ACTOS REVERSIBLES Y ACCIONES IRREVERSIBLES

Hace unos días, en el Museo del Louvre, dos activistas climáticas de Riposte Alimentaire (Respuesta Alimentaria) arrojaron sopa sobre los cristales que protegen La Gioconda, la obra más icónica de Leonardo da Vinci y foco principal de las miradas de los visitantes. Pocos días después, varias personas de Greenpeace y Unmute Gaza se encaramaron a la fachada del Museo Reina Sofia para colgar una gran pancarta con la que pretendían reclamar más atención sobre los graves acontecimientos que están ocurriendo en Palestina.

Podemos estar más o menos de acuerdo en apoyar o rechazar determinados actos que militantes ecologistas están llevando a cabo en espacios e instituciones públicas y privadas. Podemos sentirnos cómplices o desligados de las formas de desobediencia civil ocurridas a lo largo de la historia; sin embargo, es difícil negar la importancia que estos hechos tuvieron para significar y representar las revueltas sociales en favor de los derechos humanos, siempre limitados y en constante proceso instituyente. Por ejemplo, a mediados del siglo XIX, el mismo Henry David Thoreau, autor de Desobediencia civil, se negó a pagar impuestos como protesta contra el exterminio de los nativos americanos, para reclamar el fin de la esclavitud o, pocos años antes de que falleciera, dar testimonio contra la guerra que EE.UU. mantenía entonces con México.

El movimiento ecologista siempre ha sido proclive a llevar a cabo actuaciones mediáticas para subrayar con más eficacia el sentido reivindicativo de sus mensajes políticos. Se pueden rastrear a lo largo de la historia contemporánea desde las históricas acciones antinucleares que se iniciaron en la década de los setenta y ochenta del siglo pasado, como las realizadas por Greenpace en el primer Raibow Warrior, barco que en 1985 fue bombardeado y hundido, causando además la muerte del fotógrafo Fernando Pereira. También son muy conocidas las acciones del segundo buque y actualmente del Rainbow Warrior III en defensa de los océanos y otras causas. Se podrían citar también muchas otras históricas del activismo indígena en Latinoamérica. Sirva la mención a Berta Cáceres, asesinada precisamente por su labor militante, junto a activistas del COPINH, en defensa del territorio, de los bienes comunes de la naturaleza y el proyecto emancipatorio y autonómico de la cultura Lenca en Honduras, que hoy continúan sus hijas Bertha y Laura Zúñiga; hasta las sentadas de Greta Thunberg, imitadas por numerosos jóvenes; las llevadas a cabo por Rebelión Científica el año pasado ante el Congreso de Diputados o las más recientes de activistas de “Futuro Vegetal” en la sala del Museo del Prado donde se encuentran las dos célebres Majas de Goya. También, por citar algunas, se han llevado a cabo acciones de desobediencia ante El Grito de Münch, Los Girasoles de Van Gogh, La Carreta de Heno de Constable, La Joven de la Perla de Vermeer, La Primavera de Botticelli, Masacre en Corea de Picasso o Latas de Sopa Campbell de Warhol. Todas obras de sobra conocidas por el imaginario popular.   

No deja de ser curioso que hayan sido estas acciones contra obras de arte, precisamente, las que más rechazo han provocado en la opinión pública o, por lo menos, en una parte significativa de personas relacionadas con el arte y la cultura. Quizás – me atrevo a sugerir- la razón de ese malestar se deba a que, a través de la historia de la cultura, tan disgregada de la historia material de la naturaleza, hemos aprendido que las obras de arte son parte fundamental de las manifestaciones sublimes del espíritu del ser humano. Por tanto, en cierto sentido, también son sagradas e intocables. La naturaleza y la tierra, por el contrario, son siempre susceptibles de ser explotadas sin límites razonables sin que, al parecer, nos produzca tanto desasosiego.

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EL ESPEJO PERDIDO Y LAS IMÁGENES REFLEJO

Las imágenes desempeñan un papel fundamental en las complejas relaciones que tenemos con las diferentes formas de cultura. Como dice Andrea Soto Calderón en La performatividad de las imágenes (Metales pesados, 2020) estas no se reducen a lo visible, son también dispositivos que crean cierto sentido de realidad. Toda imagen tiene sus sombras, restos a través de los cuales podemos interrogar a la realidad y hacer aparecer otras miradas, porque el pasado- dice Soto Calderón, parafraseando a Walter Benjamin– tiene una energía disponible que, mediante la crítica, podemos actualizar para levantar otras memorias y configurar otro presente, mediante un cuestionamiento permanente de nuestro ser histórico. Sin duda, es en este sentido como actúa la excelente exposiciónEl espejo perdido que desde hace unas semanas se puede contemplar en el Museo del Prado. Una magnífica muestra comisariada por Joan Molina sobre la representación de judíos y conversos en la España medieval, como indica su subtítulo.

El texto introductorio dice que toda imagen creada es un espejo que refleja nuestros modos de ver ya que miramos el mundo o a las otras personas a través de nuestra mentalidad. Aunque cristianos y judíos entonces convivían en un mismo territorio con fronteras religiosas permeables, la estigmatización visual de los judíos fue un fiel reflejo del espejo cristiano, de sus creencias y miedos, a la vez que un poderoso instrumento de afirmación identitaria. En muchos casos, son representaciones falsas -auténticas fake news- empleadas a lo largo de la historia para difamar a los judíos, al mismo tiempo que servían para reafirmar las costumbres de los católicos. Aparecen judíos intentando destruir hostias sagradas o robando un icono de la virgen, precisamente en momentos históricos en los que era necesario divulgar la eucaristía o el culto mariano. En alguna ocasión, mientras construía el entramado conceptual de la exposición Tratado de Paz, escuché a su comisario, el artista Pedro G. Romero, afirmar que la extensión de la ganadería porcina y la propagación popular del jamón ibérico o las chacinas se produjeron precisamente en aquellos territorios donde los conversos al cristianismo, tanto los marranos judíos, como los moriscos musulmanes, debían expresar su aprecio a la carne de cerdo para demostrar su autenticidad cultural cristiana. Ya nos lo recordó el psicoanalista Jacques Lacan en El estadio del espejo como formador de la función del yo donde decía que aquello que nos disgusta o nos agrada de otra persona, en verdad, no es otra cosa que un reflejo de nosotros mismos.

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HACER CRECER UN BOSQUE EN EL VALLE DE CUELGAMUROS

La historia y las formas que la representan son un permanente campo de conflicto: un laberinto de poderes y contrapoderes, de insurgencias y entronizaciones, de apariencias y espejismos. Abarrotada de arquitecturas de poder y ruinas olvidadas que nos podrían hablar con silencios elocuentes, de  monumentos levantados a héroes, pocas heroínas y muchos mártires, de narraciones que ensalzan acontecimientos vinculados a los poderosos pero también de relatos populares que cantan a anónimos protagonistas. La historia es un campo de batalla y a la vez una tregua intermitente que nos regala la posibilidad de una vida en común. Entre la pulsión de vida y muerte transcurre nuestra existencia en la Tierra, entre construir y derruir, entre el afán del interés particular por acumular y la aspiración a cuidar y distribuir. 

Los espacios públicos están repletos de huellas que ensalzan y vanaglorian un pasado con muchas sombras y demasiados capítulos de la historia poco dignos de reconocimiento. Signos, símbolos, nomenclaturas o representaciones clasistas, aristocráticas, patriarcales, racistas, militaristas, coloniales o de exaltaciones religiosas. Ahí están para hablarnos de grandezas y miserias. Si, en función de criterios contrapuestos, tuviéramos que derribar todos esos significantes no pararíamos de demoler y tampoco sabríamos establecer los límites concretos de esas acciones destructivas.

En los gobiernos democráticos actuales hay un acuerdo tácito para eliminar todo tipo de símbolos que perpetúen la memoria de regímenes dictatoriales y, en ocasiones, erigir otros reparadores. Por citar algunos, se hizo tras la Segunda Guerra Mundial en Alemania, Italia o Francia, afectados por la dictadura nazi; en los países del este de Europa tras la caída de la Unión Soviética; en Sudáfrica tras el régimen de apartheid o en algunos países latinoamericanos tras las dictaduras de Pinochet o Videla.

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RECONOCIMIENTO

El Diccionario de la Real Academia de la Lengua dice que un reconocimiento es la acción de reconocer o reconocerse y, en una segunda acepción, agradecer los bienes recibidos. En su dimensión moral y filosófica, como ya apuntó Hegel en El sistema de la eticidad, el reconocimiento se lleva a cabo mediante distintas formas de amor, derecho y solidaridad, que podrían, a su vez, configurar el campo de lo que se denominan políticas de la amistad o, su reverso, la enemistad. Aunque también sabemos que, entre ambas, se camuflan los intereses, la hipocresía o la mera banalidad social.

No tengo ningún reparo en reconocer que me enorgullezco de haber estudiado y aprendido con esmerada atención de la trayectoria profesional de Manuel Borja-Villel, desde que a principios de los años noventa fuera director de la Fundación Tàpies que, en lugar de convertirla en un mausoleo para el artista, consiguió trasformarla en un referente para muchos de nosotros; de haber colaborado en la siguiente década con diferentes proyectos artísticos cuando ambos dirigíamos respectivamente Arteleku y el MACBA, en aquellos años en los que, a pesar de todas las dificultades, paradojas y contradicciones, también intentábamos establecer acuerdos de colaboración con algunos movimientos sociales relacionados con prácticas artísticas y culturales comprometidas con la crítica política; y estos últimos quince años, de haber atendido muy de cerca, y con mucho interés, su trabajo como máximo responsable del Museo Reina Sofía. En consecuencia, ahora que se ha despedido de la dirección de uno de los museos de arte contemporáneo más importantes del mundo, por fortuna – podía haber sido todo lo contrario- de compartir un sincero afecto mutuo que espero perdure, más allá de nuestras diferencias de criterio en relación a algunos modos de hacer y concebir la gestión institucional. Estoy seguro que seguiré atento y expectante a las propuestas que desarrollará en sus próximos destinos.

Así pues, desde mi juicio subjetivo – ¿cuál no lo es? –  no me cabe duda que Borja-Villel es una de las figuras más relevantes del sistema institucional que gobierna el arte contemporáneo internacional. Del mismo modo, en el contexto local, una de las pocas figuras directivas que, con pertinaz capacidad analítica y de forma tan continuada, ha logrado situar las instituciones que ha dirigido en una permanente disposición crítica respecto a ellas mismas, con sus rémoras burocráticas o inercias complacientes, y en relación con las tensiones sociales y políticas externas, con los riesgos y, en consecuencia, aciertos y fracasos que esa actitud conlleva.

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¡TERESA DE JESÚS Y ABRE ESPAÑA!

Estos días hemos vuelto a comprobar que, con la escusa de las novatadas y las bromas estudiantiles de muy mal gusto, o las mal entendidas tradiciones universitarias, algunos jóvenes –hombres y mujeres- quieren seguir perpetuando ciertos cánones de la masculinidad machista y la feminidad resignada a los discursos patriarcales. Con esos gritos al unísono de los alumnos de un colegio mayor madrileño llamando putas ninfómanas a sus vecinas de enfrente, al parecer, vuelven sin rubor los hombres de pecho abombado premeditadamente antifeminista y también de mano alzada franquista, como recuerda Santiago Alba Rico en España (Lengua de trapo, 2021) al mencionar a Santiago Abascal.

Durante siglos, tras la expulsión de musulmanes, judíos y posteriormente moriscos, para ser español era necesario ser estrictamente católico y hombre. No en vano, el apóstol Santiago, paladín de la victoria contra herejes y bandera única de la unidad nacional, es el patrón de España. De ahí el tristemente célebre “santiago matamoros y cierra España”. Sin embargo, en el libro citado  Alba Rico dice, de manera metafórica, que el apóstol Santiago sería descabalgado de su blanco corcel por la reformadora Teresa de Ávila, la monja andarina, cuya santidad se celebró el 15 de octubre. Estas dos célebres figuras del imaginario hispano -insiste- también podrían representar dos formas  muy diferentes de entender la historia de España y las diversas maneras y grados de des/identificación con la nación.

El misticismo de Teresa Sánchez de Cepeda, primero perseguido, enseguida selectivamente reivindicado, era la variante ibérica de la modernidad y la reforma, opuesta a la visión medieval de los “santos guerreros”, la anticuada Caballería satirizada también por Cervantes en Don Quijote de la Mancha (por cierto, cuando la extrema derecha española ensalza al caballero manchego, se olvida de que el ingenioso hidalgo cabalgaba a duras penas; lo intentaba pero nunca lo conseguía del todo, porque era un guerrero incompleto y fallido, siempre a punto de caer de su rocín). 

Santiago apóstol era –lo sigue siendo para determinados entusiastas patriotas- la proa de cierta España viril, de pecho abombado y barba sin almohaza, imperial y curil, dice literalmente Alba Rico. Sin embargo, enfrente estaba aquella mujer que recorría a pie los pueblos, una mujer nieta de judíos que escribía –entonces exclusiva arrogancia masculina- y que sin ser docta ni leer latín pretendía enseñar a los hombres. También reclamaba su derecho a fundar una orden que, siendo ella defensora de la austeridad, admitiera a las mujeres más pobres, sin necesidad de aportar ninguna dote. Una mujer que además desaconsejaba el matrimonio, como sujeción peligrosa de la voluntad y a la que había perseguido la Inquisición por afinidad con los “alumbrados”, secta mística y herética relacionada con el protestantismo. “Mujer rebelde y vagabunda”, según palabras del entonces nuncio del Vaticano- “fémina inquieta y andarina, desobediente y contumaz que inventaba malas doctrinas”. Centenares de mujeres del siglo XVI y XVII empezaron a escribir a cerca de sí mismas, siguiendo su ejemplo, en un proceso de introspección que anticipaba en los conventos el derecho de las mujeres a la soledad, que les estaba socialmente prohibida. Tal vez, adelantándose a los tiempos,  en búsqueda de su cuarto propio, como escribiera Virginia Wolf.  Según Alba Rico, no se puede desdeñar este choque simbólico entre un santo viejo y falso caballero, mítico matador de antiespañoles, y una mujer de a pie quedo, con pluma en mano, que defendía el trabajo y procedía de un linaje “impuro”.

Estos último años Santa Teresa ha estado de moda. Y aunque parecía que Santiago andaba de capa caída, algunos de sus caballeros andantes pretenden sacarlo de nuevo a pasear para que el papel de los hombres españoles vuelva al preeminente lugar histórico que, según dicen, están perdiendo por culpa de las feministas, el lobby gay, las lesbianas, transexuales, inmigrantes y antiespañoles progres de todo tipo .

En Malas compañías (Galaxia Gutenberg, 2022) reciente recopilación de textos de Marina Garcés, en el capítulo “La loca de la casa”, donde habla sobre La lengua en pedazos, la obra que el dramaturgo Juan Mayorga dedica a la santa de Ávila, la filósofa dice que Teresa no solo tenía visiones, sino que leía demasiado, además sin disimulo y sin miedo a la represión que trataron de infligirle a lo largo de su vida.

Tal vez, únicamente por eso, para que la mediocridad falsamente mítica de un tiempo pasado no regrese, ahora es más necesario que nunca leer a Teresa de Ávila porque, lamentablemente, igual que entonces se quemaban en la hoguera a brujas y herejes o peligrosos sociales ahora vuelven los fantasmas de nuevas inquisiciones, en forma de totalitarismos autoritarios o, en su versión más hipócrita, con la arrogancia política de quienes nos señalan a los que hablamos demasiado contra el clasismo, la colonización y el racismo; defendemos los derechos sociales para todas las personas, sin distinción, también los avances del feminismo o el ecologismo; y estamos a favor de vivir en una España que sea capaz de construirse democráticamente desde su propia complejidad histórica.

CON EL FALO EN EL CEREBRO

Este verano están proliferando las noticias sobre pinchazos realizados por hombres contra mujeres con el deleznable objetivo de adormecerlas, hacerles perder la consciencia y, de ese modo, reducir la capacidad de control sobre sus cuerpos y, aunque no se haya podido demostrar, quizás para agredirlas sexualmente o robarles. En cualquier caso, con la intención de someter su voluntad para sojuzgarlas, restringir su autonomía y libertad de movimiento. Esta forma reciente de dominación se suma a otras como la sumisión química, la presión intimidatoria o la premeditada organización de grupos –las tristemente famosas “manadas”- para cometer todo tipo agresiones sexuales. Detrás de esas formas de dominación se esconde una maquinaria de control –sofisticadas tecnologías de género- sobre el cuerpo de las mujeres en el espacio público que, de manera retorcida, propone una vuelta al puritanismo para adscribirlas a una concepción pasiva y sumisa de la sexualidad y así perpetuar el rol activo dominante del hombre macho.

Cuando leo este tipo de información siempre me pregunto qué tendrán estos tipejos en el cerebro. Tan solo se me ocurre pensar que en lugar de cierta inteligencia razonable -presupuesta a cualquier ser humano- tienen un enorme y enfermizo falo que, para su desgracia, les impide pensar más allá de su impotencia. ¿Cómo es posible que todavía existan hombres que, como auténticos depredadores, salgan a las calles a hostigar a las mujeres -o a otros cuerpos- para convertirlas en meros trofeos de su pulsión sexual primaria?. Lamentablemente, para estos energúmenos la mujer se convierte en un simple objeto deshumanizado y su placer es una forma depravada de autosatisfacción en la que el cuerpo poseído pierde cualquier cualidad humana.

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