RECONOCIMIENTO

El Diccionario de la Real Academia de la Lengua dice que un reconocimiento es la acción de reconocer o reconocerse y, en una segunda acepción, agradecer los bienes recibidos. En su dimensión moral y filosófica, como ya apuntó Hegel en El sistema de la eticidad, el reconocimiento se lleva a cabo mediante distintas formas de amor, derecho y solidaridad, que podrían, a su vez, configurar el campo de lo que se denominan políticas de la amistad o, su reverso, la enemistad. Aunque también sabemos que, entre ambas, se camuflan los intereses, la hipocresía o la mera banalidad social.

No tengo ningún reparo en reconocer que me enorgullezco de haber estudiado y aprendido con esmerada atención de la trayectoria profesional de Manuel Borja-Villel, desde que a principios de los años noventa fuera director de la Fundación Tàpies que, en lugar de convertirla en un mausoleo para el artista, consiguió trasformarla en un referente para muchos de nosotros; de haber colaborado en la siguiente década con diferentes proyectos artísticos cuando ambos dirigíamos respectivamente Arteleku y el MACBA, en aquellos años en los que, a pesar de todas las dificultades, paradojas y contradicciones, también intentábamos establecer acuerdos de colaboración con algunos movimientos sociales relacionados con prácticas artísticas y culturales comprometidas con la crítica política; y estos últimos quince años, de haber atendido muy de cerca, y con mucho interés, su trabajo como máximo responsable del Museo Reina Sofía. En consecuencia, ahora que se ha despedido de la dirección de uno de los museos de arte contemporáneo más importantes del mundo, por fortuna – podía haber sido todo lo contrario- de compartir un sincero afecto mutuo que espero perdure, más allá de nuestras diferencias de criterio en relación a algunos modos de hacer y concebir la gestión institucional. Estoy seguro que seguiré atento y expectante a las propuestas que desarrollará en sus próximos destinos.

Así pues, desde mi juicio subjetivo – ¿cuál no lo es? –  no me cabe duda que Borja-Villel es una de las figuras más relevantes del sistema institucional que gobierna el arte contemporáneo internacional. Del mismo modo, en el contexto local, una de las pocas figuras directivas que, con pertinaz capacidad analítica y de forma tan continuada, ha logrado situar las instituciones que ha dirigido en una permanente disposición crítica respecto a ellas mismas, con sus rémoras burocráticas o inercias complacientes, y en relación con las tensiones sociales y políticas externas, con los riesgos y, en consecuencia, aciertos y fracasos que esa actitud conlleva.

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POLÍTICAS DEL PAISAJE: RECUPERAR, RESTAURAR, REGENERAR Y RENATURALIZAR

El periodista Andrés Rubio en España fea. El caos urbano, el mayor fracaso de la democracia (Debate, 2022) analiza las causas del deterioro y la destrucción de los paisajes españoles. Hace hincapié sobre todo en los de la costa, pero sin olvidar los pueblos, que han visto cómo se han despoblando, y las ciudades del interior, haciendo hincapié en el desastre urbanístico de Madrid. Se hace muchas preguntas y examina de forma pormenorizada las razones por las que algunas políticas urbanísticas locales han sido tan dañinas con el paisaje. Durante las últimas décadas, a causa de las políticas económicas orientadas al turismo masivo y al consiguiente crecimiento de las industrias de la construcción, no ha dejado de crecer el proceso de urbanización caótico de las costas peninsulares y la tendencia a la concentración de la población en las grandes ciudades.

Es evidente que en las últimas décadas, debido a las necesidades demográficas y los modelos de ciudad propiciados por un crecimiento económico prácticamente incontrolable, la construcción inmobiliaria y de redes viarias o la arquitectura de servicios han ido ganando terreno al territorio verde, a las huertas, las arboledas, los prados o las alamedas fluviales, las cuales también forman parte sustancial de las ciudades. Casi sin darnos cuenta, o al menos mirando para otro lado, nuestros hábitats se han ido conformando a base de asfalto y cemento. Es verdad que esa dinámica constructiva se suele corregir con la creación de parques y jardines, pero las políticas ambientales y mucho menos la agenda ecológica, lamentablemente, todavía ocupan un lugar secundario o testimonial en las prioridades política, cuando debían ser prioritarias.

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ARTE Y NATURALEZA. CATEDRALES Y GLACIARES.

Cuando tenía doce o trece años, siendo todavía un niño, mi padre me llevó de viaje a Los Alpes franceses y cerca de Chamonix pude visitar el glaciar Mer de Glace. Recuerdo cuando, después de bajar unas escaleras instaladas en su ladera, entramos en su interior. Jamás se me ha olvidado aquella imagen, ni la impresión que me causó la grandeza de aquellos valles y montañas. Tal vez algo parecido me ocurrió, cuando unos años después, siendo ya un joven viajero, entré por primera vez en la catedral de Notre Dame de Paris. Aquellas sensaciones nunca las he olvidado y, de una forma u otra, se encarnaron en mi vida.

Cuando en 2019 la catedral ardió, con sus vigas de madera como motor de combustión, algo en mi interior se rompió. Entonces muy poca gentes se preocupaba de que cerca de allí estaban desapareciendo los glaciares alpinos, entre otros el Mer de Glace. Se llegó a decir que la civilización europea estaba siendo devorada por las llamas. Poca gente se acordaba de que también la selva amazónica de Brasil estaba siendo esquilmada de forma incontrolada por las políticas extractivistas y depredadoras de Bolsonaro, que encabezaba junto a Trump, Putin y otros lideres globales una ciega y furiosa corriente internacional de pensamiento negacionista que rechaza a toda costa los efectos del cambio climático. De igual modo, Isabel Ayuso, la presidente de la Comunidad de Madrid, decía hace unos días que los cambios del clima se han producido a lo largo de toda la vida y que las proclamas ecologistas no son más que trampas ideológicas para implantar el comunismo.

No se había apagado todavía aquel incendio histórico y las autoridades francesas ya habían decretado la reconstrucción de la Catedral, cuya reapertura está prevista para el año 2024. Estos años, el dinero público y privado habrá llegado a raudales para hacerla resurgir de las cenizas, mientras los glaciares se derriten abandonados a su trágico destino. 

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¡TERESA DE JESÚS Y ABRE ESPAÑA!

Estos días hemos vuelto a comprobar que, con la escusa de las novatadas y las bromas estudiantiles de muy mal gusto, o las mal entendidas tradiciones universitarias, algunos jóvenes –hombres y mujeres- quieren seguir perpetuando ciertos cánones de la masculinidad machista y la feminidad resignada a los discursos patriarcales. Con esos gritos al unísono de los alumnos de un colegio mayor madrileño llamando putas ninfómanas a sus vecinas de enfrente, al parecer, vuelven sin rubor los hombres de pecho abombado premeditadamente antifeminista y también de mano alzada franquista, como recuerda Santiago Alba Rico en España (Lengua de trapo, 2021) al mencionar a Santiago Abascal.

Durante siglos, tras la expulsión de musulmanes, judíos y posteriormente moriscos, para ser español era necesario ser estrictamente católico y hombre. No en vano, el apóstol Santiago, paladín de la victoria contra herejes y bandera única de la unidad nacional, es el patrón de España. De ahí el tristemente célebre “santiago matamoros y cierra España”. Sin embargo, en el libro citado  Alba Rico dice, de manera metafórica, que el apóstol Santiago sería descabalgado de su blanco corcel por la reformadora Teresa de Ávila, la monja andarina, cuya santidad se celebró el 15 de octubre. Estas dos célebres figuras del imaginario hispano -insiste- también podrían representar dos formas  muy diferentes de entender la historia de España y las diversas maneras y grados de des/identificación con la nación.

El misticismo de Teresa Sánchez de Cepeda, primero perseguido, enseguida selectivamente reivindicado, era la variante ibérica de la modernidad y la reforma, opuesta a la visión medieval de los “santos guerreros”, la anticuada Caballería satirizada también por Cervantes en Don Quijote de la Mancha (por cierto, cuando la extrema derecha española ensalza al caballero manchego, se olvida de que el ingenioso hidalgo cabalgaba a duras penas; lo intentaba pero nunca lo conseguía del todo, porque era un guerrero incompleto y fallido, siempre a punto de caer de su rocín). 

Santiago apóstol era –lo sigue siendo para determinados entusiastas patriotas- la proa de cierta España viril, de pecho abombado y barba sin almohaza, imperial y curil, dice literalmente Alba Rico. Sin embargo, enfrente estaba aquella mujer que recorría a pie los pueblos, una mujer nieta de judíos que escribía –entonces exclusiva arrogancia masculina- y que sin ser docta ni leer latín pretendía enseñar a los hombres. También reclamaba su derecho a fundar una orden que, siendo ella defensora de la austeridad, admitiera a las mujeres más pobres, sin necesidad de aportar ninguna dote. Una mujer que además desaconsejaba el matrimonio, como sujeción peligrosa de la voluntad y a la que había perseguido la Inquisición por afinidad con los “alumbrados”, secta mística y herética relacionada con el protestantismo. “Mujer rebelde y vagabunda”, según palabras del entonces nuncio del Vaticano- “fémina inquieta y andarina, desobediente y contumaz que inventaba malas doctrinas”. Centenares de mujeres del siglo XVI y XVII empezaron a escribir a cerca de sí mismas, siguiendo su ejemplo, en un proceso de introspección que anticipaba en los conventos el derecho de las mujeres a la soledad, que les estaba socialmente prohibida. Tal vez, adelantándose a los tiempos,  en búsqueda de su cuarto propio, como escribiera Virginia Wolf.  Según Alba Rico, no se puede desdeñar este choque simbólico entre un santo viejo y falso caballero, mítico matador de antiespañoles, y una mujer de a pie quedo, con pluma en mano, que defendía el trabajo y procedía de un linaje “impuro”.

Estos último años Santa Teresa ha estado de moda. Y aunque parecía que Santiago andaba de capa caída, algunos de sus caballeros andantes pretenden sacarlo de nuevo a pasear para que el papel de los hombres españoles vuelva al preeminente lugar histórico que, según dicen, están perdiendo por culpa de las feministas, el lobby gay, las lesbianas, transexuales, inmigrantes y antiespañoles progres de todo tipo .

En Malas compañías (Galaxia Gutenberg, 2022) reciente recopilación de textos de Marina Garcés, en el capítulo “La loca de la casa”, donde habla sobre La lengua en pedazos, la obra que el dramaturgo Juan Mayorga dedica a la santa de Ávila, la filósofa dice que Teresa no solo tenía visiones, sino que leía demasiado, además sin disimulo y sin miedo a la represión que trataron de infligirle a lo largo de su vida.

Tal vez, únicamente por eso, para que la mediocridad falsamente mítica de un tiempo pasado no regrese, ahora es más necesario que nunca leer a Teresa de Ávila porque, lamentablemente, igual que entonces se quemaban en la hoguera a brujas y herejes o peligrosos sociales ahora vuelven los fantasmas de nuevas inquisiciones, en forma de totalitarismos autoritarios o, en su versión más hipócrita, con la arrogancia política de quienes nos señalan a los que hablamos demasiado contra el clasismo, la colonización y el racismo; defendemos los derechos sociales para todas las personas, sin distinción, también los avances del feminismo o el ecologismo; y estamos a favor de vivir en una España que sea capaz de construirse democráticamente desde su propia complejidad histórica.

«SIN LÍMITES» O COMO REPETIR LAS NARRATIVAS CONVENCIONALES SOBRE LA PRIMERA VUELTA AL MUNDO

El 6 de septiembre se conmemoró el V centenario de la llegada de la nave Victoria a Sanlúcar de Barrameda, tras dar la primera vuelta al mundo tres años después de su partida desde el mismo puerto. Como suele ser habitual en este tipo de conmemoraciones, durante estos años se han producido todo tipo de actividades culturales para rememorar la travesía.

Si hacemos un ligero recorrido por las páginas web de las instituciones promotoras se comprueba que, en lugar de ahondar en la complejidad histórica de los hechos, casi todas las propuestas se han dedicado a engrandecer más a sus héroes, en especial ―diría más, únicamente― a sus líderes, Fernando de Magallanes y Juan Sebastián Elcano, e insistir en los relatos convencionales que continúan fortaleciendo todo tipo de narraciones heroicas, patrióticas o identitarias. Lamentablemente, esta manera de contar la historia, que se escribe sobre todo a partir de las biografías de reyes y actores individuales, neutraliza la importancia de los hechos sociales y olvida que, más allá de las gestas particulares, había unas condiciones políticas, económicas y materiales que determinaban la existencia de las personas y las razones de su participación en los acontecimientos.

A quién pertenece la tierra. Iconoclasistas (2017-2022) en Giro Gráfico, Museo Reina Sofía, Madrid

Una gran parte de los eventos finales de la conmemoración se han celebrado en Sevilla y la gran mayoría han seguido los cánones habituales de este tipo de celebraciones, incluido –faltaba más- el enésimo espectáculo de la Fura del Baus, que en esta ocasión, con su parafernalia usual, presentaba una gran sirena de 500 kilos, embajadora de la sostenibilidad y del planeta azul (no podía faltar algún gesto a la retórica verde). Además, el ayuntamiento de la ciudad, en un alarde de falta de imaginación política, también denomina “Magallanes” a su nuevo centro cultural, un histórico edificio del S.XVIII con 20.000 metros cuadrados disponibles en la antigua “Fábrica de artillería”, de alto interés arquitectónico y, actualmente, en vías de rehabilitación. Respondiendo a muchos de los objetivos requeridos por las actuales políticas culturales europeas y sus estrategias económicas, el equipamiento se destinará–como no- al “Emprendimiento de las Industrias Culturas y Creativas”.

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LA CORONA BRITÁNICA, LOS MUSEOS Y LA MIRADA COLONIAL

Muchas veces a mi pesar, haber visto estos días atrás los actos funerarios en honor de la reina Isabel II de Inglaterra y los de la coronación de su hijo Carlos III ha sido como pasearse por un museo viviente de antiguas reliquias; como si el tiempo no hubiera pasado por la institución monárquica y toda la parafernalia visual que la rodea se hubiera quedado suspendida en una época atemporal. También se ha puesto en evidencia que todo ese pomposo ceremonial forma parte de la identidad de una institución que, para hacernos creer que está por encima de los avatares de la historia, tiene que subrayar su atemporalidad y su carácter anacrónico. Nada más lejos de la realidad, porque precisamente esa condición extemporánea pone de manifiesto su propia debilidad y cuestiona su legitimidad contemporánea. La institución monárquica, aunque se nos muestre como un museo viviente, nunca puede estar exenta de su responsabilidad con la historia.

En este caso concreto, pensando en museos, al lado de la prepotencia institucional mostrada sin pudor alguno, convendría también recordar el ingente patrimonio acumulado por Gran Bretaña durante el reinado de esta dinastía familiar, los Windsor, que hunde sus raíces, a su vez, en la anterior Casa de Sajonia, periodo histórico que corresponde con el de máximo esplendor del Imperio Británico y su expansión colonial.

  1. Foto 1 Pinturas banderas. 1981 Archivo Memoria Abierta. Elvan y Dark Sarkis en Giro Gráfico Museo Reina Sofía, 2022
  2. Foto 2 La conquista de la tierra 2022 Daniel de la Barra en Processi Academia de España en Roma

El patrimonio de la corona y la de la propia familia real, el British Museum, la National Gallery, el Natural History Museum, el Victoria and Albert Museum o el Imperial War Museums, por citar algunos, son depositarios de obras de arte, objetos de gran relevancia histórica o bienes suntuarios de todo tipo, vinculados de una forma u otra con ese periodo imperial. Al igual ocurre con otros museos europeos, también algunos españoles.

Desde su fundación en 1946, el ICOM, Consejo Internacional de Museos, ha cambiado en diferentes ocasiones la definición de “museo” con el fin de adaptar su contenido al devenir de la historia y ponerlo en conexión con el papel social del patrimonio universal. En el último congreso celebrado el pasado mes de agosto en Praga, tras un intenso debate, se acordó una nueva definición que viene a ampliar algunas cuestiones nominativas tradicionales sobre su misión y objetivos. Además de volver a señalar sus funciones clásicas relacionadas con coleccionar, conservar, interpretar y exhibir el patrimonio, han aparecido conceptos que tienen más que ver con otras preocupaciones institucionales actuales, como la preocupación por la sostenibilidad y, sobre todo, la participación e inclusividad ética, nociones vinculadas con la implicación activa de las comunidades cada vez más diversas en las que se inscriben.

En este sentido, se avanza en una de las cuestiones de fondo que hasta ahora siempre había quedado en suspenso, si los museos deben o no plantear la condición colonial de sus colecciones. En esta ocasión, aunque la cuestión de la decolonización no aparece en la actual definición, lo cierto es que sí está recogida en el nuevo código deontológico. Es un paso importante para replantear críticamente el papel de estas instituciones en relación con su materialidad histórica. En esa misma dirección, la catedrática de Historia del Arte Estrella de Diego, en su reciente El Prado inadvertido (Anagrama, 2022) también reflexiona sobre las transformaciones que, a partir de las relecturas de la historia del feminismo, los estudios de género, la teoría queer o la decolonial, los museos deberían proponer en los modos de presentar y mirar las obras de arte.

Afortunadamente, cada vez hay más instituciones que ponen en cuestión sus propias narraciones museográficas (de hecho quiero destacar el loable ejercicio de autoreflexión que, con escasos medios, lleva a cabo el actual equipo del Museo de Antropología de Madrid). Del mismo modo que los museos han ido aprendiendo que sus categorías podían ser revisadas para que se incluyesen mujeres, también deberían asumir, con más atrevimiento, el reto de replantear sus discursos identitarios nacionales y, de ese modo, revisar la concepción colonial del patrimonio, en ocasiones, resultado de largos procesos de acumulación económica, apropiación indebida, extractivismo material y desmemoria histórica.

Deduzco que no es tarea fácil y, más aún, cuando a veces se escuchan opiniones estentóreas como aquella que Isabel Ayuso, presidenta de la Comunidad de Madrid, exclamó sin que, mezclando churras con merinas una vez más, se le cayera la cara de vergüenza: “…el indigenismo es el nuevo comunismo”. Más allá de algunos ejercicios puntuales loables, soy consciente de que es una osadía plantear modificaciones “revolucionarias” –ya no hablo de restituir legado, porque sería harto complicado desvelar los “derechos de propiedad” a la luz y a las sombras de la legislación actual sobre propiedad patrimonial-  pero me pregunto si no sería posible llevar a cabo más riesgos renovadores, gestos estético y políticos que, incluso desde el error, se atreviesen a abrir caminos diferentes hacia la posibilidad de contar el mundo desde teorías y prácticas del conocimiento que evidenciaran la substancia colonial de los actuales patrimonios públicos. He aquí otra de las potencias museográficas que se podrían explorar con más osadía para una nueva cartografía del patrimonio mundial.