No tengo ninguna duda de que el feminismo, más allá de las grandes ideologías, es uno de los movimientos políticos y culturales más importantes de los últimos siglos. Sin la lucha de las mujeres más comprometidas con su libertad, los seres humanos jamás hubiéramos conseguido muchos de los derechos que actualmente se consideran inalienables. Pero a pesar de los progresos, la mayoría de los actos de dominación, discriminación, acoso, control, abuso, aislamiento, secuestro, agresión psíquica, física o sexual y asesinatos en todo el mundo se siguen ejerciendo contra mujeres, porque sus cuerpos aún son un territorio de poder bajo sospecha. Cuerpos que, por encima de su condición biológica, en palabras de Beatriz Preciado, son una somateca, un archivo político y cultural donde se inscriben todas las prácticas de dominación hegemónicas: discursivas, epistemológicas, científicas, farmacológicas, económicas, mediáticas y visuales. Así pues, las prácticas feministas, antiesclavistas, de descolonización, queer, transexuales, transgénero, de tullidos, podrían releerse como movimientos de rebelión somática, formando parte de un proceso de sublevación de cuerpos excluidos del contrato democrático ilustrado.
Como la jurista internacional costarricense, Roxana Arroyo, nos recuerda en «Violencia sexual contra las mujeres», es muy necesario recordar el camino recorrido hasta nuestros días y, sobre todo, apoyar las luchas que todavía se dan en distintos puntos del mundo, porque, aunque parezca mentira, hasta la Conferencia Mundial de Derechos Humanos de Viena de 1993 no se reconoció oficialmente que “los derechos de las mujeres y las niñas forman parte integrante e indivisible de los derechos humanos universales». Seguir leyendo «BARBARIE Y PATRIARCADO»