Tengo casi la misma edad que el Festival de Cine de San Sebastián-Zinemaldia que este año ha celebrado su septuagésimo primera edición. La primera década coincidió con mi infancia en Tolosa. Entonces el festival me quedaba lejos, pero en el pueblo teníamos cuatro cines, con una generosa programación, incluidas sesiones dobles. Tengo algunos recuerdos felices de aquellas horas sentado en las butacas del cine Gorriti, el Igarondo y el Iparraguire, pero nunca se me olvidará cuando, en 1961, con apenas ocho años, pude ver la mítica película “Ben Hur” en el recién inaugurado Cine Leidor. Aquel enorme cine, que entonces tenía dos mil butacas (se decía que era uno de los más grandes de España) tenía una gigantesca pantalla especialmente diseñada para proyectar películas en Todd-Ao, rodadas en celuloide de 70mm. Entonces William Wyler, el director de la película, era un desconocido para mí porque mi vocacional afición al cine comenzaría años después.
La vida es esencialmente contingencia y, por casualidades del destino, mi madre y mi padre, aconsejados por algún maestro de la escuela donde yo estudiaba, decidieron enviarme interno al Colegio de Lekaroz, en el valle del Baztán de Navarra. Pensaban que con aquella decisión hacían lo mejor para mi rendimiento escolar. Cuando apenas tenía catorce años, apareció en mi vida el Padre Agustín de Zumaia que, además de ser profesor de francés, nos daba también clases de cine y era el responsable del cine-club del colegio. Todavía recuerdo con nitidez los dos tomos de Lecciones de cine, el manual de iniciación al cine, escrito por el jesuita Pedro Miguel Lamet (Mensajero, 1967) Durante aquellos años, la iglesia católica tenía entre sus objetivos emplear el cine como herramienta de adoctrinamiento. Además de misa y rosario, todos los domingos teníamos una sesión vespertina de cine, y una vez al mes una extraordinaria de cine club. En los intersticios de aquella compleja realidad, entre los entresijos del espíritu nacional franquista y la observancia católica, también se colaban algunas películas de Bergman –Fresas salvajes, El séptimo sello– Pasolini – El evangelio según San Mateo– De Sica-Ladrón de bicicletas- Godard – Alphaville– Truffaut – Fahrenheit 451– o Bardem –Muerte de un ciclista- y Berlanga –Calabuch, Plácido– por citar algunos.


Aquellas sesiones de cine escolar de mi adolescencia tuvieron continuidad en mi incipiente juventud a principios de los años setenta, en el Cine Club de Tolosa, el Kresala de Donostia y las sesiones de arte y ensayo del Cine Gaxen en el desaparecido Kursaal. También hice algunos viajes esporádicos a Hendaya o, en algún verano, a la desaparecida Cinémathèque de París en el Palais de Chaillot para ver algunas películas censuradas o difíciles de encontrar en Donostia. Y, como no, la asistencia a muchas sesiones del Festival de Cine. Por las mañanas acudíamos al Cine Miramar, donde se proyectaban las retrospectivas de directores de cine. Recuerdo especialmente las de Howard Hawks en 1972, Rouben Mamoulian en 1973 y, especialmente, el ciclo dedicado a Nicholas Ray en 1974. Por las tardes íbamos al desaparecido Cine Astoria, primero a la sesión «Zabaltegi», donde se proyectaba una selección de películas escogidas de otros festivales, y luego a las dos sesiones de tarde y noche de la sección oficial, aquellas que concurrían a concurso.
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