MATXIN LABAYEN: EL PINTOR DE MI PUEBLO

Cuando en 1863 el poeta y ensayista Charles Baudelaire, probablemente el primer gran crítico de arte de la modernidad, escribió El pintor de la vida moderna se produjo un giro radical en la visión artística tradicional, porque para este autor la modernidad debía referirse siempre a lo transitorio, lo fugitivo, lo contingente y nunca a lo eterno y lo inmutable. Por tanto, ese pintor moderno debería abandonar la vida contemplativa, las ensoñaciones con la naturaleza o la nostalgia romántica por el pasado y, al contrario, estaría obligado a ser actor de la vida urbana, observar el presente, mirar al futuro e implicarse en las paradojas y convulsiones sociales.

A partir de esas reflexiones y otras tantas preocupaciones sobre el devenir de la ciudad de París –podían haber sido también Viena, Berlín, Bilbao o, en cierto modo Tolosa- Walter Benjamin escribió entre 1927 y 1940 un compendio de textos que fueron publicados en el Libro de los pasajes, muchos años después de su suicidio en Por Bou, cuando trataba de huir de los nazis. En aquellos “papeles” este filósofo, imprescindible para pensar las contradicciones de la vida contemporánea, relató tal vez uno de los mejores juicios sobre la deriva de las ciudades industriales capitalistas y las consecuencias sociales que su voracidad podría acarrear. Benjamin ya nos advirtió entonces, a través de la mirada del flaneur–el paseante que deambulaba ocioso por los pasajes parisinos- que el tren de la historia podría descarrilar si no poníamos freno a su velocidad y si no restablecíamos un acuerdo con lo mejor de nuestro pasado.

En este sentido, Matxin Labaien, sería un resistente pero, a la vez, el más celoso guardián del umbral histórico, una figuración detenida en el tiempo, una presencia antimoderna anacrónica –en el sentido más positivo- que, a contracorriente, se empeña en seguir siendo pintor al aire libre. Mucho más vinculado a la naturaleza y sus paisajes que al devenir urbano contemporáneo y sus neurosis, más preocupado por la plasticidad de las formas que por las ideas o los conceptos que iniciarían el gran siglo de las vanguardias. Para no sucumbir al tumulto y el desasosiego contemporáneo vive en un tiempo melancólico, ralentizado, y discorde con las obligaciones que el artista moderno adquiere con las modas pasajeras. En este sentido, su figura inconfundible, agrandada por su heterodoxia respecto a la vida normativizada y por su radical disposición a ser fiel a sí mismo, lo convierte en un personaje fundamental de nuestra historia local.

Si la palabra “vida” indica algo que vaya más allá del sentido biológico, es porque implica también la afirmación de un fin o, en otros palabras, la búsqueda de cierto “sentido de la vida”. En el caso concreto de Matxin Labaien, no hay duda que lo encontró en su condición de artista o, en su caso, nunca mejor dicho, en la de “pintor”.  Sirvan estas letras  que he escrito para el libro sobre su vida y su obra, editado por Joseba Urretabizkaia, para demostrarle mis más sincero reconocimiento y mi adhesión al homenaje que se le tributará en el Ayuntamiento.

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