PARALIZADO EL PROYECTO GUGGENHEIM URDAIBAI

Hace unas semanas recibí una llamada de la Fundación Agirre Lehendakaria Center de la Universidad del País Vasco para participar en el proceso de escucha impulsado por Diputación Foral de Bizkaia sobre el proyecto de construcción de una nueva sede, con dos edificios, del Museo Guggenheim en Urdaibai, reserva de la biosfera situada en la región de Busturialdea, entre Bermeo, Gernika y Luno y otras poblaciones afectadas de Bizkaia. Desde que se hizo público el plan de expansión del museo, la oposición social al proyecto, liderada por diversas plataformas ciudadanas y grupos ecologistas, fue significativa y persistente. Afortunadamente, a la vista de la presión popular, del resultado de la consulta y de las muchas dificultades técnicas para su implantación, hace unos días, el patronato de la Fundación Guggenheim ha decidido no seguir adelante con el proyecto de ampliación del museo.  Cuando se realizó la entrevista por teléfono, la decisión no se había tomado. Esta es la transcripción, más o menos fiel, de aquella conversación (en su momento, el dieciocho de octubre y el veinticinco de noviembre del año dos mil veinticuatro, publiqué sendos textos con mi opinión que también os adjunto).

¿En qué situación crees que está hoy en día la comarca o qué crees que está pasando?

Bueno, no soy un experto por lo que más allá de alguna valoración general y de la información que me llega por prensa, no podría decir nada preciso. Sin embargo, es evidente que, viendo como han sido transformadas las economías del sector primario por las formas de globalización económica y por determinadas dinámicas de industrialización a gran escala y masiva mercantilización acelerada de sus productos, efectivamente, estos cambios han afectado sobre todo a las formas más tradicionales y locales de la agricultura y la pesca. Por tanto, deduzco que las empresas locales, trabajadors y servicios que dependen de ellas también estarán siendo damnificados por esa crisis y, como en otras regiones, es lógico que estén reclamando algún tipo de plan estratégico específico para avanzar en una reconversión de la economía local y, de ese modo, reorientarla hacia un futuro sostenible y ecológico de la comarca. A la vista de las movilizaciones populares, no parece que la solución sea, precisamente, esta apuesta de la Fundación Guggenheim en Urdaibai.

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SEGUIR PENSANDO EN GAZA TAMBIÉN EN NAVIDAD

El texto que sigue a esta breve introducción aclaratoria lo escribí unos días antes del día de Navidad del año 2025. Se publicó en el Diario Vasco, ayer sábado, una vez comenzado el nuevo año que nos ha traído como primera gran noticia internacional el bombardeo de Caracas por parte del ejército de los EE. UU y el posterior secuestro del presidente de Venezuela, Nicolás Maduro y su esposa Cilia Flores. Mi apunte en el texto que os adjunto sobre el “pacifismo” militarista e imperialista” del gobierno de Donald Trump tras la firma del Plan de Paz para Gaza adquiere hoy, si cabe, una significación mucho mayor.

Aunque las condiciones de vida en Gaza siguen siendo infernales y el desarrollo del llamado acuerdo de paz firmado en octubre continúa siendo una incógnita se ha producido, por arte de birlibirloque, un preocupante apagón informativo sobre la dramática situación de la zona.  Así que una de las primeras consecuencias del pacifismo militarista e imperialista de Trump, con la aquiescencia de la Unión Europea y gran parte de la diplomacia internacional, ha sido que las noticias sobre Palestina han desparecido de los medios de comunicación. Los especialistas lo denominan “fatiga informativa”, una especie de agotamiento emocional que, en realidad, oculta el mayor éxito de la tregua hasta ahora: dejar de señalar el conflicto y sus aspectos más dramáticos para que el ejército de Israel tenga carta blanca en la política de control sobre la población palestina y el gobierno sionista continue su política de expansión.

Miles de soldados se han instalado en lo que se conoce como zona amarilla, una especie de nueva frontera móvil que ocupa más del cincuenta por ciento de Gaza y que, eufemísticamente, denominan zona de amortiguamiento. Según el acuerdo de paz, ese territorio sirve como muro de contención desde donde Israel mantiene su estrategia defensiva y, si fuera necesario, ataque a las poblaciones palestinas limítrofes. Es decir, la frontera como mejor arma de guerra.

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¿DIOS HA MUERTO?  

A pesar de que los datos sobre asistencia a servicios religiosos u otras formas de identificación eclesial indican que la religiosidad social no ha aumentado en el mundo de manera significativa, paradójicamente, parece que, por la necesidad de encontrar respuestas a la incertidumbre en la que vivimos, la espiritualidad está cada vez más más presente en nuestras sociedades.

Sin ir más lejos, y tal vez como síntoma, en nuestro contexto cultural hemos asistido en los últimos meses a la entrega del Premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades al mediático filósofo Byung-Chul Han, cuyo último libro traducido al español es precisamente Sobre Dios. Pensar con Simone Weil, reconocida filósofa mística que ha servido también de inspiración para Lux, el último disco de la cantante Rosalía. A esta coincidencia se suma el estreno de Los domingos, la última película de la directora Alauda Ruiz de Azua, cuya trama principal se construye alrededor de una joven que quiere hacerse monja de clausura. Estos tres productos de la industria cultural parecen indicar que, aunque a finales del siglo XIX Nietzsche enunciara el célebre “Dios ha muerto”, su figura sigue muy presente, tanto en sus formas espirituales (personales) o religiosas (comunidades) como en las eclesiásticas y normativas (poder y doctrina) que, por cierto, no tienen que estar necesariamente vinculadas. Alguien puede tener intensas experiencias espirituales o religiosas y no pertenecer de forma explícita a ninguna iglesia o, por el contrario, ser miembro activo de alguna y no tener el más mínimo escrúpulo para ser un perverso genocida. Por citar a alguna en concreto, ahí tenemos a Netayahu o el mismísmo Trump que no paran de invocar a Dios para justifcar sus «buenas» acciones en nombre del bien.

Cuando, tanto en La gaya ciencia (Tecnos 2016) como en Así habló Zaratustra (Alinaza, 2011), Nietzsche escribió aquella célebre sentencia filosófica, por ser más precisos, no pretendía afirmar que alguna vez hubiera existido un ser divino y en ese momento de la historia había dejado de hacerlo, sino, más bien, quiso hacer una observación cultural sobre el desmoronamiento del sistema de valores y verdades en el que se había apoyado la sociedad europea durante siglos. Para este maestro de la sospecha, la Ilustración, con su confianza ciega en la razón y la ciencia, o la modernidad, con la secularización social, la exacerbación de la autonomía individual y el desarrollo del progreso tecnológico sin límites éticos, habrían socavado las bases religiosas de la cultura europea. Por tanto, la “muerte de dios” representaría sobre todo la crisis de sentido de los valores cristianos que nos habían llevado hasta ese momento histórico y, en consecuencia, esa pérdida habría derivado en formas nihilistas de habitar el mundo. Ante ese vacío, Nietzsche nos habló de la responsabilidad radical del ser humano singular, pero aceptando que vive en relación con la multiplicidad de otr+s, en un mundo compartido. 

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EL FIN DE LA PACIENCIA

Tras verificar que el reciente ciclo primavera-verano ha sido el más caluroso desde que se miden científica y sistemáticamente las temperaturas, o que la elevación térmica de las aguas del Mediterráneo es un hecho, o constatar que durante estos meses se han quemado con virulencia y voracidad más bosques en la península ibérica que en toda la historia documentada, cuesta creer que aún haya personas que nieguen el cambio climático. En relación con los incendios, al margen de las confrontaciones partidistas – en algunos casos grotescas- las palabras prevención, anticipación o coordinación institucional han sido las que más consenso han concitado entre las mentes más preclaras de la política y las voces de profesionales y científicos. Es evidente que trabajar sobre las causas de los incendios u otros fenómenos derivados de las alteraciones del clima es mucho más importante que actuar sobre las consecuencias. De hecho, hay cierta unanimidad académica sobre el tiempo perdido y el retraso en la aplicación de las medidas necesarias para desacelerar el cambio climático.

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VINDICACIÓN DE LA VIDA HOLGADA

En el recién publicado El derecho a las cosas bellas. Vindicación de la vida holgada (Ariel, 2025) Juan Evaristo Valls Boix escribe que la pereza es ese amor de verano que nos arranca de la obsesión por el trabajo y nos devuelve la más bella de las libertades, la de no hacer nada.Sin embargo –añade-, paradójicamente, una pasión extraña recorre nuestro cuerpo, la pasión por el trabajo. Unos la aclaman como una virtud, otros encuentran en ella la clave para una vida feliz y plena y algunos nos cuentan que es la receta para salir de todas las crisis, el antídoto para cualquier mal de nuestro tiempo.

Entre otros textos que, de alguna manera, tratan sobre lo que, según el índice del libro, el autor llama derechos perezosos o zanguangos (pereza, huelga, jubilación, ciudad y literatura) Valls relee el célebre El derecho a la pereza. Refutación del derecho al trabajo en el que Paul Lafargue enmendó la plana al no menos citado El capital: crítica de la economía política de su suegro Carlos Marx. Aunque este último dijo que “el reino de la libertad solo empieza allí donde cesa el trabajo impuesto por la necesidad”, se sabe que Marx no dejó nunca de creer que el hombre solo se podía liberar mediante el trabajo. En ese sentido, Valls señala que, si leyésemos con atención la famosa cita, observaríamos que contiene una trampa: “lo que Marx propone no es tanto la liberación del trabajo, sino la liberación para el trabajo”. Al describir el trabajo como una actividad trascendental y natural Marx retoma el pensamiento humanista, cuyo sueño idealista es continuar creciendo y superándonos sin fin. Marx y Hegel llamaron “trabajo” a esta relación jerárquica de dominio y asimilación. En su obra capital, Marx diseñó una ontología ahistórica donde ser equivale a trabajar, y esta operación -dice Valls- es aniquiladora de todo lo no-humano. Hegel y Marx coincidían en que el trabajo es el proceso por el cual el hombre se produce a sí mismo en cuanto hombre: ente autónomo, aislado y completamente separado de todos los otros seres. El sujeto se levanta, se yergue como Hombre, oprimiendo todo lo que no es sujeto: la ergontología, donde ser es trabajar y ser trabajado, constituye la primera definición de nuestra condición vertical. En cierto modo -dice Valls- el mismo espejismo que persigue el capitalismo, el sistema económico y político que gobierna nuestras vidas a través del trabajo ya sea como disciplina, como formas de deseo que concluye en consumo, como excitación social o como agotamiento personal. Uno de los modos en que el fascismo sigue vivo en las democracias de todo el mundo -añade el autor- es a través de la cultura del trabajo y su insidiosa metafísica capitalista, donde solo merecen vivir los que trabajan, donde la dignidad se mide como rendimiento.  

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KOLDOBIKA JAUREGI, UNA SINGULARIDAD BARROCA

Este texto está escrito a partir de las notas utilizadas en la conferencia sobre Koldobika Jauregi que impartí el pasado mes de junio, durante un curso de verano de la EHU, Universidad del País Vasco, celebrado en el Palacio Miramar de Donostia-San Sebastián un año después del fallecimiento del artista de Alkiza. Las jornadas de homenaje fueron organizadas por Antonio Casado, investigador y profesor de filosofía en esa misma universidad, y Elena Cajaraville, creedora interdisciplinar, durante muchos años compañera de Koldo y madre de su hija común, Gerezi.

En mi intervención me centré, sobre todo, en el tiempo que nuestras vidas -la de Koldo, la mía y otras amistades- se cruzaron con mayor intensidad, en todos los sentidos. Época que también coincide con el momento en que se realizaron los murales de los techos de la Plaza Euskal Herria de Tolosa que, sobre todo, gracias al empeño de Iñaki Epelde, se comenzaron a gestar precisamente el último año que estuve como director de Cultura en el ayuntamiento de Tolosa y se inauguraron en 1988. También me referí a las que pocos años después, en 1991, se presentaron en la antigua iglesia de San Agustín de Azpeitia, con ocasión de la exposición Meditaciones barrocas donde Jauregi coincidió con el artista Jesús Mari Cormán (las fotografías de estos dos momentos fueron realizadas por Iñigo Royo) y también un conjunto de litografías que un año después realizó con Don Herbert durante varias estancias en Arteleku. 

De izq a dcha: Iñigo Royo, José Luis Longarón, José María Hernández, Koldobika Jauregi, Iñaki Epelde y Santiago Eraso (1987-88).

Para no caer en la tentación hagiográfica y autobiográfica, la conferencia se centró en algunas reflexiones sobre ciertas maneras de hacer estéticas con las KJ planteaba su trabajo artístico. Me refiero a lo que en el título de mi conferencia denominé “la singularidad barroca” que se manifiesta en su plena expresividad en las obras de esos años.

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