FESTIVAL RESIS DE A CORUÑA. LA EXPERIENCIA DE ESCUCHAR MÚSICA CLÁSICA CONTEMPORÁNEA EN VIVO

Por una coincidencia de los astros biográficos este año he tenido la ocasión de estar presente en una de las jornadas más importantes del “Festival RESIS de música contemporánea y artes vivas” de A Coruña, dirigido por Hugo Gómez-Chao, residente de la Academia de España en Roma durante el curso 2022-2023. En uno de mis viajes que, como patrono de la institución, realicé para visitar los estudios de les artistas y conversar sobre sus respectivos proyectos, este joven compositor ya me comentó que estaba pensando dedicar la edición de este año al músico veneciano Luigi Nono.

También me dijo que, entre las actividades previstas, tenía mucho interés en hacer una exposición sobre el compositor con la colaboración de algunas compañeras de generación que, por diferentes razones, pudieran tener concomitancias conceptuales con aspectos concretos de la vida o la obra de Nono. Así fue como, comisariada por el propio Hugo y coordinada por Cristina Esteras -también exbecaria de gestión cultural de la Academia- se vincularon al proyecto artistas como Marta Azparren y Marcelo Expósito, y la escritora Andrea Valdés para participar en la muestra (adjunto el texto Cruce de caminos en compañía de Luigi Nonno que en su momento escribí como material de sala para la exposición).

Durante los dos días de estancia en A Coruña, coincidí con Francisco Jarauta que participó, junto al crítico musical Paco Yañez, en un diálogo con Serena Nono sobre la película documental I film di familia, realizada por ella misma en recuerdo de su padre Luigi y su madre Nuria Schönberg, hija de Arnold, el célebre compositor. Jarauta fue amigo personal de Nono y, aún hoy, mantiene una relación afectuosa con su familia, y una especial vinculación intelectual con el filósofo Massimo Cacciari, muy cercano al autor. También andaba por allí Josetxo Silguero, componente y fundador del magnífico y excepcional cuarteto de saxofones Sigma Project. Precisamente, fue él quien el año 2002 encargó al compositor Alberto Posadas la obra Versa est in luctum (2002), interpretada en el festival de manera magistral por “Arxis Ensemble”, junto a Guai ai gelidi mostri (1983) del propio Nono y Fury II (2002)de Rebeca Saunders, más la magnífica Duo Seraphin (1610) de Claudio Monteverdi. Estas cuatro piezas configuraron el programa “Guai al gelidi mostri”, cita que remite a un fragmento de Asi habló Zaratustra de Friedrich Nietzsche, cuya traducción podría significar algo así como ¡Ay el más frío de todos los monstruos!

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Tuve la oportunidad de estar presente en los ensayos matinales y, por la tarde, en el concierto que, por la intensidad de muchos momentos, fue muy emocionante y también, quizás, conmovedor y, hasta cierto punto, helador por su intenso dramatismo, respondiendo así, tal vez, al título nietzscheano que el propio Hugo puso al programa. Las dos sesiones tuvieron lugar en el paraninfo del rectorado de la universidad, un escenario abierto al paisaje atlántico que, aquel día nublado, añadió una potencia poética inesperada a la interpretación de las obras. Para mí, fue una experiencia inédita. Aunque de vez en cuando suelo asistir a conciertos de música clásica contemporánea, nunca había tenido la oportunidad de participar directamente en una larga sesión de trabajo, donde los matices de ejecución sonora son fijados para obtener el mejor resultado posible. La interpretación que hizo el conjunto “Arxis Ensemble” fue de una belleza sonora extraordinaria. La dirección de Bas Wiegers, invitado especialmente para la ocasión, añadió una energía expresiva admirable que, además,  adquirió matices vocales excepcionales con la presencia especial de las contraltos Noe Frenkel y Elisa de Toffol, según comentaban, una de las más destacadas intérpretes de la música de Nono. 

Entre pasillos también tuvimos la oportunidad de hablar sobre la excelente calidad del programa del festival y de la situación delicada, por no decir, desatendida en la que se encuentra la música clásica contemporánea en España. Un contexto institucional que no se corresponde con la importancia de gran parte de los compositores y, cada vez más, compositoras contemporáneas que a duras penas intentan mostrar sus obras en España.(en gran medida, sus vidas profesionales se desarrollan en países donde la música de compositores vivos tiene un mayor reconocimiento y en los que existe también una tradición institucional más esmerada a la hora de programar música contemporánea).

En los pasillos del festival también se podía escuchar el lamento, casi unánime, sobre las condiciones profesionales en las que, salvo excepciones, son contratados las agrupaciones musicales y sus componentes o son retribuidos ls compositores. Por otra parte, en este marco de inseguridad, las agrupaciones contemporáneas tampoco encuentran muchas facilidades para estabilizar su existencia y dar continuidad al trabajo. La mayoría de componentes tienen que compaginarlo con la participación en otras orquestas o impartiendo clases de música.

 Además, al contrario de lo que se pudiera pensar, en España el apoyo a la música contemporánea no solo no ha ido en aumento, como se podría esperar, sino que ha disminuido en términos cuantitativos y cualitativos. En el panorama musical cada vez hay menos festivales y cada vez menor interés en programar a autores vivos, incluso en el marco de otras programaciones generales dedicadas a la música clásica.

Sin ir más lejos, coincidiendo con Resis se comenzó a difundir por diferentes medios de comunicación el programa del Ciclo Sinfónico que la Orquesta y Coro nacionales de España va a presentar esta temporada en el Auditorio Nacional de Madrid. Son veinticuatro conciertos y se van interpretar obras de cincuenta y siete autores, de los cuales algunos repiten: Beethoven, Berlioz, Brahms, Mahler, Mendelssohn, Mozart, Rajmaninov, Ravel, Schumann o Strauss. Del total de la programación únicamente diez son compositores vivos, tres mujeres (en estas dinámicas conservadoras a la hora de programar repertorios, más o menos reconocidos, se producen otras anomalías como que rara vez se reponen las obras contemporáneas encargadas lo largo de los años a artistas vivos).

En este contexto, no podemos perder de vista que casi todas las orquestas son, en gran medida, financiadas con recursos públicos, lo cual me parece estupendo, si no fuera porque tengo la sensación de que el sistema de orquetas y festivales de música clásica, igual que sus programaciones, se han quedado algo anclados en la historia. Si hiciéramos un repaso por la actividad de las treinta y cuatro orquestas sinfónicas restantes que hay en España, estoy seguro que la mayoría de ellas repiten parecido repertorio de autores, incluso de obras. No me atrevo a decir todas, porque hay excepciones como la JONDE, la Joven Orquesta Nacional de España, bajo la dirección artística de Ana Comesaña, que suele incluir más obras de artistas vivos, como lo hace este año con el propio Hugo Gómez Chao o Javier Quislant, ambos recientes becarios de la Academia de Roma.  

No hay duda de que es mucho más fácil dejarse seducir por el sonido de las grandes obras musicales de la historia o por las más populares, por haber sido mucho más difundidas, pero también es necesario dejar constancia de que la música, en su conjunto, y la clásica, en concreto, no habría evolucionado si no se hubiesen incorporado, en el proceso histórico, tantas innovaciones sonoras y formales, fundamentales para comprender la actual diversidad y complejidad musical, en todas sus expresiones.

Es evidente que el peso de la historia, con todas sus aristas – las tradiciones, el poder, el estado, el mercado, la industria etc. – determina la cultura hegemónica, pero el arte tiene, a su vez, la responsabilidad de abrir las potencias de lo que todavía estar por formalizar y nombrar o descubrir sonidos que aún no percibimos, incluso renombrar o hacer sonar aquello que dejamos atrás y puede volver a relampaguear en el instante de su cognoscibilidad, diría Walter Benjamin. Como dice José María Sánchez-Verdú en el prólogo de Cartografías de la música contemporánea (Oralia, 2023) recopilación de textos realizada por Paco Yañez y Joan Gómez Alemany, el devenir de la creación musical -como algo vivo en su sociedad y en su tiempo- no está exenta de una organicidad y evolución continuas.

Para el poder cultural -por lo menos el que responde al mandato de las políticas públicas- es mucho más fácil acomodarse en las inercias solícitas de la historia, pero también deberíamos exigirle ser más consciente del devenir artístico presente, sin cuya potencia creadora la cultura sería, únicamente, repetición complaciente. No dudo de que el patrimonio se protege con el cuidado, pero también se enriquece prestando atención a las formas artísticas que en el futuro podrían sumarse al común acervo cultural.

Desconozco los presupuestos que el estado y el resto de las administraciones públicas destinan al fomento de la música y, menos aún, lo que dedican a los ámbitos específicos de un sistema tan grande como el musical. Tampoco conozco con detalle cómo se establecen las prioridades y cuáles son los compromisos institucionales a los que obliga al mantenimiento de todas las instituciones musicales, pero lo que tengo claro es que, sin ampliar la diversidad y ensanchar la complejidad artística, el patrimonio cultural se empobrece y homogeniza. Por cierto, la palabra «resis», el nombre del festival de música contemporánea y artes vivas de A Coruña, comparte raíz semántica con resistencia. ¡Qué sea por muchos años!  

ARTE Y VIDA EN MARÍA CUETO

Antes de entrar en materia -nunca mejor dicho- me gustaría comentar que, a pesar de mi educación sentimental, profundamente idealista – esa que nos abría las puertas del cielo, de dios, la verdad, la belleza o la revolución-, desde hace muchos años, mis herramientas conceptuales para interpretar la vida y sus formas -incluidas las formas artísticas de María Cueto– son, en gran medida, dialécticas y materialistas. El idealismo estético nos ha educado, nos ha in-formado a la hora de mirar el mundo y, en mi caso, he de reconocer que, aun sabiendo que nunca cejo de perseguir la verdad o la belleza, siempre se me escapan. Así que, como Sísifo, lo vuelvo a intentar una y otra vez. 

Para explicar mejor lo que entiendo por materialismo, alguna vez he llegado a decir que Venecia, invadida por turistas, deshabitada y vaciada de vida comunitaria, estéticamente hablando, me interesa mucho menos que Algeciras y su extensión el Campo de Gibraltar, territorio que visito muy a menudo, con sus paradojas sociales y tensiones políticas, su paisaje urbano atravesado por la condición histórica de la industrialización franquista, o su excepcional -“bello”- entorno natural, epicentro de un espacio geoestratégico transfronterizo fundamental para pensar el desarrollo del capitalismo fósil y sus consecuencias en la configuración democrática de Europa y de África.  

Por poner algún ejemplo cercano, aquí en Donostia/San Sebastián, dialogando con Rita Unzurrunzaga, de la galería Ekain de María Cueto, y Julen Recondo, reconocido medioambientalista -precisamente en Cristina Enea, pionero Centro de Recursos Medioambientales- me atrevo a afirmar que en tiempos de emergencia climática o aceleración de la vida me resultará difícil “contemplar” la arquitectura del nuevo GOE (Gastronomy Open Ecosystem) otra factoría del Basque Culinary Center. Por mucho que el edificio esté firmado por prestigiosos arquitectos internacionales y el resultado formal pueda sumarse a la lista de arquitecturas famosas y espectaculares. Desde mi punto de vista, cada vez más, la fama de las formas y el espectáculo de la retórica arquitectónica – también los excesos de la gastronomía- ocultan la incapacidad ética para ser consecuentes con las necesidades políticas y ecológicas que, actualmente, nos plantea abordar la crisis climática y el regimen económico y social que la está provocando.

Por tanto, para continuar y situar mejor mi análisis de la obra de María Cueto, me atrevo a decir que, para mí, no existe una belleza absoluta fuera del tiempo ni de las condiciones materiales de vida, ni de las relacione de esta con el devenir histórico.

La Revolución Industrial nos trajo un gran aceleramiento de la vida, disociando el tiempo de la biosfera del tiempo social. Muchos indicadores que nos proporcionan información sobre el estado del planeta sugieren que estos dos últimos siglos hemos acelerado demasiado las máquinas de producción y consumo, aumentado la movilidad física, dispersado la capacidad cognitiva y, en consecuencia, entre los seres humanos han crecido las patologías relacionadas con nuestras maneras de emplear el tiempo: ansiedad, pánicos y fobias, depresión, trastornos del sueño, de la alimentación, desórdenes obsesivo-compulsivo, etc. Parece que estamos sin remedio bajo el dominio del tiempo y, lo que es peor, atrapados en sus prácticas más perjudiciales.    

A la vista del devenir destructivo de determinadas formas de vida, parafraseando a Rüdiger Safranski en Tiempo. La dimensión temporal y el arte de vivir (Tusquets Editores, 2017).  quizás por primera vez en la historia hemos llegado a un punto en el que la atención al tiempo del planeta y al nuestro personal han de convertirse en materia prioritaria de la política. Necesitamos una revolución de su régimen social que incluya la protección ecológica de la Tierra y la posibilidad de mejorar nuestra relación con los respectivos tiempos propios en el plano psicológico, cultural y económico.

Aunque la mayoría de los seres humanos nos empeñamos en ir contra el tiempo y en descuidar nuestra atención al planeta, María Cueto se toma su tiempo a la hora de proponerse el trabajo artístico y, en consecuencia, su manera de vivir. No tiene prisa. Por otro lado, el tiempo físico de sus esculturas, la dimensión temporal que atraviesa los materiales que emplea, es también, a la vez, substancia formal y conceptual. Los sarmientos, las semillas y las hojas contienen su propia memoria y, en cierto sentido, en ellas subsiste la huella de algo previo, a modo de reminiscencia. Cueto trata esos restos materiales consciente de esa condición atemporal, pero también con responsabilidad ecológica en relación a su significado presente. 

Cuando menciono el tiempo físico, me refiero también a su proceso de creación, a la temporalidad concreta que comienza y termina mientras las formas aparecen o al ritmo de su respiración. Modos de hacer que la vinculan a una larga tradición relacionada con los trabajos manuales del tejer. Es un respirar acompasado y, en su caso, solitario, mientras los materiales de la naturaleza con los que trabaja resurgen y resignifican para reconfigurar sus potencias expresivas y simbólicas. Arte y vida van de la mano, nunca mejor dicho.

La materialidad de sus esculturas es esencial a su consciente quehacer artístico, perseverante, pero no precipitado, laborioso, pero no fabril. En ese devenir, Cueto construye una forma política de vida. No me refiero a un arte politizado, sino a una forma política que está en su propia condición de existencia, diría Jacques Rancière. Por la manera en la que Cueto entiende su propia corporeidad laboriosa o se sitúa ante los materiales que recopila de la naturaleza y los convierte en artificios – incluso archivos- o por la forma en la que el tiempo habita sus esculturas y la atención con las que las elabora, estas se acercan también a determinados feminismos materialistas que proponen una ética de la producción pensada en términos holísticos, superando el dualismo cultura-lenguaje versus naturaleza-materia, incluso escena y paisaje. Como para Elisabeth Grosz, en Cueto, la naturaleza es una combinación de materia y vida, elementos inorgánicos y orgánicos, cuya característica fundamental es una evolución sin final. 

Sus evocaciones naturalistas y poéticas, que también podrían sugerir alegorías formales primitivas, son asimismo artificios mecánicos contemporáneos, construcciones móviles desprovistas de cierto romanticismo paisajista, tan característico también del idealismo. En las esculturas de Cueto la naturaleza y la cultura, incluida aquí la tecnología (hay precisión matemática en su elaboración) son como las dos caras de una banda de Moebius, nunca se sabe cuándo acaba la una y comienza la otra; deshacen la fractura binarista entre lo que entendemos por cultura, el objeto escultórico en sí mismo, y por naturaleza, los materiales que lo componen. En cierto sentido, Cueto se situaría más cerca del monismo de Spinoza que del dualismo ontológico de Descartes, para el que primero se piensa y después se actúa; sin embargo, para Spinoza no existen dos órdenes, sino únicamente cuerpos pensantes, ya que pensamiento y cuerpo son atributos de una misma substancia.

Cueto también desarticula la dicotomía entre forma y concepto, incluso la división entre artista intelectual y artesano manual o el artista orgulloso y la humilde artesana, que fundó la modernidad, produciendo una separación artificiosa entre subjetividad artística y juicio estético. Del mismo modo, disloca la escisión entre cuerpo y mente o alma, entre mano y cabeza, entre hacer y pensar, incluso entre razón y pasión o entre el ejercicio de una práctica concreta y la especulación abstracta, entre ciencia y filosofía o arte y pensamiento. Tanto es así que en sus esculturas la materia ocupa un lugar paralelo al de su pensamiento, ella hace pensando y viceversa.

No en vano la misma raíz lingüística de poiéin, deriva en las palabras “hacer” y “poesía”. Giorgio Agamben en El hombre sin contenido (Ediciones Áltera, 2005) señala que los objetos fabricados por un artesano o la producción artística -pinturas, esculturas o poesías- mantienen relación con la noción de poiesis, es decir, toda actividad realizada por el ser humano.

Richard Sennet en El artesano (Anagrama,2005)dice que en la mayoría de nosotros hay un artesano inteligente, todos tenemos la capacidad de hacer un buen trabajo. Según él, “[…] es posible que el término ‘artesanía’ sugiera un modo de vida que languideció́ con el advenimiento de la sociedad industrial, pero eso es engañoso, ‘artesanía’ designa un impulso humano duradero y básico, el deseo de realizar bien una tarea, sin más. La artesanía abarca una franja mucho más amplia que la correspondiente al trabajo manual especializado. Efectivamente, es aplicable al programador informático, al médico y también al artista”.

POLÍTICAS CULTURALES (AUTO) CRÍTICAS.

El sábado 29 de junio, en una mañana casi primaveral, invitado por Javier Mohedano, participé en un encuentro organizado por «Hacemos Córdoda» sobre Necesidad y posibilidad de políticas culturales críticas en compañía de Elena Calvo, Curro Crespo, Marta Jiménez, Azahara Palomeque, Pedro Ruiz y Fernando Vacas, agentes locales vinculades a distintas experiencias personales y colectivas.

Siendo el único de los participantes que no vivía en Córdoba, mi participación la pensé a modo de introducción general, una especie de prólogo que, más allá del necesario derecho a la cultura, permitiera abrir la conversación hacia el debate sobre formas de la política que persiguen la ampliación de todas las formas de justicia social, el reconocimiento y la redistribución.

Inicié mi intervención con una premisa que procuro no olvidar a la hora de plantear políticas culturales críticas y, sobre todo autocríticas (nuestras propias inercias son también responsables de que una parte importante del sistema cultural no se transforme en la misma dirección que otras políticas encaminadas a ampliar derechos sociales o, lo que es peor, permiten que se impongan las que vienen a abolirlos. No hay que ir muy lejos para entender a qué me refiero, cuando hace unos días el presidente de Argentina, Javier Milei, al lado de Isabel Diaz Ayuso, arremetió contra la justicia social). Aunque sabemos que la sensibilidad humana se despliega a través de todo tipo de manifestaciones artísticas y culturales , por tanto, son imprescindibles para nuestra existencia (nos interesen más unas que otras, interpretar o escuchar a Bach, cultivar un jardín, salir a pasear o charlar en un parque, formas de subjetivación del gusto personal sobre las que no pretendo hablar), tampoco podemos obviar, idealizándolas, que las artes y las culturas son también campos dialécticos donde se dirimen formas opuestas de concebir la vida (no es lo mismo un coleccionista de arte cuyos fondos artísticos son objetos para la especulación financiera que la de otro cuya colección se fundamenta en determinada sensibilidad patrimonial, sin ánimo de usura, o simplemente adquirida por el placer estético de disfrutar de algunas obras de arte, de igual modo que no son lo mismo los pequeños propietarios de viviendas que los fondos de inversión inmobiliarios; por cierto en algunos casos coinciden los primeros con estos últimos); producen contraposiciones de sentido (con más o menos voluntad casi todes estamos atrapados en las redes sociales sabiendo que sus propietarios son los mayores explotadores del conocimiento); y obedecen a modelos políticos y materiales muy diferentes y dispares (no debemos olvidar que los fascistas y los nazis fueron unos grandes defensores de la cultura y, actualmente, las extremas derechas utilizan el arte y la cultura como herramienta para defender valores ultraconservadores y reaccionarios). Como dijo en 1971 George Steiner En el castillo de Barba Azul. Aproximación a un nuevo concepto de cultura (Gedisa, 2020) “la adormecida prodigalidad de nuestra familiaridad con el horror es una radical derrota humana”, cita extraída de las magníficas reflexiones de Antonio Monegal en Como el aire que respiramos. El sentido de la cultura (Acantilado, 2022) donde también nos recuerda los siglos de explotación, discriminación y opresión que subyacen al repertorio magnífico de la cultura occidental. 

Por tanto, tampoco podemos olvidar que las instituciones culturales no son entidades separadas de la vida, ni aisladas de la realidad, de su dinamismo y composición social, de las diferencias de clase, con sus antagonismos y encrucijadas culturales, donde también se ponen de manifiesto la segregación económica y el racismo. El sistema cultural no es una totalidad uniforme, ni una unidad de destino universal, por mucho que lo pretenda determinada concepción patriotera de la cultura; no es un sujeto unitario, sino una categoría relacional, un conjunto heterogéneo e irreductible – como la vida social misma- de experiencias individuales y colectivas, espacios o instituciones públicas, privadas o del común, lógicas administrativas, económicas, técnicas y normativas muy dispares; desplegadas además por agentes muy diferentes, con vocaciones y voluntades desiguales, desde empresarios depredadores a pequeñas y medianas empresas o cooperativas socialmente responsables, desde funcionarios ensimismados a servidoras civiles, plenamente conscientes de su papel social y de su responsabilidad en la justa redistribución de los recursos públicos. Es un entramado complejo y plural habitado por intereses y proyectos diferentes, unas veces contrapuestos y otras complementarios, además atravesados por contradicciones que no siempre se resuelven con los mismos parámetros organizativos y económicos.

En Córdoba, no son lo mismo el C3A, la mezquita, el espacio Plástico, el centro social Luciano Centeno, la asociación de vecinos Azahara, el diario Cordópolis o este popular patio privado donde también se realizan actividades públicas. Esas paradojas del sistema cultural, parafraseando a Lucía Egaña y Giuliana Racco, coordinadoras y editoras de La cultura no es una autopista. Los museos podrían ser jardines (2024) ponen en evidencia como un centro de arte o un evento cultural puede proponer una programación aparentemente “revolucionaria” en sus contenidos formales -feminista, ecologista, decolonial etc..- pero precarizadora en sus políticas económicas, incluso reaccionaria en sus actividades sociales, excluyente, elitista, clasista, esnobista o racistas en las políticas de la institución sobre integración, capacitismo, inclusión/exclusión y diversidad; en las condiciones sociales y laborales de usuarios, la equidad y el respeto en el tratamiento, la trasparencia en la gestión de recursos, los procedimientos y la comunicación de convocatorias, programas y actividades, etc.

Además, por mucho que cierto idealismo cultural lo pretenda, la autonomía del sistema cultural es relativa y también está supeditada a las presiones de la economía del mercado y del consumo. Es un espejo de las condiciones materiales de vida y reproduce los mismos parámetros económicos del capitalismo: las grandes industrias culturales al lado de las autogestionadas y cooperativas; la cultura del evento masificador al lado de actividades sociales y culturales locativas; el turismo exógeno al lado de las experiencias sociales o fiestas de la vida comunitaria; el patrimonio cultural entendido como espectáculo y mercado al lado de las instituciones populares (bibliotecas, centro cívicos y culturales de proximidad vecinal, plazas públicas habitables, canchas deportivas de barrio, salas de teatro o de exposiciones etc.); los monopolios tecnológicos propietarios al lado del arte y cultura como patrimonio público o bien común o los medios de comunicación independientes que también forman parte del mercado, entendido como intercambio de bienes y servicios de interés social.

Es imposible separar la cultura de lo que ocurre en la sociedad y, a la vez, tampoco es posible cambiar la segunda sin el papel de las artes y las culturas trasformadoras. Del mismo modo, plantear que la lógica de de la cultura no es la de la economía es compatible – dice también Monegal- con que la cultura movilice una considerable actividad económica. Nadie niega la importancia del mercado en la organización de la vida y, por lo tanto, de la cultura, tan solo reclamo que los límites de su crecimiento sean corresponsables con una redistribución justa entre los beneficios del capital y las rentas del trabajo y con la responsabilidad social de las partes en la explotación de los recursos naturales necesarios para la producción. Por eso, la distribución de los recursos públicos, también debería entenderse como otra política redistributiva que defienda a los sectores más frágiles, fundamentalmente el tejido creativo mas desprotegido, democratice el acceso y amplíe el derecho a la diversidad institucional. Incluso aplicando políticas económicas inversamente proporcionales desde lo pequeño a lo más grande, del mismo modo que las propias políticas fiscales siempre deberían favorecer a los más débiles de la cadena productiva y exigir más a los que más acumulan.

Por lo tanto, para esa necesidad y posibilidad de políticas culturales autocríticas, además de hablar de la cultura como derecho -por supuesto- tendríamos que insistir mucho más en situar nuestras reivindicaciones culturales al lado de las luchas políticas que defienden la reapropiación de los bienes comunes para lograr una redistribución más justa y equitativa y, de ese modo, mantener y mejorar todas las formas de justicia social que posibilitan la vida y, en consecuencia, también las prácticas de las artes y las manifestaciones culturales. Si las prioridades vitales de la existencia –alimentación, vivienda, sanidad, prestaciones sociales, educación, movilidad etc. – estuvieran cubiertas por derecho, y no al contrario como señalan las tendencias hacia la privatización de los servicios públicos (en muchos casos bajo formulas eufemísticas como comentó César Rendueles en su reciente artículo de El Pais La educación pública más allá de la trinchera, probablemente las relaciones con el trabajo y el tiempo libre estarían mucho más determinadas por el deseo que por la obligación. Como dice Remedios Zafra, disponer del tiempo propio debería ser un mandato.

Hace unos meses la revista Dramática, publicada por el Centro Dramático Nacional, me pidió un texto sobre “residencias artísticas” que se publicará próximamente. El texto tiene un título provocador que, a su vez, es una proposición política, vitalista y esperanzadora, aunque no optimista: “La mejor residencia artística sería la renta básica universal”. Es decir, un ingreso incondicional que, a modo de sistema de seguridad, recibirían todas las personas desde que nacen, más allá de otros ingresos patrimoniales o de trabajo e “independientemente de sus relaciones familiares o domésticas”, puntualiza Kathi Weeks en Feminismo, marxismo, política contra el trabajo e imaginarios más allá del trabajo (Traficantes de sueños, 2020). Por supuesto, según esta catedrática de Género, Sexualidad y Estudios Feministas en la Universidad de Duke, la renta básica a su vez, debería ir acompañada de otras medidas como la implantación de contratos justos, la exigencia del cumplimiento de las leyes vigentes sobre sueldos y duración de las jornadas laborales, especialmente la de aquellas personas con más bajos ingresos, etc. Es decir, garantías para que, a lo largo de toda la vida, cualquiera pueda desarrollar en libertad sus capacidades o desplegar sus potencias creativas, en el sentido más amplio de la palabra (también podría dedicarse a la vida contemplativa u ociosa) en relación al reparto de lo sensible, al que, hablando de estética, se refiere Jacques Rancière en El reparto de lo sensible: estética y política (Prometeo, 2014); Forma de derecho-justicia social vitalicio con los que, desligando el vínculo entre trabajo e ingresos económicos, se reducirían drásticamente las obligaciones laborales destinadas a cubrir las necesidades vitales. 

El objetivo es reivindicar tiempo para reinventar nuestras vidas, como un proceso de creación de nuevas subjetividades, con nuevas capacidades y deseos. Weeks propone un movimiento feminista por el tiempo. “Así la reducción de jornada podría consistir en tener tiempo para el trabajo doméstico, el trabajo de consumo y el trabajo de cuidados; tiempo para el descanso y el ocio; tiempo para construir y disfrutar de una multitud de relaciones de intimidad y socialidad intrageneracionales; y tiempo para el placer, la política y la creación de nuevas formas de vida y nuevos modos de subjetividad. Podría imaginarse en estos términos como un movimiento por el tiempo para imaginar, experimentar y participar en los tipos de prácticas y relaciones –privadas y públicas, íntimas y sociales─ que ‘queramos’”

De este modo, el conocido axioma pronunciado por Joseph Beuys, “Cada hombre (persona) un artista” podría hacerse realidad, además, de manera extensiva si ampliamos el sentido de la práctica artística a cualquier actividad manual, artesanal, intelectual, creativa, recreativa o reproductiva que nos acerque a los modos de existencia que queramos vivir y no a los que nos imponen vivir. 


 

CRUCE DE CAMINOS EN COMPAÑÍA DE LUIGI NONO

En el barrio del Trastévere de Roma, ocupando un sitio emblemático de la colina Gianicolo, se encuentra la Real Academia de España. Desde hace más de siglo y medio, esta institución es un espacio para el encuentro y la formación de artistas de diferentes disciplinas, profesionales de la cultura e investigadores. La Academia desde esa posición privilegiada se convierte para sus residentes en una oportunidad excepcional para crear vínculos profesionales y afectivos, un lugar de cruce de caminos, de saberes compartidos. Durante los largos periodos de estancia, sus moradores comparten vida y proyectos que a su vez generan sinergias creativas y colaboraciones en ámbitos de mutuo interés temático.

El resultado de uno de estos afortunados encuentros se muestra en la exposición Y su sangre ya viene cantando que se presenta en la Fundación Seoane de A Coruña. Comisariada por el compositor Hugo Gómez-Chao Porta con la colaboración de Cristina Esteras, se celebra en el marco de RESIS, el excepcional festival de música contemporánea y artes vivas de esa ciudad que este año acoge una programación especial dedicada a la memoria del músico veneciano Luigi Nono (1924-1990), con motivo del centenario de su nacimiento.

El interés por la vida y obra musical de este compositor, tanto del comisario como de les artistas Marta Azparren y Marcelo Expósito, y la escritora Andrea Valdés, vehiculan la narración de esta muestra. Además, comparten ciertas preocupaciones y posiciones culturales del propio Luigi Nono, siempre abiertas a la experimentación y al cambio, a la vez que críticas con el dogmatismo y el determinismo de lo predecible.

Me atrevería a relacionar algunas de las cuestiones que seguramente se han tenido en cuenta a la hora de articular esta exposición, como la preocupación que Nono tuvo por la condición obrera y el trabajo en la fábrica, presente también en su compromiso político y militancia comunista, atravesada por la decepción soviética y la permanente nostalgia de una revolución imposible que él proyectaba en su admiración y preocupación por los movimientos insurgentes latinoamericanos; el desasosiego que le producían las guerras; las influencias de los filósofos Walter Benjamin y Antonio Gramsci o Massimo Cacciari y Aldo Gargani, pero también los poetas Hölderlin, Rilke y Goethe o Antonio Machado, además de García Lorca que está muy presente en la exposición.  

Como no, la memoria, el espacio, las resonancias literarias y acústicas venecianas que le llevan a profundizar en la simultaneidad del tiempo y en la naturaleza ambivalente y, a la vez, unívoca del sonido y el silencio. A esas influencias, habría que sumar, sin duda, la vinculación del compositor con el polifacético Nanni Balestrini, con el que compartía disidencias estéticas. A pesar de sus divergencias políticas sobre el sentido y la organización de las luchas comunistas, ambos vicularon siempre su trabajo artístico con la militancia política activa, compometida con las causas populares. 

Y sin duda, en la exposición ocupa un lugar central la poesía de Federico García Lorca que, en su versión menos idealista, se convirtió en referente para una generación de activistas italianos, preocupados por la guerra civil española y, después, por el franquismo. No en vano, el título de la exposición remite a un verso extraído de su poema “La sangre derramada, incluido en su poemario Llanto por Ignacio Sánchez Mejías publicado en 1935.

Luigi Nono mantuvo siempre una estrecha relación personal con distintos representantes de la cultura española. De hecho, la exposición ejemplifica, en concreto, la amistad y complicidad que con el artista Antoni Tàpies tuvieron Nono y Nuria Schönberg, precisamente nacida en Barcelona, en 1932, durante el periodo de estancia que su padre Arnold, el celebre compositor vienes, tuvo en el barrio de Valcarca, en Gracia. Precisamente, junto a Francisco Jarauta amigo de la familia, la hija de ambos, Serena Nono, presentó en esta edición del festival RESIS I film di familia, un montaje de películas en formato super-8 que recopila materiales familiares y documentos de las décadas de 1960 y 1970, periodo histórico tan importante para el devenir de la Europa contemporánea.

En estos tiempos de involución política, ahora que Europa se encuentra otra vez amenazada por partidos políticos ultranacionalistas, autoritarios, reaccionarios y abiertamente xenófobos, racistas u homófobos, es el momento de reflexionar desde las resistencias culturales liberadoras que podemos encontrar en las relaciones entre arte, música, política y vida como potencias para la utopía democrática y social. En cierto modo, como a través de esta exposición, podríamos evocar la vida en común de estes cuatro artistas que se cruzaron en la Academia de España en Roma, donde nunca han dejado de palpitar y reinventarse las culturas europeas, cada vez más felizmente atravesadas por la generosa y fértil presencia de otras voces y cuerpos procedentes de todo el mundo.

EL ARQUITECTO MIGUEL GARAI EN LA MEMORIA DE ARTELEKU

El 1 de diciembre del pasado año se celebró en la Escuela de Arquitectura de Donostia/San Sebastián un homenaje al arquitecto Miguel Garai, fallecido unos meses antes el 15 de marzo. Viene bien recordar que el edificio de esa escuela fue una de sus obras más emblemáticas, proyectada junto a Santos Barea, que fue precisamente quien me invitó a participar en el acto. En la medida que el resto de ponentes hablarían con más fundamento y criterio sobre sus cualidades profesionales, pensé que mi aportación debía circunscribirse a describir la relación que Garai tuvo con Arteleku, el desaparecido Centro de Arte y Cultura Contemporánea que la Diputación Foral de Gipuzkoa sostuvo durante casi tres décadas en el barrio de Loyola de Donostia-San Sebastián y que tuve el orgullo de dirigir entre 1987, prácticamente desde su apertura, hasta finales del año 2006.

La existencia de Arteleku se inscribió en una profunda convicción política que entiende el apoyo al sistema de la cultura y al arte como una parte más de los servicios públicos destinados a extender los derechos sociales de las personas. Con ese mismo espíritu, como servidores civiles, trabajamos las personas que formamos parte de sus equipos de gestión. Sin su eficaz trabajo y entrega personal la historia de Arteleku no hubiera sido posible.

Arteleku fue una institución algo anómala, quizás excepcional y algo excéntrica; descentrada en relación con el panorama del sistema del arte de aquellos años, pero también periférica con respecto al territorio de la ciudad. Fue, como expresa el significado literal en castellano de la palabra Arteleku, lugar del arte, pero también fue estancia-casa-estudio para artistas. Aquella antigua fábrica de suministros eléctricos, reconvertida en factoría y laboratorio de arte y pensamiento contemporáneo, dejaba transformar su arquitectura, modificar su constitución material, para permitir adaptar el edificio a las necesidades que, paulatinamente, el programa iba requiriendo. Esta condición maleable y flexible no es fácil de encontrar en las instituciones culturales, muchas de las cuales quedan sujetas, incluso encadenadas, a las obligaciones formales y las exigencias patrimoniales de sus arquitecturas que, en demasiadas ocasiones, se convierten en paralizante rigidez orgánica. 

Se podría decir que, desde su fundación, Arteleku casi siempre estuvo en obras, literal y conceptualmente, en permanente construcción. O, quizás en deconstrucción, como Fernando Golvano nos recuerda en su texto Arteleku: una espiral de mutación al servicio del arte y el pensamiento. No en vano, en poco tiempo, pasó de ser una institución pensada desde el arte a convertirse en otra que también acogía actividades y proyectos relacionados con cuestiones y problemas del campo de la cultura contemporánea, como la propia arquitectura. Estar en construcción suponía una permanente disposición a cuestionar sus objetivos programáticos a la vez que, en consecuencia, su materialidad arquitectónica. Este fue el espíritu con el que se abordaron todas las reformas del edificio.

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CAHIER DE FLEURS  DE IÑAKI GRACENEA

TEXTO PARA LA EXPOSICIÓN EN “LA NAVE SÁNCHEZ-UBIRÍA” DE MADRID

La historia de la percepción sensible de los seres humanos se inscribe en la capacidad que tenemos para captar los estímulos de la naturaleza y las cosas -colores, olores, luminosidad, tamaño…- pero también en la que tiene nuestra subjetividad, predeterminada por el tiempo histórico, y su inscripción en la cultura. Ya desde Aristóteles, la mímesis no se reducía a la mera semejanza ni a la simple verificación –como decía Platón- sino a la posibilidad de agenciamiento. Es decir, a nuestra capacidad para operar ante las imágenes y para desplegar ante ellas nuestra predisposición ficcional, porque las imágenes no pueden ser comprendidas como un mero complemento de la expresividad -no son simplemente representaciones de lo que existe- sino como complejas relaciones perceptivas capaces de introducir interrupciones de sentido, zonas de indeterminación sensible.

Parafraseando a Gaston Bachelard, la imaginación no es, como sugiere la etimología, únicamente la facultad de formar imágenes de la realidad, sería al mismo tiempo la de elaborar otras que la sobrepasan, que “cantan la realidad”, dijo literalmente en 1942 el autor de El agua y los sueños. Ensayos sobre la imaginación de la materia (FCE, 1994)

Iñaki Gracenea lleva años trabajando sobre las imágenes que producen las estructuras de control, en concreto la historia de la arquitectura penitenciaria. La violencia simbólica ha sido el eje de los últimos proyectos del autor. Una forma de violencia no ejercida directamente mediante la fuerza física, sino a través de la imposición por parte de los sujetos dominantes a los sujetos dominados, una dominación ejercida por medio de la arquitectura, de las reglas, de una rutina impuesta, de una visión del mundo, de los roles sociales, de las categorías cognitivas y de las estructuras mentales.

En su práctica artística, desde la pintura como dispositivo “imaginativo” -imagen e imaginación, pero asimismo forma y concepto, materia e historia o significante y significado, a la vez- trabaja también sobre las relaciones visuales. Y en las últimas décadas, concretamente, sobre las que se establecen entre los sistemas de disciplinamiento y algunas de sus tecnologías de poder: la videovigilancia de los espacios públicos y privados, la arquitectura penitenciaria -sobre todo en su concepción panóptica, esa suerte de invisible omnisciencia autoritaria- o el propio cuerpo disciplinado, en términos económicos de utilidad o técnicas políticas de obediencia. En cierto sentido, la “microfísica del poder”, parafraseando el más que citado Vigilar y castigar. Nacimiento de la prisión, del no menos mencionado Michel Foucault

Tanto en su materialidad plástica y visual, como en sus preocupaciones teóricas –véase su excelente tesis doctoral Sistema y Modelos: (Representación y resignificación de imágenes proyectadas desde los espacios de control- las obras de Gracenea surgen a partir de las imágenes que emanan de esas estructuras de poder y, sobre todo, del papel del arte para resignificarlas, no como mera representación formal sino como conjunto de operaciones conceptuales que permiten otros registros de lo visible. Según Andrea Soto Calderón en Imaginación material ( metales pesados, 2022) que admiten reapropiarse de su plasticidad y hacer entrar en las palabras, las imágenes y los gestos la categoría de lo posible para articular otra capacidad relacional. 

El propio artista reconocía en su última exposición La disciplina cura. Saiakera que en castellano significa “ensayo” o “intento”, que la disciplina y la limitación autoimpuesta, le permite construir una suerte de sistema que posibilita un trabajo persistente. Pero no se refiere, en absoluto, al dominio de determinadas técnicas o a hacerse con un estilo formal, sino a transitar por todas ellas, atravesar sus potencias, para poder “traducirlas”. Sabiendo además que el arte también es materia que tratar y, por tanto, abre procesos para articular otras formas de inteligibilidad.

En esa condición transitoria entre realidad y ficción, documento, signo o imagen, Gracenea reconoce que, como en este caso con las prisiones, cuando el artista trabaja y analiza un imaginario colectivo que incumbe a la sociedad como institución, grupo o sujeto, es ineludible articular unas pautas de trabajo para no desfallecer ante la avalancha de significados que operan en las obras. Sabemos que las imágenes pueden informar, entretener, distraer y alienar; sabemos que tienen poder, pero también que pueden abrir un amplio campo de representación para disputar, ampliar y redistribuir lo sensible, producir contrapoderes y contraimágenes. Ese tránsito trascurre por diversos lenguajes hasta que, en el caso de Gracenea su propio lenguaje artístico des/vela otros códigos poéticos y políticos que han quedado suspendidos en la “realidad” documental.

El imaginario con el que trabaja el artista, ligado a la memoria, al documento, al archivo, le permite crear diversas formas de orden, índices, grupos, series, colecciones… de tal manera que existe un programa inicial que afectará a un proceso de traducción del material, y concibe así una situación de obra abierta que jamás finalizará. Y, como en toda singularidad, existe un resquicio a la espontaneidad, un palpable testimonio de la particularidad de los gustos del creador, de lo vivencial, donde se hace presente la necesidad del límite para que el espectador logre “levantar” sus propios significados; incluso operando de forma crítica, como un espectador emancipado capaz de pensar radicalmente la dimensión relacional de las imágenes.