PLAZ¡ FEMINISTA

En 1995 Plazandreok (ahora Plaz feminista) la plataforma electoral de mujeres feministas de Donostia/San Sebastián se presentó por primera vez a las elecciones municipales con la abogada Juana Aranguren Rica​ como cabeza de lista. El término Plazandreok, de difícil traducción al castellano, significa algo así como «mujeres de la plaza» o «nosotras (cercanía) mujeres de la plaza» (las que toman parte activa en la vida pública). En euskera existe la palabra «plazagizon» (hombre de la plaza) para referirse al hombre público pero no existía propiamente un nombre paralelo para nombrar a las mujeres, en la medida de que su vida se circunscribía al ámbito familiar. Las mujeres de Plazandreok inventaron aquel nombre para reivindicar una realidad desde el convencimiento de que lo que no se nombra no existe.

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En el año 2007 tuvieron que incluir hombres por primera vez en su lista electoral municipal de acuerdo con la Ley estatal para la Igualdad efectiva, aprobada en marzo de aquel mismo año. La propia Juana me llamó para invitarme a participar y desde entonces me he prestado voluntario a formar parte de esta aventura electoral, que más allá de su relevancia cuantitativa – la verdad es que los resultados suelen ser testimoniales- supone una apuesta cualitativa por aprovechar los procesos electorales para hacer más visibles muchas razones por las que merece la pena seguir luchando.

Puede parecer retórico –seguramente lo será- pero no tengo ninguna duda de que la re-evolución tiene que ser feminista. De hecho, en gran medida, su programa electoral bebe de las mismas fuentes de indignación social que venimos padeciendo desde hace años y comparte las luchas por la regeneración democrática que también ahora se encarnan en otras candidaturas que aglutinan las diversas voces de la potencia post15M, con las que me siento muy identificado. Esta es la tercera vez que apoyo a Plaz¡feminista y parece que esta vez me han subido al cuarto puesto de una lista encabezada por Josebe Iturrioz, con la que a lo largo de estos años he compartido proyectos e iniciativas, desde que el colectivo Medeak comenzó a trabajar en Arteleku, coincidiendo con los talleres y seminarios de Paul. B. Preciado.

beatriz arteleku

Cuando me lo propusieron pensé que aquella oferta, que ahora se ratifica, bien pudiera haber sido una especie de reconocimiento por el trabajo de largo recorrido que estábamos haciendo, al unísono, en Arteleku y UNIAarteypensamiento​ para visibilizar las prácticas artísticas feministas, poner sobre la mesa de discusión pública las relaciones de dominio del poder patriarcal, la vulnerabilidad de los cuerpos y su redefinición colectiva en el marco de las luchas postcoloniales. En definitiva, un conjunto de líneas de trabajo transdisciplinares ,a largo plazo, que siguen desbordando las teorías feministas clásicas de la igualdad, las políticas de la identidad y de su representación y exigen nuevas estrategias de acción que reconozca la multiplicidad de frentes políticos, éticos y estéticos como fundamento de un nuevo contrato democrático.

LA CULTURA COMO ARGUMENTO RACISTA

Cuando leemos los periódicos (el asesinato de un ciudadano rumano, una reyerta entre gitanos o una noticia intrascendente como el primer gol de un jugador “negro” del Athletic de Bilbao) o simplemente escuchamos las conversaciones en los trenes, metros, autobuses o calles, se percibe un aumento preocupante de comentarios, actitudes y reacciones con nítidos tintes xenófobos.

En las estadísticas sobre bienestar de la población crecen los índices de rechazo a los inmigrantes y se extiende la repulsa social a que los extranjeros sean beneficiarios de cualquier prestación pública. Al mismo tiempo, aumentan las denuncias por agresiones contra ell*s y por casos de discriminación en el acceso a la sanidad, servicios sociales públicos, vivienda o locales de ocio privado. Parece que el mejor indicador del deterioro del sentido cívico no es tanto el incremento de los índices de criminalidad, sino el crecimiento de una población deseosa de que se criminalice y castigue a sus ciudadanos más marginales. En consecuencia, se desactivan las luchas sociales y políticas por el derecho a la ciudad de tod*s, sin excepción, produciéndose una descenso de la responsabilidad política colectiva y de la reflexión democrática.

En general, el rechazo al extranjero suele apoyarse en argumentos “culturales”, casi nunca en razonamientos ponderados sobre las verdaderas razones de su discriminación social y económica (un marxista diría, análisis de clase). Es decir, lo que les segrega es la diferencia identitaria y no la pobreza. El aval de ciudadanía, la garantía de integración en la comunidad, únicamente estaría asegurado por la adscripción de esos sujetos a determinadas formas de vida o relatos culturales enraizados en convicciones populares, en demasiadas ocasiones resultado de un proceso enfermizo de ensimismamiento social. Además, esa certeza sobre la diferencia cultural –en cuanto verdad o como principio– suele llegar a ser inevitablemente totalitaria y, con demasiada facilidad, converge con actitudes individualistas de absolutismo moral.

el roto multiculturalismo

Por el contrario, frente a esa concepción cerrada de la identidad, la condición de ciudadana siempre debería ser el resultado de un contrato social nunca completo, porque la pertenencia a una cultura, en términos existenciales, nunca es algo natural, más bien es la consecuencia de una permanente discontinuidad que se naturaliza al mismo tiempo que se altera.

Según precisó Sigmund Freud, la cultura es una especie de convención por la cual cedemos parte de nuestra libertad a cambio de la seguridad de la convivencia y la comprensión mutua, pero ese pacto siempre deja restos insolubles, ininteligibles por donde se cuelan la materia de los sueños, la capacidad creadora –el arte–, la voluntad transgresora o las nuevas subjetividades, en definitiva, los largos procesos de transformación social y cultural que reconfiguran el mundo que habitamos. El malestar en la cultura –que precisamente da título a unos de sus ensayos principales– consiste en ese permanente desajuste del sujeto que se ve desplazado de su vivencia cotidiana y en los procesos continuos de recontextualización de las nuevas significaciones sociales que se ve obligado a realizar.

Como dice Wendy Brown, en La política fuera de la historia, formular el problema de la diferencia como disputas entre católicos o musulmanes, negros o blancos, rumanos, españoles o vascos, en lugar de comprender el carácter antagonista de esas identidades como algo en parte producido por determinadas operaciones históricas (colonialismo, capitalismo, etc.) constituye una postura claramente deshistorizante y despolitizadora. Es un tipo de actitud que conduce, de hecho, no tanto a la elaboración de análisis y búsqueda de estrategias políticas eficaces para la construcción y mejora de la democracia, sino al lamento o culpabilización moralista y a la personificación del conflicto histórico en individuos, castas, religiones, tribus o nacionalidades.

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Querer mantener la pureza de la cultura de un pueblo mediante la extirpación sistemática de las formas de vida extrañas o evitando todo tipo de influencias externas –un pensamiento que hoy se defiende cada vez más con gran pasión por los partidarios de las doctrinas racistas– es tan antinatural como infecundo y solo muestra que los soñadores de la autarquía cultural piensan en una Europa excluyente, encerrada en las propias murallas de sus viejas naciones. Si Europa quiere seguir jugando un papel importante en este mundo globalizado, debe comenzar por entenderlo bien y comprendernos mucho mejor entre nosotr*s. Como decía Hannah Arendt la pluralidad es la condición de la acción humana debido a que tod*s somos lo mismo, es decir humanos, aunque nadie sea igual a cualquier otro que haya vivido, viva o vivirá. Así pues, nada mejor que la cultura -entendida como crisol de diversidades y herramienta para la transformación social– y la libre circulación de saberes para la lucha contra el fanatismo y el racismo.

 

ALGUNAS REFLEXIONES AL HILO DE LA DESAPARICIÓN DE ZEMOS98

El festival Zemos98 anuncia que el año que viene no volveremos a disfrutar de sus propuestas. Dentro de unas semanas, si algún dios terrenal no lo remedia, se celebrará su última edición. Desaparece uno de esos muchos pequeños eventos artísticos que pueblan nuestro tejido cultural; pequeño, pero grande en cuanto a la calidad de sus contenidos. Desde sus inicios, este festival ha estado dirigido y producido por la propia Zemos98, otra de esas empresas culturales, con marcado carácter social, que siempre han puesto por delante el interés público de las actividades, antes que su provecho particular; más allá, claro está, de exigir dignidad en el trabajo y justas remuneraciones por su excelente labor profesional. Me consta que la mayoría de los trabajadores del sector son autónomos o dependen de estas pequeñas empresas que, por encima de su condición jurídica, siempre han trabajado con vocación de servicio público.

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El final de este festival es un síntoma más de la situación en la que nos encontramos. Esto es lo que hay. Se cierran empresas, clausuran programas y se precariza el trabajo del artista hasta límites inadmisibles. Poco a poco, nuestro tejido profesional se deshilacha. Mejor dicho, aunque en cierta medida nos afecte a tod*s esa descomposición golpea mucho más a sus eslabones más débiles, como lamentablemente ha sido casi siempre. Seguir leyendo «ALGUNAS REFLEXIONES AL HILO DE LA DESAPARICIÓN DE ZEMOS98»

DEMOCRACIA Y ACCESO A LA CULTURA

La premisa básica de la cultura democrática se funda en la vieja idea ilustrada de proporcionar acceso universal, libre y gratuito o a precios asequibles (sobre todo para los más desfavorecidos) a los saberes y obras generadas a lo largo de la historia por creadores, pensadores, autores, intérpretes, investigadores, etc. Así se recoge en el artículo 27.1 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos: “Toda persona tiene derecho a tomar parte libremente en la vida cultural de la comunidad, a gozar de las artes y a participar en el progreso científico y en el beneficio que generen”.

Las instituciones públicas clásicas que todos conocemos (escuelas, universidades, centros de investigación, museos, bibliotecas, archivos, teatros, conservatorios de música, centros culturales etc.) surgieron para facilitar ese objetivo: asegurar el pleno desarrollo de esa cultura democrática responsabilizándose de garantizar la producción, distribución, promoción y disfrute de la más amplia variedad posible de manifestaciones culturales.

Sin embargo, como Joost Smiers y Marieke van Schijndel señalan en su libro Imagine… No copyright, desde que los recursos culturales y las obras artísticas se consideran sobre todo mercancía y se miden por su valor de cambio, el copyright (derecho de propiedad intelectual) otorga a las grandes industrias de la cultura un control casi absoluto y abusivo sobre el uso y distribución de una parte cada vez mayor de producciones artísticas; y en consecuencia dominan el mercado de las películas, canciones, novelas, series de televisión, obras de arte, diseño y otras formas de creación. Gozan de un importante poder para decidir lo que vemos, escuchamos, leemos, vestimos, consumimos y, claro está, determinan también lo que no podemos. Cierta tendencia a la uniformización de contenidos se impone cada vez más sobre la diversidad cultural. De esta manera, parafraseando a Hannah Arendt, el derecho a tener derechos quedaría, sometido a la hegemonía del mercado.

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Desde que las personas, más allá de su libre condición de ciudadan*s, son considerados solo como clientes consumidores por la ideología neoliberal, “la audiencia” se torna en objetivo fundamental de los consejos de administración de las grandes multinacionales del espectáculo y el ocio -aquellas que Adorno denominaba industria de la consciencia– que no dudan, con todas sus técnicas de marketing y de psicología social, en «imponer» los gustos colectivos y así limitar la diversidad de producción, distribución y acceso. No es casual que para Gramsci el lenguaje fuera una forma de concebir el mundo. Su apropiación es por ello parte del proceso hegemónico cultural, con el fin de construir una conciencia acrítica en la que prima cada vez más una concepción mercantil de la cultura. Como dice Ignacio Molano en Cuando hablan de cultura. El mito de lo cultural en el nuevo espacio público, dominan la fuente de gran parte de las creaciones de sentido y, en consecuencia, los espacios de intercambio social. Seguir leyendo «DEMOCRACIA Y ACCESO A LA CULTURA»

ENTREVISTA SOBRE LA INVISIBLE DE MÁLAGA

La semana pasada me llamaron del Diario Sur de Málaga para conocer mi opinión sobre la política cultural del Ayuntamiento de Málaga y, más en concreto, sobre la amenaza de cierre de La Invisible, ejemplar Centro Social y Cultural de Gestión Ciudadana que abrió sus puertas en la Calle Mosquera hace más de diez años. Hoy se ha publicado. Os añado el enlace donde apunto algunas preocupaciones generales sobre políticas culturales y otras respuestas más concretas, relacionadas con La Invisible.

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No tengo ninguna duda de que las transformaciones culturales más radicales se producen, en la mayoría de las ocasiones, en los espacios alternativos y de la mano de experiencias antagónicas que ponen en cuestión la cultura del consenso y el arte más complaciente. Precisamente por esa razón, a principios de siglo, algunas instituciones del Estado comenzamos a analizar las prácticas artísticas que se generaron en el contexto de los movimientos sociales antiglobalización. Entendimos que era, precisamente hacia esa crítica emergente donde también había que mirar, más allá de nuestro ensimismamiento autosuficiente. Debíamos localizar y analizar aquellas tensiones para hacerlas reconocibles, de tal manera que pusieran en evidencia nuestros límites y contradicciones e incluso produjeran alteraciones en nuestro modo de funcionamiento, de forma que se pudiera producir una transformación del tejido cultural.

No es casualidad que la mayor parte de los haklab que empezaron a desarrollar herramientas de software libre y a organizar movimientos anti copyright surgieran en casas okupas de última generación, como La Invisible, que además convivían con las experiencias más avanzadas de los movimientos sociales, ecologistas y feministas.

Como consecuencia, surgió también en 2004 Desacuerdos. Sobre arte, políticas y esfera pública en el Estado español como un proyecto de investigación en coproducción entre Arteleku-Diputación Foral de Gipuzkoa, Museu d’Art Contemporani de Barcelona-MACBA y Universidad Internacional de Andalucía-UNIA arteypensamiento y el Centro José Guerrero-Diputación de Granada, a los que hace unos años se ha sumado también el MNCARS (Museo Reina Sofía) que, en la actualidad, colabora con la Fundación de los Comunes, de la que forman parte, la propia La Invisible, Ateneu Candela, los Observatorios Metropolitanos de Barcelona y Madrid, la Universidad Nómada, Traficantes de Sueños y Patio Maravillas, también en Madrid, o Katakrak de Pamplona, entre otras iniciativas sociales. 

Las instituciones que en su momento apoyaron La Invisible entendieron desde el principio la importancia política de apoyar experiencias como La Invisible, en la medida que su existencia significaba una radical apuesta democrática por el derecho a la ciudad. A ese marco de colaboración y mutuo respeto se sumó también el Ayuntamiento de Málaga. Incluso se llegó a redactar un documento para la firma de un convenio, que por razones que desconozco, nunca se llegó a firmar. Ahora parece que han vuelto a saltar las alarmas en la institución municipal y parece que, de nuevo, amenaza con clausurar este espacio social.

Esta entrevista es mi pequeña colaboración para que se pueda restaurar el diálogo y La Invisible pueda tener una larga vida, en beneficio de la pluralidad y  diversidad cultural de Málaga.

METÁFORAS NAVIDEÑAS DEL MALESTAR

Durante las fiestas navideñas, las metáforas sobre la vida y la felicidad son recurrentes. No en vano, el solsticio de invierno es la ocasión propicia para celebrar la renovación del ciclo vital y despertar esperanzas. La  misma celebración del nacimiento de Jesús también es una alegoría cristiana sobre la llegada de la nueva luz, es decir, el comienzo  de los días más largos en el calendario solar.

Los medios de comunicación y, sobre todo, la publicidad son especialmente proclives a vincular estas fechas con el renacer de las ilusiones perdidas y los sueños malogrados.

Este año, ha destacado por méritos propios el anuncio donde vemos a un apesadumbrado hombre entrado en años, llamado Manuel, que baja al bar Antonio, obligado por su pareja. Allí, los habituales parroquianos del lugar celebran felices que les ha tocado la lotería, pero lamentablemente él no puede compartir su alegría porque, por su precariedad económica, precisamente ese año no ha podido adquirir su habitual boleto. Por supuesto, en la parte final del spot, esa cruda realidad es sustancialmente alterada -en sentido totalmente opuesto- cuando el contrariado protagonista comprueba emocionado que, gracias a la generosidad de su amigo también tenía reservado su correspondiente décimo.

El efecto mágico de la transmutación de la realidad se ha producido y de esa manera, gracias a la “bondad y humanidad” de Antonio, nos podemos olvidar del paro y la pobreza, las causas por las que Manuel no pudo comprar su pequeña parcela de ilusión anual. Una bonachona ficción ambivalente, pero profundamente reaccionaria, sea impone a la triste realidad, intensamente política, que hay que camuflar con todos los medios posibles para que estos días la felicidad del consumo y la aparente vida ordinaria no sea vea alterada. El espejismo funciona.

En cierto modo, se parece mucho a los discursos optimistas del gobierno y los de los líderes económicos europeos empeñados en demostrarnos que lo importante es la economía de los poderosos, motor del progreso y, en consecuencia, fuente de bienestar para el resto de los mortales. Nos quieren hacer creer, mediante deslumbrantes datos macroeconómicos, que la economía de nuestra vida cotidiana también ha superado la crisis. Por tanto, podemos celebrar con cava y caviar el fin del malestar social, a pesar de que, a renglón seguido, admiten que todavía hay unos que sufren más que otros.

Esa Europa que un día se fundó, precisamente, sobre los principios del humanismo ilustrado y la justicia social, parece empeñada -ahora más que nunca- en aplicar políticas de inspiración monetarista y competitividad económica, por encima de los principios constitucionales que un día la señalaron como ejemplo del mundo.

De este modo, Manuel, más que un feliz elegido por la fortuna, parece un vivo ejemplo de esa política antihumanista que nos parece decir, bien a las claras, que si queremos competir con economías emergentes debemos aplicar, no solo políticas de austeridad, sino medidas radicalmente opuestas al denominado estado del bienestar. Es decir, como nos recuerda Franco Berardi “Bifo” en La Sublevación, si esos países tiene unos costos laborables más bajos que los europeos, debemos rebajar los salarios; para ser competitivos con esas economías, cuya jornada de trabajo jamás se termina y cuyas condiciones laborales están privadas de toda regla y derecho, también nosotros debemos abolir los límites del trabajo, desregular nuestros derechos, convertir en obligatorio lo extraordinario y renunciar a la seguridad en el trabajo.

Ahí está, sin ir más lejos, la última propuesta de libre comercio entre la Unión Europea y EEUU: Asociación Transatlántica para el Comercio y la Inversión, conocida como TTIP, que aumentaría, más si cabe, el poder de las grandes empresas, desregularizaría los mercados, rebajando los niveles de protección social y medioambiental de forma drástica; y para favorecerlo, también se limitaría la capacidad de los gobiernos para legislar en beneficio de los ciudadanos así como el poder de los trabajadores en favor de los empresarios. Sus mayores críticos también lo califican de una pesadilla para la democracia.

La crisis económica, que desde 2008 marca el paso de las políticas económicas de las sociedades más ricas, ha introducido en nuestras casas, en la de Manuel y muchos de sus vecinos, en nuestras vidas, lo que la ficción de la promesa capitalista de una vida mejor para todos nos permitía ignorar: los límites humanos, sociales y ambientales del actual régimen de explotación del mundo global. Así, la evolución del régimen imperante, requiere no solo la revocación de la herencia humanista, tan falsamente cacareada estos días, sino ya puestos, si aceptamos que esta palabra significa algo, la abolición de la democracia.