Más allá de nuestras propias convicciones, creencias o dudas sobre la existencia de algún dios concreto, la tradición cristiana forma parte substancial de las complejas identidades europeas. Para los que vivimos en el marco de esa identidad religiosa, seamos creyentes, agnósticos o ateos, su herencia simbólica, legado artístico, presencia social e influencia institucional configuran en nosotros lo que el filósofo Alain Badiou llama “cristianismo latente” que, de una manera u otra, también se inscribe en nuestro subconsciente cultural.
“Amarás al prójimo como a ti mismo” es uno de los preceptos que mejor resume el espíritu de la Navidad y, por tanto, la alegría por el nacimiento de Cristo, la llegada del “Redentor” que treinta tres años después moriría en la cruz para salvar a la humanidad. En Epístola a los romanos San Pablo abunda más en ese mandato fraternal y subraya que la única deuda con los demás es la del amor mutuo: “El que ama al prójimo ya cumple toda la Ley de Dios”, insiste el converso de Tarso, conocido también como “apóstol de los gentiles”, es decir, de todos aquellos que no pertenecían al pueblo elegido y que en su sentido bíblico se refería exclusivamente a los judíos.

A lo largo de la historia, esa originaria concepción sagrada de “pueblo elegido” se ha hecho consubstancial a otras religiones. Esto es evidente en el caso de Israel con el judaísmo, pero también en Gran Bretaña con la concordancia de la corona y la iglesia anglicana; el sintoísmo con el emperador de Japón; el Dalai Lama con el budismo tibetano; el propio Vaticano con los católicos o las repúblicas y monarquías islámicas, por citar algunos ejemplos.
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