Existe cierta unanimidad sobre la importancia social del arte y la cultura. Parece que todos, con matices, estamos de acuerdo en que sus manifestaciones son bienes que debemos preservar y fomentar, porque sus diferentes expresiones –la lengua, los usos y costumbres, la manera en la que concebimos nuestras relaciones personales (género, convenciones familiares) y sociales (símbolos, ritos comunitarios, sagrados o profanos, fiestas), las formas artísticas (la música, la literatura, el cine) o las del conocimiento (la filosofía, la ciencia, la historia) la manera de vestir (jeans, velo, minifalda, smoking) o de alimentarnos, conforman nuestras vidas y, aunque también sean ámbitos de confrontación y antagonismo, nos constituyen como seres humanos capaces de convivir en comunidad.
Para poder entender y combatir la actual deriva neoconservadora mundial y el resurgir de la extrema derecha en toda Europa, no debemos pasar por alto que la educación, el arte y la cultura son campos dialécticos de sentido, muchas veces contrapuestos, donde se dirimen formas muy dispares de existencia. Cuando proclamamos de manera bienintencionada sus valores abstractos, desde una visión idealista, olvidamos la peor cara de sus formas específicas más opresoras. Sin ir más lejos, las imágenes de la performance Un violador en tu camino que el colectivo feminista «Lastesis» inició en Chile y se ha extendido por todo el mundo, reflejan y critican con rotundidad que en el mundo se extiende una cultura patriarcal, violenta y militarista. Las letras de la canción se dirigen, de forma explicita, a la s formas culturales que el estado despliega a través del machismo, la misoginia y la homofobia de muchas de sus instituciones. Es decir, formas radicalmente opuestas de pensar el mundo y actuar en la vida.




