La palabra “democracia” se compone de otras dos de origen griego, demos, que significa “pueblo” y kratos que quiere decir, “poder” o “gobierno”. En su libro En las ruinas del neoliberalismo. El ascenso de las políticas antidemocráticas en Occidente (Traficantes de sueños 2021), Wendy Brown nos recuerda que, en contraste con los conceptos oligarquía, monarquía, aristocracia, plutocracia, tiranía, dictadura o gobierno colonial, democracia significa la capacidad de llegar a acuerdos políticos a través de los cuales el pueblo gobierna sus derechos y deberes.
Para esta eminente filósofa y politóloga, la igualdad política es la base de la democracia. Cuando esa igualdad está ausente o se destituyen los derechos constitucionales, sea por exclusiones específicas o por privilegios, por disparidades sociales o económicas extremas, el poder político se ejerce por y para una parte más que para el conjunto. De esa manera el demos deja de gobernar.
Sobre todo en países como el nuestro que viene de una larga tradición absolutista, la historia de la democracia es el testimonio mas fidedigno de la genealogía de los derechos humanos. Cuanto más se amplían y extienden por la sociedad, más calidad democrática. Y, al contrario, cuando se cercenan la democracia se debilita y muchos sectores sociales quedan expuestos a la exclusión o ven amenazados sus derechos con métodos coercitivos y autoritarios. Por eso tenemos que ser conscientes de que la conquista de los derechos siempre es potencialmente conflictiva. Para que la democracia tenga sentido y no se convierta en un significante vacío hay que aumentar cada vez más su radio de acción y combatir cualquier intento reaccionario para restringirla.
La cuestión por antonomasia que ha vertebrado la historia de la filosofía y, en gran medida de nuestra existencia en la Tierra, han sido las preguntas por el ser y las formas de identidad humanas, así como sus relaciones con las otras especies que habitan el planeta y las cosas materiales que lo conforman.
Paul B. Preciado dice en Dysphoria mundi(Anagrama, 2022) que el cuerpo vivo es el objeto central de toda política y que la tarea principal de las técnicas gubernamentales – “biopolíticas”- es fabricar nuestros cuerpos, ponernos a trabajar, definir nuestros modos de producción y reproducción, prefigurar los discursos a través de los cuales llegamos a decir “yo” o “nosotr+s”. Así, el sujeto heterosexual y la nación soberana son las principales construcciones de esas tecnologías de subjetivación y poder. Una vida ordenada sería por tanto una forma de naturalización del cuerpo, de la identidad o de la pertenencia, y el carné de identidad y el pasaporte los principales documentos que dan fundamento jurídico a nuestros datos personales -incluido el sexo explícito- y nacionalidad.
Aunque algunos pensemos que nuestra identidad es una entelequia y las naciones construcciones que se pueden derrumbar y reconfigurar, también somos conscientes de que el sentimiento de pertenencia nos da seguridad y nos protege, pero a la vez constatamos que nos encierra en un yo bloqueado y un nosotros defensivo. Es decir, nos proporciona una inmunidad que, de acuerdo con Roberto Esposito, autor deInmunitas. Protección y negación de la vida(Amorrortu, 2003) y Communitas. Origen y destino de la comunidad(Amorrortu, 2005) construimos colectivamente en comunidad a través de criterios culturales, sociales y políticos que producen en paralelo soberanía y exclusión, protección y estigma, vida y muerte.
Walter Benjamin ya nos recordó que la historia se escribe desde el punto de vista de los vencedores y nos invitaba a interrumpir la repetición de las opresiones normativas, reescribiéndola a contrapelo desde el punto de vista de los vencidos y excluidos. Esto supone -dice Paul B. Preciado- deshacer los nudos del tiempo, arrancar las palabras a los ganadores para ponerlos de nuevo en la plaza pública, donde puedan ser objeto de un proceso de resignificación colectiva. La historia de la insurrección política -añade- es una colección de gestos prohibidos, de movimientos del cuerpo que se salen de la coreografía social. En los mapas de la opresión se inscribirían también los caminos de la liberación. Cuando el poder deviene biopoder, la resistencia deviene poder de la vida.
Estos días que se celebra por todo el mundo el Día Internacional del Orgullo LGTBIQ+, viene bien rememorar que esta conmemoración se instauró en recuerdo de los disturbios de Stonewall, ocurridos contra la represión policial que tuvo lugar el año 1969 en aquel pub de Nueva York, donde habitualmente se encontraban numerosos homosexuales, afeminados, travestis, drags queens, transexuales, transgénero, prostitutos o jóvenes sin techo. Aquellas revueltas formaron parte de otras iniciativas activistas organizadas para reafirmar el sentimiento de orgullo sobre las orientaciones sexuales e identidades de género tradicionalmente marginadas y reprimidas. También para visibilizar su presencia en la sociedad, en un país donde el sistema legal seguía siendo hostil con cualquier sexualidad que no fuera heteronormativa y donde, además, se extendía una peligrosa fobia social contra las comunidades LGTBIQ+, como de manera muy preocupante está ocurriendo de nuevo entre determinados sectores sociales vinculados a movimientos ultra reaccionarios de todo el mundo. Además, en estos tiempos en que, despojándola de su intrínseco carácter político y transgresor, la cultura de la diversidad está siendo estetizada banalmente y capitalizada por procesos de mercantilización, es importante recordar que el movimiento apareció asimismo como una crítica al clasismo y al racismo dentro del propio movimiento homosexual en Estados Unidos.
Tanto es así que aquellos hechos deberíamos insertarlos en una lista interminable de gestos de insurrecciones históricos que sería inabarcable: revueltas campesinas, huelgas obreras, revoluciones antimperialistas, levantamientos contra el esclavismo y el racismo, luchas pacifistas, feministas y ecologistas, etc. Nuestro devenir mundo común sería como una constante dinámica de contrapesos sociales e institucionales entre las lógicas afirmativas de las “potencias” que se sublevan por la emancipación y las negativas de los “poderes” que se constituyen en sistemas de orden y pacificación, pero también de sometimiento y sumisión.
Los cambios de paradigma nacen de esas tensiones diferenciales. Ninguna institución ni forma de pensamiento puede permanecer encerrada en sí misma sin un punto de vista exterior que quiebre sus lógicas internas, por muy razonadas que sean. El reconocimiento y aceptación de esta dialéctica política, capaz de asumir todo tipo de emergencias, disidencias, confrontaciones y conflictos, es lo que distingue a una sociedad democrática de otra totalitaria.
También Esposito, en su reciente Institución (Herder, 2022) , sitúa en el centro de la cuestión la relación enigmática entre institución y vida humana, pero nunca – dice- consideradas como dos polaridades divergentes solo destinadas a enfrentarse, sino como los dos aspectos de una única figura que dibuja a la vez el carácter vital de las instituciones y el poder instituyente de la vida, capaz de regenerarse a lo largo del tiempo.
La historia y las formas que la representan son un permanente campo de conflicto: un laberinto de poderes y contrapoderes, de insurgencias y entronizaciones, de apariencias y espejismos. Abarrotada de arquitecturas de poder y ruinas olvidadas que nos podrían hablar con silencios elocuentes, de monumentos levantados a héroes, pocas heroínas y muchos mártires, de narraciones que ensalzan acontecimientos vinculados a los poderosos pero también de relatos populares que cantan a anónimos protagonistas. La historia es un campo de batalla y a la vez una tregua intermitente que nos regala la posibilidad de una vida en común. Entre la pulsión de vida y muerte transcurre nuestra existencia en la Tierra, entre construir y derruir, entre el afán del interés particular por acumular y la aspiración a cuidar y distribuir.
Los espacios públicos están repletos de huellas que ensalzan y vanaglorian un pasado con muchas sombras y demasiados capítulos de la historia poco dignos de reconocimiento. Signos, símbolos, nomenclaturas o representaciones clasistas, aristocráticas, patriarcales, racistas, militaristas, coloniales o de exaltaciones religiosas. Ahí están para hablarnos de grandezas y miserias. Si, en función de criterios contrapuestos, tuviéramos que derribar todos esos significantes no pararíamos de demoler y tampoco sabríamos establecer los límites concretos de esas acciones destructivas.
En los gobiernos democráticos actuales hay un acuerdo tácito para eliminar todo tipo de símbolos que perpetúen la memoria de regímenes dictatoriales y, en ocasiones, erigir otros reparadores. Por citar algunos, se hizo tras la Segunda Guerra Mundial en Alemania, Italia o Francia, afectados por la dictadura nazi; en los países del este de Europa tras la caída de la Unión Soviética; en Sudáfrica tras el régimen de apartheid o en algunos países latinoamericanos tras las dictaduras de Pinochet o Videla.
Parece mentira, pero dos días después de que la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica de EE.UU. advirtiera de que, desde que hay registros oficiales, la temperatura media de los mares y océanos ha batido en este mes de abril su récord, un grupo de quince personas activistas y científicas ecologistas de Rebelión Científica declaraban en un juzgado de Madrid, acusadas de desórdenes públicos contra las altas instituciones del Estado, alteración del funcionamiento del Congreso de los Diputados ydaños contra el patrimonio.
La acción pacífica de la que se les acusa, llevada a cabo unas semanas antes, tenía como objetivo denunciar la pasividad de los gobiernos, empresas e instituciones ante la crisis climática y se inscribía en el marco de otras movilizaciones internacionales. Estos llamamientos se hicieron unos días antes de que el IPCC (Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático), organización dependiente de la ONU, publicara su demoledor último informe, redactado por destacados especialistas. Entre muchas constataciones –casi todas muy preocupantes-, y como botón de muestra, el documento nos alerta de que en ningún momento de los últimos dos millones de años las concentraciones de CO2 en la atmósfera terrestre han sido tan elevadas como en la actualidad (este aumento de dióxido carbono es una de las principales causas del calentamiento global que estamos padeciendo). Hace unos días se publicó un nuevo informe de la OMM (Organización Meteorológica Mundial) también con datos espeluznantes sobre olas de calor y sequías, aumento del nivel de mar, destrucción del hielo y otros indicadores muy preocupantes.
Los días previos y posteriores al 8 de marzo, Dia Internacional de la Mujer, he vuelto a escuchar en boca de muchos hombres y no pocas mujeres numerosos comentarios despectivos, más o menos explícitos, contra el feminismo y, en concreto, el transfeminismo. Coletillas impertinentes o mordaces sobre su radicalidad verbal, su insolencia política o su dogmatismo ideológico. En el fondo, eufemismos de todo tipo para poner en cuestión los avances del movimiento feminista inclusivo.
Aunque parezca que el progreso en derechos es irrevocable, siempre viene bien recordar a Simone de Beauvoir cuando, a mediados del siglo pasado, ya advertía a las militantes feministas: “jamás se debe olvidar que bastará una crisis política, económica o religiosa para que los derechos de las mujeres vuelvan a ser cuestionados. Nunca se deben dar por adquiridos, debéis permanecer vigilantes toda vuestra vida”.
Las libertades civiles y el derecho para ejercerlas han sido logros que, mediante movilizaciones, muchas de ellas feministas, se han ido arrebatando a los diferentes sistemas, patriarcales y coloniales, de orden económico, social, cultural. No hay que retroceder mucho en el tiempo para comprobarlo. Cuando esta autora escribió El segundo sexo (1949) en Francia estaba prohibido el aborto, que no sería legalizado hasta 1975. Annie Ernaux, reciente Premio Nobel de Literatura, en su libro El acontecimiento (Tusquets, 2000) narra su propia experiencia de soledad, incomprensión social, clandestinidad, sufrimiento psicológico y físico cuando en 1963, siendo estudiante de filología, descubre que estaba embarazada. Un angustioso recorrido vital para conseguir un aborto clandestino con el consiguiente riesgo para su vida (este excelente relato tiene en la película del mismo título una magnífica versión, dirigida por Audrey Diwan en 2021) Y una año antes, en La vergüenza (Tusquets 1999), Ernaux escribe cómo a los doce años descubre que su padre maltrata a su madre, y recorre el ambiente sofocante y opresor que imponían los códigos de conducta y las normas sociales machistas imperantes.
En España, durante el franquismo, las mujeres ni siquiera se podían divorciar, los homosexuales eran perseguidos y encarcelados u obligados a vivir en el anonimato y la clandestinidad, al igual que las mujeres lesbianas; y las pocas personas trans que asumían su condición estaban condenadas a sobrevivir en los márgenes de la sociedad o a tener una existencia camuflada en la vida del ocio nocturno. En muchos lugares del mundo todavía hoy estas personas viven en parecidas circunstancias, privadas de libertad, amenazadas, asesinadas o recluidas en el ámbito familiar, con escasas posibilidades de desarrollar una vida pública plena.
Este texto lo utilicé como introducción en un diálogo con la psicoanalista Vilma Coccoz y el filósofo Javier Echeverria, coordinadores del ciclo Crisis de la contemporaneidad organizado por el centro cultural KM Kulturgunea de Donostia/San Sebastian.
Imagino que me invitaron porque en algún momento de sus conversaciones pensaron que soy un tipo muy contemporáneo o que, debido a mi trayectoria profesional, tengo buenos argumentos para saber qué significa serlo.
Sin embargo, he de confesar que me ocurre algo parecido a lo que San Agustín pensaba cuando en sus Confesiones se interpelaba sobre el sentido del tiempo y se respondía a sí mismo que, si nadie se lo preguntaba, lo sabía, pero si intentaba explicarlo no lo sabía. Salvando las distancias, con uno y con el otro, quizás me ocurra también lo que a Baudelaire que, a pesar de ser considerado el poeta que abre la puerta a la experiencia de la modernidad en el arte, se resistía a la vida moderna pese a estar comprometida con ella.
Por mi parte, aunque me esmero en vivir desde mi condición de sujeto comprometido con su tiempo histórico, he de admitir que desde hace bastantes años también me resisto a muchas de sus inercias. Es una resistencia obstinada. Algunas personas que viven cerca de mí, dicen que, por lo insistente, a veces es cansina. Padezco una forma de “extrañamiento” respecto al devenir del mundo, de mí mismo y de la relación que aun sigo teniendo con lo que se conoce como contemporaneidad, esa especie de fugaz presente que nos obliga a correr contra el tiempo.
Alguien podría decir -ya me lo dicen- que soy otro viejo cascarrabias cansado, dando lecciones desde el agotamiento. Sin embargo, no es del todo así, porque cuantas más dudas tengo sobre lo contemporáneo – o mejor dicho las maneras de abordar el progreso y sus formas materiales y simbólicas- más consciente soy de que tienen que ver con formas de decepción y a la vez con una persistente esperanza que se sitúan mucho más atrás en el tiempo. Pero a pesar de sentir cierta rabia por los desengaños, por el aumento de la desigualdad y el racismo junto a la reacción patriarcal, la violencia machista, los feminicidios, la crisis climática y la guerra y, aunque el hielo se funda, las mareas suban, las temperaturas se alteran como nunca y las bombas, lejos o cerca, no dejan de caer, también me alegro por las potencias que veo desplegarse en muchos movimientos sociales. Sin ir más lejos, las manifestaciones en defensa de la sanidad pública universal o el ecofeminismo transinclusivo y antirracista que estos días hemos vuelto a ver en las calles, a ritmo de rebelión y metamorfosis.
Estas paradojas anímicas, se podrían rastrear en ciertos cambios de estrategia que, coincidiendo con los movimientos antiglobalización del siglo pasado, traté de implementar en el programa de Arteleku y, unos años después, tras la gran crisis financiero inmobiliaria, conocida como “La gran recesión”, que estalló en el 2008/09 coincidiendo poco después con el resurgir en las plazas del 15M en el año 2011, en el proyecto inicial de la candidatura para la Capital Europea de la Cultura 2016 que escribimos a varias manos entre el 2010 y 2011. Proyecto que se inspiró, entre otras aportaciones, en un texto que me encargó el que fuera alcalde de Donostia/San Sebastián, Odón Elorza, antes que me nombraran director del proyecto. No en vano, titulé aquellas reflexiones Se acabó la fiesta. La burbuja cultural: educación, ecología y cultura, un nuevo trinomio social. Este texto también estaba impregnado de cierta irritación, a la vez, que de entusiasmo. De hecho, ganamos aquella absurda competición. No creo que sirviera para gran cosa, así que después del entusiasmo, otra vez la decepción.
La filósofa Marina Garcés en su reciente Malas compañías (Galaxia Gutenberg, 2022) insiste en que sin la experiencia de la extrañeza no puede haber pensamiento. Ella habla de formas de pensamiento que nos expongan no tanto a lo que está por venir que, en cierto modo, sería el paradigma temporal de lo que venimos entendiendo como contemporaneidad, sino a lo que está por volver a mirar, a pensar o a escuchar. Algo así me ocurrió cuando hace unos días fuimos juntos a ver la exposición de Leonora Carrington, cuya biografía en sí misma es un grito de desesperación; estigmatizada, violada por una manada de requetés franquistas, psiquiatrizada en Santander y a la vez una vida plenamente comprometida con la libertad. Un auténtico redescubrimiento que me permitió leer su obra a la luz de su visión protoecologista e indignada ante la actitud depredadora de la especie humana foto.