Estas semanas se dice y escribe mucho sobre las grandezas y miserias del Campeonato Mundial de Fútbol que se está celebrando en Brasil. Por un lado, los elogios a la capacidad organizadora de una país que se está convirtiendo en la gran potencia económica de Sudamérica, capaz de llevar por la senda del progreso social y servir de modelo a las naciones vecinas del continente. Por otro, las críticas a los privilegios legales y fiscales de los que ha gozado la FIFA y la consiguiente corrupción; a la falta de planificación y control público de los gastos; al endeudamiento del Estado y desvío de recursos en detrimento de los servicios sociales; a las constantes violaciones de derechos humanos; a las políticas represivas que han afectado a miles de pobres expropiados, desahuciados, trasladados involuntariamente; o a la correspondiente criminalización de la denuncia social.

Estos eventos, por su condición espectacular, son el foco de atención de los medios de comunicación de todo el mundo. También, a pesar de la crítica y las contradicciones que generan, se convierten en grandes acontecimientos de exaltación nacional, que convierten a sus deportistas en héroes. Así, los futbolistas llenan miles de portadas de periódicos, de radio y televisión, y las redes sociales explotan con una multiplicación infinita de anécdotas nimias e intrascendentes sobre la vida de estos superhombres efímeros.
Mientras tanto, la vida de los demás mortales sigue: miles de heroínas y campeones silenciosos de la ciencia, la cultura y el arte, la tecnología o la empresa pasan totalmente desapercibidos ante los ojos de millones de niñ*s y jóvenes. No creo que el progreso del mundo y las mejoras en nuestra calidad de vida le deba algo al fútbol de alta competición y sí, sin ninguna duda, todo a esos investigadores, escritoras, artistas o emprendedores silenciosos e ignorados. Como por ejemplo a Violette Leduc, cuya vida podemos intuir estos días en las pantallas de cine gracias a Violette, la última película de Martin Provost que nos cuenta la vida de esta irreverente escritora francesa y su relación con la insigne Simone de Beauvoir y otros personajes del mundo literario de aquellos años posteriores a la Segunda Guerra Mundial. Aunque la película no sea una gran obra, la historia que nos presenta es extraordinaria: un personaje radicalmente consecuente que se adelantó a su tiempo y supo enfrentarse con valentía a las condiciones adversas que aquella sociedad timorata y conservadora le imponía. Seguir leyendo «EL MUNDIAL DE L@S IGNORADAS»









