El pasado jueves 28 de mayo volví a Sevilla, donde se celebraron las jornadas Narrativas políticas. Con y contra la historia . UNIA arteypensamiento, actividad con la que sigo colaborando puntualmente, ha querido dar visibilidad a la re-agruapación que está realizando de los contenidos generados por sus proyectos, en este caso los vinculados a la reflexión en torno a la vigencia y la potencialidad problematizadora y transformadora de «lo político» en un momento histórico en el que el humanismo como modelo de civilización del género humano ha entrado en crisis.
Fui el encargado de coordinar y presentar estas jornadas en las que pudimos asistir a un interesante diálogo entre el filósofo y activista italiano Franco Berardi (Bifo), autor de libros como La fábrica de la infelicidad (Madrid, Traficante de sueños, 2004), Generación post Alfa. Patologías e imaginarios en el semiocapitalismo (Buenos Aires, Tinta Limón, 2007) o La sublevación(Artefakte, 2013), y Amador Fernández-Savater, director de la última etapa de la revista Archipiélago y, en la actualdad, corresponsable del blogInterferencias.
En este enlace podéis escuchar los audios de todas las charlas de dichas jornadas que se celebraron en la sede de La Cartuja de la Universidad Internacional de Andalucía.
La información, el conocimiento y la cultura son cruciales para la libertad de las personas y el desarrollo humano. A lo largo de la historia los avances tecnológicos relacionados con la comunicación – la aparición de la imprenta, la electricidad, la telefonía, la radio etc. – y el modo de producción o los modelos de propiedad de los que dependen han sido fundamentales para entender el mundo actual y también para determinar cómo podría ser el venidero.
Aunque parezca mentira ya han pasado más de cuarenta años desde la aparición de Internet. A lo largo de estas últimas décadas, la popularización de esta sofisticada red informática mundial, descentralizada, formada por la conexión directa entre computadoras mediante un protocolo especial de comunicación, ha supuesto una transformación radical de todos nuestros sistemas de información y, en consecuencia, de las relaciones socioculturales y económicas que se generan entre las personas, instituciones, empresas y sociedad civil de todo el mundo.
Como es bien sabido Internet consta de un conjunto de protocolos abiertos que permiten interconectar redes sin límite alguno, de forma libre y para cualquier propósito. Su funcionamiento le confiere una naturaleza muy especial ya que su crecimiento exponencial supone una proliferación inusitada de bienes y recursos comunes que podemos compartir sin límites temporales, ni espaciales. En un sentido amplio, Internet no está inexorablemente determinado por su propia tecnología, sino por la posibilidad de que la sociedad pueda optar por diferentes modelos para su desarrollo.
He ahí la cuestión central del debate en torno al futuro de Internet. Según Robert W. McChesney , autor de Desconexión Digital. Cómo el capitalismo está poniendo a Internet en contra de la democracia, la promesa formidable de la revolución digital ha quedado en entredicho a causa del proceso de acumulación monopolística al que está siendo sometido. Para este autor, si se deja que siga su curso el actual modelo, fundamentalmente impulsado por las necesidades del capital y opuesto en gran medida a su potencial democrático, las tecnologías digitales pueden acabar aplicándose de manera extraordinariamente perjudiciales para la libertad y la vida en común.
En cierto modo, si no fuera por las diferentes brechas digitales –disímil desarrollo de infraestructuras, desigualdades culturales y de género, pobreza, analfabetismo digital, etc.- y los cercamientos a los que se ve sometido – privatización, mercantilización, normativización, controles de seguridad, censura, patentes, propiedad intelectual…-, Internet podría considerarse el paradigma económico actual más representativo del denominado “procomún”.
Este antiguo concepto jurídico-filosófico, que hacía alusión a los bienes comunales o de dominio público, volvió a coger vigencia y repercusión pública hace unas décadas, gracias al software libre, al movimiento open source –economía de código abierto- o a las teorías de la estadounidense Elinor Ostrom, premio Nobel de Economía del año 2009 por su análisis de la gobernanza económica, especialmente de los recursos compartidos. Seguir leyendo «REDES SOCIALES Y TECNOLOGÍAS DEL PROCOMÚN»
Si comprobamos cuáles son las áreas que pretende medir el informe PISA (comprensión matemática, lectora y ciencias naturales) no hay duda de que el verdadero propósito de este informe, elaborado por encargo de la OCDE (Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico) estriba en inocular, de forma sutil pero esmeradamente eficaz, una determinada concepción neoliberal y productivista de la educación. ¿Dónde quedan el resto de las facetas del desarrollo humano, la capacitación intelectual integral, la empatía emocional, la inserción social, la imaginación, creatividad y capacidad creadora. ¿Dónde el empoderamiento crítico de l*s alumnos, la educación en la igualdad? ¿Dónde la ética, la filosofía o el arte? En definitiva, marginalr cada vez más el papel de la educación como motor de transformación social e individual. Estas y otras reflexiones ampliadas las podéis encontrar en el artículo del profesor e investigador José Segovia Martín, publicado en el periódico Diagonal
Cuando leemos los periódicos (el asesinato de un ciudadano rumano, una reyerta entre gitanos o una noticia intrascendente como el primer gol de un jugador “negro” del Athletic de Bilbao) o simplemente escuchamos las conversaciones en los trenes, metros, autobuses o calles, se percibe un aumento preocupante de comentarios, actitudes y reacciones con nítidos tintes xenófobos.
En las estadísticas sobre bienestar de la población crecen los índices de rechazo a los inmigrantes y se extiende la repulsa social a que los extranjeros sean beneficiarios de cualquier prestación pública. Al mismo tiempo, aumentan las denuncias por agresiones contra ell*s y por casos de discriminación en el acceso a la sanidad, servicios sociales públicos, vivienda o locales de ocio privado. Parece que el mejor indicador del deterioro del sentido cívico no es tanto el incremento de los índices de criminalidad, sino el crecimiento de una población deseosa de que se criminalice y castigue a sus ciudadanos más marginales. En consecuencia, se desactivan las luchas sociales y políticas por el derecho a la ciudad de tod*s, sin excepción, produciéndose una descenso de la responsabilidad política colectiva y de la reflexión democrática.
En general, el rechazo al extranjero suele apoyarse en argumentos “culturales”, casi nunca en razonamientos ponderados sobre las verdaderas razones de su discriminación social y económica (un marxista diría, análisis de clase). Es decir, lo que les segrega es la diferencia identitaria y no la pobreza. El aval de ciudadanía, la garantía de integración en la comunidad, únicamente estaría asegurado por la adscripción de esos sujetos a determinadas formas de vida o relatos culturales enraizados en convicciones populares, en demasiadas ocasiones resultado de un proceso enfermizo de ensimismamiento social. Además, esa certeza sobre la diferencia cultural –en cuanto verdad o como principio– suele llegar a ser inevitablemente totalitaria y, con demasiada facilidad, converge con actitudes individualistas de absolutismo moral.
Por el contrario, frente a esa concepción cerrada de la identidad, la condición de ciudadana siempre debería ser el resultado de un contrato social nunca completo, porque la pertenencia a una cultura, en términos existenciales, nunca es algo natural, más bien es la consecuencia de una permanente discontinuidad que se naturaliza al mismo tiempo que se altera.
Según precisó Sigmund Freud, la cultura es una especie de convención por la cual cedemos parte de nuestra libertad a cambio de la seguridad de la convivencia y la comprensión mutua, pero ese pacto siempre deja restos insolubles, ininteligibles por donde se cuelan la materia de los sueños, la capacidad creadora –el arte–, la voluntad transgresora o las nuevas subjetividades, en definitiva, los largos procesos de transformación social y cultural que reconfiguran el mundo que habitamos. El malestar en la cultura –que precisamente da título a unos de sus ensayos principales– consiste en ese permanente desajuste del sujeto que se ve desplazado de su vivencia cotidiana y en los procesos continuos de recontextualización de las nuevas significaciones sociales que se ve obligado a realizar.
Como dice Wendy Brown, en La política fuera de la historia, formular el problema de la diferencia como disputas entre católicos o musulmanes, negros o blancos, rumanos, españoles o vascos, en lugar de comprender el carácter antagonista de esas identidades como algo en parte producido por determinadas operaciones históricas (colonialismo, capitalismo, etc.) constituye una postura claramente deshistorizante y despolitizadora. Es un tipo de actitud que conduce, de hecho, no tanto a la elaboración de análisis y búsqueda de estrategias políticas eficaces para la construcción y mejora de la democracia, sino al lamento o culpabilización moralista y a la personificación del conflicto histórico en individuos, castas, religiones, tribus o nacionalidades.
Querer mantener la pureza de la cultura de un pueblo mediante la extirpación sistemática de las formas de vida extrañas o evitando todo tipo de influencias externas –un pensamiento que hoy se defiende cada vez más con gran pasión por los partidarios de las doctrinas racistas– es tan antinatural como infecundo y solo muestra que los soñadores de la autarquía cultural piensan en una Europa excluyente, encerrada en las propias murallas de sus viejas naciones. Si Europa quiere seguir jugando un papel importante en este mundo globalizado, debe comenzar por entenderlo bien y comprendernos mucho mejor entre nosotr*s. Como decía Hannah Arendt la pluralidad es la condición de la acción humana debido a que tod*s somos lo mismo, es decir humanos, aunque nadie sea igual a cualquier otro que haya vivido, viva o vivirá. Así pues, nada mejor que la cultura -entendida como crisol de diversidades y herramienta para la transformación social– y la libre circulación de saberes para la lucha contra el fanatismo y el racismo.
Durante las fiestas navideñas, las metáforas sobre la vida y la felicidad son recurrentes. No en vano, el solsticio de invierno es la ocasión propicia para celebrar la renovación del ciclo vital y despertar esperanzas. La misma celebración del nacimiento de Jesús también es una alegoría cristiana sobre la llegada de la nueva luz, es decir, el comienzo de los días más largos en el calendario solar.
Los medios de comunicación y, sobre todo, la publicidad son especialmente proclives a vincular estas fechas con el renacer de las ilusiones perdidas y los sueños malogrados.
Este año, ha destacado por méritos propios el anuncio donde vemos a un apesadumbrado hombre entrado en años, llamado Manuel, que baja al bar Antonio, obligado por su pareja. Allí, los habituales parroquianos del lugar celebran felices que les ha tocado la lotería, pero lamentablemente él no puede compartir su alegría porque, por su precariedad económica, precisamente ese año no ha podido adquirir su habitual boleto. Por supuesto, en la parte final del spot, esa cruda realidad es sustancialmente alterada -en sentido totalmente opuesto- cuando el contrariado protagonista comprueba emocionado que, gracias a la generosidad de su amigo también tenía reservado su correspondiente décimo.
El efecto mágico de la transmutación de la realidad se ha producido y de esa manera, gracias a la “bondad y humanidad” de Antonio, nos podemos olvidar del paro y la pobreza, las causas por las que Manuel no pudo comprar su pequeña parcela de ilusión anual. Una bonachona ficción ambivalente, pero profundamente reaccionaria, sea impone a la triste realidad, intensamente política, que hay que camuflar con todos los medios posibles para que estos días la felicidad del consumo y la aparente vida ordinaria no sea vea alterada. El espejismo funciona.
En cierto modo, se parece mucho a los discursos optimistas del gobierno y los de los líderes económicos europeos empeñados en demostrarnos que lo importante es la economía de los poderosos, motor del progreso y, en consecuencia, fuente de bienestar para el resto de los mortales. Nos quieren hacer creer, mediante deslumbrantes datos macroeconómicos, que la economía de nuestra vida cotidiana también ha superado la crisis. Por tanto, podemos celebrar con cava y caviar el fin del malestar social, a pesar de que, a renglón seguido, admiten que todavía hay unos que sufren más que otros.
Esa Europa que un día se fundó, precisamente, sobre los principios del humanismo ilustrado y la justicia social, parece empeñada -ahora más que nunca- en aplicar políticas de inspiración monetarista y competitividad económica, por encima de los principios constitucionales que un día la señalaron como ejemplo del mundo.
De este modo, Manuel, más que un feliz elegido por la fortuna, parece un vivo ejemplo de esa política antihumanista que nos parece decir, bien a las claras, que si queremos competir con economías emergentes debemos aplicar, no solo políticas de austeridad, sino medidas radicalmente opuestas al denominado estado del bienestar. Es decir, como nos recuerda Franco Berardi “Bifo” en La Sublevación, si esos países tiene unos costos laborables más bajos que los europeos, debemos rebajar los salarios; para ser competitivos con esas economías, cuya jornada de trabajo jamás se termina y cuyas condiciones laborales están privadas de toda regla y derecho, también nosotros debemos abolir los límites del trabajo, desregular nuestros derechos, convertir en obligatorio lo extraordinario y renunciar a la seguridad en el trabajo.
Ahí está, sin ir más lejos, la última propuesta de libre comercio entre la Unión Europea y EEUU: Asociación Transatlántica para el Comercio y la Inversión, conocida como TTIP, que aumentaría, más si cabe, el poder de las grandes empresas, desregularizaría los mercados, rebajando los niveles de protección social y medioambiental de forma drástica; y para favorecerlo, también se limitaría la capacidad de los gobiernos para legislar en beneficio de los ciudadanos así como el poder de los trabajadores en favor de los empresarios. Sus mayores críticos también lo califican de una pesadilla para la democracia.
La crisis económica, que desde 2008 marca el paso de las políticas económicas de las sociedades más ricas, ha introducido en nuestras casas, en la de Manuel y muchos de sus vecinos, en nuestras vidas, lo que la ficción de la promesa capitalista de una vida mejor para todos nos permitía ignorar: los límites humanos, sociales y ambientales del actual régimen de explotación del mundo global. Así, la evolución del régimen imperante, requiere no solo la revocación de la herencia humanista, tan falsamente cacareada estos días, sino ya puestos, si aceptamos que esta palabra significa algo, la abolición de la democracia.
El hambre no es de derechas ni de izquierdas, dice Santiago Alba Rico en las últimas páginas de su reciente libro ¿Podemos seguir siendo de izquierdas? y añade: cuando se pide sólo pan se acaba poniendo el propio destino en manos de un ejército golpista, lo mismo que en las de un Partido Comunista autoritario…la verdadera revolución no llegará – tenía razón Simone Weil- cuando los débiles pidan fuerza. Únicamente llegará cuando los hambrientos pidan e insistan en pedir más democracia (y los saciados pidan sólo pan). Según el autor de Capitalismo y nihilismo por esa misma razón conviene ser de izquierdas hoy, antes de que sea demasiado tarde, sin muchas certezas, junto a la matrona griega y el conductor de autobuses madrileño, anticapitalistas furibundos que, sin embargo, mientras la izquierda siga siendo arrogantemente histórica, seguirán votando y apoyando a las derechas.
En el actual debate sobre una posible convergencia de las fuerzas sociales que reclaman una transformación del sistema, más allá del espacio político tradicional que ocupa la socialdemocracia liberal (y que merecería un análisis concreto) no tengo duda de que, a lo largo de todos estos años, el aparato del PCE, con sus viejas maneras de entender el poder y el papel de la vanguardia, es uno de los principales obstáculos para generar políticamente un espacio social incluyente con capacidad instituyente -se llame como se llame- y que sea capaz de modificar las reglas de juego socioeconómicas, impuestas durante tantos años por las fuerzas políticas y/o económicas del orden constituido. Prácticamente, desde la instauración o imposición de la monarquía parlamentaria, todos los intentos de crear un movimiento social y político amplio y plural han sido, de una u otra forma, fagocitados y cancelados por la burocracia del partido. Seguir leyendo «PODEMOS SER DE IZQUIERDAS»