Después de la Segunda Guerra Mundial, cuando el parlamento de la recién constituida República Federal Alemana planteó la construcción del primer monumento a las víctimas del régimen nazi, se produjo un intenso debate político, social y académico. Fue una profunda discusión en torno a si la escultura pública debía ser sobre el recuerdo a las víctimas judías en concreto o un reconocimiento a las víctimas en general y a la totalidad del terror; entre los defensores del particularismo ético histórico y el universalismo moral igualitario, que se hacía eco del mandato moral de tratar a tod@s por igual frente a cualquier jerarquización. Una buena parte de aquellas reflexiones las recogió en sus libros, Monumentos funerarios e imágenes de la muerte, entre arte y política y Modernidad, culto a la muerte y memoria nacional, el prestigioso historiador alemán, Reinhart Koselleck, experto en iconografía política, conocido también por sus trabajos sobre el uso e interpretación de las imágenes memorialísticas.
Hoy, probablemente, el debate no se plantearía en esos términos, ya que la memoralia monumental tradicional ha dejado de tener tanta relevancia, entre otras razones porque los medios de comunicación, ya hace algunas décadas, abrieron un campo visual mucho más amplio y con mayor capacidad para construir memoria colectiva y elaborar, de forma más sofisticada, los campos simbólicos del reconocimiento popular. De hecho, se podría afirmar que mientras la primera ha pasado a ser un anacronismo del paisaje urbano, los segundos se han constituido, prácticamente, en el referente absoluto y omnipresente.
Dos semanas después del atentando de Boston seguimos recibiendo noticias e imágenes sobre todo tipo de detalles informativos relacionados con los presuntos autores de los hechos, los hermanos Tamerlan y Dzhokhar Tsarnaev. Seguir leyendo «VÍCTIMAS QUE NADIE LLORA»


