TOMA DE TIERRA

Parece que en esta parte del mundo otro verano está llegando a su fin. En términos generales, es el periodo que los humanos empleamos para disfrutar de las vacaciones. En consecuencia, también la época del año en la que la industria del turismo alcanza las cotas más altas de productividad y, por tanto, movilidad. Desde las grandes ciudades hasta las pequeña aldeas rurales, ya no hay rincón del planeta que no tenga un punto de atracción natural, cultural o algún lugar exótico para explorar. Hace unas semanas nos enteramos del trágico accidente de un grupo de personas que pretendió descender al fondo del mar para conseguir contemplar los restos del Titanic, el famoso trasatlántico que en 1912 se hundió en las gélidas aguas del Atlántico Norte. Incluso, estos últimos meses, hemos visto anunciado que ya existen vuelos turísticos al espacio y que las empresas promotoras tienen largas listas de espera de viajeros dispuestos a pagar cientos de miles de euros para gozar de esa experiencia extraterrenal. Hemos vuelto a ver colas de montañeros intentando alcanzar las cimas más extremas, las ciudades más tópicas del imaginario turístico han vuelto a saturarse y los cruceros han alcanzado las cifras más altas de ocupación.

Según la Organización Mundial del Turismo (OMT), nunca hasta ahora en la historia se había desplazado tanta gente para celebrar sus vacaciones. Sin embargo, teniendo en cuanta que en el planeta vivimos casi 8.000 millones de humanos, los casi 1.500 millones que este año nos hemos desplazado a algún lugar del mundo aún seguimos siendo unos privilegiados. Somos, por tanto, los que alimentamos la industria del turismo y contribuimos más al crecimiento exponencial de los recursos destinados a la movilidad global: organizaciones públicas y privadas, infraestructuras terrestres, aéreas o marítimas, proveedores de energía, redes de aguas y otros servicios públicos, empresas de hostelería y restauración, etc. Por tanto, entre unos y otros también somos responsables, en cierta medida, de las consecuencias del cambio climático.  

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HACER CRECER UN BOSQUE EN EL VALLE DE CUELGAMUROS

La historia y las formas que la representan son un permanente campo de conflicto: un laberinto de poderes y contrapoderes, de insurgencias y entronizaciones, de apariencias y espejismos. Abarrotada de arquitecturas de poder y ruinas olvidadas que nos podrían hablar con silencios elocuentes, de  monumentos levantados a héroes, pocas heroínas y muchos mártires, de narraciones que ensalzan acontecimientos vinculados a los poderosos pero también de relatos populares que cantan a anónimos protagonistas. La historia es un campo de batalla y a la vez una tregua intermitente que nos regala la posibilidad de una vida en común. Entre la pulsión de vida y muerte transcurre nuestra existencia en la Tierra, entre construir y derruir, entre el afán del interés particular por acumular y la aspiración a cuidar y distribuir. 

Los espacios públicos están repletos de huellas que ensalzan y vanaglorian un pasado con muchas sombras y demasiados capítulos de la historia poco dignos de reconocimiento. Signos, símbolos, nomenclaturas o representaciones clasistas, aristocráticas, patriarcales, racistas, militaristas, coloniales o de exaltaciones religiosas. Ahí están para hablarnos de grandezas y miserias. Si, en función de criterios contrapuestos, tuviéramos que derribar todos esos significantes no pararíamos de demoler y tampoco sabríamos establecer los límites concretos de esas acciones destructivas.

En los gobiernos democráticos actuales hay un acuerdo tácito para eliminar todo tipo de símbolos que perpetúen la memoria de regímenes dictatoriales y, en ocasiones, erigir otros reparadores. Por citar algunos, se hizo tras la Segunda Guerra Mundial en Alemania, Italia o Francia, afectados por la dictadura nazi; en los países del este de Europa tras la caída de la Unión Soviética; en Sudáfrica tras el régimen de apartheid o en algunos países latinoamericanos tras las dictaduras de Pinochet o Videla.

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¿SER CONTEMPORÁNEO?

Este texto lo utilicé como introducción en un diálogo con la psicoanalista Vilma Coccoz y el filósofo Javier Echeverria, coordinadores del ciclo Crisis de la contemporaneidad organizado por el centro cultural KM Kulturgunea de Donostia/San Sebastian.

Imagino que me invitaron porque en algún momento de sus conversaciones pensaron que soy un tipo muy contemporáneo o que, debido a mi trayectoria profesional, tengo buenos argumentos para saber qué significa serlo.

Sin embargo, he de confesar que me ocurre algo parecido a lo que San Agustín pensaba cuando en sus Confesiones se interpelaba sobre el sentido del tiempo y se respondía a sí mismo que, si nadie se lo preguntaba, lo sabía, pero si intentaba explicarlo no lo sabía. Salvando las distancias, con uno y con el otro, quizás me ocurra también lo que a Baudelaire que, a pesar de ser considerado el poeta que abre la puerta a la experiencia de la modernidad en el arte, se resistía a la vida moderna pese a estar comprometida con ella.

Por mi parte, aunque me esmero en vivir desde mi condición de sujeto comprometido con su tiempo histórico, he de admitir que desde hace bastantes años también me resisto a muchas de sus inercias. Es una resistencia obstinada. Algunas personas que viven cerca de mí, dicen que, por lo insistente, a veces es cansina. Padezco una forma de “extrañamiento” respecto al devenir del mundo, de mí mismo y de la relación que aun sigo teniendo con lo que se conoce como contemporaneidad, esa especie de fugaz presente que nos obliga a correr contra el tiempo.

Alguien podría decir -ya me lo dicen- que soy otro viejo cascarrabias cansado, dando lecciones desde el agotamiento. Sin embargo, no es del todo así, porque cuantas más dudas tengo sobre lo contemporáneo – o mejor dicho las maneras de abordar el progreso y sus formas materiales y simbólicas- más consciente soy de que tienen que ver con formas de decepción y a la vez con una persistente esperanza que se sitúan mucho más atrás en el tiempo. Pero a pesar de sentir cierta rabia por los desengaños, por el aumento de la desigualdad y el racismo junto a la reacción patriarcal, la violencia machista, los feminicidios, la crisis climática y la guerra y, aunque el hielo se funda, las mareas suban, las temperaturas se alteran como nunca y las bombas, lejos o cerca, no dejan de caer, también me alegro por las potencias que veo desplegarse en muchos movimientos sociales. Sin ir más lejos, las manifestaciones en defensa de la sanidad pública universal o el ecofeminismo transinclusivo y antirracista que estos días hemos vuelto a ver en las calles, a ritmo de rebelión y metamorfosis.

Estas paradojas anímicas, se podrían rastrear en ciertos cambios de estrategia que, coincidiendo con los movimientos antiglobalización del siglo pasado, traté de implementar en el programa de Arteleku y, unos años después, tras la gran crisis financiero inmobiliaria, conocida como “La gran recesión”, que estalló en el 2008/09  coincidiendo poco después con el resurgir en las plazas del 15M en el año 2011, en el proyecto inicial de la candidatura para la Capital Europea de la Cultura 2016 que escribimos a varias manos entre el 2010 y 2011. Proyecto que se inspiró, entre otras aportaciones, en un texto que me encargó el que fuera alcalde de Donostia/San Sebastián, Odón Elorza, antes que me nombraran director del proyecto. No en vano, titulé aquellas reflexiones Se acabó la fiesta. La burbuja cultural: educación, ecología y cultura, un nuevo trinomio social. Este texto también estaba impregnado de cierta irritación, a la vez, que de entusiasmo. De hecho, ganamos aquella absurda competición. No creo que sirviera para gran cosa, así que después del entusiasmo, otra vez la decepción.  

La filósofa Marina Garcés en su reciente Malas compañías (Galaxia Gutenberg, 2022) insiste en que sin la experiencia de la extrañeza no puede haber pensamiento. Ella habla de formas de pensamiento que nos expongan no tanto a lo que está por venir que, en cierto modo, sería el paradigma temporal de lo que venimos entendiendo como contemporaneidad, sino a lo que está por volver a mirar, a pensar o a escuchar. Algo así me ocurrió cuando hace unos días fuimos juntos a ver la exposición de Leonora Carrington, cuya biografía en sí misma es un grito de desesperación; estigmatizada, violada por una manada de requetés franquistas, psiquiatrizada en Santander y a la vez una vida plenamente comprometida con la libertad. Un auténtico redescubrimiento que me permitió leer su obra a la luz de su visión protoecologista e indignada ante la actitud depredadora de la especie humana foto.

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ENTRE COMETAS Y MOTOS DE AGUA. BIOECONOMÍA PARA EL SIGLO XXI.  

Mi acercamiento a la economía siempre ha tenido que ver con el interés por su historia y por la relación que necesariamente establece con otros conocimientos, como la sociología, la antropología, la filosofía, la cultura y el arte. Así que comienzo este texto, publicado recientemente en la revista «Galde«, asumiendo las limitaciones analíticas de mis opiniones y, como es habitual de mis  escritos, casi siempre “recitados”. Por tanto, dejándome llevar por la erudición de otros especialistas.

Hace unos meses terminé de leer Bioeconomía para el siglo XXI. Actualidad de Nicholas Georgescu-Roegen (Catarata y FUHEM ecosocial, 2022) una excelente recopilación de textos de este autor, editados por Luis Arenas, José Manuel Naredo y Jorge Riechmann. Este heterodoxo matemático, estadístico y también economista publicó en 1971 La ley de la entropía y el proceso económico, probablemente su obra más conocida que, pasados los años, ha sido reconocida como uno de los estudios más importantes de la ciencia de los últimas décadas. Como señalan los editores, aquella publicación ponía las bases de una revolución en la teoría económica moderna y, según ellos, debería haber marcado un punto de inflexión en el análisis de los fenómenos económicos.

El autor, nacido en 1906 en Rumanía y exiliado a EE.UU donde murió en 1994, en su empeño por corregir la desconexión que los saberes contemporáneos establecen entre disciplinas científicas, naturales, sociales o humanistas, llamó “bioeconomía” a la forma de abordar sus estudios, que luego se han conocido como “economía ecológica”. Parafraseando a Luis Arenas, se oponía a la lógica de la exclusiva especialización de los saberes que domina la ciencia contemporánea y dejaba a la vista las implicaciones económicas que también tienen otros campos del conocimiento como la demografía, la política, la ética y la ecología.

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RECONOCIMIENTO

El Diccionario de la Real Academia de la Lengua dice que un reconocimiento es la acción de reconocer o reconocerse y, en una segunda acepción, agradecer los bienes recibidos. En su dimensión moral y filosófica, como ya apuntó Hegel en El sistema de la eticidad, el reconocimiento se lleva a cabo mediante distintas formas de amor, derecho y solidaridad, que podrían, a su vez, configurar el campo de lo que se denominan políticas de la amistad o, su reverso, la enemistad. Aunque también sabemos que, entre ambas, se camuflan los intereses, la hipocresía o la mera banalidad social.

No tengo ningún reparo en reconocer que me enorgullezco de haber estudiado y aprendido con esmerada atención de la trayectoria profesional de Manuel Borja-Villel, desde que a principios de los años noventa fuera director de la Fundación Tàpies que, en lugar de convertirla en un mausoleo para el artista, consiguió trasformarla en un referente para muchos de nosotros; de haber colaborado en la siguiente década con diferentes proyectos artísticos cuando ambos dirigíamos respectivamente Arteleku y el MACBA, en aquellos años en los que, a pesar de todas las dificultades, paradojas y contradicciones, también intentábamos establecer acuerdos de colaboración con algunos movimientos sociales relacionados con prácticas artísticas y culturales comprometidas con la crítica política; y estos últimos quince años, de haber atendido muy de cerca, y con mucho interés, su trabajo como máximo responsable del Museo Reina Sofía. En consecuencia, ahora que se ha despedido de la dirección de uno de los museos de arte contemporáneo más importantes del mundo, por fortuna – podía haber sido todo lo contrario- de compartir un sincero afecto mutuo que espero perdure, más allá de nuestras diferencias de criterio en relación a algunos modos de hacer y concebir la gestión institucional. Estoy seguro que seguiré atento y expectante a las propuestas que desarrollará en sus próximos destinos.

Así pues, desde mi juicio subjetivo – ¿cuál no lo es? –  no me cabe duda que Borja-Villel es una de las figuras más relevantes del sistema institucional que gobierna el arte contemporáneo internacional. Del mismo modo, en el contexto local, una de las pocas figuras directivas que, con pertinaz capacidad analítica y de forma tan continuada, ha logrado situar las instituciones que ha dirigido en una permanente disposición crítica respecto a ellas mismas, con sus rémoras burocráticas o inercias complacientes, y en relación con las tensiones sociales y políticas externas, con los riesgos y, en consecuencia, aciertos y fracasos que esa actitud conlleva.

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ARTE Y NATURALEZA. CATEDRALES Y GLACIARES.

Cuando tenía doce o trece años, siendo todavía un niño, mi padre me llevó de viaje a Los Alpes franceses y cerca de Chamonix pude visitar el glaciar Mer de Glace. Recuerdo cuando, después de bajar unas escaleras instaladas en su ladera, entramos en su interior. Jamás se me ha olvidado aquella imagen, ni la impresión que me causó la grandeza de aquellos valles y montañas. Tal vez algo parecido me ocurrió, cuando unos años después, siendo ya un joven viajero, entré por primera vez en la catedral de Notre Dame de Paris. Aquellas sensaciones nunca las he olvidado y, de una forma u otra, se encarnaron en mi vida.

Cuando en 2019 la catedral ardió, con sus vigas de madera como motor de combustión, algo en mi interior se rompió. Entonces muy poca gentes se preocupaba de que cerca de allí estaban desapareciendo los glaciares alpinos, entre otros el Mer de Glace. Se llegó a decir que la civilización europea estaba siendo devorada por las llamas. Poca gente se acordaba de que también la selva amazónica de Brasil estaba siendo esquilmada de forma incontrolada por las políticas extractivistas y depredadoras de Bolsonaro, que encabezaba junto a Trump, Putin y otros lideres globales una ciega y furiosa corriente internacional de pensamiento negacionista que rechaza a toda costa los efectos del cambio climático. De igual modo, Isabel Ayuso, la presidente de la Comunidad de Madrid, decía hace unos días que los cambios del clima se han producido a lo largo de toda la vida y que las proclamas ecologistas no son más que trampas ideológicas para implantar el comunismo.

No se había apagado todavía aquel incendio histórico y las autoridades francesas ya habían decretado la reconstrucción de la Catedral, cuya reapertura está prevista para el año 2024. Estos años, el dinero público y privado habrá llegado a raudales para hacerla resurgir de las cenizas, mientras los glaciares se derriten abandonados a su trágico destino. 

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