El deporte de elite se han convertido en uno de los agujeros negros por donde se cuelan las contradicciones sociales y económicas de la sociedad contemporánea. La vieja consigan del «pan y circo» encuentra en los medios de comunicación la mejor ventana para canalizar todo tipo de pulsiones y, tras ellas, la economía publicitaria que sustenta todo el entramado de intereses económicos que mueve gran parte del deporte profesional. Las instituciones públicas y los políticos que las gobiernan corroboran ese entusiasmo popular. Estos días se ha celebrado la gran fiesta de la tamborrada de San Sebastián y, aprovechando la ocasión, se ha concedido el último Tambor de Oro a la organización de la Clásica Ciclista San Sebastián. Este reconocimiento me ha sugerido el texto que adjunto para mi columna mensual del Diario Vasco.

El Tambor de Oro es el máximo reconocimiento que Donostia/San Sebastián otorga a una persona, física o jurídica, por sus méritos profesionales y apoyo a la promoción de la imagen de la ciudad. Casi todos los elegidos que han recibido este galardón son personajes relevantes de la vida social y cultural. En general, son destacadas figuras que también sobresalen por sus valores humanos. Pero cuando pregunto a los especialistas por el objetivo último del premio, parece ser que el jurado, más allá de consideraciones espirituales, lo que sobre todo tiene en cuenta es la contribución del premiado a la imagen turística de la ciudad y su proyección exterior.
Este año la concesión a la organización de la Clásica Ciclista, una de las pruebas del calendario anual del Campeonato del Mundo, ha coincidido con el despliegue informativo que, definitivamente, ha desvelado la auténtica historia del caso Lance Armstrong, siete veces fraudulento ganador del Tour de Francia.
No me voy a detener en volver a enumerar la clásica lista de efectos positivos (creación de empleo, intercambio cultural, etc.) y negativos (impacto ambiental, masificación, deshumanización territorial, etc.) del turismo, ni especificar otra parecida en relación al deporte, pero sí me gustaría plantear algunas dudas respecto a la oportunidad de este último Tambor de Oro. No me refiero, claro está, a las personas que están detrás de la organización -seguramente hacen un trabajo magnífico para conseguir una perfecta organización del evento- sino a la significación simbólica que encierra el hecho de que se conceda a un acontecimiento de estas características. Seguir leyendo «TAMBOR DE ORO, DEPORTE, TURISMO Y VALORES HUMANOS»



