DESCONFIAR DE LAS IMÁGENES

El polifacético cineasta Harun Farocki, en Desconfiar de las imágenes, (Ed. Caja Negra, 2013) se pregunta sobre el estatuto de la imagen, sobre las instituciones y artefactos técnicos que las producen, los canales por los que circulan y los efectos que causan en nuestros sentidos En el prólogo del libro, George Didi-Huberman constata que no existe una sola imagen –podríamos añadir monumento– que no implique un determinado pensamiento; subraya que todas son resultado de algún tipo de manipulación y que los mecanismos a través de los cuales nos llegan condicionan nuestra percepción de la realidad. Todas las imágenes toman posición y cualquier documento encierra al menos dos verdades, la primera de las cuales siempre resulta insuficiente, nos recuerda el autor de Cuando las imágenes toman posición (Machado Ed, 2014) 

En las reflexiones de mi último texto Entre iconofllia e iconoclastia sobre la reciente ola de iconoclastia desatada en EE.UU. a raíz de las manifestaciones contra el racismo, promovidas  por el movimiento Black Lives Matter, escribí que no se trataba de criminalizar en abstracto la destrucción de monumentos o imágenes sino de analizar en concreto cada hecho, estar más atentos al significado de los que se siguen construyendo y atender, sobre todo, al vacío epistemológico de las ausentes y las que son necesarias para entender la realidad en su complejidad. 

Estas últimas semanas hemos visto multitud de escenas relacionadas con los conflictos racistas en EE.UU., como las imágenes de los asesinatos de George Floyd o Rayshard Brooks. Los medios de comunicación también nos han recordado otros casos del pasado que se repiten de forma periódica, como si lamentablemente formaran parte de un proceder habitual. Casi siempre, las imágenes se presentan aisladas de los complejos contextos donde se originaron los hechos: en pocas ocasiones nos permiten conocer la realidad en las que se inscriben las vidas de las víctimas de la brutalidad policial, no nos hablan sobre su situación económica o social (trabajo, salario, renta media de ingresos…) o sus condiciones materiales de vida (educación, salud, vivienda, entorno comunitario, relaciones sociales…).Tan solo muestran que la mayoría de los asesinados eran negros y, posiblemente procedentes de las clases populares. No son imágenes inocentes. 

En este sentido, la historiadora Jacquelyn Dowd Hall en su análisis del “largo movimiento por los derechos civiles” –citada por Asad Haider en Identidades mal entendidas. Raza y clase en el entorno del supremacismo blanco–nos recuerda como se convirtió a Martin Luther King en un símbolo vacío, “congelado en 1963”, porque la inspiradora retórica de sus discursos era despojada de su contenido más radical: su oposición a la guerra de Vietnam, a través de un análisis que relacionaba segregación e imperialismo; su compromiso democrático socialista con la sindicalización; su papel en la organización de la Campaña de los Pobres o su apoyo a la huelga de los trabajadores de la sanidad, justo cuando fue asesinado en Memphis. Ocurre algo parecido con las célebres imágenes de Rosa Parks en las que se niega a ceder su asiento de autobús a un hombre blanco, que siempre se han mostrado como un suceso aislado y, por tanto, sin tener en cuenta su historia personal como sobresaliente líder y activista experimentada en las luchas contra las violaciones sistemáticas contra niñas negras y militante a favor de la justicia igualitaria, tal como nos lo cuenta otra actual destacada activista, Charlene A. Carruthers, en Sin concesiones. Preceptos negrosqueer y feministas para movimientos radicales.(consonni, 2019).

Lo mismo podría decirse estos días de cierta tendencia reaccionaria, alimentada por los grandes medios de comunicación y algunas élites negras –muy complacientes con el statu quo liberal (Obama podría ser su mejor ejemplo)–que están intentando fomentar una visión políticamente correcta del movimiento Black Lives Matter, ocultando las posiciones y luchas anticapitalistas que proponen muchas de sus dirigentes. En cierto modo, son estrategias de neutralización de su potencia política para situar el movimiento antirracista y sus imaginarios sociales y representaciones solo en el terreno de las luchas culturales identitarias y, de ese modo, segregarlo de otras alianzas emancipadoras de clase e interraciales que pudieran superar la ideología de raza, porque el racismo, aunque se pretenda limitarlo a estrictos conflictos identitarios y el clasismo, casi siempre van de la mano; sus estructuras de opresión son indisolubles del orden económico y social. Este mismo axioma se constata cuando estudiamos los flujos migratorios, la estructura urbanística de las ciudades, la discriminación laboral, la segregación institucional, la limitación de derechos, los índices de pobreza, la criminalización de las vidas precarias, los abusos del sistema judicial y carcelario, pero asimismo cuando analizamos el lugar secundario que, respecto al canon blanco y occidental, ocupan las representaciones, historias o prácticas artísticas de las culturas subalternas.

Por tanto, se trataría de llevar la potencia política y estética de las representaciones hacia otros parámetros, a partir de los cuales los procesos colectivos y sociales –en este caso el movimiento amplio y global contra el racismo anticapitalista y su secuela iconoclasta–pudieran “levantar”, no necesariamente de forma monumental, otras imágenes, otras narrativas descolonizadas que no reprodujeran las inercias de la autoafirmación racial o patrimonial –como habitualmente suelen hacer los museos nacionales. Como pudimos ver en el trabajo The Independance Day, que la artista Maryam Jafri presentó en el año 2016 en Tabakalera de Donostia/San Sebastián, en su exposición The Day Afterlamentablemente, determinadas inercias tienden a reproducir los mismos esquemas de representación del pasado. En las imágenes de archivo sobre los días de la independencia de algunas naciones de África, Asia y Medio-Oriente que presentó, se ponía de manifiesto cómo las ceremonias y representaciones que siguieron a las luchas independentistas, muchas veces a su pesar o de forma in/consciente, continuaban reproduciendo las mismas lógicas visuales del antiguo colonizador (este es un buen ejemplo de que, afortunadamente, algunos museos, sobre todo los de arte contemporáneo, llevan bastantes años revisando los cánones convencionales que han configurado el imaginario dominante de la cultura occidental, eurocéntrica colonial, capitalista y patriarcal).  

Y, en otro sentido mucho más preocupante, se trataría de evitar también que las imágenes fueran reducidas y despolitizadas por las lógicas del mercado o la corrección cultural. En la actualidad es mucho más fácil que camisetas con la imagen de la cantante Beyoncé, el corredor de carreras coches Hamilton o el histórico Mandela, producidas por alguna marca textil del mercado global, se conviertan en paradigma de la corrección política antirracista – obviando la condición de clase de esas luchas- que muchas estatuas construidas en cualquier jardín del mundo, por muy transitado que sea, o que alguna propuesta artística, incluso en el museo más visitado.   

Cuando ya en 1935 W.E.B. Du Bois escribió en Black Reconstrution in America (sin traducción al castellano) que tanto los trabajadores blancos como los negros tenían “intereses prácticamente idénticos” nos estaba diciendo que “la teoría de la raza se complementó con un método planeado con gran cuidado y desarrollado con lentitud, que abrió tal brecha entre los trabajadores blancos y negros que quizás no hay hoy en día dos grupos de trabajadores cuyos intereses sean casi idénticos y sin embargo se odien y teman tan profunda y persistentemente, y a los que se mantenga tan lejos el uno del otro que ninguno pueda ver nada que sea de interés común”. 

Parafraseando a W. Benjamin no se trataría tanto de seguir prestando atención a la “tradición de los vencedores”, los que forman el sujeto del conocimiento histórico tradicional sino de poner el foco en los “sin nombre”, las “oprimidas”, las multitudes desclasadas de la sociedad, demasiado a menudo anónimas, los condenados de la tierra de los que nos habló Franz Fanon en el célebre texto de mismo título. Es decir, una historia de las imágenes a contrapelo que nos permitiera actuar en sentido contrario a toda auto-identificación o auto-promoción, que diría Judith Butler, “desaprender” conformismos; o, según Jacques Rancière, remodelar el injusto reparto de lo sensible; revolver las cenizas y sacar de ellas algunas brasas puesto que en la historia nunca nada está acabado, nos dice el ya citado George Didi-Huberman en su reciente Desear, Desobedecer. Lo que nos levanta (Abada Ed. 2019)

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