VIVIR EN TRÁNSITO

A principios de los años sesenta del siglo pasado, en mi temprana adolescencia, el pueblo donde vivía, Tolosa, era profundamente conservador y todavía muy ensombrecido por el franquismo. En las calles únicamente se veían mujeres y hombres blancos que vivíamos de acuerdo a nuestros roles de género (también era evidente que nosotros éramos mucho más visibles y preponderantes en los espacios públicos, sociales y políticos). Aquella era la vida “normalizada” de una España viril y católica donde los chicos y chicas, separados debidamente, aprendíamos, entre otras cosas “Formación del espíritu nacional”, y después nos casábamos para formar familias dentro de un orden “natural”, se decía. 

Sin embargo, no era exactamente así. En ciertas conversaciones se escuchaban comentarios sobre algunas chicas “putas” o “marimachos” y chicos “raros”, “afeminados” o “maricones”. A veces se les señalaba con nombre y apellidos para subrayar su “anormalidad” y así ridiculizarles más o, siguiendo los preceptos de la iglesia y el orden moral establecido, se remarcaba su “pecado” para condenarles al peor de los desprecios o al ostracismo social. Nos enteramos que algunos se habían ido del pueblo, sin saber del todo si aquel destierro era “voluntario” o fueron literalmente expulsados; que eran tratados como enfermos, incluso encerrados en instituciones psiquiátricas, es decir, patologizados, o que también se les podía enviar a la cárcel. 

Descubrí que aquella realidad normalizada estaba atravesada por otra mucho más compleja que, desde luego, no era como nos la hicieron creer. Tan solo tuve que mirar más allá de las convenciones y preguntarme qué significaba ser homosexual o lesbiana. Comencé a descubrir otros mundos a través del cine y de la literatura, pero también en mis primeros viajes a Bilbao, Zaragoza, Barcelona o Paris. Allí, en ocasiones, nos colábamos en aquellos populares cabarets de barrios significados (La Palanca o Las Cortes, El Tubo, El Raval o el Barrio Chino, Pigalle etc) donde se mostraban otras formas de vida en cuerpos disidentes: travestis y transexuales, pero también mujeres barbudas o “monstruos” tullidos y todo tipo de mutantes. 

Así fui abriéndome a otros imaginarios, primero a cuenta gotas y después a raudales. Lo hacía como otros, muchas veces a porrazos contra nuestra propia subjetividad heteropatriarcal, aprisionada por el nacionalcatolicismo y el puritanismo. Pude ver en el cine a Joan Crawford y Mercedes McCambidge travestidas de vaquero en Johnny Guitar, a Sal Mineo enamorado de James Dean en Rebelde sin causa o a Shirley Maclaine de Audrey Hepburn, en una soterrada relación lésbica en La calumnia. Más tarde descubrí el cine de Pasolini, Visconti (tengo que recordar con especial cariño al Padre Agustín de Zumaia que, de manera excepcional , ahora casi inexplicable, nos daba clases de cine y se encargaba del cine club del colegio) o, algo más tarde, en el cine club del pueblo algunas películas de Fassbinder. Incluso, en aquella España timorata de los setenta, Vicente Aranda realizó Cambio de sexo, donde Bibi Anderson se mostró en su condición de primer transexual popular de este país; o vimos a un magistral José Luis López Vázquez convertido en mujer en Mi querida señorita. Pero también comenzamos a desvelar la homosexualidad de Rimbaud o Verlaine, García Lorca y Oscar Wilde, la de Vicente Alexandre o Virginia Wolf, Elena Fortún, Ana María Moix; nos llegó aquel raudal de literatura erótica de la colección La sonrisa vertical, editada por Esther Tusquets, por donde se colaban relatos que hablaban a gritos de sexualidades estalladas, de todo tipo. Pudimos leer algunos ensayos sobre otras formas de entender la sexualidad como El arte de amar de Erich Froom o La lucha sexual de los jóvenes La función del orgasmo de Wilhelm Reich, El informe Hite. Estudio de la sexualidad femenina de Sharon Hite o El segundo sexo de Simone de Beuavoir, puerta por donde entraron las primeras teorías de género y aquella idea fundamental de que “no se nace mujer, se llega a serlo” porque es la historia del poder patriarcal quien crea el estatus femenino.   

Mientras en lo personal el mundo se ensanchaba, poco a poco, en el exterior las calles empezaron a ser un espacio público mucho más heterogéneo. Las luchas, a veces separados y otras muchas juntas, de feministas, lesbianas, homosexuales, travestis y transexuales comenzaron a politizar los cuerpos y a exigir también su derecho a la ciudad democrática. A algunos heterosexuales, aquellas ruidosas y coloridas movilizaciones, aquel estallido reivindicativo nos permitió atravesar críticamente nuestra masculinidad, seguir siendo hombres sin necesidad de “sacar pecho” para demostrarlo, abrir en canal nuestra subjetividad y dejarnos afectar por otras formas de vida (estos días se puede ver en los cines la reposición de El chico, película centenaria en la que Charlot, el célebre personaje de Charles Chaplin, interpreta a un hombre pobre, en apariencia insignificante, pero capaz de hacerse cargo y cuidar amorosamente de un niño abandonado por su madre soltera, y dispuesto también a utilizar la fuerza defensiva para proteger a su hijo de otras violencias autoritarias que les acechan, como el policía, el matón). Aquella  explosión de potencias sexuales liberadas y cuerpos disidentes también nos permitió pensar que, parafraseando a  Judith Butler, era posible disputar o deshacer el género, entendido como construcción social de dominación y, por tanto, a pesar de que alguien se empeñe en situar su teoría queer en el marco del individualismo neoliberal, también pensar el transfeminismo como potencia antirracista y anticapitalista.  

Cuando Paul B. Preciado, en su discurso ante la “Ecole de la cause freudienne de Francia”, publicado en Yo soy el monstruo que os habla. Informe para una academia de psicoanalistas (Anagrama, 2019)(emulando a Pedro el Rojo, el personaje de Informe para una Academia que Fraz Kafka,también autor de La metamorfosis,  describió en aquel simio que poco a poco se va convirtiendo, a su pesar, en un hombre para poder salir de la jaula) se dirige a tres mil quinientos terapeutas de la psicología -muchos de los cuales terminaron abucheándole- también habla, en cierto modo, a cierto feminismo tránsfobo que sigue insistiendo en que, por respeto a la naturaleza, las mujeres y los hombres estamos sujetos a una condición biológica que no admitiría ningún tipo de excepción; ni siquiera ese porcentaje de cuerpos “intersexuales”, antes conocidos como “hermafroditas”, que al nacer -aunque no sea fácil asignar inmediatamente sexo determinado- se les aplica una taxonomía binaria estricta incuestionable, como lo exige el discurso y los procedimientos médicos y psiquiátricos, impidiendo así que pueda vivir de acuerdo a su condición, sea la que fuere.  

El autor del informe-que en Texto yonqui, además de sus primeras experiencias  con la testosterona, contó como en su Burgos natal, conservador y católico, cuando todavía era Beatriz, tuvo que atravesar su particular odisea para poder dejar de ser una mujer como entonces correspondía- les dice a ls psiquiatras que alguien que vivió como mujer durante varias décadas y se incorporó después al mundo de los hombres, sin instalarse completamente en él – subraya- nunca ha querido convertirse en un hombre como los otros porque, entre otras cosas, su violencia y su arrogancia no le seducían (…) la masculinidad naturalizada no era más que nueva jaula. Únicamente, buscaba una salida: adonde fuera (…) si mientras cabo este túnel hacia la salida he aceptado el nuevo yugo de ser reconocido como hombre es para mostrar mejor la falacia que subyace a todas las identificaciones de género- no he dejado  de ser completamente Beatriz para convertirme solo en Paul- (…) Las huellas que la vida pasada dejó en mi memoria se han hecho cada vez más complejas y singulares, de modo que es imposible decir que hasta hace seis años fui simplemente una mujer y que después me convertí simplemente en un hombre. Prefiero mi nueva condición de monstruo en transición, a las de mujer u hombre, porque esa condición es como un pie que avanza en el vacío yseñala el camino a otro mundo”.  

Unos años antes de esta conferencia Preciado en una columna publicada en el 2013  en Liberation y recopilada en Un apartamento en Urano. Crónicas del cruce (Anagrama, 2019)se preguntaba (deduzco que pensando también en su propia experiencia): “¿Quién defiende los derechos del niño diferente? ¿Quién defiende los derechos del niño al que le gusta vestirse de rosa? ¿Y los de la niña que sueña casarse con su mejor amiga? ¿Quién defiende los derechos del niño homosexual, del niño transexual o transgénero? (….) en definitiva, ¿quién defiende el derecho del niño a crecer en un mundo sin violencia de género  y sexual?” 

Desde aquella temprana juventud, cuando comencé a preguntarme por el mundo, más allá de la convenciones,  nunca he dejado de aprender del movimiento LGTBT de la manera en la que iban encontrando “salidas” a las múltiples maneras de ser y vivir sus condiciones sexuales heteróclitas. Es cierto que, en cierto modo, todos tenemos identidad o, desde otro punto de vista y mejor dicho,  como el propio Paul subraya, nadie tiene identidad, porque todos ocupamos un lugar distinto en una red compleja de relaciones de poder, en una infinita variación de modalidades de existencia. Después de tantas luchas compartidas y a pesar de las diferencias, no puedo comprender la ola de transfobia que últimamente se ha levantado entre algunas feministas esencialistas. Claro que, a lo largo de la historia ha habido  diferencias en las políticas del feminismo, pero desde la experiencia personal tan sólo puedo decir que siempre las he entendido como complementarias y como una suma de potencias para abordar los procesos de liberación que nos conciernen a tods. En mi vida nada fue igual desde comencé a tener amigos gays, lesbianas o transexuales. Además, he vivido esas afectos como una manera indivisible, junto a otras luchas emancipadoras, de hacer frente al mundo heteropatriarcal, racista y capitalista. Seguramente porque, de alguna manera, también trato de encontrar  saberes disidentes, respuestas a las preguntas sobre mi propio ser, y de vivir en tránsito. Ahora, como mínimo, que no es poco, puedo decir que ya no soy aquel que en los años sesenta no tenía ni idea de lo qué significaba ser lesbiana, maricón o marimacho y, sin duda, se lo debo a todas esas personas que asumieron, de forma pública o privada, el riesgo de hacerse visibles y luchar por su autodeterminación y  reconocimiento.   

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