¡TERESA DE JESÚS Y ABRE ESPAÑA!

Estos días hemos vuelto a comprobar que, con la escusa de las novatadas y las bromas estudiantiles de muy mal gusto, o las mal entendidas tradiciones universitarias, algunos jóvenes –hombres y mujeres- quieren seguir perpetuando ciertos cánones de la masculinidad machista y la feminidad resignada a los discursos patriarcales. Con esos gritos al unísono de los alumnos de un colegio mayor madrileño llamando putas ninfómanas a sus vecinas de enfrente, al parecer, vuelven sin rubor los hombres de pecho abombado premeditadamente antifeminista y también de mano alzada franquista, como recuerda Santiago Alba Rico en España (Lengua de trapo, 2021) al mencionar a Santiago Abascal.

Durante siglos, tras la expulsión de musulmanes, judíos y posteriormente moriscos, para ser español era necesario ser estrictamente católico y hombre. No en vano, el apóstol Santiago, paladín de la victoria contra herejes y bandera única de la unidad nacional, es el patrón de España. De ahí el tristemente célebre “santiago matamoros y cierra España”. Sin embargo, en el libro citado  Alba Rico dice, de manera metafórica, que el apóstol Santiago sería descabalgado de su blanco corcel por la reformadora Teresa de Ávila, la monja andarina, cuya santidad se celebró el 15 de octubre. Estas dos célebres figuras del imaginario hispano -insiste- también podrían representar dos formas  muy diferentes de entender la historia de España y las diversas maneras y grados de des/identificación con la nación.

El misticismo de Teresa Sánchez de Cepeda, primero perseguido, enseguida selectivamente reivindicado, era la variante ibérica de la modernidad y la reforma, opuesta a la visión medieval de los “santos guerreros”, la anticuada Caballería satirizada también por Cervantes en Don Quijote de la Mancha (por cierto, cuando la extrema derecha española ensalza al caballero manchego, se olvida de que el ingenioso hidalgo cabalgaba a duras penas; lo intentaba pero nunca lo conseguía del todo, porque era un guerrero incompleto y fallido, siempre a punto de caer de su rocín). 

Santiago apóstol era –lo sigue siendo para determinados entusiastas patriotas- la proa de cierta España viril, de pecho abombado y barba sin almohaza, imperial y curil, dice literalmente Alba Rico. Sin embargo, enfrente estaba aquella mujer que recorría a pie los pueblos, una mujer nieta de judíos que escribía –entonces exclusiva arrogancia masculina- y que sin ser docta ni leer latín pretendía enseñar a los hombres. También reclamaba su derecho a fundar una orden que, siendo ella defensora de la austeridad, admitiera a las mujeres más pobres, sin necesidad de aportar ninguna dote. Una mujer que además desaconsejaba el matrimonio, como sujeción peligrosa de la voluntad y a la que había perseguido la Inquisición por afinidad con los “alumbrados”, secta mística y herética relacionada con el protestantismo. “Mujer rebelde y vagabunda”, según palabras del entonces nuncio del Vaticano- “fémina inquieta y andarina, desobediente y contumaz que inventaba malas doctrinas”. Centenares de mujeres del siglo XVI y XVII empezaron a escribir a cerca de sí mismas, siguiendo su ejemplo, en un proceso de introspección que anticipaba en los conventos el derecho de las mujeres a la soledad, que les estaba socialmente prohibida. Tal vez, adelantándose a los tiempos,  en búsqueda de su cuarto propio, como escribiera Virginia Wolf.  Según Alba Rico, no se puede desdeñar este choque simbólico entre un santo viejo y falso caballero, mítico matador de antiespañoles, y una mujer de a pie quedo, con pluma en mano, que defendía el trabajo y procedía de un linaje “impuro”.

Estos último años Santa Teresa ha estado de moda. Y aunque parecía que Santiago andaba de capa caída, algunos de sus caballeros andantes pretenden sacarlo de nuevo a pasear para que el papel de los hombres españoles vuelva al preeminente lugar histórico que, según dicen, están perdiendo por culpa de las feministas, el lobby gay, las lesbianas, transexuales, inmigrantes y antiespañoles progres de todo tipo .

En Malas compañías (Galaxia Gutenberg, 2022) reciente recopilación de textos de Marina Garcés, en el capítulo “La loca de la casa”, donde habla sobre La lengua en pedazos, la obra que el dramaturgo Juan Mayorga dedica a la santa de Ávila, la filósofa dice que Teresa no solo tenía visiones, sino que leía demasiado, además sin disimulo y sin miedo a la represión que trataron de infligirle a lo largo de su vida.

Tal vez, únicamente por eso, para que la mediocridad falsamente mítica de un tiempo pasado no regrese, ahora es más necesario que nunca leer a Teresa de Ávila porque, lamentablemente, igual que entonces se quemaban en la hoguera a brujas y herejes o peligrosos sociales ahora vuelven los fantasmas de nuevas inquisiciones, en forma de totalitarismos autoritarios o, en su versión más hipócrita, con la arrogancia política de quienes nos señalan a los que hablamos demasiado contra el clasismo, la colonización y el racismo; defendemos los derechos sociales para todas las personas, sin distinción, también los avances del feminismo o el ecologismo; y estamos a favor de vivir en una España que sea capaz de construirse democráticamente desde su propia complejidad histórica.

«SIN LÍMITES» O COMO REPETIR LAS NARRATIVAS CONVENCIONALES SOBRE LA PRIMERA VUELTA AL MUNDO

El 6 de septiembre se conmemoró el V centenario de la llegada de la nave Victoria a Sanlúcar de Barrameda, tras dar la primera vuelta al mundo tres años después de su partida desde el mismo puerto. Como suele ser habitual en este tipo de conmemoraciones, durante estos años se han producido todo tipo de actividades culturales para rememorar la travesía.

Si hacemos un ligero recorrido por las páginas web de las instituciones promotoras se comprueba que, en lugar de ahondar en la complejidad histórica de los hechos, casi todas las propuestas se han dedicado a engrandecer más a sus héroes, en especial ―diría más, únicamente― a sus líderes, Fernando de Magallanes y Juan Sebastián Elcano, e insistir en los relatos convencionales que continúan fortaleciendo todo tipo de narraciones heroicas, patrióticas o identitarias. Lamentablemente, esta manera de contar la historia, que se escribe sobre todo a partir de las biografías de reyes y actores individuales, neutraliza la importancia de los hechos sociales y olvida que, más allá de las gestas particulares, había unas condiciones políticas, económicas y materiales que determinaban la existencia de las personas y las razones de su participación en los acontecimientos.

A quién pertenece la tierra. Iconoclasistas (2017-2022) en Giro Gráfico, Museo Reina Sofía, Madrid

Una gran parte de los eventos finales de la conmemoración se han celebrado en Sevilla y la gran mayoría han seguido los cánones habituales de este tipo de celebraciones, incluido –faltaba más- el enésimo espectáculo de la Fura del Baus, que en esta ocasión, con su parafernalia usual, presentaba una gran sirena de 500 kilos, embajadora de la sostenibilidad y del planeta azul (no podía faltar algún gesto a la retórica verde). Además, el ayuntamiento de la ciudad, en un alarde de falta de imaginación política, también denomina “Magallanes” a su nuevo centro cultural, un histórico edificio del S.XVIII con 20.000 metros cuadrados disponibles en la antigua “Fábrica de artillería”, de alto interés arquitectónico y, actualmente, en vías de rehabilitación. Respondiendo a muchos de los objetivos requeridos por las actuales políticas culturales europeas y sus estrategias económicas, el equipamiento se destinará–como no- al “Emprendimiento de las Industrias Culturas y Creativas”.

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LA CORONA BRITÁNICA, LOS MUSEOS Y LA MIRADA COLONIAL

Muchas veces a mi pesar, haber visto estos días atrás los actos funerarios en honor de la reina Isabel II de Inglaterra y los de la coronación de su hijo Carlos III ha sido como pasearse por un museo viviente de antiguas reliquias; como si el tiempo no hubiera pasado por la institución monárquica y toda la parafernalia visual que la rodea se hubiera quedado suspendida en una época atemporal. También se ha puesto en evidencia que todo ese pomposo ceremonial forma parte de la identidad de una institución que, para hacernos creer que está por encima de los avatares de la historia, tiene que subrayar su atemporalidad y su carácter anacrónico. Nada más lejos de la realidad, porque precisamente esa condición extemporánea pone de manifiesto su propia debilidad y cuestiona su legitimidad contemporánea. La institución monárquica, aunque se nos muestre como un museo viviente, nunca puede estar exenta de su responsabilidad con la historia.

En este caso concreto, pensando en museos, al lado de la prepotencia institucional mostrada sin pudor alguno, convendría también recordar el ingente patrimonio acumulado por Gran Bretaña durante el reinado de esta dinastía familiar, los Windsor, que hunde sus raíces, a su vez, en la anterior Casa de Sajonia, periodo histórico que corresponde con el de máximo esplendor del Imperio Británico y su expansión colonial.

  1. Foto 1 Pinturas banderas. 1981 Archivo Memoria Abierta. Elvan y Dark Sarkis en Giro Gráfico Museo Reina Sofía, 2022
  2. Foto 2 La conquista de la tierra 2022 Daniel de la Barra en Processi Academia de España en Roma

El patrimonio de la corona y la de la propia familia real, el British Museum, la National Gallery, el Natural History Museum, el Victoria and Albert Museum o el Imperial War Museums, por citar algunos, son depositarios de obras de arte, objetos de gran relevancia histórica o bienes suntuarios de todo tipo, vinculados de una forma u otra con ese periodo imperial. Al igual ocurre con otros museos europeos, también algunos españoles.

Desde su fundación en 1946, el ICOM, Consejo Internacional de Museos, ha cambiado en diferentes ocasiones la definición de “museo” con el fin de adaptar su contenido al devenir de la historia y ponerlo en conexión con el papel social del patrimonio universal. En el último congreso celebrado el pasado mes de agosto en Praga, tras un intenso debate, se acordó una nueva definición que viene a ampliar algunas cuestiones nominativas tradicionales sobre su misión y objetivos. Además de volver a señalar sus funciones clásicas relacionadas con coleccionar, conservar, interpretar y exhibir el patrimonio, han aparecido conceptos que tienen más que ver con otras preocupaciones institucionales actuales, como la preocupación por la sostenibilidad y, sobre todo, la participación e inclusividad ética, nociones vinculadas con la implicación activa de las comunidades cada vez más diversas en las que se inscriben.

En este sentido, se avanza en una de las cuestiones de fondo que hasta ahora siempre había quedado en suspenso, si los museos deben o no plantear la condición colonial de sus colecciones. En esta ocasión, aunque la cuestión de la decolonización no aparece en la actual definición, lo cierto es que sí está recogida en el nuevo código deontológico. Es un paso importante para replantear críticamente el papel de estas instituciones en relación con su materialidad histórica. En esa misma dirección, la catedrática de Historia del Arte Estrella de Diego, en su reciente El Prado inadvertido (Anagrama, 2022) también reflexiona sobre las transformaciones que, a partir de las relecturas de la historia del feminismo, los estudios de género, la teoría queer o la decolonial, los museos deberían proponer en los modos de presentar y mirar las obras de arte.

Afortunadamente, cada vez hay más instituciones que ponen en cuestión sus propias narraciones museográficas (de hecho quiero destacar el loable ejercicio de autoreflexión que, con escasos medios, lleva a cabo el actual equipo del Museo de Antropología de Madrid). Del mismo modo que los museos han ido aprendiendo que sus categorías podían ser revisadas para que se incluyesen mujeres, también deberían asumir, con más atrevimiento, el reto de replantear sus discursos identitarios nacionales y, de ese modo, revisar la concepción colonial del patrimonio, en ocasiones, resultado de largos procesos de acumulación económica, apropiación indebida, extractivismo material y desmemoria histórica.

Deduzco que no es tarea fácil y, más aún, cuando a veces se escuchan opiniones estentóreas como aquella que Isabel Ayuso, presidenta de la Comunidad de Madrid, exclamó sin que, mezclando churras con merinas una vez más, se le cayera la cara de vergüenza: “…el indigenismo es el nuevo comunismo”. Más allá de algunos ejercicios puntuales loables, soy consciente de que es una osadía plantear modificaciones “revolucionarias” –ya no hablo de restituir legado, porque sería harto complicado desvelar los “derechos de propiedad” a la luz y a las sombras de la legislación actual sobre propiedad patrimonial-  pero me pregunto si no sería posible llevar a cabo más riesgos renovadores, gestos estético y políticos que, incluso desde el error, se atreviesen a abrir caminos diferentes hacia la posibilidad de contar el mundo desde teorías y prácticas del conocimiento que evidenciaran la substancia colonial de los actuales patrimonios públicos. He aquí otra de las potencias museográficas que se podrían explorar con más osadía para una nueva cartografía del patrimonio mundial.

A IÑIGO SALABERRIA

El viernes pasado me llegó la noticia del fallecimiento de Iñigo Salaberria. Aunque, por la evolución de su enfermedad, ya sabíamos que pronto podría ocurrir, la verdad es que el subconsciente siempre se niega a admitir que, tarde o temprano, inexorablemente la muerte viene a nuestro encuentro.

Cuando una amiga me lo comunicó, le comenté – no estoy seguro de la razón- que últimamente la memoria se empeña en enredarme los recuerdos. Algunos, que en su momento parecieron importantes, se desdibujan junto a las personas con las que los compartí. Otros, sin embargo, preservan su vitalidad y, en algunos casos, adquieren nuevos relieves inéditos. Los recuerdos que tengo de Iñigo, al que hacía mucho tiempo no veía (hace unos meses pudimos intercambiar algúnos mensajes personales amistosos) pertenecen a esta segunda variante. En una extraña geometría de los afectos, la memoria los ha protegido del olvido. De repente, se me hicieron nítidas las imágenes de la laguna de Bláalonid, en las cercanías de Reykjavik que aperecen en su obra Byrta Mirkur o se multiplicaron los paisajes y los colores de Diario Dogon y La noche navegable realizadas en sus viajes a África. Pero también se hizo visible su deambular por los pasillos de Arteleku, donde estuvo varios años compartiendo espacio y conocimientos.

Sus obras iniciales fueron de las primeras en formar parte de aquella pionera “Videoteca” -su nombre aparece en el tercer tomo del catálogo, ordenado en orden alfabético entre Ulrike Rosenbach y John Sanborn; participó activamente en las tres ocasiones que se celebraron los “Encuentros de videocreación”, entre 1987 y 1989, junto a Eugeni Bonet, Eugenia Balcells o Carles Pujol, entre otros; dirigió un taller de video sobre su obra en 1994; colaboró con la revista Zehar, donde escribió en 1996 Pintura en movimiento; y fue el director del segundo video que realizamos ese mismo año para promover la institución; también uno de los primeros responsables de la pionera digitalización de numerosos materiales audiovisuales del Centro de Documentación, por encargo de su responsable Miren Eraso Iturrioz. Fue, en definitiva, uno de los artistas que más y mejor  entendió lo que la institución le ofrecía y, en respuesta, también fue de los que, implicándose personalmente en varios proyectos y comprometiéndose activamente con otras creadoras y compañeros, mejor supo agradecerlo. Además con creces y generosidad, como me lo recordaba el mismo día del fallecimiento Isabel Herguera, otra artista ejemplar de aquella institución con la que colaboró en numerosas ocasiones. Por otro lado, durante bastante años, Salaberria compartió espacio de trabajo con mi hijo Iñigo en Tolosa y nos vimos en alguna ocasión.

Desconozco totalmente la manera en la que la memoria hace sus elecciones y la forma en la que prioriza los recuerdos, pero estos meses, en los que Iñigo ha ido haciendo su transición vital – me cuentan que con una admirable dignidad-  una y otra vez, su vida ha estado presente, bien hablando con amigos que convivimos en Arteleku, comentando su trabajo artístico o recordando su trayectoria personal y profesional.

Cada día que pasa, según voy envejeciendo, me resulta más emotivo pensar en la muerte y, aunque sea una paradoja inexplicable, a la vez más reconfortante. De hecho, lo hago muy a menudo porque empiezan a ser numerosas las vidas cercanas que van abandonando este mundo y, como forma de afecto y a modo de reconocimiento, dedico mucho tiempo a pensar sus vidas o nuestras comunes experiencias personales. Seguramente también porque sus existencia -en este caso la de Iñigo- no desaparecerán del todo si en mi memoria viven sus recuerdos y, además, puedo compartirlos con los que aún seguimos aquí. Es decir, como dice Vinciane Despret, si continuo “conversando” con él, pensando en él, porque los muertos, dice la autora de A la salud de los muertos ( La oveja roja, 2022) solo lo están verdaderamente si dejamos de darles conversación. En cierto modo, conservación. Si no los cuidamos – añade- mueren totalmente. De ahí la importancia de los rituales sagrados o paganos –al fin y al cabo son lo mismo- de los gestos terrenales para resguardarlos del olvido, de preservar algunos objetos personales – a veces un simple reloj o un pañuelo usado- de mantener las vigilias rememorativas, de visitar sus restos o acudir al lugar donde en su día los esparcimos, o pasear por los que compartíamos. De hecho, esos lugares nunca son ya los mismos, están afectados por su presencia ausente.   

Rememorar la vida de los difuntos es permitir que sigan influyendo en el devenir de los vivos. Cuando los evocamos, los convocamos. Al recordar sus biografías o comentar anécdotas cotidianas, tejemos un telar de emociones que compartimos en la comunidad, en la familia, con amigas y compañeros. Esos relatos nos arropan, nos salvan del miedo a nuestro propio final. Los muertos son también nuestras vidas, ocupan un lugar en nuestro espíritu, tienen sentido, en cierto modo, sensibilidad vital, de alguna manera, como Iñigo Salaberria, siguen entre nosotros si seguimos manteniendo algunos vínculos. Que así sea.   

CON EL FALO EN EL CEREBRO

Este verano están proliferando las noticias sobre pinchazos realizados por hombres contra mujeres con el deleznable objetivo de adormecerlas, hacerles perder la consciencia y, de ese modo, reducir la capacidad de control sobre sus cuerpos y, aunque no se haya podido demostrar, quizás para agredirlas sexualmente o robarles. En cualquier caso, con la intención de someter su voluntad para sojuzgarlas, restringir su autonomía y libertad de movimiento. Esta forma reciente de dominación se suma a otras como la sumisión química, la presión intimidatoria o la premeditada organización de grupos –las tristemente famosas “manadas”- para cometer todo tipo agresiones sexuales. Detrás de esas formas de dominación se esconde una maquinaria de control –sofisticadas tecnologías de género- sobre el cuerpo de las mujeres en el espacio público que, de manera retorcida, propone una vuelta al puritanismo para adscribirlas a una concepción pasiva y sumisa de la sexualidad y así perpetuar el rol activo dominante del hombre macho.

Cuando leo este tipo de información siempre me pregunto qué tendrán estos tipejos en el cerebro. Tan solo se me ocurre pensar que en lugar de cierta inteligencia razonable -presupuesta a cualquier ser humano- tienen un enorme y enfermizo falo que, para su desgracia, les impide pensar más allá de su impotencia. ¿Cómo es posible que todavía existan hombres que, como auténticos depredadores, salgan a las calles a hostigar a las mujeres -o a otros cuerpos- para convertirlas en meros trofeos de su pulsión sexual primaria?. Lamentablemente, para estos energúmenos la mujer se convierte en un simple objeto deshumanizado y su placer es una forma depravada de autosatisfacción en la que el cuerpo poseído pierde cualquier cualidad humana.

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ALTA VELOCIDAD Y BAJA SENSATEZ 

Estos días, las noticias relacionadas con graves alteraciones en nuestros cercanos ecosistemas de vida son una letanía continua: alta contaminación atmosférica y de radiación solar; olas de calor inéditas con un aumento exponencial de muertes por golpes de calor y proliferación de incendios cada vez más difíciles de sofocar; deshielo irreparable de los glaciares pirenaicos; desaparición de humedales o marismas y de las especies animales vinculadas a esos medios naturales; sequía generalizada y alteraciones en el medio agrícola y ganadero; embalses con reservas en mínimos históricos lo que traerá escasez de suministro y avisos alarmantes de próximas restricciones, etc. Incluso fuentes de investigación oficiales, como el último informe “Impacto y vulnerabilidad al cambio climático en Gipuzkoa” elaborado por la Fundación Naturklima, anuncian que las previsiones para las próximas décadas indican un aumento de los riesgos climáticos.

A estos fenómenos locales recientes se suman otros de carácter mundial que también nos afectan: drástica reducción de los casquetes polares; aumento del nivel del mar y aumento de temperatura de sus aguas; acidificación de los océanos; preocupantes niveles de ozono en la troposfera, la capa de la atmósfera más cercana a la Tierra; crecimiento inusitado del anticiclón de las Azores, determinante para la climatología europea; fenómenos meteorológicos extremos en lugares donde no eran habituales hasta ahora; tempestades ciclónicas atípicas y aumento de inundaciones; pérdida de biodiversidad vegetal y animal (por ejemplo, la degradación de la gran Amazonía es alarmante), aumento de enfermedades infecciosas derivadas de las alteraciones en el equilibrio entre los ecosistemas animales y humanos,…

Es imposible separar unos efectos de otros ya que, según investigaciones científicas especializadas y contrastadas, todos obedecen a los niveles extremos a los que están llegando las emisiones de gases de efecto invernadero, principal causa del calentamiento global y de las alteraciones climáticas, producidas por el abuso que los humanos hacemos de combustibles fósiles como el carbón, el petróleo y el gas natural.

Sin embargo, a pesar de todas las evidencias, como dice Emilio Santiago Muiño, autor de Rutas sin mapa. Horizontes de transición ecosocial (Catarata, 2014), la gran paradoja y la triste realidad de nuestro tiempo es que lo ecológicamente necesario, es decir, la reducción drástica de emisiones de CO2, es casi políticamente imposible. El mismo día que el diputado foral de Medio Ambiente de Gipuzkoa presentaba el informe de Naturklima, el presidente del Gobierno de España  asistía en Burgos a la inauguración del primer tramo concluido del nuevo AVE Madrid-Irún. Con esta obra el tiempo del viaje, en la actualidad, se acorta en veinte minutos y, cuando esté finalizado en su totalidad, permitirá realizar el recorrido completo en una hora y media menos de lo que se tarda en la actualidad. Para la construcción de esta descomunal infraestructura viaria, se está creando un trazado nuevo, destruyendo cualquier obstáculo geofísico, atravesando montañas, sobrepasando valles y ríos que impidan la aceleración temporal del viaje. Solo en los 175 kilómetros que atraviesan el País Vasco se están construyendo setenta y un viaductos y ochenta túneles.

Al día siguiente cogí el tren en Tolosa para regresar a Madrid. Tardé cinco horas y media en realizar al viaje. Vi una película, me dormí, leí un buen rato, consulté información en las redes sociales, conversé brevemente con la persona que ocupaba el asiento contiguo, me tomé un aperitivo, observé el paisaje en numerosas ocasiones, hablé por teléfono, y al final del trayecto me pregunté qué habría ganado mi vida si hubiese llegado a Madrid una hora y media antes, incluso dos, y quiénes salían más beneficiados con este despilfarro económico.

Todo esto sin insistir en la premisa de Einstein de que la velocidad es una percepción subjetiva, pero también – aunque él no lo señalara de forma explícita- una manera de activar determinadas maneras de producción y consumo y nuestros modos de vida aceleradas. Hace bastantes años que en Velocidad y política el filósofo Paul Virilio nos advirtió que vivimos atrapados en una subjetividad de la aceleración, inculcada por diferentes estructuras de poder, que él denomina “dromopolítica” -la velocidad del dominio político- que se desplegaría en una especie de intersección de disciplinas: la ciencia militar, la economía, la física, el diseño, la arquitectura, el urbanismo, etc.

Nos hemos acostumbrado a vivir en una sociedad de deseos ilimitados. Hemos olvidado que nuestras necesidades básicas son mucho menores de lo que nos creemos y estamos empecinados en vincular determinadas formas de progreso con calidad de vida. En esta cultura de la desmesura en la que vivimos se rechaza la desaceleración, no queremos frenar (no hay más que comprobar como están estos días los aeropuertos del mundo), tenemos miedo a asumir con placer la suficiencia y siempre queremos más. Si embargo eso es justamente lo que deberíamos hacer, aceptar los límites, volver a sentir la satisfacción de la autocontención.

El ejemplo de los trenes de alta velocidad es tan solo uno entre otros muchos que evidencian la dificultad que tiene el modelo de economía capitalista que domina nuestras vidas para conciliar ecología y política. A un lado están las políticas que impulsan la acumulación de capital y los desorbitados beneficios empresariales, los derechos de propiedad inalienables, con todo el poder de sus inercias y su fuerza coercitiva. Al otro, el derecho a la vida y al futuro de un planeta habitable.

Tampoco debemos olvidar que bajar la velocidad en nuestra vida, debe ir acompañada de políticas distributivas en la economía del trabajo, de la producción y del consumo. No se trata de convertir la desaceleración en un nuevo capricho “slow” para privilegiados, sino de hacer posible que, activando las medidas necesarias, todas podamos hacerlo a la vez para que, parafraseando a la investigadora Olivia Muñoz-Rojas, algunos no lo hagamos bajo la comodidad del aire acondicionado y otros a golpe de penalidades. 

Es evidente que la cadena de acontecimientos que estamos padeciendo han agudizado los malestares y nos han situado ante el espejo de nuestra vulnerabilidad como especie humana. Contra  cualquier pesimismo apocalíptico, que casi siempre nos conduce a futuros distópicos paralizantes, o frente a fantasías tecnocientíficas que nos prometen un mundo feliz sin preocupación, tan sólo me queda especular sobre la posibilidad utópica ― cierta esperanza sin optimismo, diría Terry Eagleton― de que, dejando atrás la individualización acelerada en la que nos encontramos, algún día nos paremos pararnos a pensar y actuar juntos con más cordura, prudencia y, sobre todo, con mucha mayor imaginación política.