EL CUENTO DE LA RANA Y LA SANIDAD PÚBLICA 

Dicen que si se arroja una rana al agua hirviendo, instintivamente, salta y se salva de la muerte. Sin embargo, si está plácidamente acomodada en el agua tibia y el agua se va calentando poco a poco, su capacidad de reacción se atrofia y, sin a penas darse cuenta, acaba muriendo. Esta fábula se podría aplicar perfectamente a la situación en la que se encuentra nuestro sistema sanitario. Las políticas económicas neoliberales más agresivas que, en su manera de entender el mundo, detestan toda forma de justicia social y cualquier intervencionismo del Estado (si no es para su propia beneficio instrumental) no son capaces de abolir por decreto el sistema sanitario y por eso lo están ahogando muy lentamente, pero perseverando en su empeño, de manera que no lo expresan con claridad y por eso, cínicamente, siguen hablando con la boca pequeña en su defensa. Incluso insinuando, como ayer mismo se escuchó en boca de la Presidenta de la Comunidad de Madrid (adalid ejemplar de la eliminación paulatina de los derechos sociales), que son las propias sanitarias y profesionales de algunos centros de salud quienes, con su actitud, dificultan el funcionamiento (¡antes aplausos y ahora reproches, qué tristeza!).

Están haciendo lo mismo con otros subsistemas públicos, como las prestaciones sociales, las pensiones, la educación y el acceso a la cultura, pero precisamente ahora, cuando más necesitamos un sistema público de salud fuerte para todo el mundo sin excepción, es cuando se pone mucho más en evidencia su plan de desmantelamiento y su estrategia privatizadora: que todo el que se lo pueda permitir se vaya a la sanidad privada, y así aumentar sus beneficios, para ir dejando la pública solo para los más desfavorecidos económicamente y convertirla, de ese modo, en un servicio asistencial de baja calidad. Es un plan ideológicamente planificado para extraer, una vez más, recursos en beneficio privado. Nos están hirviendo la sangre y, a veces, pienso que no somos del todo conscientes de la gravedad del problema. Como no saltemos y no nos levantemos en defensa de nuestros derechos, pronto ya no tendremos capacidad de reacción y habrán acabado con la sanidad pública. Espero que os vaya bien lo que queda de año y que el venidero sea lo más saludable posible, en el mejor sentido de la palabra, y si el infortunio ronda por nuestros hogares, que tengamos el ánimo y la fuerza para hacerle frente con dignidad y, a ser posible, con los mejores cuidados.

¿OTRO AÑO DE DESPILFARRO O DE CONTENCIÓN?

Por razones personales, que no viene a cuento explicar aquí, he pasado dos días hospedado en un hotel. Uno de esos que suele tener buffet libre para desayunar y que cada cliente puede disponer hasta la saciedad, si quisiera. No hay duda que las imágenes que se producen en esos lugares son un magnífico espejo donde, seguramente, se muestra de manera esclarecedora la voracidad compulsiva de las sociedades opulentas. Reconozco que no soy la persona más indicada para dar lecciones morales sobre buena alimentación porque también tengo el apetito desbordado pero, aunque mi ansiedad muchas veces me hace perder el sentido de la moderación, procuro limitarme a satisfacer mi deseeo con cierto control y responsabilidad. Suele ser difícil que deje algo en el plato.

Uno de esos dos días coincidí en la mesa contigua con una familia de cinco miembros, dos adultos y sus tres hijos. Durante la media hora aproximada que coincidimos en el desayuno, mi estupor no paró de crecer ante lo que estaba viendo. Aquello era un despilfarro inenarrable, un trajín de alimentos de todo tipo llegando a la mesa, de los cuales un porcentaje bastante grande no llegaba a ser consumido. Me pareció una forma de conducta intolerable, pero la ¨buena educación” me contuvo y me limité a soportar mi estupefacción. Sin embargo no pude evitar hacer la foto que os adjunto y que ahora me sirve para ilustrar este comentario.

Como me comentó un buen amigo artista cuando le conté la anécdota, la imagen podría ser un triste bodegón contemporáneo, una parábola sobre el mundo actual. En cierto sentido, también la representación de la miseria moral  de los opulentos y de nuestro egoísmo irresponsable. Así parece que va el mundo, unos lo queremos todo y otros no pueden tener nada, algunos no pueden contener su deseo compulsivo, mientras muchos ni siquiera pueden soñar con una comida digna diaria. Los primeros acumulan de forma ilimitada y los segundos únicamente tienen derecho a recoger los excedentes de la mesa. Seguramente esos padres, incapaces de poner límites a sus hijos, también les enseñarán que, como en aquel buffet libre, podrían hacer lo mismo con el resto de las cosas del mundo.  Me imagino a esos niños, durante estas fiestas navideñas, ahogados en montañas de regalos.

Esa fantasía de desmesura, poder y control, tan recomendada en ciertos manuales de instrucción neoliberal y ampliamente divulgada en determinados círculos sociales, es la peor de las trampas para una especie cuya supervivencia está gravemente amenazada por la degradación a la que estamos sometiendo a la tierra en la que vivimos. Ese tipo de ideología que nos vende la idea de que podemos perseguir cualquier deseo sin límite, ni autocontrol, se fomenta y estimula con la insaciabilidad, y se convierte en la máquina de destrucción más peligrosa, la cara oculta del auténtico problema que debemos afrontar, pero que tanto nos está costando abordar.  Así nos va, al fin y al cabo, la situación actual de deterioro en la que se encuentra el planeta nos es más que la consecuencia de nuestros abusos – por supuesto, los de unos más que los de otras- de un conflicto entre nosotros mismo y los modelos de vida depredadores que somos incapaces de modificar.  ¿Cómo nos vamos a apañar para no exterminar y devorar todo lo que tenemos alrededor si no logramos activar entre tods una racionalidad  (razón y ración) social de autolimitación y autocontención que, como nos recuerda el poeta y ecologista Jorge Riechmann, dependería de seres adultos y ampliamente conscientes de los límites?. Esos padres que creen educar a sus hijos en “libertad” para  actuar como omnipotentes depredadores de buffet, seguramente están criando personas inmorales incapaces de autolimitarse. En el futuro se convertirán en auténticos seres ineptos para pensar en el malestar de cualquier otro ser humano, en personas de escasa empatía y con mínima conciencia social. Como si la libertad fuera sinónimo de consumo y no de justicia y fraternidad. Tal vez, ahora mismo, el gran reto pendiente de las sociedades opulentas sería tener plena consciencia de que, aplicando con cordura social el principio de precaución, lo suficiente nos debería bastar.

CINCUENTA AÑOS YA SON DEMASIADOS

La primera Conferencia Mundial contra el Cambio Climático se organizó en Río de Janeiro en 1992, hace casi treinta años. La última acaba de finalizar hace unas semanas en Glasgow. Veinte años antes el Club de Roma ya había emitido en 1972 el primer Informe Sobre los Límites de Crecimiento, donde se indicaban algunas de las medidas urgentes que debíamos tomar para atajar cuanto antes los efectos perjudiciales causados por el desarrollo económico descontrolado: la degradación ambiental del planeta, los problemas demográficos o el aumento exponencial de las brechas sociales y las desigualdades, causadas por una concentración extraordinaria de capitales en muy pocas manos.

En estos cincuenta años hemos sido testigos de la urbanización del mundo. Más de la mitad de la población mundial vivimos en grandes ciudades, con todo lo que conlleva su ilimitado crecimiento y el abandono de la vida rural. Han crecido de forma inusitada las vías de comunicación terrestre, marítima y área, con consecuencias hasta ahora poco previsibles. Si ir más lejos, la reciente crisis del trasporte y de suministros que ha agravado aún más la desarticulación de un sistema de logística global que ya estaba en un proceso crítico con anterioridad, pero nadie se atreve a reestructurar.   

Viajamos más que nunca y el flujo de turismo global se multiplica de forma imparable; de hecho es responsable de aproximadamente un ocho por ciento de las emisiones globales de los gases de efecto invernadero que se producen en el  mundo. La oferta de vehículos privados a motor de todo tipo se ha diversificado hasta extremos insospechados, mientras las políticas de apoyo al trasporte público siguen sin tener estrategias de crecimiento demasiado clara (los intereses contrapuestos impiden avanzar de forma más coherente).

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RECLAMO EN EL JARDÍN

Según la opinión de un experto ornitólogo, parece ser que en el jardín interior del edificio Sabatini del Museo Reina Sofía hay muy pocos pájaros porque dos urracas reinan en ese territorio y, excepto algún gorrión, ninguno se atreve a anidar allí. A esta causa se suman que la altura del edificio no lo hace muy accesible y que suele haber muy pocos restos de comida ya que la normativa del Museo impide comer en su interior.

El pasado jueves al anochecer María Jerez y Élan d´Orphium (a.k.a. Pablo García Martínez), en su pieza Reclamo en el jardín mediante pequeños utensilios sonoros, trataron de convocar a los pájaros en una especie de concierto para aves. Tras un sutil proceso de mínima sonorización, el jardín se fue llenando de vida. No era fácil saber si las que escuchábamos eran las voces de las aves “reales” o la música “artificial” que producían les artistas hablando al lugar. El acontecimiento artístico estableció una reunión inesperada y fortuita entre naturaleza y cultura. Isabel de Naverán, responsable del programa de artes en vivo del Museo, citando a Donna Haraway, menciona el encuentro con “parentescos raros” para imaginar otras posibilidades de vivir-con y morir-con en un mundo herido, pero no acabado.

En cierto modo sería “hacer mundo”, una especie de apertura a la alteridad, como Bruno Latour nos dice en Cara a cara con el planeta. Una nueva mirada sobre el cambio climático alejada de las posiciones apocalípticas, para poder superar la dicotomía humanista que contrapone naturaleza y cultura que nos ha determinado como especies opuestas, radicalmente separadas. En cierto sentido, este filósofo, sociólogo y antropólogo retoma la noción de pluriverso o cosmograma que el psicólogo y filósofo William James ya en 1909 utilizó para dar cuenta de la interacción de agentes humanos y no humanos en el diseño y transformación de la realidad natural y social.

No podemos negar que esa condición de especie superior ha determinado que cuando queremos aproximarnos a la naturaleza –no de manera idealista– nos hallamos impedidos por la objeción de que el humano es ante todo un ser cultural que debe escapar o, en todo caso, –dice Latour– distinguirse de la naturaleza. Lo que equivale a plantear preguntas muy viejas y fútiles: “¿Quién, dónde, cuando, cómo y porqué? ¿Quiénes somos nosotros que todavía nos llamamos “humanos”? ¿Qué clase de territorio, de suelo, de sitio, de lugar, somos susceptibles de habitar y con quién estamos dispuestos a cohabitar? (…) ¿Qué pasaría, por ejemplo, si diéramos respuestas muy diferentes a las preguntas que sirven para definir nuestra relación con el mundo? ¿Quiénes seríamos? Digamos que terrícolas en lugar de humanos. ¿Dónde nos encontraríamos? Sobre la Tierra y no en la Naturaleza. E incluso, más precisamente, sobre un suelo compartido con otros seres a menudo extraños y de exigencias multiformes.” En esta tarea poética y estética, mundana en su sentido literal, se inscribe el trabajo Reclamo en el jardín de María Jerez y Élan d´Orphium, entendiendo que los pájaros también son nuestros contemporáneos, seres con lo que compartimos territorios, eventos e historias.

De hecho, en la capacidad de evocación que la performance produjo, en mi caso, también pude convocar –porqué no–  la remembranza espiritual de algunos seres que ya no están con nosotros, como el artista Miguel Benlloch o Carolina García-Romeu, trabajadora del Museo, que en el Jardín de las mixturas, desarrollado desde hace unos años en el mismo espacio por un amplio grupo de personas acompañados por la artista Alejandra Riera, tienen plantados en su memoria un granado y un azufaifo respectivamente, como un relato de quienes quedan en nuestro recuerdo. A la manera en la que la filósofa de la ciencia Vinciane Despret, autora de Vivir con los pájaros, nos habla en A la felicidad de los muertos, una serena reflexión sobre el duelo y su capacidad para reclamar y nutrir de nuevo la copresencia vivida en muchos tipos de temporalidad y materialidad. Como el mismo Benlloch escribió en Fanstasma invidente «un pájaro canta, la luz circula por sus ojos y la algarabía interrumpe jaleosa, el cuerpo y el fantasma prosiguen, son naturaleza en relación». Seguramente, en mis próximas visitas al jardín, mis emociones estarán, no cabe duda, mucho más atentas a los cantos de los aves y los susurros de las plantas.

Nota:

1.- El pavo real en Loja (ensayo). Foto Juan Antonio Peinado. Archivo Miguel Benlloch

2.- Quien canta su mal espanta. Acción presentada en Hedonismo crítico. Reinvención y reivindicación, Sala Hiroshima, Barcelona, 2016, producido por El Palomar (Mariokissme y Rafa Marcos Mota). Foto El Palomar. Archivo Miguel Benlloch

LA ESCUELA COMO UTOPÍA

Ha comenzado uno nuevo curso escolar y vuelven las buenas palabras sobre la importancia de la educación en nuestra vidas y sobre su misión salvífica. Desde los albores del movimiento ilustrado existe un discurso humanista que ha pensado la escuela -fundamentalmente la pública de tradición republicana- como el mejor lugar para empezar a  construir las utopías del futuro. Lo mismo ocurre cuando se ensalza la cultura como elemento de transformación social.

Sin embargo, a pesar de toda la buena voluntad que encierran esos deseos, tanto la educación como la cultura son también reflejo de las condiciones políticas, económicas y sociales que la realidad impone en nuestras vidas y, como dice Marina Garcés en Escuela de aprendices (Galaxia Gutenberg, 2020) nos muestran los conflictos, deseos, límites y posibilidades de cada tiempo histórico.

Esas tensiones son, por lo menos, tan antiguas como el espíritu renovador de Francisco Giner de los Ríos (“transformad esas antiguas escuelas”, decía) fundador de la pionera Institución Libre de Enseñanza, creada en 1876, bajo la influencia del ensayista y editor Karl Kraus, o la otra cara de la moneda, cuando el dictador Franco  prohibió cualquier tentativa de modernidad convirtiendo dicha institución en una de sus bestias negras, porque aquellas enseñanzas -según sus propias palabras- tan solo perseguían: “arrancar del corazón de muchos maestros todo sentimiento de piedad cristiana y de amor a la gran patria española”. También se podría citar a Francisco Ferrer y Guardia, fundador de la Escuela Moderna de Barcelona, muy influencia por las idas anarquistas, que fue fusilado en 1909 durante el gobierno conservador de Antonio Maura, acusado de utilizar el derecho a la instrucción para incitar al levantamiento popular.

En fin, una larga lista de maestros y maestras, que fueron fusilados, marginados en sus funciones, como Rosa Sensat, o profesoras universitarias condenadas al exilio, como María Zambrano, por citar algunas más conocidas que defendieron una enseñanza laica, es decir respetuosa con todas las creencias, pública y gratuita, inclusiva y defensora de la libertad de eneseñanza. Las guerra por el control del poder y la propiedad, también ha tenido siempre su correlato en el sistema educativo como medio para imponer una determinada concepción moral de la vida. Dios, familia, orden moral, nación y libre empresa es un mantra que desde siempre han enarbolado las fuerzas reaccionarias y que, de forma muy peligrosa, ahora mismo está en boca de muchos dirigentes de extrema derecha y se extiende por gran parte del mundo, con un preocupante aumento de apoyo popular (el resurgir del cristianismo fundamentalista, coindice también con el del islamismo más extremista; no podemos olvidar que todo regimen totalitario, sea del signo que sea, trata de convertir el sistema escolar en un ámbito de adoctrinamiento).    

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CONSTUIR MENOS, DISTRIBUIR MÁS   

Al parecer, como ocurrió en los años ochenta y noventa del siglo pasado, al albur del crecimiento económico, las instituciones públicas que dirigen el sistema cultural han decidido que una parte de los fondos destinados a paliar los efectos devastadores de la COVID-19 se asignen a la reconstrucción de infraestructuras. Mejor dicho, según se lee en el Plan de Recuperación, Transformación y Resilencia del Gobierno de España, a medidas de conservación, restauración y puesta en valor del patrimonio cultural, que –como no- deberán impulsar, a su vez, medidas de ahorro energético y de sostenibilidad. En teoría, esta sería una loable misión, aunque sospecho que quizás nos podremos encontrar de nuevo con otro espejismo semántico, tan habitual en los discursos relacionados con la transición ecológica.

“¿Qué significa realmente restaurar?”, se pregunta Fernando Abad Vicente en Del patrimonio público al privado. El expolio de los bienes comunes (Ed. Muñoz Moya, 2021) donde, con algunos ejemplos, entre los que destaca la Operación Canelejas de Madrid covertido en un gran complejo de lujo, nos recuerda que, desde que, en el siglo XIX, el arquitecto y arqueólogo Eugène Violet-Le-Duc planteara por primera vez la importancia de proteger el patrimonio público, la polémica sobre los límites del concepto “restauración” nunca se ha resuelto del todo; y añade que entre las interpretaciones que han permitido las lábiles leyes de protección se han colado auténticos dislates arquitectónicos. Con subterfugios de todo tipo, en muchas ocasiones se han aprovechado las ambivalencias de las normas para seguir construyendo edificios de nueva planta, casi siempre camuflados por fachadas meramente escenográficas que esconden detrás su verdadero rostro: derribar el edificio para poder construir sin cortapisas.

Tras la profunda crisis económica y social del 2008, todo parecía indicar que los sectores financieros e inmobiliarios -sus principales causantes con el beneplácito y complicidad de las administraciones públicas- se detendrían a recapacitar sobre las consecuencias y, modificando algunas directrices de aquellas dinámicas, iniciarían una nueva etapa de relaciones más saneadas entre los bancos, el sistema de créditos y la industria de la construcción. De hecho, las grúas prácticamente desaparecieron de los horizontes urbanos y llegamos a pensar que cierta sensatez se impondría e iniciaríamos una nueva época en las que las políticas económicas de este país, tan ligadas al sector turístico-inmobiliario, se replantearía su futuro para vincularse con otros modelos producticos mejor relacionados con la transición ecológica. Pues no, al parecer las lecciones de la historia, en lugar de aprender de ellas, tan solo sirven para repetirlas en su versión empeorada.

Sin ir más lejos, tan solo hay que darse una vuelta por las costas de este país para comprobar, a sabiendas que es un mercado claramente inflacionista, que otra vez comienzan a construirse por doquier nuevas viviendas y segundas residencias sin tener en cuenta el grave impacto social que podría suponer esta nueva burbuja especulativa. Claro está: el Banco Central Europeo y los gobiernos locales correspondientes, aterrorizados por la crisis del sector y sin pararse a imaginar otras vías de distribución de las rentas y del trabajo o en otras alternativas, están inyectando liquidez a este tipo de economía sin mirar más allá de las políticas a corto plazo.

Hans Ibelings, miembro fundador de la revista A10 New European Architecture, y editor del diario digital The Architecture Observer (Montreal/Ámsterdam), en una reciente entrevista en La Vanguardia afirmó que la construcción es responsable del 40% del calentamiento global y, por tanto, afirmaba: “debemos promover una moratoria de la edificación en los países desarrollados –sobre todo Europa– porque ya no es necesaria.” Según este historiador de arquitectura, docente en la Facultad de Arquitectura, Paisaje y Diseño John H. Daniels de la Universidad de Toronto (Canadá), España es un ejemplo palmario de una economía de crecimiento vinculada a la construcción, según la cual progresar supone ocupar más metros de costa virgen y llenarlas de ladrillo y cemento; con el agravante –subraya– de que la industria de la construcción es en la actualidad tan solo otro un eslabón del entramado financiero especulativo. Es decir, la vivienda sigue siendo una extensión más de la bolsa de acumulación y, por tanto, deja de ser un bien de uso para convertirse, prácticamente, en mero objeto de cambio. 

Reconozco que es un tema complicado donde convergen y divergen los límites de la responsabilidad política pública con la libre iniciativa privada, y tampoco quiero negar la importancia y necesidad de la rehabilitación de viviendas y del patrimonio público para mantener activo, en su justa medida, el sector de la construcción (por ejemplo aumentar el parque de vivienda pública, y no tanto el de promoción privada que vuelve a priorizar el aumento del patrimonio de las clases más privilegiadas).

Desde mi punto de vista, en el sector cultural estos tiempos no deberían ser para invertir más en re/construir equipamientos (seguro que también hay excepciones razonables y bien justificadas) que por sí mismos suelen ser los mayores beneficiarios de los recursos públicos. Creo que sería mucho más prioritario emplear esos recursos en las condiciones materiales de vida (por ejemplo, el acceso a una vivienda digna) y trabajo de las artistas, creadores y mediadores culturales de todo tipo, asociaciones, colectivos y empresas (por extensión el resto de trabajadors que también forman parte del sector) que dan sentido a las infraestructuras existentes, y que tras los recortes y reajustes económicos, causados precisamente por la crisis financiera-inmobiliaria del 2008, en muchos casos se vieron obligados a realizar severos ajustes en sus presupuestos.