Críticas-autocríticas, gestos y puentes, escrito por Sabino Ormazabal Elola y editado por el Departamento de Justicia y Derechos Humanos del Gobierno Vasco y Argituz, Asociación Pro-Derechos Humanos, termina con un breve apéndice dedicado al Abrazo y la reconciliación, proyecto que él propuso para que formara parte del conjunto de actividades y acciones del “Faro de la paz” en el marco de los contenidos del proyecto de la Capital Europea de la Cultura Donostia-San Sebastián 20126.
Diez años después, Sabino ha dejado esta vida sin ver realizada esa acción que ya en su día propuso el artista Jorge Oteiza en memoria de José Pardines, guardia civil asesinado en una operación de ETA, y Txabi Etxebarrieta, militante de esa organización armada, fallecido a su vez en la reacción casi inmediata de miembros de la Guardia Civil. Ambos murieron con pocas horas de diferencia. Se les considera las primeras víctimas de la larga historia de daños ocasionados por aquella desdichada lucha armada. La propuesta consistía en organizar una cadena humana entre Aduna (Villabona) y Benta Haundi (Tolosa), los lugares donde ambos murieron el 7 de junio de 1968. Han pasado casi sesenta años.


En el breve texto explicativo de la acción, entresacado de algunas reflexiones del propio Ormazabal, se decía que aquella manifestación popular era como «una manera de reflejar el deseo de humanizar la confrontación, buscando un espacio común de encuentro para el futuro”. Este mismo espíritu sostuvo su vida, siempre entregada al antimilitarismo, el ecologismo, la desobediencia civil y la lucha contra la violencia (alguna vez le escuché que una orden solo se puede obedecer si también se puede desobedecer). Parafraseando a Amador Fernández Savater, su activismo social siempre estuvo orientado a crear puentes entre opciones y personas enfrentadas, con el objetivo de encontrar espacios de diálogo que incluyeran esas voces que jamás han sido oficialmente escuchadas o la de las víctimas cuyos nombres no está escritos en ninguna estela funeraria, ni monumento.
Cuando en el año 2011 escribimos el programa cultural definitivo para presentarlo ante la comisión evaluadora de la Comisión Europea, ETA todavía seguía activa pero ya se respiraba cierta esperanza contenida. Teníamos la sensación de que aquella situación no podía alargarse mucho más. El tiempo histórico reclamaba un cierre de época. Tal vez por esa razón, cuando se propuso ese “abrazo” se pensó como un acto festivo, como una celebración. La Conferencia Internacional de Paz, que tuvo lugar en el mes de octubre de aquel mismo año en el Palacio de Aiete, ya avanzó el inminente cese de la actividad armada. Pocos días después ETA declaró un compromiso claro, firme y definitivo para terminar con la confrontación armada.
Precisamente, en la publicación mencionada se rastrea una larga memoria de gestos críticos y autocríticos –muchos de ellos casi anónimos- tanto de víctimas como de victimarios de todas las posiciones políticas. Ese recuento de relatos se propone como un instrumento de memoria compartida que ayude a cerrar las heridas generadas a lo largo de tantos años de confrontación social en Euskal Herria y en España, pero “siempre pensando en el dolor ajeno”, insistía Ormazábal.
La metodología de trabajo que él propone en el libro, en este caso alejado de emociones, se podría aplicar a cualquier conflicto de características parecidas. En La condición humana, escrito tras la Segunda Guerra Mundial, Hannah Arendt ya nos habló sobre la reconciliación no como mera enumeración de sentimientos, sino como un mecanismo político fundamental para la democracia, entendida como pluralidad radical. En el mismo sentido que Judith Butler, en Cuerpos aliados y lucha política, pensando en el conflicto palestino-israelí, nos habló de la cohabitación no elegida y la vulnerabilidad compartida.


Desde esta perspectiva, producir la historia consistiría en desanudar y volver a anudar conflictos, en relacionar contrarios, crear puentes entre diferentes. Es decir, estar dispuestos a recibir lo desconocido y abrazar lo inesperado. Así, la presencia del otro no debería chocar con nuestra libertad, al contrario, la inviste, le da pleno sentido. Por tanto, la cuestión que se nos formula -escribe Achile Mbembe en Políticas de la enemistad- es la de saber si posible otra política del mundo que no descanse necesariamente en la diferencia o la alteridad, sino en cierta idea de lo semejante y de lo en común.
En cierto modo, a la manera en la que Ormazabal vivió su experiencia de mediador, estaríamos hablando de la «ética del pasante». Esa idea que podríamos encarnar en nuestras propias existencias si nos atreviéramos a pasar constantemente de un lugar a otro; si nos pusiéramos en el lugar del diferente. El afuera se experimenta dentro, dice Emmanuel Levinas en De otro modo que ser o más allá de la esencia. Más allá del nacimiento o la nacionalidad, incluso de la ciudadanía, me refiero a la capacidad de vivir a la vez la experiencia de la presencia y la distancia, de poder ejercer la solidaridad con el extraño y también la desconexión, pero nunca la indiferencia. Algo que se podría aplicar en la actualidad en Ceuta. Sería una ética que nos permitiese apartarnos de un lugar -da igual que sea pueblo, patria o nación- para poder nombrarlo y habitarlo mejor, sin renunciar tampoco a la autonomía personal y la heteronomía -responsabilidad hacia el otro-, la autodeterminación política y la soberanía territorial, pero teniendo en cuenta que sin interdependencia nuestras vidas estarían siempre vacías y en peligro.