SEGUIR INSISTIENDO SOBRE LA VIDA DIGNA. SOSTENIBILIDAD DE UNA CIUDAD PARTICIPATIVA

En el marco del programa “Experimenta Ciudad” la Red de Centros Culturales de España, propone este ciclo de tres conversatorios on-line, comisariado y coordinado por Grigri Projects, que ha reunido a diferentes actores vinculadxs a la cultura comunitaria, la innovación ciudadana y las prácticas colaborativas en el contexto iberoamericano con el objetivo de dialogar y poner en común reflexiones en torno a las herramientas, la sostenibilidad y las narrativas necesarias para una construcción colectiva de la ciudad, que atienda a las necesidades, problemáticas, intereses y deseos de las personas que la habitan. Durante el segundo conversatorio tuve la oportunidad de intercambiar algunas ideas con Laia Sánchez, de Citilab y Diego Peris, de Todo por la praxis en un diálogo coordinado por Susana Moliner y David Perez. Con las notas que utilicé para el debate he elaborado este texto que, tras esta introducción. os añado.

Además de los cuerpos que habitamos (soma) y las subjetividades que nos atraviesan –Paul B. Preciado llama somateca, a ese archivo biopolítico que nos determina en términos de clase, raza, diferencia de género o sexual- si hay un lugar (topos)donde la cultura también se constituye en elemento vertebrador de nuestra evolución social y del desarrollo del tiempo histórico y su materialidad, ese es la ciudad. Sin ir más lejos, ahora mismo os hablo desde un pueblo de la costa malagueña, paradigma del turismo universal. Como sabréis Málaga, en términos relativos, probablemente es la ciudad del mundo con más museos pensados para ser visitados casi exclusivamente por turistas. Es evidente que esa identidad urbana predetermina los modos y las maneras de vivir de todos sus habitantes.  

Desde las míticas ágoras griegas o las precolombinas hasta las actuales megalópolis africanas, pasando por las primeras ciudades medievales europeas y las coloniales, hasta llegar a las industriales y las financieras, todas ellas son espejo del régimen económico, la estructura social y las formas de vida que las han ido determinado a lo largo de los siglos. En su arqueología y en su historia podemos descubrir las huellas de la democracia y su otra cara, las autocracias y los totalitarismos, el origen del comercio y su colofón el capitalismo, las luchas contra la acumulación de bienes comunales o contra la segregación de las mujeres, la historia de las guerras y de la expansión colonial, junto al genocidio indígena, el esclavismo o el racismo, las políticas extractivistas de la naturaleza, pero también el surgimiento de las naciones modernas y el constitucionalismo, los procesos de liberación anticolonial, las grandes migraciones, el sindicalismo, las luchas obreras y los movimientos ecologistas, de desobediencia civil, feministas, frentes de liberación de homosexuales y lesbianas y trans etc. En fin, una historia de transformaciones sociales y de avances en los derechos humanos, la libertad, la igualdad y la fraternidad (aunque hoy en día, ésta siga siendo la peor parada de la célebre trilogía ilustrada); una historia construida con discontinuidades felices y trágicas, mareas altas y bajas, entusiasmo y decepción.  

Todas esas luchas, encarnadas siempre en cuerpos que se van haciendo cargo de sus trozos de mundo y de sus vidas compartidas, han ido reconfigurando el derecho a habitar la tierra y sus ciudades, mediante diferentes formas de presión globales, con cierto rasgos y objetivos comunes, pero también específicos, con acciones siempre localizadas en experiencias situadas en lugares concretos del mundo. Ahora mismo, mientras hablo, recuerdo cuando, hace dos años, asistí en Media Lab Prado de Madrid al debate titulado Derecho a la ciudad/Derecho a otros imaginarios de lo urbano coordinado también por Grigri Project, en el que se remarcó la importancia de actual localmente, a la vez que se activaban redes internacionales de cooperación. Entonces pudimos comprobar, a través de varios casos de estudio, el valor de intervenir en contextos específicos, pero compartiendo preocupaciones comunes que nos afectaban a tods. Escuchamos las experiencias de Ibrahima Wane de Dakar (Senegal), Monza Kane Limam de Nouakchott (Mauritania) e Itziar González de Barcelona (empeñada entonces y ahora, con dificultades, en sacar adelante el plan de “rescate” de Las Ramblas, precisamente uno de los mejores ejemplos donde hemos podido comprobar, a lo largo de todos estos año, como la ciudad se ha convertido, a través del turismo y otras muchas formas de urbanismo especulativo, también en materia prima de extracción de bienes públicos y acumulación por expropiación de bienes privados).

En aquel encuentro se volvió a constatar que las ciudades son el espejo fiel del modelo global económico capitalista que gobierna el mundo y, en consecuencia, concluimos que, para responder desde otros parámetros políticos y socioeconómicos, deberíamos pensar y actuar teniendo muy presente que la vida de las personas de todas esas ciudades es también interdependiente, nos interpela en primera persona y exige de un nosotros capaz de sumar a cualquiera. De hecho una parte, cada vez mayor, que se desplaza de unas a otras, vive y trabaja ya a nuestro lado, y su función política, su salud social y la sostenibilidad de sus vidas es responsabilidad mutua. No había más que escuchar hace unos días también en estos mismos conversatorios a Ana Longoni, Directora de Actividades Públicas y el Centro de Estudios del Museo Reina Sofía de Madrid, cuando nos describió algunas de las iniciativas desarrollas por la plataforma Museo situado con las comunidades populares de Lavapiés, el barrio donde se inscribe el museo, y que, a través de su colectividades migrantes, asiáticas, africanas y latinoamericanas,refleja de forma ejemplar las paradojas y contradicciones, intersticios, potencias y vacíos, de las ciudades, a través de los cuales el arte y la cultura pueden convertirse también en elementos simbólicos y expresivos, potencias estéticas que acompañan los largos procesos de la transformación social. Parafraseando a Jacques Rancière en El reparto de lo sensible. Estética y política, el arte da cuenta de la parte sin parte, mediante la capacidad de incorporar a aquellos sectores anónimos y haciendo visible el poder de sus ficciones, metáforas, historias y formas artísticas que interrumpen la realidad y redefinen el mapa de lo posible.  

Ahora bien, más allá de las buenas palabras, parafraseando al antropólogo y geógrafo Neil Smith, podríamos preguntarnos si tal como humanamente nos conducimos en el planeta ¿Son posibles ciudades democráticas y sostenibles después del neoliberalismo globalizado? Porque ningún análisis prospectivo sobre la situación actual y el futuro de las ciudades debiera desligarse de las consecuencias que el actual sistema económico – ese capitalismo que lo arrasa todo- produce en las estructuras sociales y en las relaciones interpersonales en las que, queramos o no, estamos inscritos; del mismo modo, que no podemos obviar cómo han actuado y qué responsabilidades tienen los estados y sus administraciones en la configuración de nuestras ciudades; en demasiadas ocasiones al servicio de las políticas más neoliberales. El crítico cultural inglés Mark Fisher, en Realismo capitalista. ¿No hay alternativa? dice que el autoritarismo y el capitalismo liberal no son de ninguna manera incompatibles. De esta manera, ese irrefutable pragmatismo del “esto es lo que hay” o “no hay alternativa posible” que Fisher denomina “realismo capitalista”, sería algo parecido a una atmósfera general -un régimen- que condiciona no solo la regulación de la economía y, en consecuencia, la desigual distribución de las rentas del trabajo, sino también los modelos de educación, el cuidado de nuestra salud individual o colectiva y todos los mecanismos de producción cultural y simbólica, impidiendo cualquier alternativa al pensamiento dominante.

En aquella breve conversación, Itziar González me hablaba de las graves dificultades burocráticas y desidias políticas a las que su equipo multidisciplinar tenía que enfrentarse para intentar sacar adelante las reformas urbanísticas propuestas y compartía conmigo la frustración que le generaba la lentitud de la toma de decisiones en las instancias políticas responsables. Sin embargo, a pesar de todo –continuó- “seguimos luchando con la colaboración de las comunidades de vecinos, sobre todo las más implicadas y los mas activos, y el equipo –concluía- intenta avanzar sin caer presa del desánimo y la derrota definitiva”.  

Para los que hemos trabajado siempre como servidores públicos en proyectos de la administración pública, convivir con la decepción ha sido el pan nuestro de cada día, pero ambos coincidíamos en que, a pesar de las dificultades y fracasos, nunca había que dejar de intentarlo, porque con la presión popular, las potencias críticas y también el juego de poderes de la política, se podía avanzar en las reformas necesarias, aunque fuera más lentamente de lo necesario. 

A pesar de la impotencia, el resultado final de una buena gestión, aunque sea lenta, depende en gran medida de la potencia que se desarrolla fuera de los aparatos del estado. Como subraya Miguel Benasayag en Política y situación. De la potencia al contrapoder un gestor administra (mejor o peor) la potencia; un rebelde la despliega, crea y lucha. Es decir, parafraseando a Amador Fernández Savater, que también lo cita en Habitar y gobernar. Inspiraciones para una nueva concepción política,se trataría de estar atentos a las potencias que crecen en la sociedad para no caer abatido por la melancolía del paradigma del gobierno que nunca termina de satisfacer. En una entrevista que Amador le hace Rita Segato en el epilogo del libro, ella insiste en actuar desde lo que denomina el proyecto de los vínculos, que a su vez retoma el concepto movimiento de la sociedad de Aníbal Quijanoy que va depender de que seamos capaces de elegirlo, por felicidad y satisfacción, no por obligación. 

En aquella conversación con González, me vino a la memoria la ciudad por proyectos, la consigna que Luc Boltanski y Eve Chiapello enunciaran en el año 2002 en su célebre El nuevo espíritu del capitalismodonde se afirmaba que no había posibilidad del derecho a la ciudad sin tener en cuenta, en primer lugar y sobre todo – decían- la existencia de una crítica institucional tenaz e inventiva generada en  los movimientos sociales, los cuales serían el embrión para ejercer una presión constante sobre los representantes políticos y sobre los funcionarios de alto nivel. Porque la condición de cualquier acción reformista depende también de la participación de funcionarios, políticos y gestores empresariales, lo suficientemente autónomos como para abrirse a cierto sentido común de la justicia y concluían diciendo que todos estos distintos actores son susceptibles de desempeñar un papel impulsor en la experimentación de nuevos dispositivos, de apoyar reformas y de poner su pragmatismo y su conocimiento al servicio del bien común.”  

Reconozco que, según van pasando los años, ante la frustración que produce la limitada capacidad que tienen los estados y los organismos internacionales para asumir las reformas más necesarias que pongan en el centro las necesidades básicas  de la vida de las personas y no tanto los intereses de las grandes corporaciones empresariales y lobbies económicos, cada día creo más en el principio de subsidiaridad que en su definición más amplia, dispone que un asunto podría ser resuelto por la autoridad más próxima al objeto del problema que se quiera resolver. Aunque su origen se inscribe en la teoría social católica que pone en el centro a la familia, también es una de las características del federalismo, la base organizativa del anarquismo, basado en la libre unión de las personas, comunidades o regiones, respetando el derecho a la diversidad. No hace mucho leía una declaraciones de Debbie Bookchin, hija de Beatrice y Murray, conocidos  teóricos sociales, y ambos municipalistas libertarios, los cuales  opinaban que para reconducir nuestra devastadora relación con el mundo debíamos cambiar las relaciones sociales desde su núcleo y desde nuestras redes personales cercanas. Es decir, que también debemos poner fin a las jerarquías en todos los niveles, ya sea la dominación de hombres sobre mujeres, de heteros sobre lesbianas, gais y personas transgénero, de personas blancas sobre personas de color, o de los mayores sobre los jóvenes o viceversa, claro está. En consecuencia se preguntaba también ¿qué tipo de organización social alternativa puede crear una sociedad en la que seres humanos verdaderamente liberados puedan prosperar? Es decir: ¿qué tipo de organización política es la que puede cuestionar el poder absoluto de los estados, cada vez más nacionalistas, autoritarios y centralizados?

De ahí mi cercanía con las políticas municipalistas o con las micropolíticas que tienen que ver con las acciones vecinales, las comunidades implicadas en las gestión de los barrios, la multitud de pequeñas y medianas experiencias que están ligadas a la construcción de dinámicas políticas y sociales de autodeterminación; incluso “contrapoderes” que, en cierta manera, escapan de procesos de captura estatal, siempre complicados porque, como ya he repetido, muchas veces deben hacerse con la complicidad de una parte de esas estructuras institucionales. En fin, las plataformas de iniciativas ciudadanas de todo tipo, redes digitales de comunicación crítica, laboratorios de participación, seguimiento y control de las instituciones, presupuestos participativos o nuevos planteamientos de revisión del sistema de representación tradicional como el “sorteo”, que ya ha tenido algunas aplicaciones locales e internacionales. 

Los movimientos sociales, en su dinámica instituyente, siempre han sido un permanente intento de reinvención política; suelen ir por delante de las inercias institucionales. No se reducen a denunciar o pedir cosas, sino que son también instancias creadoras de nueva realidad, dice Alain Badiou en El despertar de la historia. En cierto sentido, son también formas de poder que en su devenir, en sus modos de hacer, van configurando otras posibilidades prácticas de entender las relaciones sociales, los procesos de formación, aprendizaje y cuidados mutuos, en definitiva el trabajo y la economía. En ese mismo sentido, no hace mucho, Suely Rolnik en una entrevista en el priódico El Salto, se refería a determinadas experiencias de las periferias de las grandes ciudades de Brasil donde se vienen ocupando escuelas públicas. “Lo hacen jóvenes, principalmente mujeres implicadas en el movimiento LGTBIQ+ y sobre todo negras. Ahí hay una invención del modo de existencia, de la sexualidad, de la relación con las personas: una corriente de transformación radical en el sentido de ir hasta donde se pueda, sin miedo. También innovan en las formas de organización interna y eso tiene que ver también con lo micro: cómo se establecen las relaciones, cómo se distribuyen las tareas, cómo se cuida el espacio y una inteligencia en sentido macro más tradicional de cómo provocar, cómo responder al Estado, o incluso ante la policía en el caso de desalojo. Fui varias veces: me sentía como si estuviese ante otra especie humana. Eso lo veo como invencible, incluso cuando en medio del proceso desisten y se paralizan, incluso algunas mueren pero hay algo ahí que es irreversible. Cuando te afirmas y vives de maneras múltiples lo que hasta entonces se limitaba a un solo modelo, en el ámbito de la subjetividad no hay vuelta atrás. La realidad puede demorar mucho más tiempo para cambiar, pero ya no hay vuelta atrás”.

Se podrían enumerar numerosas redes cooperativas de la economía social de cercanía (con nosotros está en este encuentro Diego Peris que es miembro activo del Proyecto Mares de Madrid de economía social) que se piensan desde la producción y  distribución de bienes ecológicamente eficientes, que prevalece y produce contra la economía especulativa o contra la acumulación de beneficios basada en la explotación de consumidor*s y productor*s. También formas de organización que reactivan el sindicalismo, transformándolo de sus actuales derivas ensimismadas o corporativistas: el sindicato de inquilinas e inquilinos por el derecho a la vivienda digna y la modificación de la ley de arrendamiento, herederas de la PAH Plataformas de Afectados por la Hipotecas o de V de Vivienda,el sindicato limpiadoras de hotel, denominadas las Kelly, el sindicato de Manteros y Lateros, que denuncia el racismo y la violencia institucional, la persecución del colectivo migrante y reclama la legalización de la venta ambulante; en fin, las mareas por los derechos de salud y educación públicas, las organizaciones de precarios, de estudiantes; las respuestas colectivas vecinales en defensa de los espacios públicos y por el derecho a la ciudad para todos y todas; los centros sociales o los huertos urbanos y otro tipo de organizaciones como las librerías y editoriales independientes, asociaciones culturales y de artistas, medios de comunicación independientes, pequeñas empresas dedicadas a la producción de bienes y servicios y distribución de comercio justo, cooperativas ecológicas de agricultores y de alimentación o de cuidados etc.. sólo por citar las más conocidas. Una extensa  red de experiencias, muchas veces silenciosas, otras veces ruidosas, a veces informales, que conforman un entramado de intersticios económicos y sociales por donde fluye la potencia afectica de otra posible ciudad.  

Todas estas iniciativas y proyectos tienen en común ser un motor de cambio social en el corazón de la ciudad y sus barrios. Su objetivo es conseguir mayores cotas de agencia y auto-gobierno en la definición y defensa de los derechos de quienes la habitan, de modo que la ciudad sea un bien común de todas y para todas. A veces, alineadas con programas municipales que también buscan el empoderamiento de la ciudadanía; otras, en antagonismo directo con la administración, este tipo de iniciativas nos dan pistas sobre algunos de los retos que plantea la defensa del derecho a la ciudad, sobre qué significa el derecho a la ciudad y qué condiciones deberían darse para lograr este derecho. En el prólogo del libro citado, Amador, escribe que ninguna transformación social de calado es posible sin una activación de la sociedad, sin salir de la condición espectadora y victimista de la realidad, sin convertirnos en agentes del propio cambio.  

Sin  ninguna duda, la actualcrisis, derivada de la pandemia producida por la Covid19, sitúa de nuevo en el centro de nuestras vidas la oportunidad de activar otras políticas ecologistas, feministas, fraternales y postcapitalistas que nos conduzcan a una transición económica mucha más justa con las más desposeídas y desposeídos de la tierra. Algo parecido ocurrió durante la crisis financiero-inmobiliaria de principios de siglo, pero de bien poco sirvió. Entonces se llegó a proclamar con la boca pequeña la reforma del capitalismo, incluso la refundación de un nuevo comunismo democrático –de allí surgieron las sucesivas revuelta de las plazas públicas, la aparición de nuevas fuerzas políticas progresista-, mientras las fuerzas hegemónicas se reorganizaba y rearmaba -nunca mejor dicho- para seguir actuando como si nada hubiera ocurrido. En poco tiempo volvimos a las andadas y en el sector cultural, que en este conversatorio nos concierne particularmente, tras los ajustes precisos, que afectaron más a unos que a otros la maquinaria volvió a reproducir el modelo anterior. No tengo duda de que esta vez no debiera ser así, pero he de reconocer que mi pesimismo se pega a mi ingenuidad. 

En el nuevo escenario que se nos presenta, al sistema del arte y la cultura no le convendría estar exento de un análisis crítico respecto a su función social y educadora porque, precisamente en contra de esa misión, en demasiadas ocasiones ha funcionado con la misma lógica productivista, acelerada y consumista que la economía capitalista impone en nuestras vidas. Además, en una deriva poco comprensible de imitación, el sector público ha tendido a reproducir esas dinámicas, convirtiendo gran parte de la actividad cultural en valor de cambio, en lugar de fomentar su valor de uso accesible y universal, no necesariamente gratuito, aunque también cuando fuera pertinente. 

Cierto corporativismo del sector cultural –sobre todo las grandes promotoras de servicios-  en connivencia con los discursos de una gran parte de las instituciones, sigue insistiendo en que la preocupación principal del mundo del arte y la cultura es el mantenimiento de su industria, despreocupándose de la supervivencia de un ecosistema mucho más complejo que, además de mercancías, produce una vasta y profunda red de bienes comunes, muchas veces in-apropiables que, aunque se desarrollan en gran medida dentro de una economía de intercambio de servicios, es decir con trabajos remunerados – como en el sistema educativo o sanitario- no necesariamente se producen con fines estrictamente mercantiles o industriales y, desde luego, mucho menos especulativos o financieros.  

Estos días han vuelto a resurgir las críticas más radicales contra la inoperancia de las instituciones culturales que, para poder cubrir los ingentes gastos internos de su mantenimiento tras los sucesivos recortes, han ido reduciendo paulatinamente los recursos destinados a los creadores autónomos y a todas sus agencias de mediación. Y hemos escuchado la voz de cientos de trabajadores culturales preocupados por la situación de desamparo en la que se encuentran y por el incierto futuro laboral  que les espera. La mayoría sonprecarios y precarias que sostienen gran parte de los servicios –y muchas de las tareas de cuidados necesarios – y están estructuralmente fuera del sistema institucional protegido. Alguien se preguntaba, ¿para qué queremos las instituciones si únicamente se sirven a sí mismas? Frente a esta posición nihilista, este puede ser un buen momento para volver a pensar (revolver) todo el sistema desde otros parámetros más justos para todas. 

No me cabe duda de que, ahora más que nunca, cierta contención ecológica debería atravesar la producción cultural, tanto en cantidad, pensando menos en acelerar la máquina productiva -la inflación de actividades es abrumadora- como en calidad, atendiendo mucho más a los aspectos reproductivos de la vida, con más cuidados mutuos y, sobre todo, menos precarización laboral. Menos concentración y masificación y más descentralización, más diseminación cuidadosa y respetuosa con la comunidad y el medio. Mucha más colaboración interinstitucional y menos competencia ensimismada.Para salir de esta crisis con dignidad y cierta justicia distributiva, más allá de otras medidas generales y universales como la renta básica, el pleno derecho al acceso a los servicios de salud, la educación etc, habrá que invertir los recursos de las instituciones culturales públicas mucho más y mejor en las personas y las redes de pequeñas y medianas asociaciones y empresas que proveen y trabajan en la producción de contenidos y, entre todas las partes implicadas (políticos responsables, instituciones titulares, equipos directivos, trabajadores y sindicatos, etc.), racionalizar y reorganizar la economía pública del sector. Sé que es muy complicado, pero esta vez el ajuste no se debiera hacer a costa del eslabón más débil, pero absolutamente necesario en la cadena de valor del sistema cultural. Me consta que muchos técnicos están en ello. 

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