EL MUSEO: TESORO PÚBLICO

El estudio de la transformación de los museos va en paralelo al de las políticas culturales y su importancia creciente viene también determinada por el lugar central que ocupan en el urbanismo moderno y contemporáneo.

Tras la revolución francesa, el nacimiento de esta institución representa uno de los grandes gestos modernos de secularización, porque los objetos históricos, en otro tiempo ligados a la propiedad feudal o eclesiástica, ven transformado su destino y pasan a ser bienes públicos. La res publica irrumpe entonces y el museo es una de las formas monumentales mediante las que el pueblo celebra y representa su poder. Ese nuevo discurso ilustrado sobrevino en un momento en el que la teoría del arte vinculó también, por primera vez, el juicio estético a la vida comunitaria y, a partir de entonces, asignó a las obras de arte una función social. Para muchos ilustrados, además los museos debían ser el complemento necesario para la instrucción y educación ciudadana.

republica moraza blog

Estas premisas han sido fundamentales para comprender el papel de esta institución en el progreso social. El museo sería, por tanto, además de un espacio para la memoria, un lugar de puesta en circulación de las obras de arte destinadas a ampliar nuestra sensibilidad, desarrollar el valor estético y ético y, en consecuencia, el debate público. En una entrevista al artista Juan Luis Moraza publicada en el catálogo de su exposición república, Joao Fernandes, actual subdirector artístico del Museo Reina Sofía,  afirma que el museo constituye un sistema de protocolos y convenciones que definen el territorio del patrimonio común en su accesibilidad, conservación, presentación y representación; así como la expresión democrática de las diferencias inherentes a la definición de las condiciones de interpretación de la obra de arte en el museo. Y en esa interpelación el propio artista entrevistado redunda en esa concepción del museo cuando responde que esa institución es una hacienda de experiencias, un tesoro sin propiedad, una reserva de la economía del usuario que refuta la privación y lo privado. Seguir leyendo «EL MUSEO: TESORO PÚBLICO»

PLAZ¡ FEMINISTA

En 1995 Plazandreok (ahora Plaz feminista) la plataforma electoral de mujeres feministas de Donostia/San Sebastián se presentó por primera vez a las elecciones municipales con la abogada Juana Aranguren Rica​ como cabeza de lista. El término Plazandreok, de difícil traducción al castellano, significa algo así como «mujeres de la plaza» o «nosotras (cercanía) mujeres de la plaza» (las que toman parte activa en la vida pública). En euskera existe la palabra «plazagizon» (hombre de la plaza) para referirse al hombre público pero no existía propiamente un nombre paralelo para nombrar a las mujeres, en la medida de que su vida se circunscribía al ámbito familiar. Las mujeres de Plazandreok inventaron aquel nombre para reivindicar una realidad desde el convencimiento de que lo que no se nombra no existe.

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En el año 2007 tuvieron que incluir hombres por primera vez en su lista electoral municipal de acuerdo con la Ley estatal para la Igualdad efectiva, aprobada en marzo de aquel mismo año. La propia Juana me llamó para invitarme a participar y desde entonces me he prestado voluntario a formar parte de esta aventura electoral, que más allá de su relevancia cuantitativa – la verdad es que los resultados suelen ser testimoniales- supone una apuesta cualitativa por aprovechar los procesos electorales para hacer más visibles muchas razones por las que merece la pena seguir luchando.

Puede parecer retórico –seguramente lo será- pero no tengo ninguna duda de que la re-evolución tiene que ser feminista. De hecho, en gran medida, su programa electoral bebe de las mismas fuentes de indignación social que venimos padeciendo desde hace años y comparte las luchas por la regeneración democrática que también ahora se encarnan en otras candidaturas que aglutinan las diversas voces de la potencia post15M, con las que me siento muy identificado. Esta es la tercera vez que apoyo a Plaz¡feminista y parece que esta vez me han subido al cuarto puesto de una lista encabezada por Josebe Iturrioz, con la que a lo largo de estos años he compartido proyectos e iniciativas, desde que el colectivo Medeak comenzó a trabajar en Arteleku, coincidiendo con los talleres y seminarios de Paul. B. Preciado.

beatriz arteleku

Cuando me lo propusieron pensé que aquella oferta, que ahora se ratifica, bien pudiera haber sido una especie de reconocimiento por el trabajo de largo recorrido que estábamos haciendo, al unísono, en Arteleku y UNIAarteypensamiento​ para visibilizar las prácticas artísticas feministas, poner sobre la mesa de discusión pública las relaciones de dominio del poder patriarcal, la vulnerabilidad de los cuerpos y su redefinición colectiva en el marco de las luchas postcoloniales. En definitiva, un conjunto de líneas de trabajo transdisciplinares ,a largo plazo, que siguen desbordando las teorías feministas clásicas de la igualdad, las políticas de la identidad y de su representación y exigen nuevas estrategias de acción que reconozca la multiplicidad de frentes políticos, éticos y estéticos como fundamento de un nuevo contrato democrático.

LA CULTURA COMO ARGUMENTO RACISTA

Cuando leemos los periódicos (el asesinato de un ciudadano rumano, una reyerta entre gitanos o una noticia intrascendente como el primer gol de un jugador “negro” del Athletic de Bilbao) o simplemente escuchamos las conversaciones en los trenes, metros, autobuses o calles, se percibe un aumento preocupante de comentarios, actitudes y reacciones con nítidos tintes xenófobos.

En las estadísticas sobre bienestar de la población crecen los índices de rechazo a los inmigrantes y se extiende la repulsa social a que los extranjeros sean beneficiarios de cualquier prestación pública. Al mismo tiempo, aumentan las denuncias por agresiones contra ell*s y por casos de discriminación en el acceso a la sanidad, servicios sociales públicos, vivienda o locales de ocio privado. Parece que el mejor indicador del deterioro del sentido cívico no es tanto el incremento de los índices de criminalidad, sino el crecimiento de una población deseosa de que se criminalice y castigue a sus ciudadanos más marginales. En consecuencia, se desactivan las luchas sociales y políticas por el derecho a la ciudad de tod*s, sin excepción, produciéndose una descenso de la responsabilidad política colectiva y de la reflexión democrática.

En general, el rechazo al extranjero suele apoyarse en argumentos “culturales”, casi nunca en razonamientos ponderados sobre las verdaderas razones de su discriminación social y económica (un marxista diría, análisis de clase). Es decir, lo que les segrega es la diferencia identitaria y no la pobreza. El aval de ciudadanía, la garantía de integración en la comunidad, únicamente estaría asegurado por la adscripción de esos sujetos a determinadas formas de vida o relatos culturales enraizados en convicciones populares, en demasiadas ocasiones resultado de un proceso enfermizo de ensimismamiento social. Además, esa certeza sobre la diferencia cultural –en cuanto verdad o como principio– suele llegar a ser inevitablemente totalitaria y, con demasiada facilidad, converge con actitudes individualistas de absolutismo moral.

el roto multiculturalismo

Por el contrario, frente a esa concepción cerrada de la identidad, la condición de ciudadana siempre debería ser el resultado de un contrato social nunca completo, porque la pertenencia a una cultura, en términos existenciales, nunca es algo natural, más bien es la consecuencia de una permanente discontinuidad que se naturaliza al mismo tiempo que se altera.

Según precisó Sigmund Freud, la cultura es una especie de convención por la cual cedemos parte de nuestra libertad a cambio de la seguridad de la convivencia y la comprensión mutua, pero ese pacto siempre deja restos insolubles, ininteligibles por donde se cuelan la materia de los sueños, la capacidad creadora –el arte–, la voluntad transgresora o las nuevas subjetividades, en definitiva, los largos procesos de transformación social y cultural que reconfiguran el mundo que habitamos. El malestar en la cultura –que precisamente da título a unos de sus ensayos principales– consiste en ese permanente desajuste del sujeto que se ve desplazado de su vivencia cotidiana y en los procesos continuos de recontextualización de las nuevas significaciones sociales que se ve obligado a realizar.

Como dice Wendy Brown, en La política fuera de la historia, formular el problema de la diferencia como disputas entre católicos o musulmanes, negros o blancos, rumanos, españoles o vascos, en lugar de comprender el carácter antagonista de esas identidades como algo en parte producido por determinadas operaciones históricas (colonialismo, capitalismo, etc.) constituye una postura claramente deshistorizante y despolitizadora. Es un tipo de actitud que conduce, de hecho, no tanto a la elaboración de análisis y búsqueda de estrategias políticas eficaces para la construcción y mejora de la democracia, sino al lamento o culpabilización moralista y a la personificación del conflicto histórico en individuos, castas, religiones, tribus o nacionalidades.

malestar def

Querer mantener la pureza de la cultura de un pueblo mediante la extirpación sistemática de las formas de vida extrañas o evitando todo tipo de influencias externas –un pensamiento que hoy se defiende cada vez más con gran pasión por los partidarios de las doctrinas racistas– es tan antinatural como infecundo y solo muestra que los soñadores de la autarquía cultural piensan en una Europa excluyente, encerrada en las propias murallas de sus viejas naciones. Si Europa quiere seguir jugando un papel importante en este mundo globalizado, debe comenzar por entenderlo bien y comprendernos mucho mejor entre nosotr*s. Como decía Hannah Arendt la pluralidad es la condición de la acción humana debido a que tod*s somos lo mismo, es decir humanos, aunque nadie sea igual a cualquier otro que haya vivido, viva o vivirá. Así pues, nada mejor que la cultura -entendida como crisol de diversidades y herramienta para la transformación social– y la libre circulación de saberes para la lucha contra el fanatismo y el racismo.