A la fase de desarrollo de la sociedad en la que los conflictos políticos, sociales y económicos tienden a quedarse sin protección de las instituciones democráticas y fuera de control se suele denominar sociedad del riesgo. Este concepto, acuñado por el prestigioso sociólogo alemán Ulrich Beck, se utiliza para remarcar que vivimos amenazados por una incertidumbre constante e inmersos en un mundo impredecible y ante el cual solo tenemos respuestas individuales. Por tanto, vivimos mucho más desprotegidos, en un proceso acelerado de fragmentación social.
En esta sociedad cada vez más desestructurada, se nos exige ser individuos fuertes y únicos responsables de nuestro propio destino. Mientras el Estado, por un lado, deja de garantizar nuestras necesidades básicas o desaparecen las prestaciones sociales, por otro, paradójicamente, refuerza su poder coercitivo, aumenta sus inversiones en defensa y en protección de las fronteras nacionales para protegernos -dicen- del terrorismo internacional, el tráfico de drogas, armas y seres humanos, de la inmigración o de las enfermedades contagiosas y los múltiples virus producidos por la pobreza.

La cultura de la conspiración y del miedo se convierte así en la mejor arma de chantaje político para el giro liberal-conservador mundial y en la excusa perfecta para convertir a los ejércitos en una especie de policía global a la que se puede consentir cualquier arbitrariedad contra los derechos humanos. Seguir leyendo «EL ÉBOLA Y LA POLÍTICA DEL MIEDO»

En el actual debate sobre una posible convergencia de las fuerzas sociales que reclaman una transformación del sistema, más allá del espacio político tradicional que ocupa la socialdemocracia liberal (y que merecería un análisis concreto) no tengo duda de que, a lo largo de todos estos años, el aparato del PCE, con sus viejas maneras de entender el poder y el papel de la vanguardia, es uno de los principales obstáculos para generar políticamente un espacio social incluyente con capacidad instituyente -se llame como se llame- y que sea capaz de modificar las reglas de juego socioeconómicas, impuestas durante tantos años por las fuerzas políticas y/o económicas del orden constituido. Prácticamente, desde la instauración o imposición de la monarquía parlamentaria, todos los intentos de crear un movimiento social y político amplio y plural han sido, de una u otra forma, fagocitados y cancelados por la burocracia del partido. 


