EL MALESTAR EN LA TURISTIFICACIÓN

Este texto fue publicado el mes de junio en la revista Galde.

En las primeras líneas de El malestar en la turistificación. Pensamiento crítico para una transformación del turismo (Icaria, 2023) -recopilación de textos coordinada por Ernest Cañada, Clément Marie dit Chirot e Ivan Murray─,  se explica con claridad que la turistificación consiste en un proceso de transformación socioespacial como consecuencia del crecimiento de las actividades turísticas a las que, desplazando otras necesidades y usos del espacio urbano, queda subordinada gran parte de la vida económica y social de los territorios.

Cuando se afirma que la economía española depende en gran medida de la industria del turismo y de la construcción, no se desvela nada nuevo. Desde la década de 1960, y de forma más acelerada desde los años noventa, hemos sido testigos de cómo las costas de nuestro país, sobre todo la mediterránea, se han ido abarrotando de urbanizaciones y hoteles, y han ido surgiendo nuevos ramales de carreteras, autovías y autopistas. También hemos visto como los centros de muchas ciudades del interior se han convertido en espacios abigarrados, uniformes y previsibles, con todo tipo de establecimientos comerciales franquiciados, cadenas de hoteles o residencias habitacionales temporales y desarraigadas. 

Más de la mitad de los turistas llegan de otros lugares del mundo, lo cual implica también una alta incidencia en las actividades económicas dedicadas a la movilidad, inversiones en aeropuertos, nuevas redes ferroviarias para trenes de alta velocidad que acorten el tiempo de desplazamiento entre las ciudades. Del mismo modo, esta multiplicación incesante de flujo humano temporal ─vinculado sobre todo al ocio y al tiempo libre─ obliga a ampliar los recursos destinados a todo tipo de servicios públicos que, en parte, redundan en el empeoramiento de las prestaciones destinadas a las poblaciones que viven en esos lugares en régimen de permanencia estable.

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El sector del turismo en España ocupa a casi tres millones de personas, el trece por ciento de la población laboral, y el de la construcción, a un millón y medio. Durante décadas, ambos sectores industriales han constituido el motor principal de la economía y, según las estadísticas más recientes, esta tendencia tiende a crecer con el beneplácito de las instituciones públicas y el regocijo empresarial. Ni las evidencias de grave inestabilidad social y económica causada por la crisis financiero-inmobiliaria de la primera década de este siglo, ni la ocasionada por la pandemia de la COVID-19 han alterado un ápice las grandes decisiones políticas y empresariales en relación con una posible transformación de ese modelo económico. De hecho, asistimos a una vuelta de tuerca más en la aceleración de los procesos de turistificación.

Ante los resultados económicos de este crecimiento, en principio beneficiosos para la creación de empleo, –aunque sea con altas tasas de temporalidad y bajos salarios–, y la aquiescencia de casi todas las fuerzas políticas, parece muy complicado plantear la transición hacia otro tipo de economía más vinculada a la sostenibilidad integral de la vida. La relación de posibles alternativas es muy amplia, sin embargo, más allá de triunfalismos cortoplacistas, es evidente que esos responsables políticos tan satisfechos con la “marca España”, convertida en el reposo de millones de visitantes, tendrían que darle más de una vuelta al futuro de nuestra economía si no queremos que el juguete se rompa otra vez antes de lo previsto, como ya pudimos comprobar en las dos últimas crisis citadas.

Más allá de los beneficios laborales a corto plazo, se están observando otros efectos muy alarmantes en relación con la pérdida de calidad de vida de ls habitantes de las zonas más afectadas. Es evidente que la turistificación ha dado lugar a un creciente malestar social que concentra en el turismo la percepción de pérdida de derechos y de posibilidades de una vida digna en cada vez mayor número de ciudades.

Estos meses miles de personas en Canarias, Palma de Mallorca, Málaga, Santander, Donostia o en el barrio de Lavapiés de Madrid han salido a la calle para reclamar un cambio en el modelo económico. En las manifestaciones se evidencia el descontento producido por los bajos salarios, la inestabilidad del empleo, las dificultades para acceder a una vivienda, las deficiencias de los servicios públicos o los problemas de movilidad causados por la masificación y la saturación del territorio. Incluso algunos políticos locales, conscientes del aumento del descontento ciudadano, han comenzado a pensar medidas para poner límites al desbordamiento de problemas que produce la turistificación. Casi todas han sido pequeñas regulaciones que no afectan a la estructura económica del sistema.

Parafraseando a Cristina Oehmichen, del Instituto de Investigaciones Antropológicas de Ciudad de México, no podemos perder de vista que el turismo, como fenómeno global que articula una infinidad de prácticas económicas, sociales, identitarias, culturales y simbólicas relacionadas con la experiencia del viaje y el consumo, es un sistema complejo y, la vez, dinámico que opera como punta de lanza del capitalismo avanzado. Como tal, es una economía que no tiene límites en la explotación desmedida del territorio, la expansión artificial de las ciudades, la extracción de recursos naturales y la desposesión humana. Penetra desde los espacios históricos más emblemáticos y consolidados de los centros urbanos metropolitanos, hasta los parajes y rincones más apartados del planeta, imprimiendo nuevas y variadas formas de uso del territorio.

En el caso español, siguiendo a Rubén Martínez Moreno de La Hidra Cooperativa, la conversión de la vivienda y el suelo público en activos financieros fueron y siguen siendo la médula espinal del sistema. Además, la construcción de vivienda turística, junto a grandes infraestructuras de movilidad, así como la proliferación de eventos y megaproyectos de transformación urbana se insertan en esa misma lógica de acumulación que, en consecuencia, han supuesto niveles altísimos de consumo de recursos no renovables y una erosión de los entornos de alto valor ecológico. Se podría citar muchos ejemplos, pero por mencionar algunos vito la construcción del Gastronomy Open Ecosystem (otro Basque Culinary Center) en pleno centro de Donostia/San Sebastián, lamentablemente ya en plena obra; el segundo espacio que el Museo Guggenheim pretende edificar en la biosfera de Urdaibai en Bizkaia o el Hard Rock de Tarragona.

Los coordinadores del libro citado señalan que la turistificación de nuestras sociedades amenaza la vida y las posibilidades de su reproducción. El turismo se ha convertido en un riesgo creciente para la sostenibilidad de la vida. Sin embargo, también advierten que, de manera a veces engañosa, frente a los problemas causados por la saturación turística, se señala al turista individual y su comportamiento como el principal problema. Según ellos, esta conclusión parcial, separada del resto de las partes implicadas en la ecuación económica, es una acusación interesada para poder desviar el fondo real de la cuestión. Si el foco lo situamos únicamente en la masificación -insisten- la respuesta tiende hacia una política que prima la selección del turista en función de su poder adquisitivo y su comportamiento virtuoso. Las consecuencias son conocidas: la elitización para privilegiados o, en la otra cara, la responsabilización política de la decisión individual. De este modo se oculta lo que realmente está en juego: la estructura económica del sistema, la acumulación de los beneficios del capital y los entramados empresariales, políticos, comunicativos y académicos a su servicio.

Por tanto, para fortalecer las capacidades de resistencia a los procesos de turistificación, es más urgente comprender bien la naturaleza compleja del fenómeno y el funcionamiento cambiante de sus dinámicas, así como todas sus implicaciones sociales. Necesitamos construir alternativas en las que este tipo de actividades, relacionadas con el derecho al viaje y al ocio, puedan estar al servicio de la mayoría social sin comprometer los recursos finitos de un planeta cada vez más tensionado. Ampliar preguntas y perspectivas es hoy una tarea urgente del compromiso intelectual que desde perspectivas emancipatorias se plantea cómo abordar un mundo en vías de turistificación.

El crítico cultura Mark Fisher en Realismo capitalista (Caja Negra, 2016) frente al narcisismo moderno para el cual el mundo se ofrece como un mercado al servicio de la satisfacción ilimitada de los deseos humanos, no hacía más que convocar una imagen epicúrea del placer y del hedonismo con una conciencia plenamente consecuente de los límites de los recursos energéticos y naturales que podemos consumir. Sin caer en una elitista exaltación del ascetismo de la frugalidad, que pasa por alto la misera condición de un buen porcentaje de la humanidad, la transición ecosocial implica también buenas dosis de renuncia.

LA VERDAD SE PERSIGUE. DE LA PROCLAMACIÓN DE LA REPÚBLICA, EL 14 DE ABRIL DE 1931, AL GOLPE DE ESTADO ANTIDEMOCRÁTICO DEL 18 DE JULIO DE 1936

A pesar de todas las evidencias científicas, constatadas por demostraciones empíricas, cualquiera tiene la potestad de seguir pensando que el planeta Tierra es una interminable planicie, pero ese derecho no implica razón. Nadie puede negar a ningún semejante la capacidad de creencia o de fabulación, porque los seres humanos, como bien describió Nancy Huston en su libro del mismo título, somos La especie fabuladora, pero, a la vez, también tenemos facultades racionales para perseguir la verdad y reconocer las falsedades.

Podemos emitir opiniones, como este mismo artículo, o discrepar de su contenido, incluso publicar en las redes sociales cualquier tipo de información falsa, sin embargo, esas mentiras no generan conocimiento. Para que así sea, la información debe tener carácter fehaciente o forma alética, (para los filósofos griegos, la alétheia era el concepto que remitía a la sinceridad de los hechos, a la honestidad, a la buena fe, a lo que es evidente). Es decir, para que exista conocimiento, la información debe estar siempre compuesta de datos correctos y significativos, verosímiles, válidos y fácticos, aunque, por supuesto, estos puedan sean refutados, discutidos o rebatidos. Alguien puede creer que está convencido de algo y otra persona, con razón, hacerle ver que está equivocada pero en la dialéctica, a pesar de todo, la verdad se persigue. Por el contrario, la denominada “posverdad”, en esencia, es información errónea que se lanza con intención explícita de crear confusión y alterar el principio de veracidad. Se miente intencionadamente para crear confusión y enturbiar la veracidad de los hechos. De ese modo, se crea un caldo de cultivo propicio para los bulos. El terreno más fértil para las confrontaciones civiles es la pérdida del sentido común y de la razonable convivencia en la diferencia y el antagonismo.

Sin ir más lejos, uno de los giros de las derechas reaccionarias europeas y de la española, cada vez más presionada por la extrema derecha, es camuflar, blanquear, incluso negar la memoria histórica (unos de los casos más alarmantes son las opiniones de algunos miembros de Alternativa por Alemania, un partido ultranacionalista con tendencias racistas y xenófobas, que rechazan la trascendencia del holocausto perpetrado por los nazis contra los judíos). Es un peligro para la vida democrática en común abandonar el cultivo del buen criterio en el uso de la capacidad de juicio individual y, por supuesto, poner en cuestión de forma despreciable los acuerdos académicos –admitidos por la práctica unanimidad de profesionales de prestigio─ sobre los hechos históricos y los acontecimientos de nuestra memoria todavía viva. El derecho a la información veraz es también derecho al conocimiento, sin el cual no hay política democrática, ni plausible vida en común.

Por mucho que se empeñen los negacionistas de la memoria histórica, existen hechos que no se pueden negar. Como dice Emilio Silvia, presidente de la Asociación para la recuperación de la memoria histórica nadie puede poner en duda que el pasado catorce de abril se conmemoró el comienzo del periodo histórico, reconocido como Segunda República española. Tampoco negar que fue un régimen constitucional y parlamentario, con alternancia en el poder de tres gobiernos de diferente signo político, incluido uno de centro derecha. Es decir, que, como corresponde a cualquier régimen instituyente, con los aciertos y errores que se pudieran cometer, fue una democracia plena en el sentido que la tradición liberal parlamentaria le ha dado al término, perfectamente homologable a la actual, por mucho que desde determinadas posiciones ideológicas se empeñen en deslegitimarla, como lo hicieron en su época hasta conseguir que las fuerzas reaccionarias antirrepublicanas dieran un golpe de Estado militar, con el apoyo de los poderes económicos que no estaban dispuestos a perder privilegios.

Así que tampoco se puede negar que el dieciocho de julio de 1936 tuvo lugar una sedición militar o golpe de estado contra el gobierno constitucional de la República que condujo a la Guerra Civil. A pesar de los vanos intentos de borrar la memoria de aquellos hechos por parte de las fuerzas más reaccionarias del actual espectro político, nadie en su sano juicio puede negar que una vez finalizada la guerra se instauró un régimen antidemocrático, reconocible como una dictadura militar muy influenciada por el nacionalsocialismo alemán y el fascismo italiano. Como en casi todos los regímenes autoritarios, en esos cuarenta años de la historia de España, de gobierno ultranacionalista y católico bajo la dirección de Franco, su líder plenipotenciario, hubo una concentración de poder en los grupos sociales y económicos que apoyaron el golpe de Estado, a la vez que supuso una continua persecución y represión de todas aquellas personas que se opusieran al régimen. Esa tiempo de la historia de España se conoce como dictadura franquista.

Para neutralizar el olvido y evitar la reproducción de los episodios más trágicos de la historia, La Ley 20/2022 de Memoria Democrática persigue preservar la memoria de las víctimas de la Guerra y la dictadura franquista, a través del conocimiento de la verdad, el establecimiento de la justicia y el fomento de la reparación, así como la constitución de un deber de memoria de los poderes públicos para evitar la repetición de cualquier forma de violencia política o totalitarismo. Además, condena por primera vez el golpe militar de julio de 1936 y la dictadura, asunto que hasta ahora se había soslayado, incomprensiblemente, en los diferentes gobiernos que se han sucedido en este último ciclo de gobiernos democráticos.

LA EUROCOPA, LAS ELECCIONES Y EL EQUIPO NACIONAL DE FUTBOL DE FRANCIA

Francia fue una de los primeros grandes imperios modernos europeos. Desde el siglo XVI desplegó su dominio militar, económico, social y cultural sobre vastos territorios de América del norte y del sur, como de Asia. En la última fase colonial, ya hacia finales del siglo XIX, su presencia se extendió por gran parte de África occidental: Malí, Túnez, Marruecos, Senegal, Mauritania, Benín, Níger, Chad, Nigeria, Togo, Camerún, etc.

Una parte substancial de la riqueza, el progreso social y el desarrollo económico de Francia se debe a su historia colonial. Es decir, si en la actualidad es una de las naciones más poderosas del mundo es porque durante varios siglos impuso su dominio para apropiarse de tierras, extraer sus recursos, someter a la población, esclavizarla y, en largos procesos de explotación social y migraciones forzosas, convertirla en mano de obra barata para los sucesivos ciclos de industrialización y desarrollo económico de la metrópoli, el Estado francés. Sin toda esa fuerza laboral y vital –en la que se incluye la reproducción social de los cuidados, asumida por las mujeres que fueron llegando a lo largo de continuos procesos de reagrupación familiar─ sería impensable la actual economía de Francia y, mucho menos, su diversidad cultural, cuya sustancia constitutiva es intrínseca a la república francesa.

Aunque estos datos sean irrefutables, en las últimas elecciones mas de diez millones de personas, uno de cada tres franceses, han votado a favor de Agrupación Nacional, fuerza política profundamente nacionalista y euroescéptica que, mediante medidas de discriminación positiva en el acceso a la vivienda, al empleo y otras ayudas públicas, enarbola programas que, sin disimulo, dan prioridad a la “ciudadanía francesa” frente a la “extranjera”. A esas propuestas, con evidentes sesgos racistas, se añade de manera explícita una agenda antinmigración dirigida a evitar la llegada de más personas procedentes de otros lugares del mundo y a dificultar la legalización de las que no tengan documentos que les acredite la nacionalidad, incluso expulsándolos del país. Es una agenda política que reproducen la mayoría de los partidos ultraderechistas que están reemergiendo en Europa y cada vez más las fuerzas liberales y conservadoras.

Precisamente, por ese largo proceso colonial y otras políticas de movilidad migratoria, un 25% de la población francesa procede de diferentes lugares del mudo. Alrededor de quince millones de personas, integradas en su tejido demográfico tras un largo proceso histórico, son parte constitutiva de la república. A partir de esa realiad inapelable se concluye que, les guste más o menos a algunos recalcitrantes “blancos” racistas que persiguen la reconquista de una nación de ciudadanos de “sangre pura”, la diversidad de colores de piel de las francesas y franceses es una amalgama de vidas, de largo aliento histórico y profunda dignidad humana. 

No hay que mirar muy lejos para darse cuenta de que la realidad es mucho más tozuda que el inventado idealismo ultranacionalista de los visionarios racistas de siempre, peligrosos y violentos que vuelven a enarbolar las banderas fanáticas del odio. La diversidad de las formas sociales es estructural a la condición francesa y también a la europea. Estos días, en los que se está celebrando la Eurocopa, el torneo internacional de selecciones nacionales de fútbol, es fácil comprobar que una gran parte de los equipos de los países constituidos a partir de su historia colonial se nutre de futbolistas que pertenecen precisamente a ese fundamento histórico. Podría decirse que la mayoría de los componentes del equipo francés tiene ascendientes africanos y, quizás, muchos procedan de familias de extracción social humilde.

Como dice Asad Haider en Identidades mal entendidas. Raza y clase en el retorno del supremacismo blanco, (Traficantes de sueños, 2020) las estructuras de opresión del racismo y el patriarcado son indisolubles del orden económico y social. La raza como categoría general es una abstracción que la historia ha introducido en nuestras cabezas y constituye una manera errónea de entender la diversidad de los seres humanos. Si creemos que la raza es real y seguimos enmarcando las presencias transnacionales únicamente en debates sobre la identidad o el multiculturalismo, invisibilizamos las verdaderas relaciones económicas, sociales y culturales que producen el racismo. En este sentido, deberíamos entender que, más allá de la diversidad cultural, los regímenes de racialización son reales en tanto son el resultado de hechos históricos y sociales que crean la noción de inferioridad y  superioridad y, en consecuencia, generan estructuras institucionales de exclusión, subordinación y violencia que perduran hasta el presente.

Por mucho que Agrupación Nacional se invente concepciones puristas de una supuesta nación fundacional o pretenda reconducir el malestar social hacia políticas del odio, especialmente dirigidas a la población musulmana, nada ni nadie puede eludir la condición heterogénea de Francia, producto de un largo proceso histórico cuya complejidad social es el verdadero fundamento del Estado republicano, de cualquier Estado.

CRUCE DE CAMINOS EN COMPAÑÍA DE LUIGI NONO

En el barrio del Trastévere de Roma, ocupando un sitio emblemático de la colina Gianicolo, se encuentra la Real Academia de España. Desde hace más de siglo y medio, esta institución es un espacio para el encuentro y la formación de artistas de diferentes disciplinas, profesionales de la cultura e investigadores. La Academia desde esa posición privilegiada se convierte para sus residentes en una oportunidad excepcional para crear vínculos profesionales y afectivos, un lugar de cruce de caminos, de saberes compartidos. Durante los largos periodos de estancia, sus moradores comparten vida y proyectos que a su vez generan sinergias creativas y colaboraciones en ámbitos de mutuo interés temático.

El resultado de uno de estos afortunados encuentros se muestra en la exposición Y su sangre ya viene cantando que se presenta en la Fundación Seoane de A Coruña. Comisariada por el compositor Hugo Gómez-Chao Porta con la colaboración de Cristina Esteras, se celebra en el marco de RESIS, el excepcional festival de música contemporánea y artes vivas de esa ciudad que este año acoge una programación especial dedicada a la memoria del músico veneciano Luigi Nono (1924-1990), con motivo del centenario de su nacimiento.

El interés por la vida y obra musical de este compositor, tanto del comisario como de les artistas Marta Azparren y Marcelo Expósito, y la escritora Andrea Valdés, vehiculan la narración de esta muestra. Además, comparten ciertas preocupaciones y posiciones culturales del propio Luigi Nono, siempre abiertas a la experimentación y al cambio, a la vez que críticas con el dogmatismo y el determinismo de lo predecible.

Me atrevería a relacionar algunas de las cuestiones que seguramente se han tenido en cuenta a la hora de articular esta exposición, como la preocupación que Nono tuvo por la condición obrera y el trabajo en la fábrica, presente también en su compromiso político y militancia comunista, atravesada por la decepción soviética y la permanente nostalgia de una revolución imposible que él proyectaba en su admiración y preocupación por los movimientos insurgentes latinoamericanos; el desasosiego que le producían las guerras; las influencias de los filósofos Walter Benjamin y Antonio Gramsci o Massimo Cacciari y Aldo Gargani, pero también los poetas Hölderlin, Rilke y Goethe o Antonio Machado, además de García Lorca que está muy presente en la exposición.  

Como no, la memoria, el espacio, las resonancias literarias y acústicas venecianas que le llevan a profundizar en la simultaneidad del tiempo y en la naturaleza ambivalente y, a la vez, unívoca del sonido y el silencio. A esas influencias, habría que sumar, sin duda, la vinculación del compositor con el polifacético Nanni Balestrini, con el que compartía disidencias estéticas. A pesar de sus divergencias políticas sobre el sentido y la organización de las luchas comunistas, ambos vicularon siempre su trabajo artístico con la militancia política activa, compometida con las causas populares. 

Y sin duda, en la exposición ocupa un lugar central la poesía de Federico García Lorca que, en su versión menos idealista, se convirtió en referente para una generación de activistas italianos, preocupados por la guerra civil española y, después, por el franquismo. No en vano, el título de la exposición remite a un verso extraído de su poema “La sangre derramada”, incluido en su poemario Llanto por Ignacio Sánchez Mejías publicado en 1935.

Luigi Nono mantuvo siempre una estrecha relación personal con distintos representantes de la cultura española. De hecho, la exposición ejemplifica, en concreto, la amistad y complicidad que con el artista Antoni Tàpies tuvieron Nono y Nuria Schönberg, precisamente nacida en Barcelona, en 1932, durante el periodo de estancia que su padre Arnold, el celebre compositor vienes, tuvo en el barrio de Valcarca, en Gracia. Precisamente, junto a Francisco Jarauta amigo de la familia, la hija de ambos, Serena Nono, presentó en esta edición del festival RESIS I film di familia, un montaje de películas en formato super-8 que recopila materiales familiares y documentos de las décadas de 1960 y 1970, periodo histórico tan importante para el devenir de la Europa contemporánea.

En estos tiempos de involución política, ahora que Europa se encuentra otra vez amenazada por partidos políticos ultranacionalistas, autoritarios, reaccionarios y abiertamente xenófobos, racistas u homófobos, es el momento de reflexionar desde las resistencias culturales liberadoras que podemos encontrar en las relaciones entre arte, música, política y vida como potencias para la utopía democrática y social. En cierto modo, como a través de esta exposición, podríamos evocar la vida en común de estes cuatro artistas que se cruzaron en la Academia de España en Roma, donde nunca han dejado de palpitar y reinventarse las culturas europeas, cada vez más felizmente atravesadas por la generosa y fértil presencia de otras voces y cuerpos procedentes de todo el mundo.

EL PATRIARCADO HERIDO

A lo largo de la historia contemporánea, los feminismos han contribuido a cambiar de forma significativa las condiciones materiales de la vida de las mujeres, pero también la de los hombres. A pesar de los recientes giros conservadores, transfóbicos, excluyentes y racistas, algunos hemos aprendido mucho de su historia, de sus militancias heterogéneas, de sus inteligencias académicas, de sus potencias instituyentes, de sus formas de vivir. Nos han permitido modular nuestro pensamiento y modelar nuestras relaciones sociales, nos han resituado en una mutua relación menos autoritaria y mucho más democrática. En definitiva, han moderado nuestras formas de entender el poder y entre tods distribuirlo de forma más igualitaria.

Sin embargo, parece que no a todos los hombres -ni a algunas mujeres- les hace demasiada gracia el papel protagonista que tiene el feminismo en la sociedad actual. Cada vez se escuchan más voces contrarias a lo que denominan “excesos” del feminismo. Recientemente, sobre todo en los días cercanos al último 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer, los medios de comunicación han publicado encuestas donde aparecen datos sobre la preocupación que los hombres tienen sobre la fragilidad de sus derechos o sobre sus sentimientos agraviados. Al parecer –a pesar de que estadísticas de todo tipo sigan indicando lo contrario─, se sienten heridos y resentidos por la pérdida de poder, por su inestabilidad identitaria o por el cuestionamiento de su masculinidad. Como dice Christine Delphy para muchos supone un ataque a la propia identidad, a las coordenadas que organizan su mundo y las propias relaciones sociales.  

Además, lo que es aún más preocupante, estos hombres “discriminados” adoptan, de paso, discursos ultranacionalistas, integristas, autoritarios y racistas. Parafraseando a Nuria Alabao, el feminismo genera incomodidad, dice esta miembra del colectivo Cantoneras autors de “La hegemonía de la clase media en el último ciclo feminista», publicado en Cuadernos de estrategia 1 (Traficantes de sueños, 2024), pero lo peor es que -añade- ese malestar está siendo instrumentalizado por la derecha reaccionaria y la extrema derecha en todo el mundo, también aquí cerca. Amparándose en el agravio, algunos no dudan en utilizar la violencia. Según algunas estadísticas está aumentando la violencia de género y el machismo crece de manera muy preocupante entre los jóvenes. Es decir, a la sombra de una supuesta masculinidad herida, resurge una reacción patriarcal en toda regla.   

Durante siglos, casi todas las sociedades han tratado la dominación masculina sobre las mujeres como algo “natural”. Literalmente, “patriarcado” significa “regla del padre”.  Las mujeres, junto a hijos, esclavos, bienes materiales y naturales formaban parte del “patrimonio” del hombre, que tenía poder absoluto sobre todas esas propiedades. Todavía hoy, en muchas partes del mundo es así, lo cual indica que el sistema patriarcal sigue siendo una estructura institucional de poder y un conjunto de tecnologías sociales de dominio que han determinado las relaciones de parentesco, los roles de género y las formas de la sexualidad heteronormativa.

Por mucho que las ideologías reaccionarias digan lo contrario, cuando piensan que el feminismo ha ido demasiado lejos, el patriarcado fue y sigue siendo un sistema muy eficaz de dominación, segregación, opresión y miedo

Para Silvia Federici, las feministas han sacado a la luz y han denunciado las estrategias y la violencia por medio de las cuales los sistemas de explotación han intentado disciplinar y apropiarse del cuerpo femenino, poniendo de manifiesto que los cuerpos de las mujeres han constituido los principales objetivos para el despliegue de las técnicas y relaciones de poder. En este sentido, viene bien recordar su célebre Calibán y la bruja. Mujeres, cuerpo y acumulación originaria (Traficantes de sueños, 2010) donde, a partir del estudio de la persecución y quema de brujas, no solo desentraña uno de los episodios más inefables de la historia moderna, sino el corazón de una poderosa dinámica de expropiación social dirigida sobre el cuerpo, los saberes y la reproducción de las mujeres

Los estudios y biografías activistas que se han producido acerca del control ejercido sobre la función reproductiva de las mujeres, los efectos de las violaciones, el maltrato, el asesinato o la imposición de cánones sociales de belleza o comportamiento constituyen una enorme contribución al legado de la humanidad. Aunque se manifieste en una interminable variedad de formas histórica y culturalmente específicas, con sus propias características antropológicas, económicas, sociales y políticas, el principal objetivo del feminismo siempre ha sido abolir esa estructura de dominación.   

Además, tras una evolución coherente con su propia condición instituyente, los feminismos hoy hablan de todo ─dicen Marta Cabezas y Cristina Vega (eds) en La reacción patriarcal (Bellaterra, 2022) que también inspira este texto─, y lo hacen de forma entrecruzada y transversal: de la pobreza, de los cuidados, del extractivismo y la devastación ambiental, del aborto y la soberanía de los cuerpos colectivos, de la precarización de los trabajos, de la criminalización de la pobreza en el sistema carcelario, del endeudamiento y del racismo institucional. 

Como se leía en el manifiesto de la Comisión 8 de Marzo, el feminismo habla desde la voz herida de una mujer octogenaria desahuciada, expulsada de su casa como hicimos con las judías sefardíes, moriscas o gitanas y ahora con las saharauis y palestinas. Pero el feminismo habla también de árboles, de sequía y aire contaminado, y de las condiciones de producción del norte global que sigue explotando los recursos materiales y humanos de los sures precarizados, de migrantes, de personas desplazadas, encarceladas, e indígenas asesinadas por defender su tierra. El feminismo habla de la sanidad pública, accesible y universal para luchar contra un sistema que agota y hace enfermar. El feminismo es plural y diverso, defiende la justicia social y la igualdad; se nutre de las luchas de todas las mujeres y todas las personas que no estamos dispuestas a que se retroceda y se pierdan los derechos adquiridos tras tantas luchas.

EL TIEMPO DE LA PROMESA

En su último libro El tiempo de la promesa (Anagrama, 2024) Marina Garcés nos dice que hacer una promesa es dar la palabra a través de la declaración de un compromiso y de un vínculo. Es una acción que abre un abanico de posibilidades. Cuando prometemos algo nos arriesgamos a que no sea realizado, pero también que se convierta en un compromiso. Es una potencia de futuro que reorganiza y orienta el presente. Tiene tanta fuerza que da miedo, por eso a su alrededor se han desarrollado todo tipo de estrategias para neutralizar sus efectos. Los poderes supremos de nuestra civilización la han convertido en su palabra: Dios, con su promesa de salvación; el Estado, son su promesa de protección y el capitalismo, con su promesa de crecimiento ilimitado.

Para Garcés, el capitalismo es el sistema de vida en el que la promesa es que todo puede llegar a ser una promesa. El capitalismo actualiza y disemina por todos los ámbitos de la sociedad la lógica y la economía de la promesa. No solo se sostiene sobre una promesa que organiza el sentido y el tiempo común, sino que él mismo, como sistema, expresa y articula una promesa: la de la acumulación o el crecimiento ilimitados. El capitalismo hace del objeto más inútil una promesa de vida mejor. El delirio de todos los que vivimos bajo el capitalismo es que, aunque las cosas nos vayan mal, en algún momento pueden empezar a irnos bien. Es el delirio de lo ilimitado. Que, aunque veamos muchas injusticias, el propio sistema tiene herramientas resolverlas. Que, aunque estemos agotando y expoliando el planeta, las mismas empresas que lo hacen lo podrán resolver. Que, aunque nos ahoguemos en el sufrimiento, la felicidad es posible. El mismo capitalismo es la promesa, aunque sea sistemáticamente incumplida, su valor es ser inversión, potencial, rentabilidad…es también el tiempo sin límite para la circulación, la flexibilidad y la transformación continua tanto de la materia como de la mente. Demanda mucha adhesión, incluso entusiasmo, pero poco vínculo, y todavía menos compromiso.  

Por el contrario, para la autora de Un mundo común, la promesa es una obligación libre, o una obligación que nos hace libres. Este es el sentido del compromiso, que literalmente significa «prometer con» o «prometer juntos». Si prometer es ponerse uno mismo delante, es decir, exponerse, el verbo comprometer insiste en que eso solo es posible como un vínculo que nos ata a otros destinos. Dar la palabra crea un vínculo irreversible. Prometernos algo puede ser, hoy, una forma de rebelión que introduzca en los escenarios de presente la batalla por el valor de la palabra y sus consecuencias sobre la vida que tenemos y que podemos esperar. Disputar este poder de la palabra, la cual ha ordenado y organizado nuestros mundos, es devolverle capacidad de acción y credibilidad en un tiempo de engaños y de banalidad deliberada. Hacer una promesa es interrumpir el destino. Es afirmar con convicción una verdad que desafía el peso de la realidad.