Estas reflexiones publicadas en el periódico Diagonal son las notas que empleé en sendas conferencias impartidas a finales de Junio. La primera, invitado por Enrique Villalba, en el Master de Gestión Cultural de la Universidad Carlos III , y la segunda por Ruben Caravaca, pocos días después en la III Universidad Popular de Verano Campo de Cebada.

Más allá del tópico idealista que circunscribe el concepto de cultura exclusivamente a las clásicas bellas artes, la cultura también es todo aquello que nos constituye como ciudadanos, la lengua que hablamos, la manera en la que nos vestimos, cómo establecemos nuestras relaciones de género, los usos y costumbres ordinarios y extraordinarios de la vida cotidiana, las celebraciones populares, los mitos, narraciones, expresiones formas etc. Parafraseando al director de cine Jean Luc Godard, cuando dice que cada plano es una cuestión ética y, por tanto, implica una responsabilidad política, también lo es qué y de qué manera comemos, cómo y dónde compramos lo que vestimos, las películas y libros que vemos y leemos, a qué dedicamos nuestro tiempo libre. En fin, todo esos gestos “culturales “ forman parte de una cadena de compromisos, o la ausencia de ellos, que afecta a nuestro entorno cercano, pero también al mundo común que habitamos. Por eso prefiero hablar de cultura ecológica, ya que afecta a la sostenibilidad de nuestro hábitat, y de cultura educadora porque tiene que ver con la formación permanente de todas las personas, en cualquier lugar del planeta y a lo largo de toda su vida. Seguir leyendo «NOTAS SOBRE LA CULTURA EN TIEMPOS DE TRANSFORMACIÓN»
Mi intervención comenzó con la explicación de un sueño que tuve pocos días antes de que me llegara la invitación. Era la imagen de un gulag para viejos. Una potente organización internacional de jóvenes fascistas había decidido que la solidaridad intergeneracional y las viejas conquistas de la clase trabajadora (entre otras, las pensiones) eran una gravosa hipoteca sobre el futuro de las próximas generaciones. Aquella bomba de relojería (eliminar a los viejos), que durante años no fue más que un comentario irónico y sarcástico de las barras de bar, los botellones juveniles y las reuniones de adolescentes, se hizo realidad y el planeta se llenó de campos de exterminio. Lejos de valorar a las personas mayores como depositarias de la memoria y la experiencia colectiva -como era habitual en sociedades precapitalistas- estos jóvenes, cuya vida había sido cruelmente precarizada hasta extremos impensables por las políticas de acumulación capitalista del FMI, deciden eliminar toda vida no productiva. En lugar de enfrentarse a la causa y a los responsables de aquel desastre, enajenados por los medios de comunicación y la propaganda de los poderosos del mundo, resuelven atacar el eslabón más débil de la cadena. Atrapados por justificaciones malthusianas y apoyándose en interpretaciones fundamentalistas del darwinismo social, aplican medidas eugenésicas radicales para, según ellos y su vocabulario bélico, “salvar al mundo”. Aquella exaltación fanática de la barbarie pretendía alcanzar una especie de utopía mesiánica que ensalzaría los cuerpos productivos, mientras las labores reproductivas (cuidado de hijos, atención doméstica etc) recaerían en máquinas y robots personalizados.




