«LA INVISIBLE» DE MÁLAGA, OTRO MODO DE CONSTRUIR MUNDO.

La última edición del prestigioso Premio Pritzker, sin duda el principal galardón concedido para reconocer la labor de los mejores arquitectos del mundo, ha recaído en el estudio de Anne Lacaton y Jean- Philippe Vassal. Desde hace unos años, conscientes de que la arquitectura debe hacerse corresponsable de los aspectos sociales del urbanismo, la organización tiene muy en cuenta trayectorias especialmente sensibles con la sostenibilidad en la construcción.

En este sentido, su trabajo constituye un referente fundamental sobre modos de hacer arquitectura de manera ética, eficaz y económica. Frente a modelos donde prima la estética o la espectacularidad, ellos valoran lo preexistente y las necesidades de las personas que habitan los espacios para mejorar sus condiciones de vida. Es decir, se posicionan por la rehabilitación frente a la demolición.

Durante el verano del año 2002, cuando todavía no había adquirido la fama internacional que ha logrado los últimos años, Anne Lacaton estuvo en Arteleku como principal invitada del taller “Labitaciones” dirigido por los arquitectos Alex Mitxelena e Ibon Salaberria. Con su experiencia, junto a la de otros colectivos locales e internacionales, constatamos que eran posibles otras formas de construir y de aplicar políticas urbanísticas, mucho más ecológicas y con mayor responsabilidad social.

La gran crisis inmobiliaria de 2008 aún no había estallado con toda su virulencia, pero desde hacía años algunos académicos del urbanismo y profesionales de la arquitectura ya venían señalando que el modelo de crecimiento y expansión que en España se había generado a la sombra de la burbuja inmobiliaria era una auténtica bomba de relojería. Entre otros muchos, conocí en Málaga a miembros de la Fundación Rizoma que ya estaba desplegando un extenso trabajo de análisis y propuestas sobre la arquitectura y la geografía urbana en al ámbito territorial denominado ZoMeCS (Zona Metropolitana de la Costa del Sol).

Durante aquellos años también comenzaron a organizarse diversas plataformas ciudadanas por el derecho a la vivienda digna y para reclamar la participación e implicación en la reorganización democrática de la gestión de las ciudades. En algunos casos, como el del Centro Social Casa de Iniciativas de Málaga, ese activismo se llevó a cabo mediante la “okupación” de edificios abandonados por la especulación inmobiliaria o la desidia institucional.

En ese marco, en 2007 un conjunto plural de personas preocupados por la deriva especulativa en la que estaba inmersa la ciudad de Málaga y en el marco de otras muchas respuestas a los modelos depredadores de entender el crecimiento de la ciudad, ocuparon un edificio de propiedad municipal, sito en la calle Nosquera, para fundar La Invisible. Centro Social y Cultural de Gestión Ciudadana. Lo hicieron como gesto de “levantamiento” responsable, como potencia social, política crítica, referencia simbólica, incluso actitud revolucionaria, en el sentido más trasformador, pacífico y democrático que siempre debería tener la palabra.

Así mismo, como una demostración más de su actitud constructiva y dialogante  con la institucionalidad municipal, desde prácticamente los inicios de la ocupación, comenzaron a pensar en los cuidados del edificio. Al poco tiempo ya habían elaborado una propuesta para una paulatina regeneración del inmueble municipal, pensándola con parámetros muy parecidos a los que Lacaton y Vassal han defendido siempre desde que construyeran sus primeras casas inspiradas en las estructuras simples de las cabañas del desierto de Nigeria, donde vivieron algunos años.

En la magnífica exposición que en la actualidad les dedica la Fundación ICO (Instituto de Crédito Oficial) de Madrid, en la primera sala se puede leer el lema que da sentido a toda su carrera: “Nunca demoler, eliminar o sustituir, siempre añadir, transformar y reutilizar”. En casi todos sus proyectos crean espacios que pueden ser “habitados”, manteniendo las actividades, según las circunstancias y adaptándose a las necesidades de los moradores, mientras se realizan las obras “ni demasiado rápido, ni demasiado pronto”. “Hacer justo lo necesario, es decir lo esencial y nada más”, subrayan.

E insisten: “consideramos lo existente como una oportunidad; todas las limitaciones pueden convertirse en algo positivo. Sin embargo, un enfoque distorsionado, basado en afirmaciones sin justificación real y que se repiten hasta la saciedad sin volver a ser debatidas (es más caro restaurar que destruir y reconstruir, es imposible respetar la normativa, etc.), provoca que las construcciones existentes a menudo se consideren obsoletas, irreparables, inutilizables, como si no pudiesen evolucionar. Frecuentemente están inevitablemente condenadas, y suele optarse por demoler, hacer tabula rasa y empezar de cero con el argumento de reconstruir sin tener en cuenta el despilfarro que supone la demolición y el valor de que se ha perdido. Esa es una solución cómoda y cortoplacista y nosotros pensamos que una medida equivocada; la peor de  las soluciones. Constituye una pérdida de historia, un desperdicio de materiales, energía y dinero. Es una solución perdedora en todos los sentidos”; “transformar y reutilizar lo ya existente conduce a un mejor uso, a menor gasto de materiales y menos emisiones de CO2, haciendo que sea más ecológico, tiene en consideración y presta atención a todos los habitantes y permite ahorrar más del 50% del presupuesto que, de otro modo, hubiera sido necesario para derruir y reconstruir. Además, evita los desalojos y reubicaciones y su intolerable coste social”.

Todos estos argumentos son muy parecidos a los que están en la base del proyecto colectivo de rehabilitación de La Invisible, que ha recibido varios reconocimientos profesionales e institucionales. Por tanto, el enésimo intento de desalojo por parte del Ayuntamiento, presidido por Francisco de la Torre, y presionado por Ciudadanos, su socio de gobierno absolutamente necesitado de notoriedad, no es más que, como dice el último comunicado de La Invisible, una maniobra que oculta el único objetivo real: “la eliminación de un proyecto que les resulta incómodo por su carácter crítico”. Contra ese empeño, únicamente me ratifico e insito en la potencia política, ética y estética de gestos como los de La Invisible, y otros centros sociales autogestionados, absolutamente fundamentales para la vida democrática de las ciudades.

RELIGARE

Parafraseando a Bruno Latour en el capítulo “¿Cómo convocar a los diferentes pueblos (de la naturaleza)? de su libro Cara a cara con el planeta, se podría decir que la palabra religión, emparentada en latín con religare, no hace otras cosa que designar  aquello que nos importa y que protegemos cuidadosamente, aquello que por ende nos guardamos de negligir. En este sentido –dice- introducir nuevamente la cuestión religiosa no es, en primera instancia preocuparse por creencias en tal o cual fenómeno más o menos extravagante, sino permanecer atento al choque, al escándalo, que puede representar para un colectivo la falta de cuidado de otro colectivo.

Jan Assmman, el gran egiptólogo e historiador de la memoria mítica, nos recuerda que, antes del advenimiento del judaísmo y del cristianismo, existía una venerable tradición de las diversas ciudades del Mediterráneo y el Oriente Medio, por la que se erigían tablas de traducción para los nombres de los dioses a los  que se rendía culto. Esas traducciones ofrecían una solución práctica al relativismo moderado con el que cada adepto de un culto local reconocía su parentesco con los cultos locales de los numerosos extranjeros que vivían entonces entre ellos. «Lo que tú, romano, llamas Júpiter, yo, griego, lo llamo Zeus», y así sucesivamente. Las tablas de traducción funcionaban, según Assmann, llevando la atención desde el nombre propio de las divinidades hacia la serie de características que ese nombre resumía en el espíritu de sus seguidores. Si, por ejemplo, el nombre «Zeus» sonaba a los oídos como un término incomprensible, se desarrollaba la lista de sus atributos: «Guía de los destinos”, «Protector de los suplicantes» o incluso «Dios de los vientos favorables»  y, desde luego, «Portador del rayo» hasta que el extranjero le encontrase un equivalente en su lengua. La precaución que tomaban esos pueblos para cohabitar sin degollarse mutuamente consistía en asegurarse de que, si las listas de cualidades eran bastante semejantes, entonces podían considerar los nombres propios como más menos sinónimos en todo caso, negociables «Vuestro pueblo lo nombra así, mis congéneres lo nombran asá, pero mediante tales invocaciones designamos a la misma deidad que realiza en el mundo el mismo tipo de acciones».

Esta forma de intertraducción ofrecía así una solución política a la paz civil en sociedades con adhesiones múltiples. Las tablas de traducción de los nombres de los dioses en las ciudades antiguas eran a la vez el resultado y la ocasión de negociaciones diplomáticas en las grandes urbes cosmopolitas. Según Assman esta intertraducción se va a tornar imposible a partir de que el faraón Akenaton introduzca la noción de “verdad» del “solo y único Dios” que sería Atón, convirtiendo al propio faraón en su intermediario en la tierra. La “verdadera” divinidad se vuelve entonces intraducible por cualquier otro nombre; ningún otro culto que no sea el suyo podría ser tolerad, so pena de idolatría. La iconoclastia se impone como castigo. El antiguo sentido de la palabra religión ya no es comprensible: muy al contrario negligir aquello que les importa a los otros, ¡he ahí el nuevo mandato!.

¿En qué nos concierne esto hoy, incluso a los Modernos –dice Latour- que por muy incrédulos que nos creamos o por más liberados de toda divinidad que nos imaginemos, seguimos ligando la autoridad suprema a la verdad racional?. ¿Es posible reinventar esa tradición de las tablas de traducción de los nombres de los dioses para erigir la lista de otras entidades, de otros cultos, de otros pueblos, y para detectar entre esos diferentes  colectivos los parentescos que permanecerán invisibles mientras nos atengamos a nuestro punto de vista demasiado local y demasiado sectario?  

EL CUENTO DE LA RANA Y LA SANIDAD PÚBLICA 

Dicen que si se arroja una rana al agua hirviendo, instintivamente, salta y se salva de la muerte. Sin embargo, si está plácidamente acomodada en el agua tibia y el agua se va calentando poco a poco, su capacidad de reacción se atrofia y, sin a penas darse cuenta, acaba muriendo. Esta fábula se podría aplicar perfectamente a la situación en la que se encuentra nuestro sistema sanitario. Las políticas económicas neoliberales más agresivas que, en su manera de entender el mundo, detestan toda forma de justicia social y cualquier intervencionismo del Estado (si no es para su propia beneficio instrumental) no son capaces de abolir por decreto el sistema sanitario y por eso lo están ahogando muy lentamente, pero perseverando en su empeño, de manera que no lo expresan con claridad y por eso, cínicamente, siguen hablando con la boca pequeña en su defensa. Incluso insinuando, como ayer mismo se escuchó en boca de la Presidenta de la Comunidad de Madrid (adalid ejemplar de la eliminación paulatina de los derechos sociales), que son las propias sanitarias y profesionales de algunos centros de salud quienes, con su actitud, dificultan el funcionamiento (¡antes aplausos y ahora reproches, qué tristeza!).

Están haciendo lo mismo con otros subsistemas públicos, como las prestaciones sociales, las pensiones, la educación y el acceso a la cultura, pero precisamente ahora, cuando más necesitamos un sistema público de salud fuerte para todo el mundo sin excepción, es cuando se pone mucho más en evidencia su plan de desmantelamiento y su estrategia privatizadora: que todo el que se lo pueda permitir se vaya a la sanidad privada, y así aumentar sus beneficios, para ir dejando la pública solo para los más desfavorecidos económicamente y convertirla, de ese modo, en un servicio asistencial de baja calidad. Es un plan ideológicamente planificado para extraer, una vez más, recursos en beneficio privado. Nos están hirviendo la sangre y, a veces, pienso que no somos del todo conscientes de la gravedad del problema. Como no saltemos y no nos levantemos en defensa de nuestros derechos, pronto ya no tendremos capacidad de reacción y habrán acabado con la sanidad pública. Espero que os vaya bien lo que queda de año y que el venidero sea lo más saludable posible, en el mejor sentido de la palabra, y si el infortunio ronda por nuestros hogares, que tengamos el ánimo y la fuerza para hacerle frente con dignidad y, a ser posible, con los mejores cuidados.

¿OTRO AÑO DE DESPILFARRO O DE CONTENCIÓN?

Por razones personales, que no viene a cuento explicar aquí, he pasado dos días hospedado en un hotel. Uno de esos que suele tener buffet libre para desayunar y que cada cliente puede disponer hasta la saciedad, si quisiera. No hay duda que las imágenes que se producen en esos lugares son un magnífico espejo donde, seguramente, se muestra de manera esclarecedora la voracidad compulsiva de las sociedades opulentas. Reconozco que no soy la persona más indicada para dar lecciones morales sobre buena alimentación porque también tengo el apetito desbordado pero, aunque mi ansiedad muchas veces me hace perder el sentido de la moderación, procuro limitarme a satisfacer mi deseeo con cierto control y responsabilidad. Suele ser difícil que deje algo en el plato.

Uno de esos dos días coincidí en la mesa contigua con una familia de cinco miembros, dos adultos y sus tres hijos. Durante la media hora aproximada que coincidimos en el desayuno, mi estupor no paró de crecer ante lo que estaba viendo. Aquello era un despilfarro inenarrable, un trajín de alimentos de todo tipo llegando a la mesa, de los cuales un porcentaje bastante grande no llegaba a ser consumido. Me pareció una forma de conducta intolerable, pero la ¨buena educación” me contuvo y me limité a soportar mi estupefacción. Sin embargo no pude evitar hacer la foto que os adjunto y que ahora me sirve para ilustrar este comentario.

Como me comentó un buen amigo artista cuando le conté la anécdota, la imagen podría ser un triste bodegón contemporáneo, una parábola sobre el mundo actual. En cierto sentido, también la representación de la miseria moral  de los opulentos y de nuestro egoísmo irresponsable. Así parece que va el mundo, unos lo queremos todo y otros no pueden tener nada, algunos no pueden contener su deseo compulsivo, mientras muchos ni siquiera pueden soñar con una comida digna diaria. Los primeros acumulan de forma ilimitada y los segundos únicamente tienen derecho a recoger los excedentes de la mesa. Seguramente esos padres, incapaces de poner límites a sus hijos, también les enseñarán que, como en aquel buffet libre, podrían hacer lo mismo con el resto de las cosas del mundo.  Me imagino a esos niños, durante estas fiestas navideñas, ahogados en montañas de regalos.

Esa fantasía de desmesura, poder y control, tan recomendada en ciertos manuales de instrucción neoliberal y ampliamente divulgada en determinados círculos sociales, es la peor de las trampas para una especie cuya supervivencia está gravemente amenazada por la degradación a la que estamos sometiendo a la tierra en la que vivimos. Ese tipo de ideología que nos vende la idea de que podemos perseguir cualquier deseo sin límite, ni autocontrol, se fomenta y estimula con la insaciabilidad, y se convierte en la máquina de destrucción más peligrosa, la cara oculta del auténtico problema que debemos afrontar, pero que tanto nos está costando abordar.  Así nos va, al fin y al cabo, la situación actual de deterioro en la que se encuentra el planeta nos es más que la consecuencia de nuestros abusos – por supuesto, los de unos más que los de otras- de un conflicto entre nosotros mismo y los modelos de vida depredadores que somos incapaces de modificar.  ¿Cómo nos vamos a apañar para no exterminar y devorar todo lo que tenemos alrededor si no logramos activar entre tods una racionalidad  (razón y ración) social de autolimitación y autocontención que, como nos recuerda el poeta y ecologista Jorge Riechmann, dependería de seres adultos y ampliamente conscientes de los límites?. Esos padres que creen educar a sus hijos en “libertad” para  actuar como omnipotentes depredadores de buffet, seguramente están criando personas inmorales incapaces de autolimitarse. En el futuro se convertirán en auténticos seres ineptos para pensar en el malestar de cualquier otro ser humano, en personas de escasa empatía y con mínima conciencia social. Como si la libertad fuera sinónimo de consumo y no de justicia y fraternidad. Tal vez, ahora mismo, el gran reto pendiente de las sociedades opulentas sería tener plena consciencia de que, aplicando con cordura social el principio de precaución, lo suficiente nos debería bastar.

CINCUENTA AÑOS YA SON DEMASIADOS

La primera Conferencia Mundial contra el Cambio Climático se organizó en Río de Janeiro en 1992, hace casi treinta años. La última acaba de finalizar hace unas semanas en Glasgow. Veinte años antes el Club de Roma ya había emitido en 1972 el primer Informe Sobre los Límites de Crecimiento, donde se indicaban algunas de las medidas urgentes que debíamos tomar para atajar cuanto antes los efectos perjudiciales causados por el desarrollo económico descontrolado: la degradación ambiental del planeta, los problemas demográficos o el aumento exponencial de las brechas sociales y las desigualdades, causadas por una concentración extraordinaria de capitales en muy pocas manos.

En estos cincuenta años hemos sido testigos de la urbanización del mundo. Más de la mitad de la población mundial vivimos en grandes ciudades, con todo lo que conlleva su ilimitado crecimiento y el abandono de la vida rural. Han crecido de forma inusitada las vías de comunicación terrestre, marítima y área, con consecuencias hasta ahora poco previsibles. Si ir más lejos, la reciente crisis del trasporte y de suministros que ha agravado aún más la desarticulación de un sistema de logística global que ya estaba en un proceso crítico con anterioridad, pero nadie se atreve a reestructurar.   

Viajamos más que nunca y el flujo de turismo global se multiplica de forma imparable; de hecho es responsable de aproximadamente un ocho por ciento de las emisiones globales de los gases de efecto invernadero que se producen en el  mundo. La oferta de vehículos privados a motor de todo tipo se ha diversificado hasta extremos insospechados, mientras las políticas de apoyo al trasporte público siguen sin tener estrategias de crecimiento demasiado clara (los intereses contrapuestos impiden avanzar de forma más coherente).

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RECLAMO EN EL JARDÍN

Según la opinión de un experto ornitólogo, parece ser que en el jardín interior del edificio Sabatini del Museo Reina Sofía hay muy pocos pájaros porque dos urracas reinan en ese territorio y, excepto algún gorrión, ninguno se atreve a anidar allí. A esta causa se suman que la altura del edificio no lo hace muy accesible y que suele haber muy pocos restos de comida ya que la normativa del Museo impide comer en su interior.

El pasado jueves al anochecer María Jerez y Élan d´Orphium (a.k.a. Pablo García Martínez), en su pieza Reclamo en el jardín mediante pequeños utensilios sonoros, trataron de convocar a los pájaros en una especie de concierto para aves. Tras un sutil proceso de mínima sonorización, el jardín se fue llenando de vida. No era fácil saber si las que escuchábamos eran las voces de las aves “reales” o la música “artificial” que producían les artistas hablando al lugar. El acontecimiento artístico estableció una reunión inesperada y fortuita entre naturaleza y cultura. Isabel de Naverán, responsable del programa de artes en vivo del Museo, citando a Donna Haraway, menciona el encuentro con “parentescos raros” para imaginar otras posibilidades de vivir-con y morir-con en un mundo herido, pero no acabado.

En cierto modo sería “hacer mundo”, una especie de apertura a la alteridad, como Bruno Latour nos dice en Cara a cara con el planeta. Una nueva mirada sobre el cambio climático alejada de las posiciones apocalípticas, para poder superar la dicotomía humanista que contrapone naturaleza y cultura que nos ha determinado como especies opuestas, radicalmente separadas. En cierto sentido, este filósofo, sociólogo y antropólogo retoma la noción de pluriverso o cosmograma que el psicólogo y filósofo William James ya en 1909 utilizó para dar cuenta de la interacción de agentes humanos y no humanos en el diseño y transformación de la realidad natural y social.

No podemos negar que esa condición de especie superior ha determinado que cuando queremos aproximarnos a la naturaleza –no de manera idealista– nos hallamos impedidos por la objeción de que el humano es ante todo un ser cultural que debe escapar o, en todo caso, –dice Latour– distinguirse de la naturaleza. Lo que equivale a plantear preguntas muy viejas y fútiles: “¿Quién, dónde, cuando, cómo y porqué? ¿Quiénes somos nosotros que todavía nos llamamos “humanos”? ¿Qué clase de territorio, de suelo, de sitio, de lugar, somos susceptibles de habitar y con quién estamos dispuestos a cohabitar? (…) ¿Qué pasaría, por ejemplo, si diéramos respuestas muy diferentes a las preguntas que sirven para definir nuestra relación con el mundo? ¿Quiénes seríamos? Digamos que terrícolas en lugar de humanos. ¿Dónde nos encontraríamos? Sobre la Tierra y no en la Naturaleza. E incluso, más precisamente, sobre un suelo compartido con otros seres a menudo extraños y de exigencias multiformes.” En esta tarea poética y estética, mundana en su sentido literal, se inscribe el trabajo Reclamo en el jardín de María Jerez y Élan d´Orphium, entendiendo que los pájaros también son nuestros contemporáneos, seres con lo que compartimos territorios, eventos e historias.

De hecho, en la capacidad de evocación que la performance produjo, en mi caso, también pude convocar –porqué no–  la remembranza espiritual de algunos seres que ya no están con nosotros, como el artista Miguel Benlloch o Carolina García-Romeu, trabajadora del Museo, que en el Jardín de las mixturas, desarrollado desde hace unos años en el mismo espacio por un amplio grupo de personas acompañados por la artista Alejandra Riera, tienen plantados en su memoria un granado y un azufaifo respectivamente, como un relato de quienes quedan en nuestro recuerdo. A la manera en la que la filósofa de la ciencia Vinciane Despret, autora de Vivir con los pájaros, nos habla en A la felicidad de los muertos, una serena reflexión sobre el duelo y su capacidad para reclamar y nutrir de nuevo la copresencia vivida en muchos tipos de temporalidad y materialidad. Como el mismo Benlloch escribió en Fanstasma invidente «un pájaro canta, la luz circula por sus ojos y la algarabía interrumpe jaleosa, el cuerpo y el fantasma prosiguen, son naturaleza en relación». Seguramente, en mis próximas visitas al jardín, mis emociones estarán, no cabe duda, mucho más atentas a los cantos de los aves y los susurros de las plantas.

Nota:

1.- El pavo real en Loja (ensayo). Foto Juan Antonio Peinado. Archivo Miguel Benlloch

2.- Quien canta su mal espanta. Acción presentada en Hedonismo crítico. Reinvención y reivindicación, Sala Hiroshima, Barcelona, 2016, producido por El Palomar (Mariokissme y Rafa Marcos Mota). Foto El Palomar. Archivo Miguel Benlloch