Durante estos últimos meses se han vuelto a reactivar las polémicas sobre el sentido de determinadas fiestas populares; unas más cercanas, como los Alardes de Irún y Hondarribia y otras, más lejanas, como los Toros de la Vega de Tordesillas o el de Coria.
En el centro de esa vieja discusión sobre su autenticidad, significado cultural y legitimidad popular se hallan las preguntas y respuestas que afectan de lleno a las formas en las que una comunidad -más o menos numerosa o representativa- se instituye en actor excluyente de los rituales sociales y fiestas populares. Es decir, quién y porqué se erige en representante del pueblo.
En casi todas las ocasiones se suma también el casticismo tradicionalista que, en nombre de la cultura popular, dice representar a una especie de entidad abstracta intemporal; lo que Raymond Williams hubiera denominado «falsa totalidad», incapaz de absorber cualquier «desvío» de experiencia contemporánea. Como este prestigioso intelectual galés afirma en su texto La cultura es algo ordinario, una cultura popular que se precie debería hacer posible que sus significados pudiesen ser puestos a prueba; es una forma de vida que debe interpretarse, en última instancia, en relación a las transformaciones que se producen en la organización social. La cultura y sus manifestaciones se construyen viviendo las contradicciones que se generan en su devenir histórico, se hacen y se rehacen con formas que nunca podremos determinar de antemano.
Así pues, la «fosilización» de las costumbres y festejos no sería más que una reacción contra la vida sobrevenida y, en todo caso, tendría un valor estrictamente folklórico o museográfico; y así se debería tratar, nunca como un parapeto cultural para impedir su transformación social y su significado político (lamentable la imagen del muro con plásticos negros tras los que, de nuevo este año, se atrincheraron algunas mujeres al paso del alarde mixto de Hondarribia, de igual modo que la persecución y apedreamiento a los que fueron sometidos los animalistas en Tordesillas).
Tras la soberbia de los que se arrogan la representación absoluta del pueblo y su cultura, ambos en singular, se esconde un notable desdén autoritario, por un lado, y una profunda incapacidad por asumir democráticamente el derecho a la participación y la crítica de la diferencia o la diversidad, por otro. Seguir leyendo «POLÉMICAS FIESTAS POPULARES»


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