Notas en torno en torno a las exposiciones «Tornaviaje» del Museo del Prado y «Buen Gobierno» de Sandra Gamarra.  

Hay muchas maneras de abordar la representación de la historia colonial. La mayor parte de las veces los museos lo hacen mostrando sus fondos patrimoniales. Tornaviaje. Arte iberoamericano en España, que estos meses se presenta en el Museo del Prado, podría ser un buen ejemplo. En otras ocasiones, suelen ser exposiciones de artistas individuales como Buen gobierno de Sandra Gamarra que también utilizan materiales históricos y que se ha podido ver hasta hace unos días en la Sala Alcalá 31, espacio de exposiciones de la Comunidad de Madrid. Ambas son dos ejemplos contrapuestos de las diferentes maneras en las que se puede abordar la cuestión de la representación colonial. 

El colonialismo se podría definir, de forma sintética, como el largo proceso de expansión política, económica, social y cultural que desde el siglo XVI emprendieron algunas naciones -mejor dicho, monarquías familiares- sus ejércitos y grupos humanos para trasladarse a otros territorios (colonias) habitar, compartir la vida o combatirla y, sobre todo, explotar en su beneficio los recursos materiales y humanos. El historiador y sociólogo Immanuel Wallerstein, en su célebre conjunto de estudios sobre el sistema-mundo, nos recuerda que aquellos viajes, denominados “descubrimientos” se inscribieron en el marco de un conjunto de grandes travesías marítimas y expediciones comerciales que fortalecieron las monarquías absolutas, iniciaron la consolidación de los estados nación europeos y abrieron el camino a un nuevo orden económico, el capitalismo.

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consonni HA CUMPLIDO 25 AÑOS

“No podemos desaprovechar el nervio para ser y hacer lo que queremos.” Esta frase de Miren Amuriza, autora de Basa, traducido del euskara al castellano por Miren Agur Meabe, autora a su vez de Quema de huesos y ambos publicados por consonni, podría perfectamente resumir el cuarto de siglo de vida fructífera que acaba de  cumplir esta pequeña pero admirable empresa cultural de Bilbao. Ese nervio al que se refiere la autora también podría referirse al carácter de Sabina Gojenola, la viuda protagonista de su novela que, pese a las circunstancias adversas, gobierna su casa con firmeza. Seguramente, como lo hacen las actuales responsables de consonni y de otros muchos proyectos que constituyen el fundamento del sistema cultural.

En Europa este sistema históricamente ha tenido dos grandes polos de poder. Uno es heredero de la ilustración y de las instituciones del Estado moderno que han entendido el acceso a la cultura como parte de los derechos de las personas; en este marco, se sitúan los archivos históricos, el patrimonio material e inmaterial, museos, teatros, centros de arte y las actividades culturales de carácter público, cuya titularidad está sujeta al mandato político y su gestión corresponde a técnicos de la administración, la mayor parte funcionarios. El otro, son las grandes industrias culturales que surgieron, fundamentalmente, durante siglo XX, en pleno desarrollo de la economía de mercado; en general y en gran medida, conciben la cultura como fabricación de productos regulados con criterios empresariales privados, donde suele imperar la ley del más fuerte. Ambos polos a veces se complementan, otras se retroalimentan y, últimamente, en demasiadas ocasiones se confunden.

Pero entre las instituciones culturales de los Estados y las poderosas plataformas y productoras audiovisuales, monopolios editoriales o emporios de ocio y comunicación privados, que canalizan la mayor parte de la producción y los recursos, se encuentra la realidad de las pequeñas y medianas empresas, cooperativas, asociaciones y colectivos socioculturales, artistas y creadores individuales que, desde mi punto de vista, son el auténtico nervio y el músculo que sujeta el entramado substancial del sistema. Sin toda la potencia creativa que se genera en ese complejo entramado profesional, ni las primeras, ni las segundas podrían sustentar tanto poder, ni disponer de materia, por tanto, razón para su funcionamiento.

Me parece necesario remarcar, una y otra vez, que el dominio y control regulador sobre el sistema cultural, tanto público como privado, y la distribución desigual de sus recursos, rentas del capital y del trabajo–como en el resto de las cadenas de producción- está fundamentado en la existencia de este extenso tejido creativo que necesita ahora, más que nunca, reconocimiento y respeto. Todo su trabajo supone un enorme caudal de creatividad humana fundamental para la sociedad que, lamentablemente, en demasiadas ocasiones es menospreciado o vive precarizado y sojuzgado por unas reglas de juego determinadas por la autoridad de las administraciones públicas (cada vez más prepotentes, burocratizadas y abusivas y, con unos presupuestos cada vez más orientados al mantenimiento del funcionamiento de las infraestructuras y menos a la producción de contenidos); o por otro lado, por las dinámicas desmedidas, incluso despiadadas de la oferta y la demanda del mercado (cada vez más liberalizadas e injustas). En esta realidad, la resistencia admirable de Consonni es un ejemplo, entre otros muchos, de tenacidad, perseverancia y capacidad de transformación para adaptarse a los tiempos, contra viento y marea, y hacer frente a las dificultades.

Con una profunda vocación pública y comunal, consonni comenzó su andadura en 1996 como asociación cultural independiente, dedicada sobre todo a la producción de arte contemporáneo. En aquellos primeros años de existencia tuvo una colaboración muy fértil con Arteleku, el Centro de Arte y Cultura Contemporánea de Donostia/San Sebastián. No puedo evitar recordar tan solo algunos proyectos memorables que, entonces bajo la dirección de Franc Larcade, se llevaron a cabo en el marco del programa “Proyectos asociados”: Ion Mikel Euba, Sergio Prego, Andrea Fraser, Matthieu Laurette, Begoña Muñoz, Ibon Aranberri o Itziar Okariz, por citar algunos, en una apuesta intencionada por poner en tensión las prácticas artísticas locales e internacionales, en el  mismo plano de relevancia.

Aunque desde entonces consonni no ha cesado de producir trabajos específicos en este campo (de hecho, su labor ha sido reconocida recientemente por Documenta de Kassel en la que participará como editora artística de las guías de esta muestra internacional, así como con un proyecto artístico en forma de libro literario), los últimos años, en un alarde lúcido de transformación empresarial, se ha convertido, fundamentalmente, en editorial, a la vez que sigue siendo un entramado complejo de prácticas creativas, que trabaja de forma trasversal como agente activador de la comunidad educativa y social, inserta en el barrio de San Francisco, en el marco de una concepción económica social, feminista y ecologista de la cultura.

Su origen como productora artística, les ha permitido seguir trabajando a través de talleres, residencias, debates y una esmerada línea editorial sobre ensayo de arte, donde hemos podido encontrar publicaciones de reconocidos especialistas locales como Peio Aguirre, Remedios Zafra, Maite Garbayo, Marti Manen, Aurora Fernández Polanco, Miguel Álvarez Fernández, junto a nombres de prestigio internacional como Martha Rosler, Iván de la Nuez, Dorothea von Hantelmann o Chris Kraus. A su lado, en un ejercicio editorial de brillante complementariedad interseccional, han publicado también ensayos fundamentales de Donna J. Haraway, Charlene A. Carruthers, Geert Lovink junto a otros de Mery Cuesta o Arantxa Mendiharat y Ernesto Ganuza.

Del mismo modo, a través de un excelente trabajo de traducción, consonni se ha mostrado capaz de vincular la potencia literaria del euskera con otros lenguas del mundo. Una conexión de afectos que ha sentado en la misma mesa creativa, en una especie de intratemporalidad, entre otras, a escritoras como Miren Agur Meabe y Akwaeke Emezi, Miren Amuriza y Octavia E. Butler, Alaine Agirre y Marge Piercy, Uxue Alberdi y Ana María Shua o la primera traducción que María Colera Intxausti ha realizado del inglés al euskera del célebre Gela bat norberarena/A room of one’s own de Virginia Woolf, cuyo significado sigue dando sentido a la autonomía, vocación y actitud feminista de este grupo de trabajadoras y empresarias de consonni.

Como el nervio creativo que propone la escritora y bertsolari Amuriza, las palabras de la recién fallecida, bell hooks, en ¿Acaso no soy una mujer? Mujeres negras y feminismo, publicado también por consonni (que como la propia autora siempre escibe su nombre con minúsculas) y traducido por Gemma Deza Gull, podrían resumir, en gran medida, el ideario de esta empresa que, estoy seguro, cumplirá muchos años más: “La libertad (y por dicho término no querría evocar un mundo insípido y holgazán en el que cada cual hace lo que le place) en tanto que igualdad social positiva que garantiza a todos los humanos la oportunidad de moldear sus destinos del modo productivo más saludable y común, solo podrá ser una realidad completa cuando nuestro mundo deje de ser racista y sexista”.

«LA INVISIBLE» DE MÁLAGA, OTRO MODO DE CONSTRUIR MUNDO.

La última edición del prestigioso Premio Pritzker, sin duda el principal galardón concedido para reconocer la labor de los mejores arquitectos del mundo, ha recaído en el estudio de Anne Lacaton y Jean- Philippe Vassal. Desde hace unos años, conscientes de que la arquitectura debe hacerse corresponsable de los aspectos sociales del urbanismo, la organización tiene muy en cuenta trayectorias especialmente sensibles con la sostenibilidad en la construcción.

En este sentido, su trabajo constituye un referente fundamental sobre modos de hacer arquitectura de manera ética, eficaz y económica. Frente a modelos donde prima la estética o la espectacularidad, ellos valoran lo preexistente y las necesidades de las personas que habitan los espacios para mejorar sus condiciones de vida. Es decir, se posicionan por la rehabilitación frente a la demolición.

Durante el verano del año 2002, cuando todavía no había adquirido la fama internacional que ha logrado los últimos años, Anne Lacaton estuvo en Arteleku como principal invitada del taller “Labitaciones” dirigido por los arquitectos Alex Mitxelena e Ibon Salaberria. Con su experiencia, junto a la de otros colectivos locales e internacionales, constatamos que eran posibles otras formas de construir y de aplicar políticas urbanísticas, mucho más ecológicas y con mayor responsabilidad social.

La gran crisis inmobiliaria de 2008 aún no había estallado con toda su virulencia, pero desde hacía años algunos académicos del urbanismo y profesionales de la arquitectura ya venían señalando que el modelo de crecimiento y expansión que en España se había generado a la sombra de la burbuja inmobiliaria era una auténtica bomba de relojería. Entre otros muchos, conocí en Málaga a miembros de la Fundación Rizoma que ya estaba desplegando un extenso trabajo de análisis y propuestas sobre la arquitectura y la geografía urbana en al ámbito territorial denominado ZoMeCS (Zona Metropolitana de la Costa del Sol).

Durante aquellos años también comenzaron a organizarse diversas plataformas ciudadanas por el derecho a la vivienda digna y para reclamar la participación e implicación en la reorganización democrática de la gestión de las ciudades. En algunos casos, como el del Centro Social Casa de Iniciativas de Málaga, ese activismo se llevó a cabo mediante la “okupación” de edificios abandonados por la especulación inmobiliaria o la desidia institucional.

En ese marco, en 2007 un conjunto plural de personas preocupados por la deriva especulativa en la que estaba inmersa la ciudad de Málaga y en el marco de otras muchas respuestas a los modelos depredadores de entender el crecimiento de la ciudad, ocuparon un edificio de propiedad municipal, sito en la calle Nosquera, para fundar La Invisible. Centro Social y Cultural de Gestión Ciudadana. Lo hicieron como gesto de “levantamiento” responsable, como potencia social, política crítica, referencia simbólica, incluso actitud revolucionaria, en el sentido más trasformador, pacífico y democrático que siempre debería tener la palabra.

Así mismo, como una demostración más de su actitud constructiva y dialogante  con la institucionalidad municipal, desde prácticamente los inicios de la ocupación, comenzaron a pensar en los cuidados del edificio. Al poco tiempo ya habían elaborado una propuesta para una paulatina regeneración del inmueble municipal, pensándola con parámetros muy parecidos a los que Lacaton y Vassal han defendido siempre desde que construyeran sus primeras casas inspiradas en las estructuras simples de las cabañas del desierto de Nigeria, donde vivieron algunos años.

En la magnífica exposición que en la actualidad les dedica la Fundación ICO (Instituto de Crédito Oficial) de Madrid, en la primera sala se puede leer el lema que da sentido a toda su carrera: “Nunca demoler, eliminar o sustituir, siempre añadir, transformar y reutilizar”. En casi todos sus proyectos crean espacios que pueden ser “habitados”, manteniendo las actividades, según las circunstancias y adaptándose a las necesidades de los moradores, mientras se realizan las obras “ni demasiado rápido, ni demasiado pronto”. “Hacer justo lo necesario, es decir lo esencial y nada más”, subrayan.

E insisten: “consideramos lo existente como una oportunidad; todas las limitaciones pueden convertirse en algo positivo. Sin embargo, un enfoque distorsionado, basado en afirmaciones sin justificación real y que se repiten hasta la saciedad sin volver a ser debatidas (es más caro restaurar que destruir y reconstruir, es imposible respetar la normativa, etc.), provoca que las construcciones existentes a menudo se consideren obsoletas, irreparables, inutilizables, como si no pudiesen evolucionar. Frecuentemente están inevitablemente condenadas, y suele optarse por demoler, hacer tabula rasa y empezar de cero con el argumento de reconstruir sin tener en cuenta el despilfarro que supone la demolición y el valor de que se ha perdido. Esa es una solución cómoda y cortoplacista y nosotros pensamos que una medida equivocada; la peor de  las soluciones. Constituye una pérdida de historia, un desperdicio de materiales, energía y dinero. Es una solución perdedora en todos los sentidos”; “transformar y reutilizar lo ya existente conduce a un mejor uso, a menor gasto de materiales y menos emisiones de CO2, haciendo que sea más ecológico, tiene en consideración y presta atención a todos los habitantes y permite ahorrar más del 50% del presupuesto que, de otro modo, hubiera sido necesario para derruir y reconstruir. Además, evita los desalojos y reubicaciones y su intolerable coste social”.

Todos estos argumentos son muy parecidos a los que están en la base del proyecto colectivo de rehabilitación de La Invisible, que ha recibido varios reconocimientos profesionales e institucionales. Por tanto, el enésimo intento de desalojo por parte del Ayuntamiento, presidido por Francisco de la Torre, y presionado por Ciudadanos, su socio de gobierno absolutamente necesitado de notoriedad, no es más que, como dice el último comunicado de La Invisible, una maniobra que oculta el único objetivo real: “la eliminación de un proyecto que les resulta incómodo por su carácter crítico”. Contra ese empeño, únicamente me ratifico e insito en la potencia política, ética y estética de gestos como los de La Invisible, y otros centros sociales autogestionados, absolutamente fundamentales para la vida democrática de las ciudades.

RELIGARE

Parafraseando a Bruno Latour en el capítulo “¿Cómo convocar a los diferentes pueblos (de la naturaleza)? de su libro Cara a cara con el planeta, se podría decir que la palabra religión, emparentada en latín con religare, no hace otras cosa que designar  aquello que nos importa y que protegemos cuidadosamente, aquello que por ende nos guardamos de negligir. En este sentido –dice- introducir nuevamente la cuestión religiosa no es, en primera instancia preocuparse por creencias en tal o cual fenómeno más o menos extravagante, sino permanecer atento al choque, al escándalo, que puede representar para un colectivo la falta de cuidado de otro colectivo.

Jan Assmman, el gran egiptólogo e historiador de la memoria mítica, nos recuerda que, antes del advenimiento del judaísmo y del cristianismo, existía una venerable tradición de las diversas ciudades del Mediterráneo y el Oriente Medio, por la que se erigían tablas de traducción para los nombres de los dioses a los  que se rendía culto. Esas traducciones ofrecían una solución práctica al relativismo moderado con el que cada adepto de un culto local reconocía su parentesco con los cultos locales de los numerosos extranjeros que vivían entonces entre ellos. «Lo que tú, romano, llamas Júpiter, yo, griego, lo llamo Zeus», y así sucesivamente. Las tablas de traducción funcionaban, según Assmann, llevando la atención desde el nombre propio de las divinidades hacia la serie de características que ese nombre resumía en el espíritu de sus seguidores. Si, por ejemplo, el nombre «Zeus» sonaba a los oídos como un término incomprensible, se desarrollaba la lista de sus atributos: «Guía de los destinos”, «Protector de los suplicantes» o incluso «Dios de los vientos favorables»  y, desde luego, «Portador del rayo» hasta que el extranjero le encontrase un equivalente en su lengua. La precaución que tomaban esos pueblos para cohabitar sin degollarse mutuamente consistía en asegurarse de que, si las listas de cualidades eran bastante semejantes, entonces podían considerar los nombres propios como más menos sinónimos en todo caso, negociables «Vuestro pueblo lo nombra así, mis congéneres lo nombran asá, pero mediante tales invocaciones designamos a la misma deidad que realiza en el mundo el mismo tipo de acciones».

Esta forma de intertraducción ofrecía así una solución política a la paz civil en sociedades con adhesiones múltiples. Las tablas de traducción de los nombres de los dioses en las ciudades antiguas eran a la vez el resultado y la ocasión de negociaciones diplomáticas en las grandes urbes cosmopolitas. Según Assman esta intertraducción se va a tornar imposible a partir de que el faraón Akenaton introduzca la noción de “verdad» del “solo y único Dios” que sería Atón, convirtiendo al propio faraón en su intermediario en la tierra. La “verdadera” divinidad se vuelve entonces intraducible por cualquier otro nombre; ningún otro culto que no sea el suyo podría ser tolerad, so pena de idolatría. La iconoclastia se impone como castigo. El antiguo sentido de la palabra religión ya no es comprensible: muy al contrario negligir aquello que les importa a los otros, ¡he ahí el nuevo mandato!.

¿En qué nos concierne esto hoy, incluso a los Modernos –dice Latour- que por muy incrédulos que nos creamos o por más liberados de toda divinidad que nos imaginemos, seguimos ligando la autoridad suprema a la verdad racional?. ¿Es posible reinventar esa tradición de las tablas de traducción de los nombres de los dioses para erigir la lista de otras entidades, de otros cultos, de otros pueblos, y para detectar entre esos diferentes  colectivos los parentescos que permanecerán invisibles mientras nos atengamos a nuestro punto de vista demasiado local y demasiado sectario?  

EL CUENTO DE LA RANA Y LA SANIDAD PÚBLICA 

Dicen que si se arroja una rana al agua hirviendo, instintivamente, salta y se salva de la muerte. Sin embargo, si está plácidamente acomodada en el agua tibia y el agua se va calentando poco a poco, su capacidad de reacción se atrofia y, sin a penas darse cuenta, acaba muriendo. Esta fábula se podría aplicar perfectamente a la situación en la que se encuentra nuestro sistema sanitario. Las políticas económicas neoliberales más agresivas que, en su manera de entender el mundo, detestan toda forma de justicia social y cualquier intervencionismo del Estado (si no es para su propia beneficio instrumental) no son capaces de abolir por decreto el sistema sanitario y por eso lo están ahogando muy lentamente, pero perseverando en su empeño, de manera que no lo expresan con claridad y por eso, cínicamente, siguen hablando con la boca pequeña en su defensa. Incluso insinuando, como ayer mismo se escuchó en boca de la Presidenta de la Comunidad de Madrid (adalid ejemplar de la eliminación paulatina de los derechos sociales), que son las propias sanitarias y profesionales de algunos centros de salud quienes, con su actitud, dificultan el funcionamiento (¡antes aplausos y ahora reproches, qué tristeza!).

Están haciendo lo mismo con otros subsistemas públicos, como las prestaciones sociales, las pensiones, la educación y el acceso a la cultura, pero precisamente ahora, cuando más necesitamos un sistema público de salud fuerte para todo el mundo sin excepción, es cuando se pone mucho más en evidencia su plan de desmantelamiento y su estrategia privatizadora: que todo el que se lo pueda permitir se vaya a la sanidad privada, y así aumentar sus beneficios, para ir dejando la pública solo para los más desfavorecidos económicamente y convertirla, de ese modo, en un servicio asistencial de baja calidad. Es un plan ideológicamente planificado para extraer, una vez más, recursos en beneficio privado. Nos están hirviendo la sangre y, a veces, pienso que no somos del todo conscientes de la gravedad del problema. Como no saltemos y no nos levantemos en defensa de nuestros derechos, pronto ya no tendremos capacidad de reacción y habrán acabado con la sanidad pública. Espero que os vaya bien lo que queda de año y que el venidero sea lo más saludable posible, en el mejor sentido de la palabra, y si el infortunio ronda por nuestros hogares, que tengamos el ánimo y la fuerza para hacerle frente con dignidad y, a ser posible, con los mejores cuidados.

¿OTRO AÑO DE DESPILFARRO O DE CONTENCIÓN?

Por razones personales, que no viene a cuento explicar aquí, he pasado dos días hospedado en un hotel. Uno de esos que suele tener buffet libre para desayunar y que cada cliente puede disponer hasta la saciedad, si quisiera. No hay duda que las imágenes que se producen en esos lugares son un magnífico espejo donde, seguramente, se muestra de manera esclarecedora la voracidad compulsiva de las sociedades opulentas. Reconozco que no soy la persona más indicada para dar lecciones morales sobre buena alimentación porque también tengo el apetito desbordado pero, aunque mi ansiedad muchas veces me hace perder el sentido de la moderación, procuro limitarme a satisfacer mi deseeo con cierto control y responsabilidad. Suele ser difícil que deje algo en el plato.

Uno de esos dos días coincidí en la mesa contigua con una familia de cinco miembros, dos adultos y sus tres hijos. Durante la media hora aproximada que coincidimos en el desayuno, mi estupor no paró de crecer ante lo que estaba viendo. Aquello era un despilfarro inenarrable, un trajín de alimentos de todo tipo llegando a la mesa, de los cuales un porcentaje bastante grande no llegaba a ser consumido. Me pareció una forma de conducta intolerable, pero la ¨buena educación” me contuvo y me limité a soportar mi estupefacción. Sin embargo no pude evitar hacer la foto que os adjunto y que ahora me sirve para ilustrar este comentario.

Como me comentó un buen amigo artista cuando le conté la anécdota, la imagen podría ser un triste bodegón contemporáneo, una parábola sobre el mundo actual. En cierto sentido, también la representación de la miseria moral  de los opulentos y de nuestro egoísmo irresponsable. Así parece que va el mundo, unos lo queremos todo y otros no pueden tener nada, algunos no pueden contener su deseo compulsivo, mientras muchos ni siquiera pueden soñar con una comida digna diaria. Los primeros acumulan de forma ilimitada y los segundos únicamente tienen derecho a recoger los excedentes de la mesa. Seguramente esos padres, incapaces de poner límites a sus hijos, también les enseñarán que, como en aquel buffet libre, podrían hacer lo mismo con el resto de las cosas del mundo.  Me imagino a esos niños, durante estas fiestas navideñas, ahogados en montañas de regalos.

Esa fantasía de desmesura, poder y control, tan recomendada en ciertos manuales de instrucción neoliberal y ampliamente divulgada en determinados círculos sociales, es la peor de las trampas para una especie cuya supervivencia está gravemente amenazada por la degradación a la que estamos sometiendo a la tierra en la que vivimos. Ese tipo de ideología que nos vende la idea de que podemos perseguir cualquier deseo sin límite, ni autocontrol, se fomenta y estimula con la insaciabilidad, y se convierte en la máquina de destrucción más peligrosa, la cara oculta del auténtico problema que debemos afrontar, pero que tanto nos está costando abordar.  Así nos va, al fin y al cabo, la situación actual de deterioro en la que se encuentra el planeta nos es más que la consecuencia de nuestros abusos – por supuesto, los de unos más que los de otras- de un conflicto entre nosotros mismo y los modelos de vida depredadores que somos incapaces de modificar.  ¿Cómo nos vamos a apañar para no exterminar y devorar todo lo que tenemos alrededor si no logramos activar entre tods una racionalidad  (razón y ración) social de autolimitación y autocontención que, como nos recuerda el poeta y ecologista Jorge Riechmann, dependería de seres adultos y ampliamente conscientes de los límites?. Esos padres que creen educar a sus hijos en “libertad” para  actuar como omnipotentes depredadores de buffet, seguramente están criando personas inmorales incapaces de autolimitarse. En el futuro se convertirán en auténticos seres ineptos para pensar en el malestar de cualquier otro ser humano, en personas de escasa empatía y con mínima conciencia social. Como si la libertad fuera sinónimo de consumo y no de justicia y fraternidad. Tal vez, ahora mismo, el gran reto pendiente de las sociedades opulentas sería tener plena consciencia de que, aplicando con cordura social el principio de precaución, lo suficiente nos debería bastar.