CULTURA DE LA DESMESURA, AGRICULTURA DE LA CORDURA

Aunque sea un tópico repetido una y mil veces, la forma más primigenia de la cultura fue la agricultura. Además de la caza, la pesca y la recolección, el cultivo del campo para la autoproducción de alimentos y, en consecuencia, la supervivencia de la especie humana y sus formas de vida comunitarias fue una auténtica revolución. Es indudable que la agricultura sigue siendo fundamental para entender nuestra relación con la Tierra.  Durante siglos, el consumo de bienes procedentes de la naturaleza y la agricultura tuvo un principio de correspondencia con los ecosistemas bastante lúcida y equilibrada. Las necesidades vitales tenían una relación cabal con la realidad material y eran atemperadas por algún grado de racionalidad.

Salvando las distancias con todas las diferencias culturales, sociales y económicas que en los distintos lugares del mundo existen en torno a los conceptos de escasez y necesidad, el consumo era mucho más moderado comparado con lo que sucede en nuestros tiempos.  En su célebre Ecología de la libertad. Surgimiento y disolución de la jerarquía (Capitán Swing, 2022) el historiador Murray Bookchin, pionero activista ecologista, nos recuerda que los problemas de las necesidades y de la escasez deben ser contemplados como un problema de selectividad, es decir, de elección. Un mundo donde las necesidades compiten con las mercancías y viceversa, es el reino retorcido del consumo ilimitado y fetichizado. Si bien es cierto que la necesidad presupone una suficiencia en los medios de vida, no por ello -añade- implica la existencia de una abundancia salvaje de bienes, superabundancia que ahoga la capacidad del individuo de seleccionar racionalmente los valores de uso, de definir sus necesidades en términos de criterios cualitativos, ecológicos, humanísticos y, de hecho, filosóficos.

Durante muchos siglos, aquella correspondencia sostenible con el territorio abrió formas de economía comunitaria, pero también procesos de privatización y, en consecuencia, cercamientos de tierras y de acumulación propietaria. Al fin y al cabo, la territorialización del poder configuró los mapas de posesión y desposesión, las guerras por los límites y la soberanía, la aparición de los estados nación y el origen del capitalismo, junto al colonialismo imperial, la ulterior globalización económica y el actual régimen de capitalismo financiarizado en el que el sector agrícola también se ha convertido en materia de especulación.

En Capitalismo caníbal (Siglo XXI, 2023), Nancy Fraser dice que cada régimen precipitó tipos distintivos de luchas en torno a la naturaleza. Pero algo permaneció constante en todas las etapas: en cada caso, las crisis y la lucha ecológica estuvieron profundamente entrelazadas con otras basadas en las contradicciones estructurales de la sociedad capitalista. El resultado -añade – es una maraña de super ganancias y múltiples miserias en que lo ambiental se entrelaza con lo social.

Desde las diferentes revoluciones industriales, y más en concreto, tras las dos guerras mundiales europeas se produjo, de manera paulatina, una alteración substancial en el régimen de alimentación. Siguiendo el modelo fordista de producción- en gran medida la espina dorsal del desarrollo económico de EE. UU que se trasladó a casi todas las cadenas de producción del mundo- se pasó de un sector agropecuario local, autosuficiente y sostenible, a un sistema industrial con un horizonte de mercado global que desbordó los límites más razonables de consciencia ecológica. En esta nueva era, nombrada como Antropoceno o Capitaloceno, las actividades humanas, vinculadas al crecimiento, la acumulación y el consumo ilimitado de un capitalismo globalizado se han convertido en el factor determinante de desbordamiento de los límites de la biosfera. Cualquier producto, bien agrícola como ganadero, se puede producir, promover y consumir dondequiera y además con grandes incentivos para ser trasportable a todos los rincones del mundo. Un sistema de distribución con fuerte dependencia de cadenas logísticas de larga distancia, gigantes empresas multinacionales agroalimentarias, sofisticadas redes de infraestructuras y seguridad, y con una disponibilidad ilimitada de combustibles fósiles a bajo precio.

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CAHIER DE FLEURS  DE IÑAKI GRACENEA

TEXTO PARA LA EXPOSICIÓN EN “LA NAVE SÁNCHEZ-UBIRÍA” DE MADRID

La historia de la percepción sensible de los seres humanos se inscribe en la capacidad que tenemos para captar los estímulos de la naturaleza y las cosas -colores, olores, luminosidad, tamaño…- pero también en la que tiene nuestra subjetividad, predeterminada por el tiempo histórico, y su inscripción en la cultura. Ya desde Aristóteles, la mímesis no se reducía a la mera semejanza ni a la simple verificación –como decía Platón- sino a la posibilidad de agenciamiento. Es decir, a nuestra capacidad para operar ante las imágenes y para desplegar ante ellas nuestra predisposición ficcional, porque las imágenes no pueden ser comprendidas como un mero complemento de la expresividad -no son simplemente representaciones de lo que existe- sino como complejas relaciones perceptivas capaces de introducir interrupciones de sentido, zonas de indeterminación sensible.

Parafraseando a Gaston Bachelard, la imaginación no es, como sugiere la etimología, únicamente la facultad de formar imágenes de la realidad, sería al mismo tiempo la de elaborar otras que la sobrepasan, que “cantan la realidad”, dijo literalmente en 1942 el autor de El agua y los sueños. Ensayos sobre la imaginación de la materia (FCE, 1994)

Iñaki Gracenea lleva años trabajando sobre las imágenes que producen las estructuras de control, en concreto la historia de la arquitectura penitenciaria. La violencia simbólica ha sido el eje de los últimos proyectos del autor. Una forma de violencia no ejercida directamente mediante la fuerza física, sino a través de la imposición por parte de los sujetos dominantes a los sujetos dominados, una dominación ejercida por medio de la arquitectura, de las reglas, de una rutina impuesta, de una visión del mundo, de los roles sociales, de las categorías cognitivas y de las estructuras mentales.

En su práctica artística, desde la pintura como dispositivo “imaginativo” -imagen e imaginación, pero asimismo forma y concepto, materia e historia o significante y significado, a la vez- trabaja también sobre las relaciones visuales. Y en las últimas décadas, concretamente, sobre las que se establecen entre los sistemas de disciplinamiento y algunas de sus tecnologías de poder: la videovigilancia de los espacios públicos y privados, la arquitectura penitenciaria -sobre todo en su concepción panóptica, esa suerte de invisible omnisciencia autoritaria- o el propio cuerpo disciplinado, en términos económicos de utilidad o técnicas políticas de obediencia. En cierto sentido, la “microfísica del poder”, parafraseando el más que citado Vigilar y castigar. Nacimiento de la prisión, del no menos mencionado Michel Foucault. 

Tanto en su materialidad plástica y visual, como en sus preocupaciones teóricas –véase su excelente tesis doctoral Sistema y Modelos: (Representación y resignificación de imágenes proyectadas desde los espacios de control- las obras de Gracenea surgen a partir de las imágenes que emanan de esas estructuras de poder y, sobre todo, del papel del arte para resignificarlas, no como mera representación formal sino como conjunto de operaciones conceptuales que permiten otros registros de lo visible. Según Andrea Soto Calderón en Imaginación material ( metales pesados, 2022) que admiten reapropiarse de su plasticidad y hacer entrar en las palabras, las imágenes y los gestos la categoría de lo posible para articular otra capacidad relacional. 

El propio artista reconocía en su última exposición La disciplina cura. Saiakera que en castellano significa “ensayo” o “intento”, que la disciplina y la limitación autoimpuesta, le permite construir una suerte de sistema que posibilita un trabajo persistente. Pero no se refiere, en absoluto, al dominio de determinadas técnicas o a hacerse con un estilo formal, sino a transitar por todas ellas, atravesar sus potencias, para poder “traducirlas”. Sabiendo además que el arte también es materia que tratar y, por tanto, abre procesos para articular otras formas de inteligibilidad.

En esa condición transitoria entre realidad y ficción, documento, signo o imagen, Gracenea reconoce que, como en este caso con las prisiones, cuando el artista trabaja y analiza un imaginario colectivo que incumbe a la sociedad como institución, grupo o sujeto, es ineludible articular unas pautas de trabajo para no desfallecer ante la avalancha de significados que operan en las obras. Sabemos que las imágenes pueden informar, entretener, distraer y alienar; sabemos que tienen poder, pero también que pueden abrir un amplio campo de representación para disputar, ampliar y redistribuir lo sensible, producir contrapoderes y contraimágenes. Ese tránsito trascurre por diversos lenguajes hasta que, en el caso de Gracenea su propio lenguaje artístico des/vela otros códigos poéticos y políticos que han quedado suspendidos en la “realidad” documental.

El imaginario con el que trabaja el artista, ligado a la memoria, al documento, al archivo, le permite crear diversas formas de orden, índices, grupos, series, colecciones… de tal manera que existe un programa inicial que afectará a un proceso de traducción del material, y concibe así una situación de obra abierta que jamás finalizará. Y, como en toda singularidad, existe un resquicio a la espontaneidad, un palpable testimonio de la particularidad de los gustos del creador, de lo vivencial, donde se hace presente la necesidad del límite para que el espectador logre “levantar” sus propios significados; incluso operando de forma crítica, como un espectador emancipado capaz de pensar radicalmente la dimensión relacional de las imágenes.

OTRA CUMBRE CONTRA EL CAMBIO CLIMÁTICO. MUCHO RUDIO Y POCAS NUECES

Se acabó el año 2023 casi al mismo tiempo que finalizaba la vigésimo octava Conferencia sobre el Cambio Climático, auspiciada por la Organización de Naciones Unidas con la aquiescencia de gran parte de la comunidad científica. Desde la primera celebrada en Berlín, que fue heredera de la ya mítica reunión del Club de Roma del año 1968 donde en el informe Los límites del crecimiento se definieron las primeras medidas para detener las consecuencias del cambio climático, a la vista de los datos y evidencias, no parece que hayamos avanzado demasiado en aplicarlas. Más bien al contrario, casi todos los indicadores nos dicen que prácticamente no hemos mejorado nada. En cualquier caso, vamos muy despacio y con mucho retraso.

Los decepcionantes acuerdos alcanzados en esta última conferencia celebrada en Dubái tampoco parece que vayan a contribuir mucho a adoptar medidas verdaderamente eficaces. Al menos en lo que se refiere a los objetivos que las organizaciones ecologistas vienen reclamando desde hace décadas. Las precavidas políticas reformistas, siempre temerosas de afectar al auténtico núcleo del problema -el uso y abuso de los combustibles fósiles- no da para mucho más. A la espera de que la misma maquinaría capitalista no consiga hacer una transición a su medida, los acuerdos tomados no solo mantienen, sino que refuerzan el mismo modelo de producción y consumo que está generando la degradación de nuestro planeta.

El objetivo fundamental de los acuerdos es ampliar los plazos temporales para que se consiga sustituir la economía fósil por otras que permitan obtener, como mínimo, los mismos beneficios en los nuevos nichos de negocio relacionados con la transición ecológica. No en vano, Dubái, que forma parte de los Emiratos Árabes Unidos (una confederación de países donde la extracción y exportación de gas y petróleo es la principal fuente de ingresos y el componente esencial de su Producto Interior Bruto), es uno de los Estados que está llevando a cabo más inversiones a medio y largo plazo en las industrias para la transición ecológica (fueron muy sonadas las palabras negacionistas del presidente de la Conferencia, el ministro de industria de los Emiratos y presidente de la petrolera estatal, Sultán Ahmed Al Jaber, que llegó a poner en tela de juicio los datos de la comunidad científica sobre el cambio climático).

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LA CULTURA DEL TRABAJO EN «247» DE ALONSO GIL

Este texto lo escribí hace unos meses para el catálogo de la exposición 247 de Alonso Gil. El propio artista y Esther Regueira, comisaria de la muestra que se presentó este otoño en la Sala Atín Aya de Sevilla y editora de la publicación, me consultaron para publicar en el catálogo una nueva versión ampliada de otro que, pocos días antes del “Día Internacional de los Trabajadores”, escribí a finales de abril del año 2021 para el Diario Vasco y posteriormente edité en mi blog. Se titulaba La cultura del trabajo y fue una reflexión que hice tras la lectura El problema del trabajo. Feminismo, marxismo, políticas contra el trabajo e imaginarios más allá del trabajo (Traficantes de sueños, 2020) excelente ensayo de Kathi Weeks, profesora de estudios de género, sexualidad y feministas en la Universidad de Duke.

En Tiempo. La dimensión temporal y el arte de vivir, Rüdiger Safranski [1]escribe que quizá por primera vez en la historia hemos llegado a un punto en el que el tiempo y la atención al respectivo tiempo propio han de convertirse en materia fundamental de la política. Tendríamos que desarrollar e implementar –añade– otros tipos de socialización y administración del tiempo, aunque, por desgracia, la clase política todavía, al parecer, no lo ha entendido bien.

Desde finales del siglo XIX el movimiento obrero adquirió carta de naturaleza política en las luchas internacionales por las mejoras en las condiciones laborales. La reducción de la jornada laboral se convirtió en una demanda inaudita debido a su capacidad de agrupar a trabajadores de todo tipo Y condición. La lucha por el tiempo ha sido central en la historia del desarrollo capitalista. Es evidente que, como se ha comprobado en las últimas modificaciones de la legislación laboral en España, todavía hoy reducir las horas de trabajo sigue siendo uno de los objetivos de sindicatos y organizaciones sociales. Hay una conciencia evidente de que se trabaja demasiado y, casi siempre, en condiciones que se podrían mejorar más, pero aún estamos muy lejos de aplicar medidas que impulsen auténticas transformaciones de los hábitos laborales que afecten de verdad a la calidad integral de nuestras vidas. Seguimos trabajando y viviendo con los mismos parámetros productivos y vitales que, en su empeño reformista, hace casi doscientos años propugnó el empresario, filántropo y socialista Robert Owen: ocho horas de trabajo, ocho de ocio y otras ocho de sueño. 

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EL ESPEJO PERDIDO Y LAS IMÁGENES REFLEJO

Las imágenes desempeñan un papel fundamental en las complejas relaciones que tenemos con las diferentes formas de cultura. Como dice Andrea Soto Calderón en La performatividad de las imágenes (Metales pesados, 2020) estas no se reducen a lo visible, son también dispositivos que crean cierto sentido de realidad. Toda imagen tiene sus sombras, restos a través de los cuales podemos interrogar a la realidad y hacer aparecer otras miradas, porque el pasado- dice Soto Calderón, parafraseando a Walter Benjamin– tiene una energía disponible que, mediante la crítica, podemos actualizar para levantar otras memorias y configurar otro presente, mediante un cuestionamiento permanente de nuestro ser histórico. Sin duda, es en este sentido como actúa la excelente exposiciónEl espejo perdido que desde hace unas semanas se puede contemplar en el Museo del Prado. Una magnífica muestra comisariada por Joan Molina sobre la representación de judíos y conversos en la España medieval, como indica su subtítulo.

El texto introductorio dice que toda imagen creada es un espejo que refleja nuestros modos de ver ya que miramos el mundo o a las otras personas a través de nuestra mentalidad. Aunque cristianos y judíos entonces convivían en un mismo territorio con fronteras religiosas permeables, la estigmatización visual de los judíos fue un fiel reflejo del espejo cristiano, de sus creencias y miedos, a la vez que un poderoso instrumento de afirmación identitaria. En muchos casos, son representaciones falsas -auténticas fake news- empleadas a lo largo de la historia para difamar a los judíos, al mismo tiempo que servían para reafirmar las costumbres de los católicos. Aparecen judíos intentando destruir hostias sagradas o robando un icono de la virgen, precisamente en momentos históricos en los que era necesario divulgar la eucaristía o el culto mariano. En alguna ocasión, mientras construía el entramado conceptual de la exposición Tratado de Paz, escuché a su comisario, el artista Pedro G. Romero, afirmar que la extensión de la ganadería porcina y la propagación popular del jamón ibérico o las chacinas se produjeron precisamente en aquellos territorios donde los conversos al cristianismo, tanto los marranos judíos, como los moriscos musulmanes, debían expresar su aprecio a la carne de cerdo para demostrar su autenticidad cultural cristiana. Ya nos lo recordó el psicoanalista Jacques Lacan en El estadio del espejo como formador de la función del yo donde decía que aquello que nos disgusta o nos agrada de otra persona, en verdad, no es otra cosa que un reflejo de nosotros mismos.

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TOMA DE TIERRA

Parece que en esta parte del mundo otro verano está llegando a su fin. En términos generales, es el periodo que los humanos empleamos para disfrutar de las vacaciones. En consecuencia, también la época del año en la que la industria del turismo alcanza las cotas más altas de productividad y, por tanto, movilidad. Desde las grandes ciudades hasta las pequeña aldeas rurales, ya no hay rincón del planeta que no tenga un punto de atracción natural, cultural o algún lugar exótico para explorar. Hace unas semanas nos enteramos del trágico accidente de un grupo de personas que pretendió descender al fondo del mar para conseguir contemplar los restos del Titanic, el famoso trasatlántico que en 1912 se hundió en las gélidas aguas del Atlántico Norte. Incluso, estos últimos meses, hemos visto anunciado que ya existen vuelos turísticos al espacio y que las empresas promotoras tienen largas listas de espera de viajeros dispuestos a pagar cientos de miles de euros para gozar de esa experiencia extraterrenal. Hemos vuelto a ver colas de montañeros intentando alcanzar las cimas más extremas, las ciudades más tópicas del imaginario turístico han vuelto a saturarse y los cruceros han alcanzado las cifras más altas de ocupación.

Según la Organización Mundial del Turismo (OMT), nunca hasta ahora en la historia se había desplazado tanta gente para celebrar sus vacaciones. Sin embargo, teniendo en cuanta que en el planeta vivimos casi 8.000 millones de humanos, los casi 1.500 millones que este año nos hemos desplazado a algún lugar del mundo aún seguimos siendo unos privilegiados. Somos, por tanto, los que alimentamos la industria del turismo y contribuimos más al crecimiento exponencial de los recursos destinados a la movilidad global: organizaciones públicas y privadas, infraestructuras terrestres, aéreas o marítimas, proveedores de energía, redes de aguas y otros servicios públicos, empresas de hostelería y restauración, etc. Por tanto, entre unos y otros también somos responsables, en cierta medida, de las consecuencias del cambio climático.  

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