Este texto lo escribí hace unos meses para el catálogo de la exposición 247 de Alonso Gil. El propio artista y Esther Regueira, comisaria de la muestra que se presentó este otoño en la Sala Atín Aya de Sevilla y editora de la publicación, me consultaron para publicar en el catálogo una nueva versión ampliada de otro que, pocos días antes del “Día Internacional de los Trabajadores”, escribí a finales de abril del año 2021 para el Diario Vasco y posteriormente edité en mi blog. Se titulaba La cultura del trabajo y fue una reflexión que hice tras la lectura El problema del trabajo. Feminismo, marxismo, políticas contra el trabajo e imaginarios más allá del trabajo(Traficantes de sueños, 2020) excelente ensayo de Kathi Weeks, profesora de estudios de género, sexualidad y feministas en la Universidad de Duke.
En Tiempo. La dimensión temporal y el arte de vivir, Rüdiger Safranski[1]escribe que quizá por primera vez en la historia hemos llegado a un punto en el que el tiempo y la atención al respectivo tiempo propio han de convertirse en materia fundamental de la política. Tendríamos que desarrollar e implementar –añade– otros tipos de socialización y administración del tiempo, aunque, por desgracia, la clase política todavía, al parecer, no lo ha entendido bien.
Desde finales del siglo XIX el movimiento obrero adquirió carta de naturaleza política en las luchas internacionales por las mejoras en las condiciones laborales. La reducción de la jornada laboral se convirtió en una demanda inaudita debido a su capacidad de agrupar a trabajadores de todo tipo Y condición. La lucha por el tiempo ha sido central en la historia del desarrollo capitalista. Es evidente que, como se ha comprobado en las últimas modificaciones de la legislación laboral en España, todavía hoy reducir las horas de trabajo sigue siendo uno de los objetivos de sindicatos y organizaciones sociales. Hay una conciencia evidente de que se trabaja demasiado y, casi siempre, en condiciones que se podrían mejorar más, pero aún estamos muy lejos de aplicar medidas que impulsen auténticas transformaciones de los hábitos laborales que afecten de verdad a la calidad integral de nuestras vidas. Seguimos trabajando y viviendo con los mismos parámetros productivos y vitales que, en su empeño reformista, hace casi doscientos años propugnó el empresario, filántropo y socialista Robert Owen: ocho horas de trabajo, ocho de ocio y otras ocho de sueño.
Las imágenes desempeñan un papel fundamental en las complejas relaciones que tenemos con las diferentes formas de cultura. Como dice Andrea Soto Calderón en La performatividad de las imágenes (Metales pesados, 2020) estas no se reducen a lo visible, son también dispositivos que crean cierto sentido de realidad. Toda imagen tiene sus sombras, restos a través de los cuales podemos interrogar a la realidad y hacer aparecer otras miradas, porque el pasado- dice Soto Calderón, parafraseando a Walter Benjamin– tiene una energía disponible que, mediante la crítica, podemos actualizar para levantar otras memorias y configurar otro presente, mediante un cuestionamiento permanente de nuestro ser histórico. Sin duda, es en este sentido como actúa la excelente exposiciónEl espejo perdidoque desde hace unas semanas se puede contemplar en el Museo del Prado. Una magnífica muestra comisariada por Joan Molina sobre la representación de judíos y conversos en la España medieval, como indica su subtítulo.
El texto introductorio dice que toda imagen creada es un espejo que refleja nuestros modos de ver ya que miramos el mundo o a las otras personas a través de nuestra mentalidad. Aunque cristianos y judíos entonces convivían en un mismo territorio con fronteras religiosas permeables, la estigmatización visual de los judíos fue un fiel reflejo del espejo cristiano, de sus creencias y miedos, a la vez que un poderoso instrumento de afirmación identitaria. En muchos casos, son representaciones falsas -auténticas fake news- empleadas a lo largo de la historia para difamar a los judíos, al mismo tiempo que servían para reafirmar las costumbres de los católicos. Aparecen judíos intentando destruir hostias sagradas o robando un icono de la virgen, precisamente en momentos históricos en los que era necesario divulgar la eucaristía o el culto mariano. En alguna ocasión, mientras construía el entramado conceptual de la exposición Tratado de Paz, escuché a su comisario, el artista Pedro G. Romero, afirmar que la extensión de la ganadería porcina y la propagación popular del jamón ibérico o las chacinas se produjeron precisamente en aquellos territorios donde los conversos al cristianismo, tanto los marranos judíos, como los moriscos musulmanes, debían expresar su aprecio a la carne de cerdo para demostrar su autenticidad cultural cristiana. Ya nos lo recordó el psicoanalista Jacques Lacan en El estadio del espejo como formador de la función del yo donde decía que aquello que nos disgusta o nos agrada de otra persona, en verdad, no es otra cosa que un reflejo de nosotros mismos.
Tengo casi la misma edad que el Festival de Cine de San Sebastián-Zinemaldia que este año ha celebrado su septuagésimo primera edición. La primera década coincidió con mi infancia en Tolosa. Entonces el festival me quedaba lejos, pero en el pueblo teníamos cuatro cines, con una generosa programación, incluidas sesiones dobles. Tengo algunos recuerdos felices de aquellas horas sentado en las butacas del cine Gorriti, el Igarondo y el Iparraguire, pero nunca se me olvidará cuando, en 1961, con apenas ocho años, pude ver la mítica película “Ben Hur” en el recién inaugurado Cine Leidor. Aquel enorme cine, que entonces tenía dos mil butacas (se decía que era uno de los más grandes de España) tenía una gigantesca pantalla especialmente diseñada para proyectar películas en Todd-Ao, rodadas en celuloide de 70mm. Entonces William Wyler, el director de la película, era un desconocido para mí porque mi vocacional afición al cine comenzaría años después.
La vida es esencialmente contingencia y, por casualidades del destino, mi madre y mi padre, aconsejados por algún maestro de la escuela donde yo estudiaba, decidieron enviarme interno al Colegio de Lekaroz, en el valle del Baztán de Navarra. Pensaban que con aquella decisión hacían lo mejor para mi rendimiento escolar. Cuando apenas tenía catorce años, apareció en mi vida el Padre Agustín de Zumaia que, además de ser profesor de francés, nos daba también clases de cine y era el responsable del cine-club del colegio. Todavía recuerdo con nitidez los dos tomos de Lecciones de cine, el manual de iniciación al cine, escrito por el jesuita Pedro Miguel Lamet (Mensajero, 1967) Durante aquellos años, la iglesia católica tenía entre sus objetivos emplear el cine como herramienta de adoctrinamiento. Además de misa y rosario, todos los domingos teníamos una sesión vespertina de cine, y una vez al mes una extraordinaria de cine club. En los intersticios de aquella compleja realidad, entre los entresijos del espíritu nacional franquista y la observancia católica, también se colaban algunas películas de Bergman –Fresas salvajes, El séptimo sello– Pasolini – El evangelio según San Mateo– De Sica-Ladrón de bicicletas- Godard – Alphaville– Truffaut – Fahrenheit 451– o Bardem –Muerte de un ciclista- y Berlanga –Calabuch, Plácido– por citar algunos.
Aquellas sesiones de cine escolar de mi adolescencia tuvieron continuidad en mi incipiente juventud a principios de los años setenta, en el Cine Club de Tolosa, el Kresala de Donostia y las sesiones de arte y ensayo del Cine Gaxen en el desaparecido Kursaal. También hice algunos viajes esporádicos a Hendaya o, en algún verano, a la desaparecida Cinémathèque de París en el Palais de Chaillot para ver algunas películas censuradas o difíciles de encontrar en Donostia. Y, como no, la asistencia a muchas sesiones del Festival de Cine. Por las mañanas acudíamos al Cine Miramar, donde se proyectaban las retrospectivas de directores de cine. Recuerdo especialmente las de Howard Hawks en 1972, Rouben Mamoulian en 1973 y, especialmente, el ciclo dedicado a Nicholas Ray en 1974. Por las tardes íbamos al desaparecido Cine Astoria, primero a la sesión «Zabaltegi», donde se proyectaba una selección de películas escogidas de otros festivales, y luego a las dos sesiones de tarde y noche de la sección oficial, aquellas que concurrían a concurso.
Parece que en esta parte del mundo otro verano está llegando a su fin. En términos generales, es el periodo que los humanos empleamos para disfrutar de las vacaciones. En consecuencia, también la época del año en la que la industria del turismo alcanza las cotas más altas de productividad y, por tanto, movilidad. Desde las grandes ciudades hasta las pequeña aldeas rurales, ya no hay rincón del planeta que no tenga un punto de atracción natural, cultural o algún lugar exótico para explorar. Hace unas semanas nos enteramos del trágico accidente de un grupo de personas que pretendió descender al fondo del mar para conseguir contemplar los restos del Titanic, el famoso trasatlántico que en 1912 se hundió en las gélidas aguas del Atlántico Norte. Incluso, estos últimos meses, hemos visto anunciado que ya existen vuelos turísticos al espacio y que las empresas promotoras tienen largas listas de espera de viajeros dispuestos a pagar cientos de miles de euros para gozar de esa experiencia extraterrenal. Hemos vuelto a ver colas de montañeros intentando alcanzar las cimas más extremas, las ciudades más tópicas del imaginario turístico han vuelto a saturarse y los cruceros han alcanzado las cifras más altas de ocupación.
Según la Organización Mundial del Turismo (OMT), nunca hasta ahora en la historia se había desplazado tanta gente para celebrar sus vacaciones. Sin embargo, teniendo en cuanta que en el planeta vivimos casi 8.000 millones de humanos, los casi 1.500 millones que este año nos hemos desplazado a algún lugar del mundo aún seguimos siendo unos privilegiados. Somos, por tanto, los que alimentamos la industria del turismo y contribuimos más al crecimiento exponencial de los recursos destinados a la movilidad global: organizaciones públicas y privadas, infraestructuras terrestres, aéreas o marítimas, proveedores de energía, redes de aguas y otros servicios públicos, empresas de hostelería y restauración, etc. Por tanto, entre unos y otros también somos responsables, en cierta medida, de las consecuencias del cambio climático.
En esta campaña electoral, el (sin) sentido de la verdad y la mentira ha estado en el centro de casi todos los debates políticos. Sin ir más lejos y aunque parezca una ficción, Alberto Feijóo, candidato del Partido Popular en estas elecciones legislativas, en el último mitin de campaña dijo a sus simpatizantes que si alguna vez mentía le echaran del partido y, además, con más contundencia aún, añadió: “Jamás voy a engañar a los españoles. Sea dura la verdad, la contaré. Sea desagradable la situación, la describiré. No vengo aquí a engañar a nadie”.
Si esto fuera cierto, la política partidista y parlamentaria recuperaría gran parte de su sentido. Lamentablemente, muy a menudo, ocurre todo lo contrario, se miente demasiado y gran parte de la desafección de la gente por la clase política está asentada en la escasa credibilidad que proyectan sus previsibles discursos, palabras vacías y promesas.
En “Verdad y política”, publicado en Verdad y mentira en la política (Ed. Página Indómita, 2017) Hannah Arendt, que alguna vez se declaró teórica de la política más que filósofa, se pregunta por qué nadie ha dudado jamás con respecto al hecho de que la verdad y la política no se llevan demasiado bien o porqué la mentira siempre ha sido vista como una herramienta necesaria y justificable para la actividad de los políticos.
La extrema derecha española y, al parecer, como se ha comprobado en esta campaña, cada vez más, la más ponderada parecen seguir a pie juntillas la conocida frase del propagandista nazi Joseph Göbbels: una mentira repetida mil veces se convierte en verdad. La tesis del responsable del Ministerio de Propaganda del partido nazi alemán era semejante a la de Steve Bannon, uno de los primeros ideólogos del trumpismo y adalid de la expansión del pensamiento reaccionario actual y del crecimiento de los partidos de ultraderecha en gran parte del mundo donde (pre)domine la raza blanca de tradición cristiana. Como dice Alba Sidera en Fascismo persistente(Ctxt, 2023), donde analizando en detalle el auge de la extrema derecha italiana, ya plenamente normalizada en un contexto europeo cada vez más tolerante con las ideas (neo)fascistas, en 2019 el 36% de los italianos creían que en su país había veinte millones de extranjeros. Cuando había cinco millones, poco mas del cinco por ciento de la población. Y aunque el número de delitos en Italia lleva diez años disminuyendo, el 78% del electorado cree que ha aumentado por culpa de los inmigrantes. Así todo, dice.
Es una estrategia perfectamente urdida. Sus bulos y fabulaciones son como letanías de un rosario ideológico muy bien tramado que, tergiversando algunos aspectos concretos de la realidad, convierten en engañosas afirmaciones y lanzan al epicentro de las redes sociales con la colaboración de algunos medios de comunicación muy interesados en amplificar su eco.
No hay más que leer a Andrew Marantz, autor de Antisocial, la extrema derecha y la libertad de expresión en Internet(Capitán Swing, 2021), para entender cómo, con esas maniobras, construyen una realidad adulterada y, además, cómo pretenden hacernos creer que lo hacen en defensa de la libertad, palabra que han vaciado de contenido y convertido en arma de guerra cultural y política. Suelen ser consignas que casi siempre remiten a imaginarios negativos sobre la inmigración, a la que culpan de la mayor parte de los problemas sociales nacionales: la delincuencia, violencia callejera, abuso de prestaciones sociales etc.; sobre los musulmanes, a los que acusan de odiar la cultura occidental cristiana y, por tanto ser potenciales terroristas; recientemente, exacerbando de nuevo -subraya Marantz- el odio también contra los judíos, haciendo resurgir otra vez el antisemitismo; sobre la crisis climática que tildan de ser una burda maniobra de la ideología ecologista; sobre los movimientos políticos progresistas y, en nuestro caso, federalistas e independentistas –casi siempre en el mismo paquete- a los que, enarbolando un nacionalismo patriótico heroico, militarista y autoritario culpan del retorno del ateísmo, el comunismo o el separatismo desintegrador; y, con especial crudeza, sobre el movimiento feminista, homosexual y transfeminista al que responsabilizan de atacar la sagrada unidad familiar, la condición binaria “natural” de hombres y mujeres.
Ahora que cada vez es mas difícil distinguir entre hechos ciertos y burdas manipulaciones, el derecho a la verdad contrastada se ha convertido en una cuestión imprescindible para entender la actual deriva del mundo y nuestra situación política. El derecho a una información fidedigna, siempre verificada con fuentes fiables, o el fortalecimiento de medidas fehacientes de control democrático sobre las acciones del gobierno y su poder ejecutivo (fuerzas armadas y policía) así como del poder judicial son más necesarias que nunca. Pierre Clastres en su célebre La sociedad contra el Estado (Ed. Virus, 2010) nos alerta sobre las tentaciones totalitarias de cualquier gobierno que, por encima de la verdad y la justicia, impone sus mecanismos coercitivos y, por tanto, convierte el poder en un arma de guerra antidemocrática.
Como dice Arendt al final del texto citado: “la verdad, aunque resulte impotente y siempre salga derrotada en un choque frontal con los poderes establecidos, tiene una fuerza peculiar: hagan lo que hagan quienes ejercen el poder, son incapaces de descubrir o inventar un sucedáneo viable de ella. La persuasión y la violencia pueden destruir la verdad, pero no pueden reemplazarla”.
La palabra “democracia” se compone de otras dos de origen griego, demos, que significa “pueblo” y kratos que quiere decir, “poder” o “gobierno”. En su libro En las ruinas del neoliberalismo. El ascenso de las políticas antidemocráticas en Occidente (Traficantes de sueños 2021), Wendy Brown nos recuerda que, en contraste con los conceptos oligarquía, monarquía, aristocracia, plutocracia, tiranía, dictadura o gobierno colonial, democracia significa la capacidad de llegar a acuerdos políticos a través de los cuales el pueblo gobierna sus derechos y deberes.
Para esta eminente filósofa y politóloga, la igualdad política es la base de la democracia. Cuando esa igualdad está ausente o se destituyen los derechos constitucionales, sea por exclusiones específicas o por privilegios, por disparidades sociales o económicas extremas, el poder político se ejerce por y para una parte más que para el conjunto. De esa manera el demos deja de gobernar.
Sobre todo en países como el nuestro que viene de una larga tradición absolutista, la historia de la democracia es el testimonio mas fidedigno de la genealogía de los derechos humanos. Cuanto más se amplían y extienden por la sociedad, más calidad democrática. Y, al contrario, cuando se cercenan la democracia se debilita y muchos sectores sociales quedan expuestos a la exclusión o ven amenazados sus derechos con métodos coercitivos y autoritarios. Por eso tenemos que ser conscientes de que la conquista de los derechos siempre es potencialmente conflictiva. Para que la democracia tenga sentido y no se convierta en un significante vacío hay que aumentar cada vez más su radio de acción y combatir cualquier intento reaccionario para restringirla.