos están operando, porque las imágenes no son simplemente representaciones de lo que existe, también son relaciones, dice Soto Calderón. Su función operativa no sería tanto dar a ver la realidad que instituyen, sino cómo pensarlas desde otro régimen en el que ellas mismas sean articuladoras de otras formas de vida y no lugar de captura.

En cierto modo, para traer las imágenes que nos ocupan al presente y pensarlas históricamente a la luz y a las sombras, se introducen elementos diferenciales en su análisis para desplazar el foco hacia las condiciones materiales de existencia de las figuras de la subalteridad y del poder – la mujer yaciente y el médico forense- las complejas subjetividades de género, las formas des/naturalizadas de representación, el des/orden académico o la función política de la institución museo.

Lo visible aparece entonces como un lugar de reconfiguración de un régimen de sensibilidad diferente que la abre a una potencia mayor y se muestra como un plano de conexiones, es decir, una forma de tensión de la visibilidad con puntos de cristalización y apertura. Es la abundancia de significación, la multiplicidad de sentido, la que crea la posibilidad de numerosas relaciones.

En sentido parecido, Giorgio Agamben nos dice que las imágenes no vienen a apoyar un enunciado, sino que permiten un acercamiento a capas de formación en movimiento, como si la imagen pudiera “tocar algo que duerme capturado”, que no es una forma hecha sino materiales que pueden crear de otra manera. Como en el inicio de Género en disputa. El feminismo y la subversión de la identidad (Paidos, 2023) Judith Butler otorga una importancia preponderante a las prácticas de presentación, para formular ya no solo una pregunta por cómo se estabiliza el ser a través de prácticas significantes, sino también para interrogarse por las unidades que se generan a través de los aparatos perceptivos. Una interrogación ─dice Soto Calderón─ que implica que los regímenes de percepción necesitan ser alterados. Es en ese momento cuando nos damos cuenta de que lo que consideramos como “real”, lo que invocamos como conocimiento naturalizado es, de hecho, una realidad que puede cambiar y que es posible replantear.  

Ya nos lo dijo Raymond Williams en Cultura y materialismo (La marca, 2012) :“[…] las prácticas hegemónicas constituyen la sustancia del sentido común dejando casi sin lugar la emergencia de otras zonas de experiencias”. En parte, la complejidad de las hegemonías se da en que nunca son uniformes y estáticas, sino que están recreándose constantemente. Una práctica hegemónica ─añade Williams─ es “un sistema central de prácticas, significados y valores que podemos llamar propiamente dominantes y efectivos”, pero no se instauran de manera vertical, son sistemas que están organizados y se experimentan de maneras diversas, en donde algunas prácticas son elegidas y se enfatizan mientras que otras son desatendidas o excluidas.

Tal vez por esa misma razón, Soto Calderón se pregunta cómo podrían las imágenes resistir a las circulaciones de lo sensible que ordenan las hegemonías culturales, que además colaboran con las potencias económicas fijando estereotipos, modelos, formas de exclusión, dinámicas afectivas y dispositivos de control social, que explotan y regulan nuestra vida. La inquietud que surge entonces es cómo hacer emerger otras prácticas sociales, culturales y políticas, cómo crear nuevos significados y valores, significantes y experiencias. Algo semejante a lo que nos propone el coro de voces y acciones que Elo Vega ha organizado para volver a interpretar el cuadro de Simonet. Porque todas las imágenes tienen una habilidad particular para tratar con la contingencia de la historia, para producir las condiciones de posibilidad, así como para introducir en el presente lo impensado, un umbral de variación en lo visible, una resistencia poética y desde ahí alterar la realidad, generar otros significados. Imágenes que resisten en este sentido serían las que logran sacar a la mirada de sus vías habituales, que guardan un espacio de crecimiento donde germinan otros relatos inesperados.

BIBLIOGRAFÍA:

Andrea Soto Calderón, Imágenes que resisten. La genealogía como método crítico. Ed. Ayuntament de Barcelona. La Virreina. Centre de la Imatge; Barcelona, 2023

Friedrich Nietzsche, La genealogía de la moral. Alianza Editorial, Madrid, (1887) 2005, p.47

Manuel Ignacio Moyano, Giorgio Agamben. El uso de las imágenes, La Cebra, Buenos Aires, 2019, p.458

Judith Butler, El género en disputa. El feminismo y la subversión de la identidad, Paidos, Buenos Aires, (1990) 2007, p.26

Raymond Williams, Cultura y materialismo, La Marca Editora, Buenos Aires (2005) 2012, p.58

A PROPÓSITO DE «HEMENDIK HURBIL/CERCA DE AQUÍ» DE CLEMENTE BERNARD

Este texto corresponde a las notas que utilicé en la presentación del libro Hemendik Hurbil / Cerca de aquí (Alkibla, 2023) de Clemente Bernard. Tuvo lugar el día 6 de junio del año 2024 en el Museo San Telmo de Donostia/San Sebastián y en la mesa estuvieron también el propio autor y la politóloga Laura Gómez, especialista en temas de igualdad y democratización institucional. El libro contiene 470 imágenes sobre algunos hechos del denominado conflicto vasco, tomadas en directo entre 1987 y 2018. Se edita acompañado de cien breves textos de personas que vivimos, de una manera u otra, aquellas circunstancias históricas.

Estos días, en la «Virreina. Centre de la imatge» de Barcelona, con el mismo título, se ha presentado en formato exposición, comisariada por Carles Guerra. Ambos dispositivos de representación ponen de relieve el carácter fuertemente empírico de un tipo de fotografía que exige estar en el lugar de los hechos, en esos instantes en que―como dice el propio fotógrafo―la violencia adolece  de una viscosidad perversa.

La primera vez que tuve ocasión de hablar con Bernard sobre el contenido del libro le comenté que, según pasaba las páginas y leía los textos, me atravesó una especie de temblor indecible. Un silencio ensordecedor de impotencia histórica e indignación política que, por supuesto, tenía que ver con mi propia vida, con el acontecer de aquellos acontecimientos trágicos que muchs compartimos y por las maneras traumáticas con las que tuvimos que hacer frente a aquella realidad, entre gritos de indignación pública y mutismos privados incomprensibles. Por supuesto, la percepción que tuve sobre el libro estuvo determinada por mi propia memoria personal, a su vez, influenciada directamente por los hechos y, sobre todo, por la firme posición enfrentada que, durante aquel largo periodo de la historia, mantuve contra la estrategia militar de ETA y las políticas de la izquierda abertzale. Desde luego, también con mi oposición a las derivas autoritarias, de guerra sucia, que el estado empleó en muchas ocasiones. 

En decir, en cierta manera, son producto de mi “imaginación” pero no entendida como fantasía o frivolidad sino, en su sentido constitutivo, en su intrínseca capacidad de potencia realista, materialista y dialéctica o, como dice Jacques Ranciere en El reparto de lo sensible. Estética y política (Prometeo, 2014) como la condición para que lo real pueda ser pensado. Como dice también George Didi-Huberman en Cuando las imágenes tocan lo real, es una enorme equivocación querer hacer de la imaginación una simple facultad de desrealización. La fotografía, sin duda miente porque siempre es parcial y “enfocada” – o si queréis, en cierto modo, intencionadamente des/enfocada, como las de Bernard-, pero también dice la verdad porque, a pesar de todo, permite comprender mejor la complejidad social de los hechos que re/presenta, aunque sea en forma de un simple destello.

Seguir leyendo «A PROPÓSITO DE «HEMENDIK HURBIL/CERCA DE AQUÍ» DE CLEMENTE BERNARD»

¿DE VERDAD HACE FALTA OTRO MUSEO GUGGENHEIM EN URDAIBAI?

El domingo pasado me entrevistaron en Radio Euskadi, junto a Eider Gotxi, una de las portavoces de Guggenheim Urdaibai Stop, la plataforma ciudadana que lleva meses movilizándose contra la construcción de un nuevo museo Guggeneheim en Urdaibai, reserva mundial de la biosfera. Ayer me publicaron en Diario.es una columna de opinion que hoy os comparto, algo más elaboradas, con algunas reflexiones que me concita esta -en mi opinión- descabellada operación.

Urdaibai es un territorio de la costa cantábrica en Bizkaia, un ecosistema excepcional de acantilados, montañas, playas, ríos y aguas subterráneas donde la vida animal y la humana conviven en un paisaje especial que, sin duda, con proyectos tractores de estas características vería alterado sustancialmente su precario equilibrio ecobiosistémico.

Parece ser que el proyecto está ya muy avanzado. Por lo poco concreto que hasta ahora se conoce, la operación implica derruir dos edificios en ruinas y, sobre ellas, construir sendos equipamientos. El primero, que ya se ha derribado, era la fábrica Dalia, histórica empresa cubertera de Gernika, y el otro, un antiguo astillero que se ubica en Murueta, en la misma desembocadura de la ría de Gernika, zona especialmente sensible y vulnerable de la reserva. Como entre ambos equipamientos hay seis kilómetros de distancia, para conectarlos, el proyecto conllevaría la creación de varias infraestructuras viarias -a las que denominan “verdes”- una pasarela peatonal, a modo de palafito para que el tránsito de personas no afecte a las dunas, y un tren eléctrico ─¡cómo no sostenible!─, que, junto a los párquines para coches y automóviles, facilitarán la llegada de miles de personas a esta zona protegida.

Los primeros pasos ─algunos acuerdos políticos, provisión de presupuestos (incluidos fondos europeos destinados por el gobierno de España, paradójicamente, para la transición energética), modificaciones de normas urbanísticas, derribos, etc.─ se están llevando a cabo de forma subrepticia y con muy poca información contrastada. De hecho, más allá de algunas generalidades sobre la excelencia de la propuesta liderada por la Fundación Guggenheim Bilbao, no se conocen datos concretos en relación con el programa arquitectónico y de contenidos. Sin embargo, aunque algunos responsables políticos dicen desconocer el alcance real de la operación, el proyecto cuenta con un respaldo institucional casi unánime. Es decir, una confianza plena ─se podría decir también ciega─ en la marca de titularidad privada ( confío en que las dudas sobre el proyecto que mostró hace unos días el Ministro de Cultura, Ernest Urtasun, tengan algún efecto en las decisiones que vaya a tomar el gobierno de España).

Seguir leyendo «¿DE VERDAD HACE FALTA OTRO MUSEO GUGGENHEIM EN URDAIBAI?»

EDUCACIÓN UNIVERSAL, EQUIDAD Y JUSTICIA SOCIAL

Parafraseando a Juan Manuel Moreno y Lucas Gortazar en Educación universal. Por qué el proyecto más exitoso de la historia genera malestar y nuevas desigualdades (Debate, 2024) se podría afirmar que el proyecto de educación universal es otra de las grandes ideas ilustradas que ha tenido un recorrido histórico cargado de potencia emancipadora, pero a la vez ha sido un terreno en disputa en el que también se refleja la complejidad del mundo y los diferentes intereses sociales.

Con el nuevo comienzo del curso escolar han vuelto los comentarios sobre la situación y la calidad de la enseñanza. Casi todas las personas tenemos hijos, nietas, familiares o amigas en procesos de formación o que forman parte del sistema educativo. La opinión pública , dicen los autores, suele estar dividida entre descontentos o desencantadas y optimistas o entusiastas, ya que el sistema escolar es un espejo perfecto de nuestra sociedad. El panorama de contraposiciones va desde las personas que entienden la enseñanza como una potencia social emancipadora y piensan que, para combatir las desigualdades, los avances del gran proyecto ilustrado de educación universal necesita más recursos públicos; hasta las que, en el otro extremo, defienden en primer lugar sus intereses privados –posición social, valores particulares o religión–  y desearían que el sistema privilegiara a los más aventajados –seguramente los mejor situados en la escala social– dejando atrás a los más débiles –casi siempre las personas de menos recursos– o incluso, segregara a mujeres y hombres, para fomentar currículos específicos. 

Marta de Gonzalo y Publio Pérez Prieto. Fuga 2023

Mas allá de dicotomías simplificadoras, en las puertas de los colegios, en los claustros de profesores o en los medios de comunicación hemos vuelto a escuchar por enésima vez comentarios sobre si la educación en España es mejor o peor que hace unas décadas; si los resultados académicos mejoran o empeoran; si los jóvenes actuales están más o menos preparados o si hacen los esfuerzos suficientes; si es más eficiente la educación pública que la concertada o la privada; si las maestros o profesoras deben tener o no plena autonomía de enseñanza respecto a los valores familiares y al derecho de los padres a influir en la educación; si se pueden mostrar símbolos religiosos en las aulas o si algunas vestimentas son más o menos pertinentes. Las opiniones sobre la lista de cuestiones que atraviesan el sistema escolar es también un reflejo de nuestras posiciones políticas. 

Seguir leyendo «EDUCACIÓN UNIVERSAL, EQUIDAD Y JUSTICIA SOCIAL»

REFUGIOS CLIMÁTICOS DE LA CULTURA

Según la opinión de una gran parte de la comunidad científica, uno de los efectos del cambio climático son las olas de calor cada vez más intensas y frecuentes. Ahí están los datos de la Agencia Estatal de Meteorología para corroborarlo. Aunque la península ibérica disfruta de un clima atlántico y mediterráneo bastante benévolo y moderado, desde hace unos años tenemos la sensación de que los veranos son más largos y calurosos, y los inviernos más cortos y menos fríos.

Aunque sea obvio que la situación geográfica es una condición para estar más o menos afectados por la subida de las temperaturas, no hay que olvidar que sus peores consecuencias se dan en los países, cuidades, barrios y personas con menos capacidad económica para hacer frente a sus efectos (es evidente que las más preocupantes las padecen las regiones más afectadas del sur empobrecido y, como consecuencia, las que también originan el mayor índice de migrantes climáticos).

En nuestro país, según las últimas cifras del Instituto de Salud Carlos III (principal organismo público de investigación en salud en España) desde que se inició la primera ola de calor de este verano, se han estimado más de dos mil muertes por efecto directo -golpes de calor- o consecuencias indirectas causadas por las altas temperaturas en los cuerpos más débiles o desprotegidos. Cifra que va en aumento, y más en grandes ciudades, como Barcelona o Madrid.

Julen Rekondo, Premio Nacional de Medio Ambiente 1998, en la categoría de medios de comunicación y Premio Periodismo Ambiental del País Vasco 2019, de manera reiterada, ha insistido en que estos episodios de calor extremo serían más llevaderos si, además de otras medidas estructurales contra el cambio climático, también se aplicaran en las ciudades otras estrategias urbanísticas de ordenación territorial distintas a las actuales que, en términos generales, tienden a obviar las medidas estructurales a largo plazo, mucho menos rentables electoralmente.     

Entre otras -por citar algunas- controlar la especulación sobre el suelo vivo y favorecer su protección que, lamentablemente, cada vez se elimina más y, pero aún, se sustituye por pavimentaciones artificiales, sin ningún tipo de  protección solar, ni siquiera bancos para sentarse; panificar el crecimiento de las ciudades, equilibrando construcción con mantenimiento de zonas verdes y azules, es decir, cuidado y regeneración de estanques, ríos, lagos y sistemas de evacuación de aguas pluviales; incentivar políticas urbanísticas rehabilitadoras con coberturas sociales para los núcleos urbanos y territorios menos favorecidos que, además, contribuyan a la adaptación de los edificios y las viviendas a las altas temperaturas con disposiciones adecuadas para la eficiencia energética; crear más zonas con bosques urbanos, arbolado y áreas sombreadas en los espacios públicos. Este mismo verano, el más caluroso de la historia según los registros, hemos podido comprobar el efecto refrescante que siempre supone caminar por parques o aceras con árboles.

Entre esas medidas atenuantes, también se encuentran los denominados refugios climáticos que, genéricamente, son espacios donde protegerse del calor durante el verano y del frío durante el invierno. Este año, en diferentes medios de comunicación, se ha hablado de ellos, seguramente porque algunas instituciones también han sido sensibles y porque se han hecho eco de que tendremos cada más necesidad de espacios de estas características. Sin duda, el Refugio climático del Círculo de Bellas Artes de Madrid ha sido el que ha tenido mayor repercusión mediática. Durante estos dos meses de verano, su emblemático salón de columnas -el espacio más grande de la institución- bajo la dirección creativa de los colectivos “Basurama” y “Germinando iniciativas socioambientales”, ha sido ajardinado y acondicionado especialmente para convertirlo en un particular y agradable lugar de acogida, recreo y encuentro social, además de guardería para plantas.

Sin embargo, más allá de iniciativas ejemplares, pero puntuales y excepcionales (esperemos que cunda el modelo), Elvira Jiménez de Green Peace, explicita que los refugios climáticos deben ser equipamientos claramente identificados y anunciados, que además garanticen el acceso gratuito y fácil para cualquiera; tendrían que ser cercanos a la vida cotidiana de las personas, es decir, distribuidos por todos los barrios; confortables y disponibles todos los días y con un amplio horario para poder ser utilizados en los momentos más críticos, muchas veces también las horas vespertinas del final de las tardes y comienzo de las noches.

Por el contrario -según Jiménez- si tomamos como ejemplo infraestructuras del sistema cultural, un cine, un museo o un teatro en los que se cobre por entrar no tendrían esta condición (por cierto, hablando de Madrid, es bastante desolador seguir viendo a cientos de personas en las puertas del Museo del Prado o del Reina Sofia -los dos de titularidad estatal de  mayor afluencia- esperando en la calle y expuestos a temperaturas extremas para poder entrar en las dos únicas horas que, en los días laborables, esas instituciones son gratuitas. Alguna vez me he preguntado si nunca se le ha ocurrido a ningún responsable aplicar en ocasiones la excepción climática, como se hace con otros casos que, como los jubilados, tenemos libre acceso por nuestra situación.) 

En una conversación entre trabajadors de la cultura que asistimos a la inauguración del Refugio climático del CBA, además de elogiar el proyecto, comentamos que para hablar con mayor propiedad de refugios climáticos, ahí estaban desde siempre, las bibliotecas, los centros culturales, sociales y deportivos municipales – hablamos incluso de los centros escolares-  distribuidos por todos los barrios que, por su condición pública, siempre han tenido vocación de “refugio”, en el sentido más amplio de la palabra. También convenimos en que estas instituciones “silenciosas” y “discretas”, pero fundamentales para la calidad de vida de las poblaciones con menos recursos económicos, lamentablemente están cada vez menos atendidas. Coincidimos también en que aún podrían ser más acogedores si se les dotara de medios para adaptarlas mejor al cambio climático (reformas arquitectónicas bioclimáticas, aislamientos, protecciones térmicas, energía solar, ventiladores eficientes, al mismo tiempo que se hiciera un uso sensato y ponderado de los aparatos de aire acondicionado) y si se ampliaran los horarios de apertura, incluidos los días festivos o si se mejoraran los servicios y prestaciones que, lamentablemente, cada vez son más costosas para los usuarios, debido a las limitaciones de los  presupuestos y a los procesos de externalización y privatización de las actividades. Por supuesto, hablamos de que sería más accesibles si se democratizaran las normativas de acceso y uso etc. En definitiva, concluimos que, si se invirtiera más y mejor en todas esas redes de servicios públicos, aumentarían también, sin duda, los derechos culturales de cualquiera y no tendríamos que hablar de “refugios climáticos” como excepción institucional o mediática, sino como normalidad democrática y social.  

NO HAY DERECHOS CULTURALES SIN JUSTICIA SOCIAL

Nota: texto publicado también en ctxt.es el 4 de septiembre.

Desde que a mediados de los años setenta fui responsable de la biblioteca pública municipal de mi pueblo, Tolosa, y unos años después primer director de la Casa de Cultura Antonio Maria Labaien Kultur Etxea hasta la reciente presentación del Plan de Derechos Culturales, promovido por el actual Ministerio de Cultura, la cuestión del acceso y democratización de la cultura es el tema y la preocupación más recurrente entre las personas que nos dedicamos a la gestión cultural.

Es cierto que se ha avanzado mucho en la ampliación de derechos, pero seguimos constatando que aún falta mucho por hacer. ¿Por qué, a pesar de todos los esfuerzos institucionales, planes estratégicos, congresos, laboratorios, etc., hay tanta gente que se queda al margen de lo que entendemos por cultura? ¿No será que cuando afirmamos el derecho a la cultura, con demasiada frecuencia, olvidamos enunciarlo junto a la exigencia de otras políticas económicas que amplíen la justicia social? ¿No será que seguimos pensando esos derechos como si el sistema cultural fuera autónomo e inmune a la economía capitalista en la que se inscribe y desdeñamos que reproduce los mismos mecanismos de desigualdad y genera las mismas lógicas de segregación y exclusión, incluidas las propiamente culturales?

Las instituciones culturales -sean las que sean en su extensa diversidad y condición económica- no son entidades separadas de la vida, más bien son campos dialécticos donde se dirimen formas opuestas de concebirla. Aunque cierto idealismo nos haga pensar lo contrario, no están aisladas de la realidad, de su dinamismo y composición social, sus problemas humanos, tensiones políticas y encrucijadas culturales. Si la pretensión es ensanchar los derechos culturales, abrir más las instituciones, hacerlas más permeables, escuchar mejor todo lo que las circunda, deberíamos aceptar, de partida, la condición expuesta de cualquier experiencia cultural y asumir que siempre están afectadas por el contexto social y económico en las que se inscriben para, de ese modo, poder aplicar políticas de redistribución más justas y equitativas.

Soy consciente de que ni el Ministerio de Cultura, ni los departamentos culturales de las comunidades autónomas o de los ayuntamientos, y mucho menos las instituciones culturales que de ellos dependen, tienen potestad para modificar el sistema económico y aplicar otras políticas de redistribución de las rentas del capital y del trabajo o derogar la ley de extranjería -por poner dos ejemplos de discriminación social. Sin embargo, sí tienen responsabilidad a la hora de exigir a los gobiernos correspondientes otras políticas que puedan atenuar las dificultades que numerosas personas tienen para participar o ser activas en la “vida cultural”, por lo menos como la entendemos desde las convenciones del sistema (dicho sea de paso, la diversidad de formas culturales existe más allá de las instituciones y se manifiestan a través de sus propias dinámicas, muchas veces alejadas o, al margen, de las propuestas hegemónicas).

Políticas que, como está tratando de implementar con muchas dificultades el actual gobierno, impliquen contratos dignos y salarios justos, cumplimiento de las leyes vigentes sobre duración de las jornadas laborales, reducción del tiempo de trabajo, ampliación de rentas sociales (mejora de las pensiones y del ingreso mínimo vital o, yendo más allá, la puesta en marcha de la renta básica universal), para poder reducir la pobreza, mejorar las condiciones de vida y, de ese modo, ensanchar las potencias de la subjetividad creativa. Políticas económicas que, del mismo modo, acompañen a políticas fiscales que deberían favorecer a los más débiles de la cadena productiva y exigir más a los que más acumulan o concentran capital y recursos.

Me refiero a políticas que defiendan a los sectores más frágiles y desprotegidos del tejido social y creativo. Políticas que incentiven más las iniciativas pequeñas y distribuidas en el territorio, con el apoyo a asociaciones, cooperativas, colectivos o pequeñas empresas, eventos y festivales, etc. y menos a los macro eventos centralizados. Alguna vez he comentado que más valen diez mil actividades para cien o mil personas que cien macro eventos para cien mil.

Seguir leyendo «NO HAY DERECHOS CULTURALES SIN JUSTICIA SOCIAL»